Tomás está desapareciendo

Reportajes y Entrevistas

Tomás está desapareciendo

Por Juan José Richards / Fotografía: Paloma Palomino

Al actualizar su foto de perfil en Facebook hace unos pocos días, Tomás Varas hizo público su proceso: desde trasvestirse secretamente durante su infancia y adolescencia -pasando por creer que tenía un desvío sexual- hasta asumir que es una mujer transgénero y empezar un tratamiento de reemplazo hormonal. Su historia, ahora como Daniela, recién comienza.

El martes 10 de julio el diseñador Tomás Varas Arnello (31) estaba editando un video en su taller en Bellavista cuando salió a fumarse un cigarro y decidió hacer algo que no hacía hace semanas: meterse a Facebook. Apenas abrió la aplicación, la red social le avisó que no cambiaba su foto de perfil hace bastante tiempo. A Tomás le pareció que era una buena idea actualizarla. De hecho, pensó de inmediato en una foto que le había sacado un amigo mientras otro lo maquillaba para el pasado Pride Parade en Santiago. “La foto es súper bonita porque es bien espontánea. Cuando me piden que pose para la foto soy como Chandler de Friends y pongo una sonrisa muy tiesa, absurdamente mala. Y en esta estaba semisonriente. Me veía natural”, cuenta.

Seleccionó esa foto, la subió y a los diez minutos de haberla compartido un antiguo compañero de generación del Colegio San Ignacio El Bosque le escribió por interno. “¿Estás en tu transición? De ser así, felicidades”. La última vez que Tomás había visto a ese compañero había sido hace diez años y, sin embargo, sólo a partir de la foto había acertado. Después de un largo proceso de terapia, Tomás se había dado cuenta que era una mujer transgénero y había empezado el pre-tratamiento hormonal para bloquear su producción de testosterona y empezar su tránsito.

Desde finales del año pasado le había contado a su sicóloga, a su familia y a algunas amigas sobre que era transgénero. En total sabían ocho personas y en Facebook tenía 850 contactos. “Había llegado a una especie de encrucijada. Sentía la necesidad de contarlo porque no podía seguir privándome de ser quién soy a nivel público. Y hoy todo lo relacionado a Internet es lo público, mucho más que andar en la calle. Mientras por un lado creía que debía hacer el anuncio, por otro no me atrevía, principalmente por miedo al rechazo”.

¿Te habían rechazado antes?
En general no… pero por opción. A pesar de que se dice que el San Ignacio es un colegio más relajado y hippie que los demás colegios de elite, en el fondo es el mismo caldo de cultivo que en cualquier lugar, el mismo bullying.

¿A ti te hacían bullying?
En el colegio empecé a cachar que me sentía diferente, pero no sabía qué era. A los compañeros más femeninos les hacían un bullying atroz y yo no quise eso para mí, por lo que me caractericé de otra forma. Era el hueón volado que dormía todo el día, el hippie roñoso que vendía pitos y que también le hacía bullying a otras personas. Para poder sobrevivir en esa jungla había que ser cuero de chancho, por un lado, y mercenario por el otro.

¿En ese momento tenías claro que eras una mujer trans?
No, no tenía idea. Creía que tenía un fetichismo travesti porque desde los cinco años me vestía de mujer.

¿Vestirte de mujer era una práctica que experimentabas o que reprimías?
Experimentaba con esto secretamente pero después venía una represión absoluta y mucha culpabilidad. Sentía que estaba loco. No entendía nada ni lo compartía con nadie. Ni con mis amigos ni con mi familia.

Tomás es el menor de tres hermanos, tiene un hermano filósofo de 37 años que está haciendo su doctorado en Londres, y una hermana de 36 que, como sus dos papás, es arquitecto y vive en Chile. “Mis papás son personas súper esforzadas, no en el discurso de falsa modestia, sino que se esfuerzan mucho cotidianamente para poder vivir tranquilos. Valóricamente son abiertos y como todas las personas de su generación son hijos de la dictadura, que sufrieron y empezaron a tener hijos mientras estudiaban. Lograron salir adelante y formar una familia muy bonita”.

¿Cómo era tu relación con ellos?
Buena, pero no eran mis amigos ni les contaba de mis problemas. Nada.

Tomás se graduó de Literatura en la Universidad Diego Portales, hizo un diplomado en animación y después estudió Diseño de Ambientes en el DUOC. Tomó un curso de diseño de interiores en The School of Visual Artes en Nueva York y hasta los 27 años vivió con sus papás. Hace tres años llegó a su casa después de una fiesta, se trasvistió y se quedó dormido. Al día siguiente, despertó a las diez de la mañana –una hora en que ya creía que sus papás estaban en la oficina– y se levantó con pantys, tacos y maquillaje. Abrió la puerta de su pieza y se encontró frente a frente con su papá.

¿Qué sentiste cuando te vio así?
Una concentración temporal de estrés que nunca había sentido. Pero al mismo tiempo una pizca de alivio. Porque dije ‘bueno, ya fue’. Ahora para adelante. Por mala o buena suerte, voy a empezar a soltar este tema.

¿Y tu papá cómo reaccionó?
Él es muy querendón pero muy hermético. Quedó bien para adentro y fue muy sorprendente porque salió de su hermetismo y me invitó a conversar. Tuvo la reacción más lógica que fue pensar que yo era gay. Y yo le expliqué que no sentía que fuera gay, sino que sentía que era heterosexual pero tenía este rollo travesti desde siempre.

¿Cómo te sentiste al decírselo?
Siempre me he caracterizado por ser una persona muy sociable y armo lazos importantes con casi toda la gente que conozco, entonces no haber exteriorizado nada de esto era súper desagradable. Me sentía escondiéndole cosas a la gente y al mismo tiempo aterrado de que algo se supiera. Sentí miedo, pero fue liberador.

¿Y tu mamá?
A ella me daba mucho miedo decirle.

Tomás había tenido su primera polola en el colegio, una segunda durante los primeros años de la universidad y otra a finales de la carrera. “Cuando egresé me pasé un tiempo soltero hasta que conocí a mi última polola. Empezamos a salir el 2014 y estuvimos juntos hasta principios del 2017. Se llama Tammy, y es la chica que más he amado en mi vida”.

¿Y a ella le contaste algo?
Para mi cumpleaños del 2015 le conté que tenía este fetichismo travesti y dentro de todo se lo tomó bien. Unos días después, me dijo que le daba lo mismo, que me quería y que quería seguir conmigo.

¿El tema del travestismo había aparecido antes con tus pololas?
No, sólo con la Tammy. Con ella teníamos un proyecto de relación súper lindo. Con el tiempo, y por un desgaste natural de pareja, terminamos, aunque volvimos varias veces. Ahí también volví a terapia porque quería encontrar el origen de lo que me pasaba. Llegué a pensar que cuando chico me habían violado, porque suponía que esa era una de las causas más comunes de los desvíos sexuales.

¿Considerabas que lo que te estaba pasando era un desvío?
Hasta asumir que era trans, sí. Yo creía que tenía un problema, algo que estaba mal y que no tenía que ser. Lo veía como una especie de pecado, aunque no creyera en la religión.

Cuando hace más de un año Tomás llegó por primera vez donde la sicóloga Marisela Alfaro, le dijo que tenía un tema con su identidad. Por esa época seguía creyendo que tenía un fetichismo travesti, de hecho nunca había escuchado la palabra transexual. “Vi un documental de Vice sobre transexuales y fue una revelación paradigmática, porque puso en jaque superar la concepción mental, ideológica, valórica y emocional de mí mismo. Yo decía soy Tomás Varas, tengo estos gustos, tengo estos valores… y tengo este rollo de vestirme y creerme mujer por un rato. Cuando apareció la transexualidad, sentí que todo lo que estaba latente era la fachada de algo mucho más profundo”. Tras seis meses de conversar y reflexionar junto a su sicóloga, el día 13 de septiembre del 2017 en terapia se dio cuenta: “no era que me gustara vestirme de mujer. Es que me siento mujer… Yo soy trans”.

¿Cómo lo supiste con certeza?
Porque al decirlo sentí una felicidad que nunca había sentido. Sentí dicha. Por fin después de toda mi vida me sentía a lugar con mi identidad. Lo pronuncié, el cerebro hizo su proceso racional, lo conecté emocionalmente y dije ‘esto es’.

Entonces vino lo más difícil: contarle a sus papás.

Durante meses estuvo preparando su discurso hasta que el 30 de diciembre llegó a su casa y se echó a ver Silver Lining Playbook, el emotivo drama familiar de David O. Russell, que cuenta la historia de un joven que vuelve a la casa de sus papás después de haber estado en un hospital siquiátrico. Cuando terminó de verla, se vio llorando y sintió que era el momento de decirles y los llevó al patio. “Me di mil quinientas vueltas, pero finalmente les expliqué torpemente que toda mi vida creí que había sido alguien que en verdad no era. Que a través de la terapia había descubierto que era trans y que haber resuelto esto me hacía muy feliz”.

¿Y cómo reaccionaron?
Creo que estaban en shock. Les dije que si tenían dudas lo podíamos hablar, pero me pidieron un tiempo para procesarlo.

Ahí empezó un proceso más difícil, en que Tomás y sus papás hablaron muy poco. Ellos se fueron de vacaciones al sur, mientras Tomás siguió yendo a terapia y empezó a salir del clóset con sus amigos más cercanos. “Nunca hubo un rechazo absoluto, pero algunas personas me preguntaban si estaba seguro-seguro de lo que les estaba contando”. Por esa época Tomás contactó a la OTD (Organizando Trans Diversidades), una organización que busca reivindicar los derechos trans y fue a una de sus reuniones mensuales en Recoleta, donde se encontró con mujeres trans de todas las edades, orígenes, situaciones económicas, culturales y nacionalidades. Con ellas conoció otras realidades, compartió su experiencia y conectó a través de la emoción. Conversaron temas diversos, desde hablar qué se siente tener vagina hasta cómo es vivir siendo trans y su vinculación con el activismo. Ahí consiguió información sobre cómo empezar su transición.

“Cuando le conté a mi familia ya tenía tomada la decisión de que quería transitar. Sentía que tenía que hacerlo. Era la única posibilidad de ser feliz”, dice. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó el mes pasado la transexualidad de su lista de enfermedades mentales, su sicóloga le firmó una carta en la que certifica que Tomás tiene un trastorno de identidad, porque el proceso en Chile se sigue rigiendo por el manual de Diagnóstico y Clínico de los Trastornos Mentales (DSM-5) de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Paralelamente, fue a algunas sesiones con una siquiatra y con sus certificados en mano llegó donde el endocrinólogo Enzo Devoto que ha trabajado antes con casos como el suyo. Tomás empezó con el pre-tratamiento hormonal con Espironolactona, que reduce la producción de testosterona y permite que al tomar hormonas feminizantes hagan efecto. Recién hace una semana siguió con el estrógeno y la progesterona.

¿Este era un gasto muy alto?
Es que pasó a ser un gasto a nivel de la misma prioridad que pagar el arriendo de mi departamento. Así de importante.

¿Tuviste algún reparo o aprensión con empezar el tratamiento?
Quizás solo uno. Cuando empiezas con la Espironolactona, se descarta la posibilidad de tener hijos, y al poco tiempo es irreversible.

¿Era algo que querías, tener hijos?
Se dio un cambio bonito para mí. Nunca tuve mucha onda con los niños y después, cuando me di cuenta que era una mujer transgénero, caché que no quería ser papá, sino que quería ser mamá. Y quiero serlo.

¿Y a tu ex polola le contaste en algún momento que eras una mujer trans?
Sí, y ha sido un desafío reconstruir nuestra relación, pero seguimos teniendo una buena amistad. Para ella fue como para mi familia, una especie de duelo porque empezó a desaparecer Tomás.

Que Tomás esté desapareciendo ha llevado a que comience a aparecer Daniela. A primera vista, sentada en un café de Providencia, Daniela todavía parece un hombre: es alta y trae puesto un par de jeans, polerón y zapatillas. Pero anda con cartera. Tiene el pelo largo y ondulado. Como lleva seis sesiones de depilación láser para eliminar el vello facial, donde antes había una barba frondosa ahora apenas hay unas sombras. Tiene los ojos delineados y las uñas pintadas de rojo. “Mi identidad corpórea visual femenina ya está más o menos determinada. Ya crecí y pasé la pubertad. Sin tacos mido 1.86 cms, mi espalda es ancha y así va a ser. Pero cada día me resulta más natural decir soy trans, vivo en Chile y esta es mi historia”.

Dice que está aprendiendo a querer su cuerpo. Prende un cigarro y por una de sus muñecas se asoman trazos de tinta. Se acaba de tatuar en el antebrazo una imagen de la que fue el ícono de feminidad durante su infancia: una Sailor Jupiter, junto a una frase que dice Fight like a girl (pelea como una chica). Sigue yendo a terapia y sus papás están en terapia también. “La conversación cambió para bien desde que le conté a mi hermana y a mi cuñado, que me apoyaron mucho. La verdad es que todo se ha vuelto más llevadero… Hasta que vino esta pregunta de si hacerlo o no público por Facebook cuando ese compañero de curso me preguntó la semana pasada”.

Había subido su foto y horas después decidió agregarle un texto. Escribía y borraba, hasta que redactó uno definitivo:

“Una amiga me contaba sobre cómo era la sensación de tirarse en paracaídas y, si bien me imaginaba el pavor de esa vivencia, me doy cuenta ahora de que hace un rato ya me tiré de un avión en vuelo, sin mucha idea de cómo funcionaría el paracaídas, ni cómo caer (sobre todo cómo caer), y que ahora estoy pisando el suelo, sin huesos rotos ni contusiones graves. Salté a un vacío figurativo hace poco menos de un año, cuando me di cuenta de que algo en mi vida tenía que cambiar y tomar un curso que venía pateando de hace años, y que era algo por lo que necesitaba luchar el resto de mi vida: algo súper obvio y natural para muchos, la necesidad de vivir libremente y sin avergonzarse ni repudiarse de quién se es. Luego de mucho tiempo y trabajo, puedo decir ahora que soy trans, que he vivido con un secreto agobiante y que ahora puedo respirar tranquila. Lo que el futuro contenga para y con mi vida, lo tomo feliz y deseosa de seguir con la frente en alto y orgullosa de mí misma”.

Después de postearlo, se cambió el nombre a Daniela y el género de masculino a femenino. “Tuve más likes, comentarios y apoyo que nunca”, dice mostrando su teléfono justo cuando le entra una llamada. Es uno de sus clientes que todavía no saben que empezó a transitar.

“¿Aló, Tomás?”, preguntan al otro lado de la línea.

Daniela responde que sí y tienen una conversación casual de trabajo.
Cuando corta dice: “No es que me duela, pero me da lata tener que contestar así porque de cierta manera tengo que volver a modificarme, a hablar y a actuar como Tomás. Y Daniela es una persona mucho más bacán que Tomás”.

¿Por qué?
Porque logra conectarse emocionalmente consigo misma y con el resto, cosa que Tomás muy pocas veces logró hacer en su vida. Ahora estoy viviendo de una forma mucho más auténtica.

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