El sueño de ser profesional

Reportajes y Entrevistas

El sueño de ser profesional

Por Victoria O'Ryan / Fotos Constanza Miranda

Tres mujeres, todas bordeando los 50, postergaron por años el sueño de cursar una carrera universitaria y optaron por otros caminos en sus vidas. Pero la idea de ser profesionales, aunque a veces olvidada, nunca se fue de sus cabezas. En su adultez, momentos de crisis las ayudaron a darse cuenta que tomar este camino podría ser la opción para comenzar de nuevo. Y se lanzaron. Sentadas entre novatas y mechones, repartidas en las salas de clases de distintas universidades del país, se pusieron a estudiar. Estas son sus historias.

Alejandra

¿Qué va a ser de mí cuando se muera? se preguntó Alejandra Araneda después de que a su hijo menor, Álvaro, diagnosticado hace años con fibrosis quística, le dieron una sentencia devastadora: no le quedaban más de dos años de vida. Desde que se casó, a los 19 años, su familia, y sobre todo su hijo, se transformaron en su mayor preocupación, dejando rápidamente atrás el sueño de ser educadora de párvulo o psicóloga.

La inquietud de estudiar creció ahí, en 2013, cuando luego de varios viajes desde Chillán al Hospital del Tórax, en Santiago, le dijeron que debido al avance de la enfermedad, el cuerpo de su hijo no resistiría el trasplante pulmonar que, esperaban, le diera una oportunidad de seguir viviendo.

Alejandra se vio sola. Su hija ya estaba por terminar de estudiar y su matrimonio estaba en crisis. “Ahí pensé: ‘¿qué va a ser de mí, si mi mundo es el hospital, mi casa, mi familia?’ Tenía que armarme un mundo para cuando Álvaro ya no estuviera”, recuerda. Se puso a averiguar por la carrera de educación parvularia, hasta que llegó a la sede de Concepción de la Universidad de Andrés Bello.

La pasión con la que la jefa de carrera le habló sobre la importancia que tiene la educación inicial en los niños fue el puntapié definitivo para que se convenciera de dar el salto, pese a las dificultades económicas. Alejandra llegaba a fin de mes gracias a un pequeño taller de costura que armó en su casa, para estar cerca de Álvaro. Su otra hija, Belén, recuerda que cuando era niña tenía que recolectar latas para cambiarlas por dinero y así poder pagar parte de los medicamentos para su hermano.

El 2014 alcanzó a estar con su hijo en la misma universidad, hasta que un día Álvaro tuvo una crisis que lo obligó a dejar la carrera. “A veces me sentía culpable porque seguía yendo a clases mientras mi hijo ya no podía continuar su carrera. Aún así, siempre que me iba en las mañanas él me decía ‘te amo mamá, que te vaya bien’”. Con Belén, quien por un tiempo se hizo cargo económicamente de la familia, se turnaban para cuidar a Álvaro. En las noches Alejandra seguía trabajando en los uniformes para conseguir plata extra, con lo que logró pagar su primer año de estudios.

Hasta el día que se murió Álvaro, en 2016, sus compañeros nunca supieron de su situación. No quería que la miraran en menos o que pensaran que por tenerla difícil no iba a cumplir. “Me aferré de tal manera a este sueño que incluso cuando mi hijo partió no pensé nunca en abandonarlo. Y tenía que lograrlo porque era algo que me debía a mí misma”, dice.

Su titulación fue el 4 de diciembre de este año, a los 48, y ya está trabajando como parvularia en un jardín en Chiloé. “Ahora me gano la vida haciendo lo que amo; trabajando con niños que llenan mi corazón con cada abrazo. Además estoy viviendo en esta isla maravillosa, donde en cada rincón veo a mi hijo. Estudiar fue la mejor decisión que he tomado. Y es lo que hoy en día llena mi alma, mi corazón y mis días. El paso por la universidad me dio vida”.

 

Cecilia

Cecilia Moraga entró a la universidad a los 51 años, cuando dos de sus tres hijos ya estaban titulados; cuando la situación económica de la familia se había estabilizado un poco y cuando, por fin, consideró, que era tiempo de pensar en ella y en su futuro. “El factor edad, para mí no era tema, porque creo que los límites se los pone uno”, asegura a sus 55 años y a pocas meses de celebrar su ceremonia de titulación.

Cuando terminó cuarto medio en el emblemático Liceo 1 dio la Prueba de Aptitud Académica y quedó en Derecho en la Universidad de Chile. Pero el cambio del sistema previsional a AFP dañó profundamente las arcas de su familia, y tuvo que desistir del sueño de ser abogada. Optó por una carrera técnica en un instituto donde su hermano mayor pudo facilitarle el acceso a una beca y al terminar sus estudios entró directamente a trabajar a un banco y luego al sistema público, en la Contraloría y en el Instituto Nacional de Deporte (IND). Pero su inquietud por tener una carrera profesional se mantuvo latente.

Veinte años después de salir del colegio, hizo un primer tanteo. En ese entonces trabajaba en Contraloría, tenía 3 hijos chicos y vivía en Puente Alto. Era diciembre y las páginas de los diarios se empezaban a llenar de avisos de universidades. “Pero no, no puedo”, pensaba. “Tenía a mis hijos chicos y si me ponía a estudiar, en horario vespertino, no los iba a ver”, explica. Mucho menos podía dejar de trabajar, porque en la casa era necesario contar con el sueldo de ella y el de su marido. Fue recién en 2014, cuando su segunda hija terminó de estudiar en la universidad, que volvió a buscar opciones. “Al menos en el sistema público el sueldo te mejora muchísimo cuando eres profesional, te dan otras asignaciones. Sabía que tenía que estudiar porque con eso mejoraría mis ingresos. No solo se trataba de ganar más plata, sino que mis capacidades, deseos y el profesionalismo que me ha caracterizado siempre tuvieran un correlato”.

Su marido trabajaba en la universidad Mayor, donde tenía un descuento en la matrícula y la mensualidad, pero lo descartó. “Finalmente elegí el Instituto Profesional AIEP, la diferencia era de 70 mil pesos, que en mi presupuesto no era menor, recién habíamos logrado salir de las deudas”, recuerda. Un par de años antes, su marido había sufrido un infarto cerebral que lo tuvo 21 días hospitalizado, pero del que salió sin secuelas. Cecilia dice que atenderse en el sistema privado fue lo que le salvó la vida, pero los dejó con grandes números negativos.

Cuando le contó a su familia que estaba matriculada en Administración de Empresas con Mención en Recursos Humanos -aprovechando que era el área donde se había desempeñado laboralmente-, su marido, en un principio, no le creyó. Su hijo mayor, preocupado, le comentó que la había visto estresada en su trabajo, y tenía miedo de que esta decisión le hiciera más dura la carga, “pero yo no estaba estresada por el trabajo, ¡lo que me tenia mal era que necesitaba surgir!” , explica. La única que lo tomó desde el comienzo como una buena noticia fue su hija. “Quizás por ser mujer me entendió más, estaba feliz”, recuerda.

Al comienzo Cecilia no sabía si se la iba a poder. Mantuvo su trabajo actual en el IND y tomó cursos en horario vespertino. Su horario era de 18:30 a 22:30 tres veces a la semana, y después casi dos horas de viaje de regreso hasta Puente Alto.  Era la mayor de la promoción, y estudiaba todos los días que no tenía clases y los fines de semana. Algunas veces, después de ir a la universidad, llegaba a las 00:00 y se quedaba leyendo hasta las dos o tres de la mañana. Con el tiempo, las cosas fueron mejorando; las deudas siguieron disminuyendo, vendieron su casa y se cambiaron a un departamento frente a la Plaza Ñuñoa, lo que permitió disminuir los tiempos de viaje. Pero el estudio, a pocos meses de terminar, se extendió casi todos los días hasta las cuatro de la mañana.

Hace unas semanas atrás, Cecilia tuvo su defensa de título. Ese día su marido la despertó con un beso en la mañana y Natalia, su hija -quien actualmente vive en Dinamarca- no quiso acostarse hasta saber cómo le había ido. El menor, reorganizó su horario de trabajo para poder estar con ella todo ese día. Aprobó con 6,0. Había cumplido su sueño.

Sus metas ahora son otras; quiere viajar, conocer el mundo. Quiere crecer espiritualmente, bajar las revoluciones y mantenerse sana. “¿Porque de qué me sirve todo el esfuerzo si no lo voy a disfrutar? Quiero tener una vejez digna”, dice. Su nuevo gran sueño es hacer un diplomado en coaching e inspirar a otras mujeres a que no abandonen sus metas, por más tiempo que haya pasado. “A mis hijos siempre le decía que solamente el estudio es el que te da las herramientas para surgir. Yo siempre quise ser algo más que la mamá que les ayudaba a hacer las tareas, que les planchaba los domingos, la mamá que recibía niños en la casa o que les hacía los disfraces. Sabía que tenía capacidades, pero por falta de recursos y tiempo, no podía hacerlas todas”, dice. “Siento que esto era un círculo que tenía que cerrar. Una deuda que acabo de saldar conmigo misma”.

 

Andrea

“Me llamo Andrea Venegas y tengo muchos años, los suficientes para ser mamá de varios de ustedes. Tengo dos hijas y estoy aquí porque hace mucho tiempo quise estudiar, pero por cosas de la vida lo postergué”. Era 2009 y el primer día de clases de Pedagogía en Inglés en la Universidad Chileno Británica. Rodeada de, en su mayoría, adolescentes de 19 años, Andrea no quiso decir su edad porque muchos la miraron raro. En ese entonces tenía 44 y estaba recién separada.

A los 18 había querido estudiar Pedagogía en Historia. Dio la Prueba de Aptitud Académica y quedó en la Universidad Católica. Andrea era humanista, pero para su mamá, kinesióloga, la única opción era que estudiara derecho. “Me dijo que me iba a aburrir como profesora, pero con mi promedio de 5,5 en el colegio era imposible que quedara en lo que ella quería. Además, desde el punto de vista de mis papás, yo era súper floja. Ahora me doy cuenta de que no se trataba de eso; de repente el método de enseñanza no es el adecuado, a veces hay gente que está hecha para un sistema más libre”, explica.

Optó por una carrera técnica de la que se aburrió rápidamente, y decidió aprovechar el curso de secretariado con el que egresaban las alumnas del Santiago College en esos años. Trabajó como secretaria, se casó y tuvo a sus dos hijas, Montserrat (22) e Ignacia (20). Y así pasaron más de 30 años que casi se llevaron su sueño, hasta que un día decidió volver a postular a la universidad. “Llevaba diez años de mamá full time, que fueron felices, pero los niños empiezan a crecer y a una la empiezan a necesitar menos. Cuando las niñitas estaban más grandes, entré en una crisis matrimonial y dije ya, voy a estudiar algo. Necesitaba volver a trabajar, pero quería un campo que, esta vez, sí  me llenara”, cuenta.

Ante una separación inminente con su ex marido, la necesidad de independizarse económicamente fue otro empujón para decidir postular a la universidad. En ese proceso de separación, y por recomendación de su papá, decidió consultar a un psiquiatra, “un señor octogenario y muy famoso”, dice, quien luego de escuchar su idea le aconsejó irse a su casa, o buscarse un trabajo como el de antes, porque “¿para qué vas a estudiar si no vas a terminar?”. Andrea recuerda que se mostró firme, ante lo que el psiquiatra le recomendó sentarse al fondo de la sala de clases y quedarse callada. “Pero desde el primer día me senté en los primeros puestos”, recuerda. “Si la universidad me había aceptado tenía el mismo derecho que los otros estudiantes a estar ahí, independiente de mi edad. Y obviamente después me cambié de psiquiatra”.

Al principio pensó en dar la PSU y se compró unos libros para estudiar, “pero me di cuenta de que estaba completamente obsoleta, no entendía nada de las preguntas”, explica. Entonces, decidió intentarlo por admisión especial. Fue a probar suerte en la universidad Mayor, la Andrés Bello, Alberto Hurtado, San Sebastián y en la Universidad Chileno Británica, donde finalmente se quedó porque, dice, le “simplificaron la vida”. Tenía que llevar la concentración de notas del colegio y la certificación de que, hace un par de decenios, había rendido la Prueba de Aptitud Académica.

El primer día de clases quiso pasar desapercibida, así que eligió unos jeans, una polera cualquiera, zapatillas, que no usaba hace años, y un polerón. Llegó muy temprano. Había una sola alumna en la sala, que tenía 20 años, que pasó a ser su íntima amiga y compañera de trabajos y tareas. “Ella perdió a su papá cuando chica y vio a su mamá reinventarse un millón de veces, entonces encontraba genial lo que yo estaba haciendo, me decía: ‘estás en todo tu derecho de partir de nuevo’”. Pese a que sus compañeros rondaban la edad de sus hijas, se integró como una más en la universidad. En los recreos, le contaban de los nuevos pololeos, los carretes del fin de semana y los problemas que tenían con sus papás. Hizo un grupo de amigas que invitó a su casa para celebrar las fiestas patrias, solo mujeres, a las que también se sumaron sus hijas Montserrat e Ignacia.

Se tituló el 17 de junio de 2015. Pero no fue fácil entrar al mundo laboral, cuenta Andrea, porque siempre prefieren a gente más joven o profesionales con más experiencia. Hasta que un día decidió dejar de buscar avisos en el diario y entró a un grupo de Facebook donde ofrecían trabajos para profesores. Una de las publicaciones decía “se necesita profesor de inglés para un reemplazo en colegio católico del sector oriente”, y postuló. “Me llamaron al tiro y me dijeron que me preferían a mí antes que a una persona más joven, porque tenía más experiencia de vida”, dice. Después de siete meses el reemplazo pasó a ser un trabajo fijo, y en octubre del año pasado asumió como profesora jefe de un curso en una edad difícil, los 15 y 16 años. “Trato de resaltar sus cualidades positivas. No quiero que tengan que esperar a los cuarenta años, como yo, para darse cuenta de que son mujeres valiosas”.

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