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11 diciembre, 2013
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Una autista ejemplar

La norteamericana Temple Grandin (66) fue diagnosticada con autismo a los 2 años, no pronunció palabra alguna hasta los 4 y los médicos le advirtieron a su madre que jamás alcanzaría un desarrollo normal. Hoy es una sicóloga doctorada en Ciencias Animales, autora de seis best sellers y dicta conferencias en las que habla del autismo ante cientos de personas. Estuvo en Chile invitada por Fundación Descúbreme y este es su inspirador testimonio.

Por Sofía Aldea / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1137. Sábado 14 de diciembre de 2013.

Temple Grandin (66) es una mujer con una vida excepcional. Sicóloga con doctorado en Ciencias Animales de la University of Illinois y profesora de comportamiento animal en la Universidad de Colorado, nació en Boston y le diagnosticaron autismo en 1949, época en que se asociaba a un daño cerebral. Entonces tenía 2 años y una madre excepcional que también se negó a seguir los consejos de los especialistas que le recomendaron internarla en una institución mental. En cambio, la incentivó a salir al mundo.

Temple asistió a un colegio con integración y después de clases, dos o tres veces a la semana, trabajó en un pequeño almacén cerca de su casa y ayudó en el taller de costura a una amiga de su mamá. Aprendió a ser muy bien educada; a mirar a los ojos y saludar con la mano, a pesar de que no toleraba que la tocaran. “Fue muy difícil, tanto para mi madre como para mí, pero desarrollar este tipo de habilidades fue lo que me permitió después poder asistir a la universidad, desarrollarme laboralmente y tener contacto con la gente”, recuerda Grandin.

A los 16 años, su madre le organizó una estadía durante el verano en el rancho de su hermano, en Arizona. Temple no quería ir. Su mamá, convencida de que el desarrollo de su hija dependía del contacto con otros, fue clara: debía hacerlo y solo podía elegir cuánto tiempo quería quedarse. Y así, lo que en un principio fue un problema, se convirtió en el hito que cambió su vida. En la granja Grandin desarrolló su relación con los animales y conoció el sistema clásico que se utilizaba en los mataderos del oeste norteamericano. Rápidamente se dio cuenta de detalles en el proceso que otros pasaban por alto: el mugido de las vacas cambiaba cuando las hacían caminar en círculos y muchas veces se detenían en el recorrido ya que, debido a su sensibilidad sensorial, se veían afectadas por cosas como el brillo de una lata. Con el fin de hacer que este proceso fuera menos estresante para los animales y más efectivo para los empresarios, se metió de lleno en el mundo de la ganadería, industria que en la década de los setenta estaba dominada por cowboys que vieron con recelo que una mujer quisiera cambiar la forma de hacer las cosas. Temple cambió sus vestidos por camisas rancheras y visitó una y otra vez los mataderos más emblemáticos de la zona. Y en base a años de observación, llegó al diseño ganadero que lleva su nombre, Grandin Livestock Handling Systems, y que actualmente está implementado en casi 60% de la industria norteamericana. Basada en el comportamiento animal, descubrió que cosas simples como evitar el uso de rejas para que no pase luz, disminuir los sonidos agregando topes de gomas a las puertas metálicas y que las paredes del recorrido del matadero estén pintadas de un color uniforme, generaban enormes cambios tanto en la calidad de vida animal como en la productividad de las empresas ganaderas.

Hoy Temple, esa niña autista que pronunció su primera palabra a los 4 años, da charlas para cientos de personas alrededor de todo el mundo y ha publicado seis best sellers, entre ellos Thinking in Pictures, y The Autistic Brain. Además, fue nombrada como una de los 100 héroes del mundo por la revista Time en 2010; e inspiró una premiada película que lleva su nombre –realizada por HBO y protagonizada por Claire Danes, que fue ganadora de seis premios Emmy en 2010, entre los que se encuentran Mejor película o Miniserie y Mejor actriz protagónica–, en la que se cuenta la ejemplar historia de su vida.

En la película Temple Grandin se muestra lo importante que fue tu mamá para el desarrollo de tus capacidades.
Absolutamente, ella siempre me empujó. Tuve una muy buena educación temprana con mucho énfasis en educación social. Cada vez que había una comida en mi casa, yo era la encargada de recibir a la gente, tenía que saludar a todos de la mano y me encargaba de guardar sus abrigos. También se preocupó de que tuviera habilidades laborales, por lo que desde los 13 años siempre trabajé después de clases. Ahí aprendí cosas como la importancia de ser puntual y seguir instrucciones. Mi mamá siempre destacó mis habilidades, enfocándose en lo que podía hacer y no en lo que no podía. Yo era muy buena en arte y siempre se preocupó de que lo desarrollara, de que dibujara en mis tiempos libres. Y así fue como el dibujo se transformó en la base de mi trabajo como diseñadora industrial. Hay una tendencia a sobreproteger a niños con discapacidad o a niños que son socialmente etiquetados, pero eso es un error. La clave está en sacarlos al mundo e incentivarlos a que hagan cosas.

En la granja de tu tío comenzaste tu relación con los animales, con quienes tienes una conexión especial. Se dice que eres capaz de entender cómo piensan.
Lo primero que hice con la ganadería fue observar a lo que le temían los animales: una sombra, el brillo del agua. Eran detalles visuales que el resto no notaba. Eso era muy obvio para mí, pero en ese tiempo creía que todo el mundo pensaba con imágenes, como yo. Hay diferentes formas de conocimientos, como el pensamiento visual, el pensamiento matemático o el pensamiento lingüístico. Y los animales no piensan con lenguaje como lo hace la mayoría de los seres humanos, por lo que las vacas van guardando en su cabeza imágenes y los perros guardan los olores. Su manera de entender el mundo es a través de los sentidos. Creo que lo que me ayudó a trabajar con animales es el proceso y la forma en la que pienso, que también es sensorial.

Has contado que en el colegio sufriste de bullying por ser diferente y después al entrar a la ganadería fuiste discriminada por ser mujer. ¿Cómo se vence la discriminación?
Cuando comencé en la industria ganadera yo nunca hablé del autismo, la gente solo pensaba que yo era rara. Era plena década de los setenta y no había mujeres en la industria. Fui pionera en eso. Comencé a demostrar cuánto valía primero convirtiéndome en una buena escritora de artículos de ganadería para revistas. Y, cuando comencé con el diseño ganadero, cuando la gente pensaba que era rara yo me limitaba a mostrar mis dibujos. Fui haciéndome cada vez más espacios porque comencé a ser reconocida por mi trabajo. Así aprendí que la mejor manera de enfrentar la discriminación es mostrar tus habilidades.

“Hay una tendencia a sobreproteger a niños con discapacidad o a niños que son socialmente etiquetados, pero eso es un error. La clave está en sacarlos al mundo e incentivarlos a que hagan cosas”.

En tu adolescencia tenías problemas con entender a la gente. ¿Lo has superado con los años? ¿Qué te cuesta entender todavía?
He aprendido cuán irracional son cosas como la política. Cuando tu cabeza es pura lógica te das cuenta de que a este mundo le falta ese tipo de pensamiento para resolver temas como la energía o la contaminación. Y en internet solo empeoran las cosas, porque es un espacio para pensamientos extremos. Por ejemplo, ahora están en plena discusión sobre el fracking (técnica de fracturación hidráulica para la extracción de gas no convencional), que cuando se realiza mal es muy contaminante. Entonces hay gente a favor y gente en contra peleando si es bueno o es malo. Pero la solución generalmente siempre está en el medio, que en este caso es ver cómo se hace bien, porque con cuidado no debería contaminar. Hay que aprender a resolver los problemas más que quedarse peleando por visiones irracionales.

Durante la película de tu vida se repite mucho la frase “diferente, pero no menos”.
Cuando era profesora asistente tuve un alumno en silla de ruedas que copió en un examen y usó la excusa de que era discapacitado. Pero como su condición no afectaba su cabeza, lo reprobé. No necesitaba sus piernas para hacer la prueba y tenía un cerebro que funcionaba perfecto. Mucha gente cree que tener un diagnóstico o una etiqueta te convierte en una persona de menor categoría, pero no es así. El tema está en enfocarse en lo que la gente sí puede hacer, que muchas veces incluso hace que uno destaque entre los demás porque en esa diferencia puede existir una ventaja.

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