Aquí trabajo yo: Diego Jara, Taxidermista del Museo Nacional de Historia Natural

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Aquí trabajo yo: Diego Jara, Taxidermista del Museo Nacional de Historia Natural

Por Alejandra Olguin / Fotografías Mila Belén

Venir al museo era algo típico de mi infancia, el paseo familiar de todos los domingos. Después de titularme de Médico Veterinario, quise trabajar aquí, así que vine y pregunté en el mesón central cómo podía hacerlo. Empecé como voluntario en un proyecto de restauración del esqueleto de ballena en el hall central en el año 2012 y de ahí me quedé, pasando por distintas áreas hasta llegar al taller de taxidermia. El museo es mi segunda casa.

Siempre me han gustado mucho los animales. Vivo en Puente Alto, en una casa donde tengo 55 animales, entre tortugas, reptiles, emús, gallinas de todo tipo y un pony. También tengo animales que he disecado en mi taller personal. Es una forma de vida con mi familia. Mi señora es profesora, así que hacemos educación en las aulas y llevamos a los animales a colegios. Hace unos días nos llegaron suricatas recién nacidas. Les dimos leche con jeringa, les armamos un terrario y están felices. Es un hogar temporal, para que después vuelvan al zoológico.

 

En el taller de taxidermia hacemos dos cosas. Por un lado, restauramos los animales de las colecciones que están hace años y, por otro, trabajamos con animales frescos, que llegan por donaciones y que murieron de manera natural. Hace poco hicimos un convenio con el Zoológico Nacional y nos dieron 35 ejemplares, incluidos pudús y muchos pájaros nativos. Primero pasan por un proceso de coagulación, luego se les saca todo lo de adentro y se trabaja la piel, hasta que esté curtida. Finalmente, esa piel se rellena con paja y alambres, para darle forma al animal. Los huesos los usamos por separado para investigación.

 

En este momento, estoy trabajando de manera intensiva en restauración de ejemplares patrimoniales históricos que son muy viejos. Por ejemplo, tenemos un bisonte que llegó al museo hace 125 años. Hemos estado buscando la documentación y encontramos el origen: lo llevaron desde Estados Unidos a Hamburgo, donde lo trabajaron taxidermistas europeos. Federico Philippi lo trajo en barco cuando empezó a armar las exposiciones, intercambiando animales con los museos internacionales. También tenemos un oso polar que data de 1884. Estuvieron mucho tiempo en exhibición, pero se echaron a perder porque antes la gente le tiraba los pelos, se llevaba las garras de recuerdo, los colmillos. Por eso ahora tenemos que restaurarlos.

Estoy rodeado de animales que en algún momento tuvieron vida, pero nunca me ha pasado nada sobrenatural en el taller. Mucha gente me pregunta si me han penado, pero la verdad es que lo único que pasa es que a veces las cosas cambian de lugar. Tenemos una suerte de mito aquí y decimos que las mueve Zacarías Vergara, quien fue uno de los primeros taxidermistas del museo.

 

Las técnicas de taxidermia van evolucionando. He ido a varios cursos en el extranjero para aprender. Es interesante también ver cómo han ido cambiando a través de los años. Por ejemplo, veo ejemplares antiguos del museo y puedo decir que están mal hechos, porque las posiciones en las que los pusieron no son las que realmente adoptan los animales en la naturaleza. Por eso es importante que el taxidermista no se quede sólo en el laboratorio, sino que observe a los animales vivos. He pasado muchas horas mirando especies en el zoológico, o viajando por Chile para ver cómo se mueven y comportan los animales nativos.

Siento una responsabilidad muy importante al tratar especies en peligro de extinción o protegidas por la ley. Esta es una manera de preservarlos, considerando que hay muchos animales que probablemente no van a existir en el futuro. Un trabajo bien hecho, en donde el producto final realmente se parezca y represente al animal cuando estaba vivo, va a perdurar en el tiempo y va a permitir a las futuras generaciones saber cómo era la especie, cómo se veían, cuánto medían, cómo se paraban, qué tipo de pelaje tenían. Es una forma de hacer inmortales a los animales.

 

 

Diego Jara tiene 32 años y estudió Medicina Veterinaria. Desde el año pasado trabaja como taxidermista en el Museo Nacional de Historia Natural. 

 

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