El teatro inclusivo de Bárbara Ruiz-Tagle

Reportajes y Entrevistas

El teatro inclusivo de Bárbara Ruiz-Tagle

Por CAROLINA PULIDO / retrato alejandra gonzález / maquillaje elvira montero

La actriz dirige la versión local de Mi hijo sólo camina un poco más lento, montaje que lleva varios años poniendo la piel de gallina a los espectadores de distintos escenarios del mundo y que ella enfrenta como parte de su lucha personal por naturalizar la discapacidad. “Es el granito que me toca aportar”, dice, emocionada, justo antes de estrenar.

En Argentina la obra es un fenómeno. Montada en una sala de ensayo en un horario extraño (la hora de la siesta) y con elenco prácticamente desconocido, lleva 7 años en cartelera gracias al boca a boca. Algo que ha pasado también en varios otros países y en primer lugar en Croacia, origen del joven dramaturgo Ivor Martinic, autor de Mi hijo sólo camina un poco más lento.

Cuando Bárbara Ruiz-Tagle la vio por primera vez en Buenos Aires se obsesionó. Más allá de la brillante y conmovedora puesta en escena porteña, se enamoró del texto y de su honestidad para mostrar el que para ella es el principal obstáculo que enfrentan las personas con discapacidad: su entorno. No es primera vez que el tema de la inclusión está presente en su vida y su carrera; en 2014 debutó en la dirección con La Cenicienta, un musical que incluía en el elenco a personas con distintos grados de discapacidad y que llevó a cabo junto a la fundación Miradas Compartidas, donde realizó un taller de teatro para personas con discapacidad intelectual.

La experiencia la marcó: “Fue muy bonito. Aprendí que la felicidad de estas personas pasa por ser tratadas como uno más. Ellos se desarrollan en base a quienes lo rodean, a cuál es el trato que reciben. Hay una gran frase presente en Mi hijo sólo camina un poco más lento: ‘Mientras menos gente me rodea más camino yo’. Para mí es determinante a la hora de hablar de inclusión, porque el mundo a tu alrededor es quien le pone título a tu discapacidad”.

¿Por qué te interesa este tema? ¿Tienes a alguien cercano con discapacidad?
No. Nunca voy a encontrar respuesta a la empatía, el amor y la afinidad que tengo hacia la discapacidad. Es un amor del alma que me nace, me nutre y me ha hecho crecer. Apareció de una manera muy natural en mi vida, cuando estaba en el colegio y me pidieron que fuera a la población San Gregorio a compartir con niños en riesgo social. Cuando llegué resulta que ese no era el caso y me encontré con personas con discapacidad. No pude despegarme nunca más. Es lo mismo que me ocurrió cuando descubrí que el escenario era lo mío: dije ‘yo no me quiero despegar de esto’. Ahora siento que, de una u otra manera, yo estoy ligada al tema de la discapacidad. No sé si lo busco o me llega, pero está.

El texto de Mi hijo sólo camina un poco más lento, ¿lo buscaste o te llegó?
Fue gracias a una amiga actriz argentina con la que trabajé en una película. Yo le conté de mi interés por el tema de la discapacidad, que venía ya trabajando hace años, y cuando el año pasado fui a Argentina ella me invitó a ver esta obra.

¿Habías oído hablar del montaje?
Nada. Por eso mi eterno agradecimiento a ella.

¿Qué te pasó al ver la obra por primera vez?
Tuve una necesidad del alma de tener ese texto en mis manos. Necesitaba entender por dónde pasaba la inteligencia de ese texto que naturalizaba la discapacidad. Busqué por todos lados al dramaturgo y, antes de dar con él, di con un libro llamado Los 7 dramas croatas. Son recopilaciones de varios dramaturgos croatas, y uno de ellos era Ivor Martinic. Me puse en contacto con él y le pregunté qué tenía que hacer para que me diera los derechos, y él me pidió una especie de carta donde yo le explicara por qué yo era la persona indicada para dirigir un montaje de estas características. Y para qué. Ahí tenía dos opciones. O intelectualizaba todo lo que a mí me pasa con el tema o era ultrahonesta. Opté por la segunda: he tenido una gran lucha en la vida que tiene que ver con naturalizar la discapacidad y el único aporte que desde mi condición de actriz puedo hacer es tomar esta obra y hacerla, y poner el tema en mi país, que tiene 2,6 millones de personas con discapacidad.

ESA CIFRA ES UNA LOCURA 

Lo es, es más del 10% de la población. Y aun así somos un país que no se hace cargo de esta realidad. Creo que el teatro puede ayudar a crear conciencia, es el granito que me toca aportar. Mi crítica también pasa por ahí: en qué minuto alguien nos va a enseñar a relacionarnos sin miedo ni dudas, ni prejuicios, con personas diferentes. Hoy está ocurriendo más en jardines infantiles y en colegios, y las nuevas generaciones tienen la inclusión mucho más internalizada. El Estado juega un rol, también la educación y también los padres y las familias.

¿Pensaste en buscar un actor que tuviese una discapacidad para el rol principal?
Pasaron muchas ideas por mi cabeza. Una de ellas fue esa. Otra fue trabajar solo con actores discapacitados, pero en esta, mi primera dirección en la que me hago cargo desde el origen, decidí trabajar con personas que entendieran el oficio desde todo lugar.

¿Qué te contestó el dramaturgo?
En menos de 48 horas me llegó su respuesta. Yo estaba superansiosa esperándolo, ya había imaginado todo lo que haría con el texto. Nunca estoy frente al computador, pero ese día sí, y al leer el mail me puse a llorar.

Rápidamente, Bárbara Ruiz-Tagle despejó su agenda y puso su energía en dos focos: la crianza de su hijo de 2 años y la materialización de la versión local de este montaje, estrenado por primera vez en 2011, cuando el dramaturgo tenía 27 años y no imaginaba que se convertiría en un fenómeno mundial ni que sería traducida al español, alemán, italiano, francés, portugués, inglés y esloveno. Protagonizada por 11 actores, la versión chilena se acaba de estrenar en el teatro Mori de Bellavista y estará en cartelera hasta el 1 de diciembre. En su reparto incluye a grandes de las tablas como Anita Reeves, Hugo Medina, Roxana Naranjo, Alejandro Trejo, María Siebald, Daniel Antivilo, Diego Ruiz, Carolina Correa, Andrew Bargsted, Alejandra Oviedo e Iñigo Urrutia.

“Todo gira en torno a Branko -relata la directora-, un joven que ese día cumple 25 años y que tiene una enfermedad innombrable que nunca nadie es capaz de nombrar. A los 20 empieza a mostrar problemas, pasa a las muletas y termina en silla de ruedas. A través de esta anécdota del cumpleaños de Branko se junta la familia y vemos cómo a cada uno le ha afectado este hecho. Cada personaje ejemplifica lo que somos como sociedad y cómo nos afecta el que es diferente”.

¿Qué sugiere el título de la obra?
Se refiere a la madre, que es incapaz de decir que su hijo ya no camina, que está en silla de ruedas, y vemos cómo enfrenta esta nueva realidad, y también a este hijo que se relaciona con el resto en base a lo que el otro ve de él. Yo le llamo ‘el drama luminoso’, porque lo que me ha tocado al relacionarme con personas con discapacidad es que la única luz está en esa persona y todo el resto pareciera sentir algo hacia la discapacidad menos la persona que la padece. Entonces quise plantear cuáles son nuestras propias limitaciones, nuestras propias discapacidades, cómo somos incapaces de relacionarnos con alguien diferente, en todo sentido, no solo con personas con discapacidad sino también con quienes optan por otras cosas y quienes deciden ver su propio dolor o carga desde la luz. Y acá incluyo la homosexualidad, las personas transgénero. Hablo de la lucha constante con lo que sucede en el afuera más que en el adentro. Una persona asume su realidad, pero es el resto el que no permite. En la obra, el protagonista es el único que se relaciona con su discapacidad desde un lugar luminoso, tranquilo.

La crítica internacional ha dicho que el montaje remece por completo al espectador.
Normalmente a mí, como actriz, me pasa que veo una obra, después me voy a comer, a dormir, y la empiezo a procesar después. Esta obra incluye al espectador como un tercer integrante, el público está presente, al medio. Entonces uno está obligado, no tiene escapatoria. El proceso es aquí y ahora. Para lograrlo decidimos no apagarle la luz al espectador, hacerlo partícipe, conseguir que esté presente, romper la cuarta pared. Los 11 actores en escena tienen un grado de generosidad y honestidad enorme porque están al servicio de lo que está pasando afuera.

¿Cómo ha sido trabajar con actores de tanta trayectoria?
Son tremendos. Es muy desafiante y ha sido un placer. Yo los he admirado toda mi vida y para convocarlos los estudié mucho. El desafío fue empaparlos de mi lucha, que no tenía por qué ser la de ellos. En ese sentido fueron tremendamente generosos. Mi intención es que se preocupen de contar una historia, dejando lo reflexivo fuera, lo que a uno le podría suceder con lo que se dice, para que sea el espectador el que rellene, que viva esa emoción.

¿Cómo se consigue eso?
Trabajando en base al texto. Que se queden en decirle al otro, solo en decir, porque el texto es muy poético. Es permitirle al espectador llenar esa imagen, esa escena, para que sienta libremente. Ese es el tema: necesariamente uno, desde la ignorancia, pone un velo entre la persona con discapacidad y uno mismo. Ese velo puede ser la lástima, la falta de empatía, la victimización, y el texto permite que uno lo entienda.

¿De qué manera le transmites el amor por la inclusión a tu hijo?
De todas las formas posibles; desde la elección del colegio, la relación con el arte, desde la lectura. Es un cliché pero para mí una buena persona es la que acepta la diferencia, en todo sentido. Entre las cosas que más valoro de Rafael, mi hijo, está esa capacidad de relacionarse desde la igualdad, algo que a uno le costó tanto (sus ojos se llenan de lágrimas).

¿Qué te emociona?
Es que así soy yo. Soy atroz, siempre lloro.

¿Te tiene muy sensible la obra?
Sí. Nunca sabré por qué este tema me cala tanto, pero sé que seguirá estando en mi vida porque se me aparece, siempre, no importa dónde vaya.

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