Todas las miradas de Claudia Burr

Reportajes y Entrevistas

Todas las miradas de Claudia Burr

Por Rodrigo miranda / producción soledad avilés / fotografías carolina vargas

La actriz habla de feminismo, de su apoyo a las acusaciones de actrices contra Herval Abreu, sus cuatro años en Suecia, su fanatismo por las series de TV nórdicas y el regreso al teatro con la obra Estado de emergencia.

Claudia Burr devoró Rita, serie danesa sobre los conflictos de la educación protagonizada por una profesora políticamente incorrecta. También recomienda con fervor la sueca Bonusfamiljen, drama familiar en torno a dos personas separadas que comienzan a vivir una historia juntos y cómo afecta esa relación a sus hijos. Entre 2012 y 2016 la actriz vivió en Lund, ciudad al sur de Suecia, junto a su pareja, el fotógrafo Mario Salazar, quien se crió en ese país tras el exilio de su familia. Fue ahí donde se enganchó a las series televisivas escandinavas con impecables actuaciones y factura de calidad. La actriz egresada de la UC tomó clases de sueco, aprendió el idioma como una inmigrante más y trabajó en 2014 en la miniserie sueca Viva Hate. A los 48 años y de regreso en Chile, la vida de la recordada intérprete de las teleseries Estúpido cupido, Oro verde, Sucupira, Iorana y Aquelarre se mueve vertiginosa y con la adrenalina al máximo. Anda en bicicleta o camina todo el rato y no es mucho de ir al gimnasio. Claudia Burr sostiene que siempre en acción toma las mejores decisiones.

¿Cuál fue tu experiencia como inmigrante en Suecia?
El Estado te proporciona clases de sueco para que te integres a la sociedad, es una manera amable y solidaria de acoger a los migrantes. Aprendí sueco y viví en Lund, ciudad universitaria efervescente en investigación científica y avances médicos, es una comunidad muy entretenida y fresca, cosmopolita, llena de jóvenes y fiestas en las plazas públicas, donde la música y los conciertos son muy importantes. Fue una aventura familiar, de lanzarnos para que mi hijo desde los seis años de edad tuviera memoria del país donde se crió su padre en el exilio, quien llegó a Suecia a la misma edad. Estoy al día con lo que pasa en Suecia porque tengo familiares allá y siempre mantendré ese contacto. Ahora están preocupados por el cambio climático. Llevan más de 40 días con sol y más de 30 grados de temperatura con incendios incontrolables. Llevan aviones con tanques de agua para intentar apagarlos, lo mismo que ocurrió en Chile el verano del año pasado.

Suecia es el país más igualitario de Europa y ves en las calles a los hombres cuidando a sus hijos también en días de semana.
Los hombres tienen el derecho de tomarse el posnatal, es algo fantástico para el desarrollo del hijo. Hay una sensación de seguridad y estabilidad que beneficia a la familia.

No hay servicio doméstico y las labores del hogar se reparten entre hombres y mujeres.
Los gerentes de las grandes empresas y los ministros del Gobierno no viven con grandes lujos, viven más o menos como las personas comunes y corrientes. Llegan a su casa a cocinar y luego limpian los platos, hombres y mujeres por igual; eso es como obvio y no hay que andar diciéndoles a los hombres que lo hagan. Todo es tan distinto a Chile. Mi pareja se crió en Suecia y es un hombre evolucionado, por algo lo elegí (ríe a carcajadas).

No hay desigualdad, la salud y la educación son gratis, hay pensiones dignas y el Estado protege a los ciudadanos. Lo opuesto a Chile.
Prefiero el modelo sueco sin inequidades y sin desigualdad. No hay por dónde perderse. Allá el hijo de un obrero y el hijo de un gerente van al mismo colegio. Ahora todo ese bienestar, ese piso mínimo garantizado para todos, se paga con tus impuestos.

En Suecia viviste en una sociedad más avanzada. Tienen un gobierno que se define feminista y su objetivo es disminuir la brecha de género.
Hace rato es así, es otro mundo. Hablando de género y lenguaje, allá existe: él, ella y un tercer género neutro, indefinido. Todos tienen cabida. Los derechos de la mujer y de los niños son prioridad.

¿Cómo fue trabajar en la miniserie sueca Viva Hate?
Ahí trabajé con Lena Endre, una de las actrices de la saga Millenium. Viva Hate es el nombre de una canción y es una serie sobre el punk y un grupo de chicos rebeldes en los años 90. Interpretaba a la madre de uno de ellos. Ahí también trabajaba un actor de la serie El puente (Bron), thriller sueco-danés que me encanta.

Vuelves a Chile en un momento histórico. ¿Apoyas la revolución feminista que estalló en mayo pasado?
Me parece fantástico, lo único que pedimos las mujeres es que haya igualdad en sueldos, oportunidades y reconocimientos. Hay que patalear, ya basta. Yo estoy tratando de criar y educar a mi hijo de 12 años con una visión más abierta.
La violencia machista contra la mujer sigue siendo una lacra. Tres mujeres fueron apuñaladas por neonazis en la pasada marcha por el aborto libre.
La violencia machista es un paradigma que hay que cambiar. Paren de matarnos. No podemos seguir viviendo en el miedo y defendiéndonos en todo momento.

¿Apoyas las acusaciones de abuso de actrices contra el director Herval Abreu?
Estoy del lado de las víctimas y las apoyo. Ningún tipo de abuso es una práctica legítima. De dónde vendrá esa necesidad de dominar al otro. Esto se acrecienta en un país donde hay mucha desigualdad. No entiendo cómo alguien llega a sentirse superior a otro. En mi caso, recuerdo discriminaciones por ser mujer. Una vez estaba a punto de firmar un contrato en Canal 13, quedé embarazada y me retiraron el contrato.

¿Criticas que no haya papeles para actrices de tu edad en televisión?
Hay personajes, pero son mínimos, no hay tantos. La verdad no veo televisión. Lo siento, las series escandinavas tienen cautivado mi corazón.

¿Tienes miedo de que no te llamen de la televisión?
No tengo ningún tipo de miedo. No hay que depender de que te llamen o no te llamen, una tiene que generar sus propios proyectos.

¿Te duele el estado anémico del área dramática de TVN?
Me duele el estado de muchas otras áreas dramáticas. Es terrible lo que es el mercado. Hubo un cambio de costumbres, de consumo. Hoy la gente se acostumbró a ver televisión cuando quiera y donde quiera, ya nadie quiere estar esperando el próximo capítulo de la serie que ve. Todo cambió. Como reflexiona la obra teatral Estado de emergencia, al final estamos todos sumidos en el individualismo, conectados a un dispositivo, solos y enajenados.

“HOY VIVIMOS DE LA IMAGEN Y HAY QUE APARENTAR”

Desenchufada de la televisión chilena, Claudia Burr se enfrenta ahora a su retorno al teatro en Estado de emergencia, del dramaturgo alemán Falk Richter, que dirige Luis Ureta en la sala Finis Terrae. Se le ve entusiasmada, radiante y confiada antes de entrar a función junto a los actores Jaime Omeñaca y Andrew Bargsted. Así retoma su trayectoria en las tablas que incluye títulos como Cierra esa boca, Conchita (1992), dirigida por Willy Semler; Las bellas atroces (1996), versión de Víctor Carrasco de la novela La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata; Palomitas de maíz (2000), de Fernando Villalobos, y El hijo de la peluquera (2010), dirigida por Javiera Contador y basada en textos de Francisco Llancaqueo.

Vuelves al teatro con una obra sobre la segregación, la paranoia por la seguridad y el miedo al otro, algo cercano si pensamos en los cacerolazos contra las viviendas sociales en Las Condes.
En la obra Estado de emergencia nos preguntamos quién es el diferente, qué te hace distinto a otra persona, cómo nos ven los otros. Uno quiere pensar que el otro es diferente, pero no somos diferentes. El otro es espejo de uno mismo. Los personajes de la obra construyen muros para que nadie interfiera en sus vidas y se aíslan en sus palacios de bienestar, presos de su propia libertad. Vemos el desplome de esa familia, su crisis y decadencia desde el inicio. Es un texto alemán escrito en el año 2007, muy apocalíptico pero muy contingente.

Tu personaje siente un miedo patológico a los terrores reales o imaginarios del exterior y convierte su casa en una cárcel de seguridad para protegerse de diferentes amenazas.
Ella empieza a observar comportamientos extraños hasta en su marido, porque recibe informes que él no está rindiendo como debería en su trabajo. Viven en una casa lujosa que está llena de cámaras y de seguridad. Todo es apariencia y muestran al resto una vida fantástica y feliz. Eso no es ciencia ficción, es contemporáneo, hoy vivimos de la imagen y del aparentar, y si no rendimos como nos exigen rendir vienen las depresiones.

El debate sobre la obsesión por la seguridad versus el derecho a la privacidad se instaló en Chile con los drones municipales y las cámaras de seguridad omnipresentes.
La realidad es peor que la aparición de drones municipales o privados. A través de las cámaras de nuestros celulares estamos siendo observados. Yo tengo mi computador con una cinta adhesiva en la cámara. Nos han estado sapeando desde hace mucho tiempo sin nosotros saberlo. Los algoritmos de internet rastrean nuestros gustos y preferencias de consumo. La privacidad desapareció. Ya fue. Así son los nuevos tiempos.

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