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27 julio, 2017
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Todo un hombre

A casi 10 años de instalarse en Buenos Aires, donde hizo familia, Benjamín Vicuña vive uno de los momentos más significativos de su carrera como actor al interpretar, con muy buena crítica, a la Eva Perón de Copi en el reputado Teatro Cervantes. Revista Paula estuvo en el estreno a público y conversó con él sobre su balance personal camino a los 40 y ser padre por quinta vez.

Por Rita Cox / Fotografía: Chino Toccalino, desde Buenos Aires


Paula 1231. Sábado 29 de julio de 2017.

La primera vez que entrevisté a Benjamín Vicuña fue en 2001 para un diario. Él, pareja de Paz Bascuñán en la teleserie Piel Canela, de canal 13, era el niño bonito del momento. Me citó en la casa que arrendaba junto a unos amigos, entre ellos el actor Diego Muñoz, en una calle cortita de Providencia, donde el comedor lo ocupaba una mesa de ping-pong, y en el segundo piso lo esperaba Bascuñán, su polola.

En 2003 me tocó entrevistarlo nuevamente, esta vez para Buenos Días a Todos, en la categoría de galán y promesa del Área Dramática de TVN. Fueron varias entrevistas, más bien, para un perfil que incluía a compañeros de colegio, una hermana y su madre. Ya había dejado la casa de Providencia y vivía solo en el edificio de ladrillos rojos que está al costado del Hotel Sheraton.

Este es el tercer encuentro con Benjamín Vicuña, cuyos pasos profesionales y extra profesionales he seguido como casi todo Chile a través de titulares, series, cine y farándula. Esta vez el contexto es el estreno a público de Copi, dos obras del fallecido dramaturgo argentino, dirigidas por Marcial di Fonzo Bo en el Teatro Cervantes, el reputado teatro nacional argentino.

Vicuña ya no es el mismo. Su atractivo es aún mayor que cuando tenía 23. Ya no es el niño bonito, ya no es el soltero codiciado, ya no es el actor de teleseries. Vicuña es un actor internacional, rostro de publicidad, embajador de Unicef, líder de opinión y empresario. Se enamoró, fue padre, se separó, se volvió a emparejar y espera ser padre por quinta vez. Próximo a cumplir 39, ha tocado el cielo y ha pasado temporadas en el infierno aprendiendo a vivir con el más desgarrador e innombrable de los dolores: la muerte de su hija Blanca, en 2012. Esa pérdida se impone automáticamente entre él y lo demás. Lo acompaña en todo. En cada segundo, en lo que hace, dice y calla. Está grabada en su cara, en sus ojos, en la cruz que cuelga de su cuello, en los roles que elige, en la foto que ocupa el fondo de pantalla de su celular, una niña preciosa que en Instagram él llama “niña de mis ojos”. También ahí, en otra foto, se lee lo que significan sus tres hijos hombres, Bautista, Beltrán y Benicio, “la piel que habito”.

Benjamín Vicuña ya no es el mismo. Es un sobreviviente.

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18 horas del 13 de julio, Vicuña llega al Teatro Cervantes, en la esquina de Libertad y Córdoba, con el pelo decolorado y punketa que requiere su rol de Eva Perón. Posa con maestría para la cámara de revista Paula. Ríe, mira hacia arriba, se pone serio, se saca la polera frente a un espejo, aparecen los bíceps, se asoma un tatuaje en la cadera, se pone la polera, saluda a cada trabajador que aparece y muestra un par de rincones que le encantan de este edificio patrimonial inaugurado en 1921, donde se respira un compromiso absoluto con el teatro.

Dos horas más tarde se abren las puertas y las 840 butacas de madera y terciopelo rojo son ocupadas por el público, guiado por los acomodadores que llevan décadas ahí. Una mujer de unos 70 años comenta con voz ronca “no puedo estar mucho rato parada ni sentada. Así es la vejez. Te podés suicidar, pero yo elegí vivir”. Antes, en el hall, como para completar esta escena estilo Woody Allen, un tipo joven ha repartido unos flyers fotocopiados en blanco y negro que difunden las actividades de un centro de sicoanálisis, entre ellas Borges y el Cine y La Lectura de la Divina Comedia. En el camarín, decorado con fotos de Evita, de sus hijos y de su pareja, China Suárez, Vicuña repasa su texto. Su obra viene después de El Homosexual o la Dificultad de Expresarse.

Le comento que está delgadísimo. “Sí, estoy flaco. Cuando veas la obra entenderás porqué”, responde. La Eva de Copi es una mujer enferma de cáncer, de paranoia y de narcisismo. Desesperada por trascender aunque su cuerpo se apague.  Sostiene una relación de dependencia y desconfianza con su madre (magnífica interpretación de Carlos Defeo). Vicuña, con acento argentino,  a veces de vestido de tul blanco, a veces casi desnudo, se mueve frenético, grita, llora, transita por el drama y, muy Copi, provoca con humor. Termina la obra y los aplausos obligan al elenco a salir dos veces. Cubierto por una bata, se ve feliz y emocionado. Apoya su mano derecha en el corazón. “El trabajo de Vicuña es notable en escena”, se lee en la crítica de Clarín.

¿Cómo ha sido ponerte en la piel de Eva?
Eva es un personaje icónico que admiro y respeto. Luchó por los derechos de la mujer, trabajó por los obreros y la gente humilde de este país, y también luchó contra su enfermedad, la adversidad y los prejuicios. Pero yo me tengo que despegar de mi cariño hacia ella para interpretar a la Eva de Copi. Si bien estoy exacerbando  rasgos femeninos e históricos, es un personaje, es un hombre por voluntad de Copi, que traspasa el género como parte del discurso de la obra. Esta Eva no es literalmente Eva: es una Eva con piernas peludas, con guiños contemporáneos como este pelo y pelucas como de cómic. La demanda física y emocional es muy alta.

Una cuestión animal

Con todo lo vivido, ¿qué es la trascendencia para ti?
Mis hijos. Lo tengo clarísimo, mi vida pasa por ahí, ya lo entendí y lo agradezco cada día que despierto.

Es una cuestión animal.
Es una cuestión animal. También reconozco que cuando pienso en mi trabajo, es pretencioso hablar de obra, intento que mis elecciones hablen de mí, de lo que pienso y creo, y que esos trabajos queden en el tiempo y trasciendan. Que sean proyectos que hablen de un momento de mi vida o de mis puntos de vista es la forma que tengo de opinar, de hacer política, de contribuir. Cuando hice El Bosque de Karadima (2015, Matías Lira), fue porque me parece fundamental hablar sobre los abusos, lo mismo que Imágenes Prohibidas (2013, CHV), un documental con imágenes de la dictadura. Eso no significa que me prive de hacer comedia, pero por esas elecciones pasa mi trascendencia.

¿Cómo ha sido ganarse un lugar en Argentina?
No ha sido fácil, un trabajo lleno de sacrificio y lucha, como le ocurre a cualquier trabajador, artista, futbolista e incluso a un turista que haya estado en Argentina. Es un medio competitivo, pero, además, se vive una rencilla que va más allá de todos nosotros: una rencilla histórica y política arraigada. Entonces, aunque te diga que está todo bien, se siente y cuesta. Entonces me siento agradecido del lugar que me han dado, que entiendo también me he ganado, más allá del ruido, de venir del país vecino.

¿Cómo es criar en un país que no es el tuyo?
Mis hijos hablan en argentino, pero aman Chile, aman ir en las vacaciones de invierno y de verano, estar con sus abuelos y sus 12 primos chilenos. Trato de desdramatizarlo porque también entiendo que el hogar va con uno y estoy muy cerca, a menos de dos horas en avión. Cuando estuve en España trabajando, y eran 14 horas, me generaba mucha angustia. Efectivamente hay una condición de extranjero que no me abandona nunca.

¿Tienes una relación cotidiana con ellos?
Cotidiana y presente. Vivo acá por ellos, me acompañan y estoy orgulloso del vínculo que tenemos.

Después de la temporada de mes y medio en el Cervantes, Vicuña partirá de gira por igual tiempo a Francia y a España. Estará viajando cada 10 días a Buenos Aires para estar con sus hijos.

¿No te consume tanto avión?
No, para mí los aviones son un espacio de tranquilidad, de soledad y de desconexión. Aunque ahora hay wi-fi, estamos cagados.

“Sacrificio” es una palabra que usas seguido.
Es una palabra muy grande, que tiene que ver con postergar y postergarse. Cuadrar los tiempos y viajes con las prioridades familiares, la crítica que duele, situaciones físicas que desgastan mucho. La gente no tiene porqué saber que para una película a veces me ha tocado estar 14 horas en la Patagonia, cagado de frío, o en el desierto 10 horas bajo el sol. Estar con 40 de fiebre sin poder parar la filmación. Mi trabajo no es más sacrificado que muchos otros en ese sentido. Lo que sí es especialmente intenso son las emociones, que debo enfrentar para armar mis personajes, y que en ocasiones duelen y harto. En esta obra, miro cara a cara a la muerte, hablo sobre mis propios fantasmas y para eso hay que tener arrojo y coraje.

Alfredo Castro dice que somatiza con sus personajes. ¿Te pasa?
Me pasa y es peligroso. En el caso de Eva me pasó que en el proceso, en la búsqueda, me metí en zonas complicadas y somaticé mucho con la enfermedad. Estuve con tos, con fiebre, me sentía realmente mal al punto de que no podía salir. Y me pregunté: “¿hasta dónde estoy somatizando?”. No sabía si era miedo, si era parte de la búsqueda.

Considerando que la muerte es el gran tema de esta obra, parece riesgosa esa aproximación que haces al lado oscuro.
Sí, pero me cuido de solo asomarme al dolor, de no perder la cabeza, porque especialmente el teatro te lleva a zonas complejas. Entiendo, como los gringos, que actuar también es “to play”: se puede jugar, divertirse, no todo es tan real ni morboso. Cuando aparece la tentación de ir más allá, pienso en mis hijos y esa tentación desaparece, todo vuelve a su lugar.

Con La Memoria del Agua (2015, Matías Bize) te expusiste totalmente al dolor: interpretaste a un padre que pierde a un hijo. Una película desgarradora.
Si fuese arquitecto, como mi hermano, a mi hija le hubiese construido una catedral. Hacer esa película fue mi manera de expresar mi dolor. En un mundo en que todo se evapora tan rápido, nada queda, ni las declaraciones, ni las fotos, ni nada, esa película queda.

¿Le tienes miedo a la muerte?
Si algo tiene de bueno una experiencia tan fuerte y tan dolorosa como vivir la muerte es entender que es parte de la vida, que convivimos con ella todo el día, todo el tiempo. Siempre está ahí. Incluso sería bueno perderle el respeto, como hacen otras culturas, que la celebran. Suena fuerte y pretencioso, pero ya no le tengo miedo a la muerte porque, más que una posibilidad, es una obligación.

Con todo lo vivido, ¿qué has aprendido sobre ser actor?
Aprendí que la gran escuela es la vida. Los 4 años en la Universidad de Chile me dieron herramientas, pero la escuela del actor es cómo te curte la vida, los golpes, las alegrías. Tengo la tranquilidad de que cada año que pasa soy un mejor actor. Cada nacimiento de mis hijos, cada partida de un ser querido, cada celebración, es algo que como actor tengo la conciencia de registrar y decir “esta felicidad, este dolor, recuérdalo, porque mañana lo vas a actuar”.

Fuerte.
Un poquito. Pero cada uno encuentra su forma.

¿De sanar?
De estar. Imagínate lo difícil que es estar ahora, ni en el futuro, ni en la ansiedad. Estar es un desafío cotidiano y creo que todos estamos en eso. A mí me pasa que el escenario, y no es de evasor, es un lugar en el que me gusta estar. Pareciera que ahí el tiempo se detuviera.

Postal kitsch

Un día después del estreno, Benjamín Vicuña ha pedido reunirse en el café del Malba. Muy cerca está el colegio de sus hijos y es un barrio que conoce bien. “Está muy ruidoso aquí, podría ser en la biblioteca o en el Dashi”, dice refiriéndose al restorán japonés de la esquina. Hasta allí caminamos. Vicuña viste los mismos pantalones negros, lleva lentes ópticos y una chaqueta, también de jeans negro de la marca argentina Ay Not Dead, con unos bordados muy cool. Entra, pedimos un té con lemon grass y él, como niño chico, pregunta por “ese postre helado de maracuyá”. Pasión tropical, se llama.

La instantánea que se saca de ti es que eres “mino” y exitoso. ¿Cómo te relacionas con el ego?
El ego no tiene que ver con cómo me veo ni con cómo me ven. Tiene que ver con la vida, con los miedos, con las ideas. El ego es gigantesco y por eso hay que tenerlo a pan y agua. Te puede llevar a tomar malas decisiones. Siempre se relaciona con los actores, pero está en todas partes: en arquitectos, periodistas, políticos, en el poder, para qué hablar en los doctores. No se trata de la imagen. Es más profundo y siniestro.

Tu relación con las mujeres es un tema, fuente de textos  incluso graciosos del tipo “coma tan rico como el Benja Vicuña” en un letrero de fonda. ¿Te reconoces ahí?
Lo veo como una caricatura, una distorsión de mí, de la que no hago oídos sordos. Hay quienes me dicen hace 15 años “no sé cómo puedes vivir con que te pidan autógrafos, fotos y ahora los memes”. Pero tengo la suerte de vivir de lo que amo y en la calle el público me entrega cariño y respeto. Por ahora me tomo los comentarios y ruido con humor, a veces me molestan y duelen, pero trato de desdramatizar y entender de dónde vienen.

¿Así logras vivir en paz?
Es más que eso. Es vivir con dignidad, que es la lucha de miles de trabajadores. Dignidad y respeto. Hoy hay que ser más fuertes porque están las redes sociales.

Tu mamá fue tu gran apoyo en tu decisión de ser actor. ¿Cómo sigue tu relación con ella?
Mi vieja es una figura absolutamente inspiradora en mi vida, es de las pocas personas que cuando sé que está en el público de una obra mía, me emociona como nadie. Es como si tuviésemos un secreto. Ella es la mirada compasiva, cómplice, amorosa. Tenemos una sensibilidad parecida y yo la gozo mucho. También viaja un montón. Nuestra relación ha ido mutando, porque ahora los dos somos padres, y los dos intentamos asimilar ciertas cosas.

La relación con tu papá era distante.
Es curioso cómo todo se va acomodando. Comencé reaccionando a su mirada, intentando demostrarle que yo me la podía, que yo era más. No fue fácil para él que yo quisiera ser actor. Luego me di cuenta de que parte de él está en mí y eso me permitió vivir en paz con ese lado mío. Soy socio del teatro Mori, estamos desarrollando una sala de cine en Bellavista, y no me avergüenza decir que tengo un lado de empresario, como mi papá. Después del clásico “matar al padre”, tenemos una historia de amor preciosa que yo abrazo.

Camino a los 40, ¿qué balance haces?
Me siento un afortunado, he vivido todo lo que un hombre puede vivir: la paternidad, el dolor, el amor, el éxito, el fracaso, la amistad. Tengo la sensación de que queda mucho por delante.

¿Cuál es tu postal de la felicidad?
Una postal muy kitsch. Un atardecer en la playa o en el campo en Chile, donde pertenezco, rodeado de las personas que amo. Hay algo en los atardeceres y amaneceres que me gusta. Esas sombras en que nada es lo que parece. El cierre y el comienzo del día.

Lee también una entrevista a Benjamín Vicuña del Archivo Paula: El precio de la buena suerte (2011)

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