Un amor sin complicaciones

Reportajes y Entrevistas

Un amor sin complicaciones

Por Paula Lanata / Ilustración Gertrudis Shaw

Pese a ser una lectora asidua de las historias de amor, siempre me ha chocado la percepción que tiene la sociedad sobre lo que significa estar en una relación. Si conoces a alguien, tiene que venir con drama incluido. Me acuerdo que cuando chica todas mis amigas tenían pareja y era literalmente una guerra. Tenía que ser difícil, intenso, prohibido. Yo nunca encajé en eso. Prefería mil veces estar sola que con una persona que no valiera la pena o que me generara inestabilidad. Lo peor, es que si llega alguien sano, sin caos a sus espaldas, uno piensa que es muy bueno para ser verdad. Que algo extraño debe haber ahí. Y se asusta y no lo intenta.

Creo que el problema es que desde chicas nos vendieron el cuento respecto al amor. En todas las películas de Disney, por ejemplo, las relaciones tenían que costar. Siempre se involucraban terceros, madrastras y brujas hacían la vida imposible, o las princesas, por algún motivo no podían estar con sus respectivos amores. Terminamos por comernos esas historias y normalizarlas. Y tendimos a obsesionarnos con aquel que nos complica la existencia, nos hace sufrir, nos genera controversias y causa mariposas intensas. Con eso crecimos. Las conversaciones con las amigas giraban en torno a ese tema, en cambio las historias con el ‘bueno’, no eran interesantes para contar.

Siempre me sentí más simple, práctica y ajena a ese concepto de amor. No me calzaba. Sí tenía relaciones, pero ninguna que valiera la pena como para formalizar. Sentía que la persona que llegara a mi vida no tenía que hacer nada más que sumar, darme alegría y aprendizajes, y si eso no pasaba, prefería seguir soltera. Me costaba entender por qué el resto no era capaz de cortar de raíz una relación tóxica y lanzarse a hacer a otra cosa, atreverse a esa incertidumbre que depara el futuro. Siento que el problema es pensar que si la vida no es en pareja, no es vida. A mí siempre me educaron en un ambiente más ‘moderno’. Mi mamá me dijo desde chica que tenía que ser independiente en todos los sentidos, amoroso y económico. Y tener la capacidad de saber dejar. Ella sufría escuchando las historias de mis amigas y no entendía cómo no había alguien ahí para decirles que valían un montón. También creo que me influyó mucho ver cómo en mi casa no existía el concepto de ‘roles de género’. Mi papá, por ejemplo, era el que nos atendía cuando estábamos enfermos y el que cocinaba. Se repartieron muy bien las tareas de la casa, por lo que aprendí que las mujeres también podemos hacer de todo. Entonces si no estaba con alguien, había mil planes más.

Estaba tranquila y segura con mi manera de ver el amor y sabía que la persona indicada iba a llegar cuando fuese necesario. Nunca voy a olvidar a la pareja de venezolanos que conocí por accidente en Lima. Fueron el fiel reflejo de lo que para mí significa tener a alguien. Lo habían dejado todo por intentar vivir mejor. Pasaron de trabajar en un bufete de abogados a servir hamburguesas. Sin embargo, su felicidad era contagiosa, caminaban de la mano por las calles, no se lamentaban por el pasado, vivían intensamente cada nuevo día. Era un amor auténtico y simple. La historia de ellos despertó algo en mí, y reconozco que pensé ‘cuándo llegará esa persona’.

Meses después, recibí el correo de un conocido de mi universidad. Teníamos amigos en común, pero pocas veces nos habíamos topado. Me dijo que había leído un texto mío en la revista online que trabajo y que prácticamente le había cambiado su vida. Se trataba sobre cómo desperdiciamos el tiempo en cosas innecesarias y nos quejamos de no tenerlo. Me preguntó si quería tomarme un café con él. Lo tomé con una sonrisa y le dije que sí. No quiero sonar tan cliché, pero de verdad hubo un flechazo de inmediato. No uno alocado, sino que súper aterrizado, sin dramas, positivo. Nada fue fingido, se dio muy natural. Y nos dimos cuenta que teníamos muchas cosas en común.

Empezamos salir y estamos juntos hasta el día de hoy. Llegó sin pensar que llegaría pronto, sin complicaciones y simplemente para sumar. Y si algún monje budista algún día lee esto seguramente estaría feliz, porque alguien entendió su filosofía respecto al amor: una relación sublime, sin dramas, de dos personas que simplemente están juntas porque quieren compartir su ahora. Un amor que surgió por mis textos y que llegó para quedarse un largo rato.

Paula Latana es de Ecuador y estudió Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Actualmente escribe en la revista Awake. 

 

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