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22 abril, 2015
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Tener un hijo juntas

Carolina Bazán (34), la chef que comanda el restorán Ambrosía y su pareja, la sommelier Rosario Onetto (34), están próximas a tener a su primer hijo: Iñaki. Al igual que otras parejas de lesbianas en Chile, tuvieron que decidir cuál de las dos se embarazaría, escoger un donante de esperma extranjero y recurrir a la inseminación artificial para poder concebirlo. Estas son las ilusiones y desafíos de esta nueva forma de hacer familia.

Por Valentina Rodríguez / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Camila Letelier / Maquillaje: Pati Calfio y Melanie Tetzner / Agradecimientos: Topshop, GAP y H&M.


Paula 1172. Sábado 25 de abril de 2015.

Es un jueves de marzo y en el taller de parto Mujer Alumbra, cuatro parejas reciben instrucciones sobre algunos ejercicios de respiración para llevar a cabo un parto natural. Tres son parejas heterosexuales y solo una está formada por dos mujeres: la chef Carolina Bazán y la sommelier Rosario Onetto. La monitora les sugiere a los padres masajear la columna de las embarazadas para relajarlas. Rosario toma ese rol y frota la espalda de Carolina quien ya tiene seis meses de embarazo. Se ríen cómplices, pese a que se están tomando muy en serio este embarazo. “Queremos que el parto sea un momento especial y por eso nos estamos preparando con acupuntura, ejercicios en agua y de respiración. También hemos visto documentales de apoyo porque nos gustaría que sea sin anestesia y que sea Rosario quien reciba en sus manos a Iñaki”, dice Carolina.

“Queremos tener un hijo juntas”, le dijeron al médico. El doctor Balmaceda contestó: “Excelente noticia. Ustedes, chiquillas jóvenes y sanas, no van a tener ningún problema. Voy a hacer un seguimiento del ciclo ovular y el día de la ovulación ponemos los espermios dentro del útero. Esto es como hacerse un Papanicolaou, así de rápido”.

Carolina y Rosario llevan diez años juntas. Pero fue hace dos que se plantearon la pregunta más importante de su relación: ¿tengamos un hijo juntas? No tuvieron dudas de que había llegado el momento. Ambas soñaban con ser madres y se sentían preparadas para dar ese paso. “Ya estábamos establecidas en Chile, en el mejor momento del Ambrosía y de nuestras carreras, muy compenetradas como pareja, con las cuentas al día y con todas las ganas de armar una familia. ¿Por qué esperar más?”, explica Rosario. Además, estaban conscientes de que estaba corriendo el reloj biológico: ya tenían 33 años. Entonces emergió una segunda pregunta, la más difícil: ¿cómo hacerlo? Es decir, ¿cómo lo hacen las parejas de lesbianas cuando quieren hacer familia?

Barajaron varias posibilidades. La primera fue que una de ellas se embarazara de un amigo. Al principio les pareció una idea perfecta: “la guagua iba a tener dos mamás, un papá, seis abuelos y mucha familia alrededor que la iba a querer. Sería el niño más querido del universo. Se lo propusimos a un amigo y  aceptó, estaba feliz”, cuenta Rosario. Pero, tras analizarlo, les pareció complicado: porque por mucho que fuera un favor y sin compromisos, él legalmente tendría más derechos sobre ese hijo que una de ellas, la que no fuera la madre biológica.

¿Y entonces?, ¿cuáles son los otros caminos?, ¿tenemos realmente opción de adoptar?, ¿o mejor recurrir a la fertilización asistida?, ¿será muy caro? Fueron algunas de las muchas preguntas que aparecieron. “No sabíamos qué hacer. Estos temas nadie los habla, entonces tuvimos que empezar a averiguar por todas partes. Solo sabíamos que la adopción no era un camino posible para nosotras en Chile y que queríamos usar el método menos intervencionista posible”, dice Carolina. Para encontrar respuestas se pusieron en contacto con una pareja de lesbianas que ya habían sido madres en Chile. En octubre de 2013 vía Facebook acordaron una reunión con Paloma, quien se había casado simbólicamente con su pareja en la Comunidad Ecológica de Peñalolén y al año tuvieron un hijo juntas. La cita fue en un café ñuñoíno, donde Paloma y Cristina llegaron puntuales con su hijo Nicolás en brazos. “Nos hicieron una verdadera clase. Ellas se habían hecho una inseminación artificial usando esperma de un donante. Ahí recién descubrimos que el valor del procedimiento no era tan inalcanzable como nosotras creíamos. Les preguntamos desde cómo decidieron quién se embarazaría, hasta qué apellido llevaría Nicolás. Para nosotras fue clave escuchar su testimonio”, dice Rosario.

LA BÚSQUEDA DEL DONANTE

En la planificación familiar que hicieron Carolina y Rosario definieron que tendrían al menos dos hijos, que serían del mismo donante y que lo harían a través de inseminación artificial; primero se embarazaría una y luego la otra. Definir cuál de las dos sería la primera fue sencillo: el deseo maternal de Carolina era más intenso que el de Rosario. Ese es el motivo por el que el niño llevará el apellido Onetto, para así vincularlo de alguna forma con su otra madre que por ley no tiene en Chile ningún derecho sobre él. Pura Rodillo, la madre de Rosario, maravillada con la noticia de que su hija sería madre algún día, le pasó la tarjeta de un doctor amigo, experto en fertilidad.

Nerviosas llegaron ala Clínica Monteblanco, camino a Farellones, donde las recibió el doctor José Balmaceda.

–Queremos tener un hijo juntas–, le dijeron con un dejo de timidez.

Balmaceda –quien asegura ayuda a conseguir un embarazo en al menos diez parejas de lesbianas al año– recibió con naturalidad el pedido.

–Excelente noticia. Ustedes, chiquillas jóvenes y sanas, no van a tener ningún problema. Voy a hacer un seguimiento del ciclo ovular de la que se vaya a embarazar, y el día de la ovulación ponemos los espermios dentro del útero. Esto es como hacerse un Papanicolaou, así de rápido–, respondió el doctor.


“Buscar un donante es como buscar un libro de cocina en Amazon. Seleccionas por ítem: grupo étnico, color de pelo, altura, educación, hobbies… buscamos un tipo normal, parecido a nuestras familias. Aunque igual lo ayudamos en el ítem altura y elegimos un donante que mide más de 1,80”, dice Rosario, entre risas.

Luego, les explicó que él trabaja con el banco de esperma de California Cryobank por su excelente control de calidad. Y que para ir avanzando, se metieran a la página y eligieran un donante.

Apenas salieron de la clínica, entraron a la página web, se registraron gratuitamente y se lanzaron a la búsqueda del donante. “Era como buscar un libro de cocina en Amazon. Primero tuvimos que ir seleccionando por ítem: grupo étnico, color de pelo y ojos, altura, peso, educación, tipo de sangre, religión, profesión, hobbies, gustos, y así. Teníamos la opción de pagar para ver la foto del donante, pero preferimos no ponerle cara al nuestro. Lo que realmente nos importó fue buscar un tipo normal, parecido a nuestras familias: jamás pensamos en buscar un noruego de dos metros porque no era la idea. Igual lo ayudamos en algunas cosas como en el ítem altura. Elegimos un donante que mide más de 1,80”, dice Rosario, entre risas.

“En lo que nos detuvimos más tiempo fue en el registro médico de cada donante, donde pudimos acceder a todos los antecedentes de enfermedades y a las causas de muerte de sus familiares. Eliminamos a todos los que hubiesen tenido cáncer en sus familias o muertes a muy corta edad. También tomamos en cuenta sus gustos, si les apasionaba el deporte y el arte, y leímos con atención la descripción de la personalidad de cada uno”, dice Carolina.

Demoraron más de un mes en llegar a dos candidatos. “Lo increíble fue que entre miles de donantes, en nuestra misma clínica, otra pareja coincidió con uno de nuestros elegidos pero por protocolos internos de la clínica no se acepta pedir muestras del mismo donante para más de una pareja”, cuenta Carolina. Por lo que seleccionaron al otro candidato que resultó ser un donante abierto: lo que significa que si el día de mañana Iñaki lo necesita contactar por alguna enfermedad genética o por otro motivo, podrá hacerlo.

El donante del hijo de Carolina y Rosario tiene ascendencia alemana e inglesa por un lado y francesa por el otro. Tiene el pelo ondulado y castaño. Estudió Filosofía y actualmente es un bailarín talentoso que viaja por el mundo junto a su compañía de danza. Fue descrito como alguien alegre, relajado y de estilo medio hippie. La opción “Look a Like” (se parece a) arrojó que el donante es del tipo de James Franco y Johnny Depp. El 25 de junio de 2014, Carolina y Rosario compraron, vía pago con tarjeta de crédito en la misma pagina web, cuatro muestras de esperma para cuatro inseminaciones. El valor de cada muestra fue de US$700, alo que se sumó 1 millón de pesos en gastos de envío, aduana, retiro, traslado y cuidado en la clínica, más $ 180.000 que cuesta el procedimiento en la clínica. “Nos gastamos en total como 3 millones, tal como nos había adelantado el doctor”, dice Rosario.

DOS INSEMINACIONES

En julio de 2014 se llevó a cabo la primera inseminación, pero no funcionó. “Fue una desilusión profunda. Por primera vez pensé que tal vez no lo lograríamos y sentí miedo”, cuenta Carolina. Pese a la pena, Rosario asumió el rol de contención y con una actitud muy optimista le decía a Carolina: “Todo va a salir bien. Vamos a ser madres porque es lo que más queremos en el mundo. Estoy segura que ya viene en camino”.

Decidieron esperar un par de meses para volver a intentarlo porque tenían agendado viajar a Lima a la premiación de los 50 mejores restoranes de Latinoamérica de la revista británica Restaurant, lista en la que Ambrosía figuró como uno de los elegidos dentro de la región.

El 23 de septiembre fue el segundo intento. Fueron juntas a la consulta del doctor Balmaceda y el procedimiento solo tardó algunos minutos. Les indicó que volvieran en 15 días más para ver si habían noticias. “No nos aguantamos a esperar el tiempo que correspondía. Nos hicimos cinco test de embarazo y veíamos en todos una línea muy marcada y otra difusa. Mientras una investigaba en Google, la otra llamaba a las amigas para pedir opiniones”, cuenta Carolina. Un par de días después el doctor confirmó la noticia: “Van a ser madres”, les dijo. Pero fue a los dos meses de embarazo, en la primera ecografía, cuando realmente se sintieron esperando a un hijo. “Era un silencio absoluto. Estábamos hipnotizadas mirando un poroto con manitos, con cabeza, y corazón. En ese momento sentí que esto era realidad”, dice Carolina, quien al subirse al auto no pudo contener las lágrimas de la emoción.

UN ENCUENTRO FULMINANTE

Julio de 2005. Carolina Bazán tiene 25 años y es una joven promesa que está dando que hablar entre los comensales que asisten al restorán Ambrosía, entonces ubicado en una casona escondida cerca de la Plaza de Armas. Rosario Onetto, también de 25, es la nueva garzona del restorán.

–¿Nosotras nos conocemos?, le preguntó muy canchera Rosario a Carolina.

La chef la miró de frente, vio que la garzona tenía ojos verdes, la miraba sonriente y había logrado ponerla nerviosa: se le retorció el estómago y empezaron a transpirarle las manos.

–Sí, puede ser–, respondió Carolina, con la timidez que la caracteriza y escapó a su cocina.

Carolina sabía muy bien quién era Rosario. Se habían visto un verano en Zapallar porque tenían amigas en común. “Es imposible olvidarse de la Rosario. Estan power, segura y extrovertida que no pasa desapercibida, menos para mí que soy lo opuesto. Además, yo le conocía toda la historia de que era lesbiana porque cuando salió de las Ursulinas se puso a pololear con una compañera mía del Villa María”, recuerda Carolina.

Rosario Onetto salió del clóset a los 18 años, mientras estudiaba Cine en la Universidad Arcis.Había tenido seis pololos pero en la universidad se sintió atraída por una profesora. Esa fue la primera vez que cuestionó su sexualidad. “Me atormenté porque no tenía ningún referente en mi cabeza. ¿Qué iba a pensar la gente de mí?, me preguntaba. Inmediatamente concluí que era el fin de mi vida amorosa: no conocía a ninguna lesbiana, sería imposible encontrar una que me gustara y que yo también le gustara a ella”, cuenta. Pero se atrevió a ir a una fiesta gay que hacían en el Barrio Italia y ahí conoció a la que se convirtió en su primera polola durante un año. Al día siguiente de ese encuentro, le dijo a su madre que le gustaban las mujeres. “Se sorprendió, pero no me cuestionó. Mi mamá era de una familia muy tradicional pero ella es open  mind, es la oveja negra. Contarle fue lo mejor que me pudo pasar. La única salida del closet que realmente importa, es la de la familia”, dice.

Carolina Bazán, por ser hija de diplomático, pasó su niñez y adolescencia entre Buenos Aires, Nueva York, Perú y Washington. Llegó al Colegio Villa María Academy en séptimo básico. “Siempre me sentí distinta porque eran todas iguales. Era muy introvertida y mis amigas eran las mal portadas del curso. Cuando pasaba cualquier cosa, la culpable siempre era yo, solo por vestirme diferente y porque me teñía el pelo rojizo. Era un colegio lleno de prejuicios”, recuerda.

En su época escolar tuvo dos pololos, y mientras estudiaba Gastronomía en el Culinary se enamoró de un hombre con el que estuvo tres años. “Después de él tuve muchos pinches, pero nada serio. Jamás me había atraído ninguna mujer”, dice. Hasta que conoció a Rosario.

“Sabemos que se vienen situaciones difíciles, responder las preguntas de Iñaki cuando crezca de por qué tiene dos madres, pero las iremos contestando paso a paso, sin esconderle nada. Además, somos unas convencidas de que Chile cambió y para cuando Iñaki esté grande esto ya no será tema”, dice Carolina.

La llegada de Rosario, la nueva garzona del Ambrosía, se convirtió en un tormento para Carolina. “Me hacía sentir algo raro que no sabía bien qué era. Decidí evitarla a toda costa. No le hablaba y me sentaba siempre lo más lejos posible de ella”, dice Carolina.

Hasta que, cinco meses después, se encontraron en la fiesta de una amiga, frente al Parque Forestal. Carolina estaba bailando cuando sintió que la mano de Rosario rozaba la suya hasta que se la tomó fuerte y le dijo: “dame cinco minutos”, y salieron a la terraza.

–Me gustas mucho–, le dijo Rosario.

–Pucha, la verdad nunca me he metido con ninguna mujer. No es lo mío–, respondió sorprendida Carolina.

–Si quieres puedes darme un beso–, insistió Rosario.

En ese momento Carolina quedó en blanco y pensó: ¿Por qué no?

“Mientras nos dábamos el beso no podía dejar de analizar lo diferente que era la sensación de un beso con una mujer. Me impresionó la suavidad de ese beso”, recuerda Carolina. A partir de ese beso, no se separaron más.

Pero contarles a sus padres, Álvaro Bazán y Luz María Bañados, era algo imposible para Carolina. “Eran extremadamente estrictos y conservadores. Los mataba si les decía algo así. Cualquier cosa que se saliera de la norma no la toleraban. Jamás pensaron lo que les iba a tocar en la vida”, dice Carolina. Para Rosario, el no sentirse asumida por su pareja, era un problema. “No podía ir a los almuerzos familiares, había que mentir cuando viajábamos, tenía que esconderme y yo no estaba de acuerdo porque siempre fui consecuente con mi condición sexual”, dice Rosario, quien empujaba a su polola a contar su verdad.

Cinco años se demoró Carolina en revelar su lesbianismo a sus padres y esto desgastó tanto la relación con Rosario, que terminaron. Después de un año distanciadas, Carolina se decidió a hablar.

–Mamá, ya tengo 29 años y necesito contarte que hace cinco estoy enamorada de una mujer–, le dijo Carolina a su madre en el auto rumbo al Club Hípico donde tenían un evento. Carolina había tocado fondo y necesitaba desahogarse. Tras varios minutos de silencio Luz María Bañados dijo fuerte:

–¿Qué hicimos mal?

Esa misma noche se enteró su padre y él le hizo una sola pregunta:

–¿Eres correspondida?

–No lo sé–, respondió Carolina.

Al día siguiente, el sábado 27 de marzo de 2010, Rosario y Carolina se juntaron en un parque. “Mis papás ya saben que estoy enamorada de ti. Empecemos de cero. Yo solo te prometo que lo vamos a pasar muy bien juntas, siempre”, le dijo Carolina.

“Esa frase se convirtió en nuestro lema”, dice Rosario.  Entonces se reconciliaron, se fueron a vivir juntas y planearon un viaje para irse a estudiar a Francia. “Se nos ocurrió la idea para tener un año solas y afianzar la relación. Además, la distancia iba a ayudar a amortiguar el golpe en mi casa”, explica Carolina.

Seis meses después estaban viviendo en el centro de París, en el Marais, barrio gay y vanguardista. Carolina hizo un curso en la escuela de cocina Ferrandi y Rosario hizo un diplomado de Sommelir en Le Cordon Blue de París. Ambas hicieron su práctica en el aplaudido restorán Frenchie.

A su regreso, a fines de 2011, importaron el concepto de cenas clandestinas que estaba de moda en París y crearon Cocina Escondida-Chez Nous. Durante un año recibieron a grupos de 12 personas en el edificio de los elefantes, en el Parque Forestal, donde juntas los sorprendían cada noche con sofisticadas preparaciones y maridajes, en un lugar único en Santiago. En 2013 se enfocaron en posicionar al Ambrosía que reinauguraba en Vitacura y después se lanzarían a cumplir el sueño de abrir su propio restorán: el Chez-Nous. “Nos dimos cuenta que hacer un nuevo restorán nos iba a tener mínimo dos años trabajando a tiempo completo. Para ese proyecto tenemos toda la vida. El proyecto de hacer familia no podía esperar más”, dice Rosario.

ARMAR EL NIDO

En febrero próximo Carolina y Rosario celebrarán el Acuerdo de Unión Civil con una ceremonia en Papudo, junto a su hijo y el círculo más cercano.

Mientras Rosario empuja el carro en una tienda de decoración, Carolina camina tomada de su mano y con la otra no deja de tocar su panza. Están comprando baldosas y muebles para su departamento en Providencia, el nuevo hogar que están armando para instalarse después del nacimiento de Iñaki. En la pieza de su hijo ya colgaron una lámpara de diseño tipo móvil que compraron mucho antes de quedar embarazadas. Las paredes están forradas de un papel mural con dibujos de dinosaurios naranjos y verdes que les encanta. “En ese departamento armaremos nuestra familia y como ha sido siempre el lema de nuestra relación: lo vamos a pasar muy bien juntos. Ese será el motor: disfrutar y ser felices. Sabemos que se vienen situaciones difíciles, responder las preguntas de Iñaki cuando crezca de por qué tiene dos madres y no una madre y un padre, pero las iremos contestando paso a paso, sin esconderle nada. Además, somos unas convencidas de que Chile cambió y para cuando Iñaki esté grande esto ya no será tema”, dice Carolina. Rosario agrega: “Mi madre siempre dice que nosotras juntas somos invencibles, y creo que es verdad porque nos complementamos, desafiamos y nos obligamos a crecer, a superarnos y a aprender. No le tenemos miedo a nada, estamos viviendo nuestras vidas al máximo”.

En febrero se casarán simbólicamente en la playa de Papudo con su círculo más cercano y con su hijo participando de la ceremonia. “Celebraremos el Acuerdo de Unión Civil, que de alguna forma nos protege. Legalmente Iñaki aparecerá como el hijo de Carolina, que figurará como madre soltera en unión civil conmigo y eso ya nos convierte en familia”, dice Rosario. En marzo de 2016, cuando Iñaki tenga nueve meses, será el turno de Rosario para embarazarse, según la planificación que han hecho. Porque ambas quieren que Iñaki y su hermano tengan poca diferencia de edad. ·

*** REVISA AQUÍ UNA GALERÍA CON LA SESIÓN DE FOTOS DE ROSARIO Y CAROLINA ***

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