También el pasado es femenino: Marta Colvin

Reportajes y Entrevistas

También el pasado es femenino: Marta Colvin

Por Constanza Gutiérrez / Ilustración Elisa Alcalde

La vida de Marta Colvin parecía resuelta cuando se encontró con la escultura: se había casado a los 16 con un hacendado casi veinte años mayor, y ya tenía tres hijos cuando, a los 32, camino a su casa se encontró con una mujer que llevaba una carga de greda. Como ella iba en auto y la mujer a pie, la invitó a subir y se ofreció a llevarla. En el trayecto ella le contó que se llamaba Noemí Mourges, que era escultora y profesora del Liceo de Chillán, y le regaló un poco de greda.

Hasta ese momento, Marta no tenía mayor relación con el arte más allá de haber sido buena para el dibujo en el colegio, pero al llegar a su casa decidió hacer algo con la greda que le habían regalado: una figura femenina que, por no tener idea de lo que era una armazón para una escultura, se desmoronó una semana después. “Para mí fue un drama que llegó a las lágrimas. Pensé que jamás sería capaz de hacer algo. Sin embargo, una antigua empleada de la casa, con esa sabiduría propia de la gente de campo, me sugirió que mandara una carta a la señora que me había dado la greda, preguntándole qué hacer para que la escultura no se viniera abajo. A caballo partió esa carta a la casa de quien sería mi primera profesora, una maestra de dibujo de una escuela pública de Chillán”.

Comenzó a ir a clases con Noemí todos los jueves. Hizo sus primeras obras con la ayuda de sus familiares, siendo aún una dueña de casa, y todas eran retratos de sus seres queridos. Luego, otro azar la acercó más al arte. Quizás nunca hubiese dejado Chillán si no fuera por el terremoto de 1939, que botó su casa y su taller y la obligó a volver a la casa de sus padres, en Santiago, donde entró a estudiar a la Universidad de Chile. “Así llegué a Santiago y entré a la Escuela de Bellas Artes. Por todo esto soy muy fatalista”.

Sus primeros trabajos están hechos en madera y hablan sobre el proceso de germinación en la naturaleza. De esta época son “Semilla”, “Humus (germinal)”, “Terra mater” y “Quinchamalí”. En 1948 obtuvo una beca del gobierno francés para estudiar en la Academia de la Grande Chaumière, en París, y también hizo cursos de Historia del Arte en el Louvre y de Estética en la Sorbona. Más tarde, en 1951, fue becada por el British Council para estudiar en la Slade School de la Universidad de Londres, donde trabajó con el escultor F.E Mac William y se hizo muy amiga del escultor Henry Moore, amistad que significó un nuevo quiebre en su vida, tal como antes había sucedido en Chillán. “Recuerdo que, al saber que era chilena, me mostró su colección de libros sobre Arte Precolombino y me hizo esta pregunta, que en ese momento no tuvo mayor alcance para mí, pero que después la he meditado profundamente: ‘¿Por qué vienen ustedes a estudiar a Europa esperando encontrarlo todo, si poseen una tradición tan rica para investigar e inspirarse?’”.

Tras esto, Marta Colvin volvió a Chile, pasando primero por México, Bolivia y Perú. Ya en Santiago, en 1950, fue nombrada profesora auxiliar del maestro Julio Antonio Vásquez y en 1957 asumió ella misma como profesora titular. En 1965 recibió el Primer Premio de Escultura en la VIII Bienal de Sao Paulo. Para ese momento su trabajo ya habían dejado de representar a sus seres queridos. Tras sus viajes por América, había pasado a las formas arquitectónicas y a trabajar la piedra además de la madera y el bronce. La obra con la que ganó la bienal se llama “Torres del silencio”, tiene 3,5 metros de alto y hoy se encuentra en el museo al aire libre de Middelheim, Bélgica. De ella dijo: “Me inspiro en la cordillera. Nací en Chillán y desde niña me acostumbré a admirarla”. Cinco años después, en 1970, recibió el Premio Nacional de Arte, el que agradeció en la prensa a su maestro Julio Antonio Vásquez y a las becas de Francia e Inglaterra. “El escultor enfrenta en Chile todos los problemas que derivan de nuestra situación de país en desarrollo”, dijo al diario El Mercurio en ese momento. “Aquí no hay colecciones formadas. En París, por ejemplo, yo pertenezco a la Galería de Francia, quizá una de las más importantes en su género. Una obra se cotiza allí a precios que es imposible pensar en nuestro medio. Además, este oficio nuestro es muy caro. A un operario ayudante a menudo deben pagársele 120 escudos diarios. Yo debo hacer minuciosos presupuestos para tener dinero y hacer mis obras”.

Decía que, de todas las artes, la escultura era sin duda la más social y colectiva. “Arte exterior que vive de la vida de su tiempo y que preguntará a ese tiempo qué hizo de esa vida. Su destino sigue siempre ligado a la cosa pública”. Este pensamiento se tradujo en dos cosas concretas: los temas de su obra y su trabajo en poblaciones. La conquista del espacio, la confrontación del hombre con una realidad imprevisible fue un tema público que puede verse reflejado en sus obras “Constelación”, “Estrella del sur”, “Signo solar”, “Selenita” y “Stella matutina”. En cuanto al trabajo con la gente, participó del programa “Arte para todos”, en el que profesores y alumnos de la Escuela de Bellas Artes realizaron obras en distintas poblaciones de Santiago. “Tuve la idea de hablar con la empresa que urbanizó La Pincoya, SERMACO, que corrió con todos los gastos y los elementos técnicos. Había que fundir metales, forjar. Nos ayudaron los pobladores. Recuerdo un gásfiter a quien entregué un alicante, una plancha de aluminio y unos alambres, quien me dijo que no podía hacerlo. Le respondí: ‘Usted va a enseñarnos’. Empezó con miedo. ¡Y luego una maravilla! ‘Usted es un artista’, le dije. ¡Había que ver a ese hombre, con los ojos humedecidos, mirándose las manos, como ante una especie de milagro!”. Su escultura era una pincoya con dos colas que se movía con el viento y brillaba con el sol y durante mucho tiempo fue un símbolo de la población. En un principio todos los pobladores querían fotos con ella, e incluso empezó a rumorearse que cantaba, convirtiéndose así en una leyenda.

Años más tarde, la Pincoya fue destruida por la gente para vender los fierros con los que estaba hecha. Sin embargo, es probable que esta reutilización no le hubiese molestado. Primero porque para ella el escultor enfrenta en Chile todos los problemas que derivan de nuestra situación de país en desarrollo. También porque no creía que la materia le perteneciera. “Más que nadie el escultor es sensible y está acordado a la verdad que encierra cada material. Su diálogo con estas fuerzas confusas de la materia, que trata de hacer suyas liberándolas, ordenándolas, penetrándolas de su sensibilidad humana y su voluntad lúcida, va tras el secreto espejismo de que una magia anónima eleve su creación al rango de obra de arte”.

Desde su encuentro con Noemí Mourges hasta su muerte, en 1995, Marta Colvin nunca dejó la escultura. Ese azar convirtió su vida en dos y le dio otro sentido a su existencia a los 32. Hoy sus restos se encuentran en el cementerio municipal de Chillán, y su obra puede encontrarse en lugares tan distintos y alejados entre sí como Talca y Osaka.

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