Una colección de perlas

Reportajes y Entrevistas

Una colección de perlas

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Diez cronistas fueron invitados por América Solidaria a escribir sobre realidades ignoradas en el continente para el libro, Bajo el cielo de América. La historia de Gladys Ramírez, Popa, es una de esos relatos, que publicamos como adelanto. Hace 12 años en Cerro Navia ella creó una fundación donde acoge a 60 niños y jóvenes con discapacidad, entre ellos Camila, su hija.

Por Patricio de La Paz / Fotografía: Carolina Vargas

Paula 1242. Sábado 30 de diciembre de 2017.

La Popa entra sin hacer ruido. Abre la puerta y se instala detrás de los 12 jóvenes que asisten este lunes al taller laboral. Está muy seria.

Las actividades en la Fundación Amigos de Jesús empezaron hace más de una hora en esta casa en Cerro Navia. Y la mujer que creó esta organización acaba de entrar a esta sala diminuta porque tiene cosas que decir.

La Popa está enojada.

De repente, desde atrás, cuando el monitor del grupo, Fabián, hace una pausa, ella deja oír su voz:

–¿Por qué están trabajando en esta sala donde no hay espacio para trabajar?

La sala está desordenada. A los hornos y batidoras y mesones habituales de este taller, hoy se suman bolsas de plástico por doquier. En ellas hay ropa, zapatos y juguetes donados a esta fundación que acoge niños y jóvenes en situación de discapacidad física e intelectual.

Son tantas bolsas que los 12 jóvenes tuvieron dificultades para instalar sus sillas en medio del caos. Eso puso de mal humor a la Popa.

–¿De qué les estaba hablando Fabián? –pregunta.

Empieza a interrogarlos. Uno a uno.

Nadie responde que hace un minuto Fabián les hablaba de la importancia de la higiene cuando uno busca trabajo, porque este taller es para capacitarlos para el mercado laboral.

–¿De qué les estaba hablando Fabián? –repite la Popa.

Silencio.

–Qué pena chiquillos, vienen solo a calentar la silla. Si siguen así, siempre van a ser dependientes de sus familias, porque ustedes no se esfuerzan. ¿Por qué si esta sala estaba así ninguno pidió una explicación? Deben pedirlas cuando las cosas no les parecen, deben hacerse responsables de ustedes. Me molesta ver esto hoy. La pobreza existe porque nos acostumbramos a estar en el desorden, a no bañarnos, a dejarnos estar. Ustedes son cómodos, quieren ser siempre los pobrecitos –dice la Popa, firme.

–¿Son enfermos ustedes? –pregunta.

Algunos dicen que no. La Popa se acerca a los que no contestaron.

–Marco, ¿eres enfermo tú? –dice, acercándose a un joven con síndrome de Down.

Marco no responde.

–¿Tienes lengua? Dime, ¿eres enfermo?

Marco dice que no.

–Entonces levanta tu cabeza. Tú eres una persona sana. Aquí yo no tengo niños enfermos. Deben ordenar; el orden da dignidad, chiquillos. ¿Qué les pasa?

Me siguen demostrando que son niñitos cómodos. No pueden trabajar en un lugar repleto de bolsas.

Marco dice que tiene pena. Que quiere disculparse con su monitor.

–Pídele disculpas –dice la Popa.

Marco se para y abraza a Fabián. La Popa se retira, sin sonreír.

Los jóvenes de esta sala saben que ella es así, que los trata como pares, no como seres que inspiran lástima, porque los considera iguales. Esa mirada, aunque a veces parezca brusca, según la Popa también constituye dignidad.

Para la Popa, y lo explicará después, todos estos chicos son perlas.

***

La Fundación Amigos de Jesús no habría existido si en 1959 no hubiera nacido Gladys Ramírez en un campo en La Higuerilla, en la Región del Maule.

No sabe qué número exacto de hijo fue ella entre los 18 que tuvieron Juan y Sara María. Solo sobrevivieron 10, que la madre crió sola luego de la prematura muerte de su marido. Era una vida sacrificada –vigilar la siembra, cuidar animales– y se iba a la escuela cuando se podía.

Gladys, a quien desde niña le dicen Popa, fue hasta cuarto básico. Ya adulta, en Santiago, llegaría hasta octavo.

La Popa se casó a los 17 años con Óscar Herrera, también del campo. Poco después se vinieron a Santiago y se instalaron en Cerro Navia, comuna de la cual nunca se moverían. Primero vivieron de allegados y luego, cuando nacieron los hijos, se mudaron solos, a una vivienda de emergencia.

Hubo un primer punto de inflexión en esa vida que avanzaba como podía: la llegada a Cerro Navia, en 1981, del sacerdote Mariano Puga, quien formó allí la comunidad cristiana Óscar Romero. La Popa y su marido se integraron y “nacieron de nuevo”, dice ella. Ejercieron la solidaridad y la empatía. Daban charlas de matrimonio, ayudaban a drogadictos, a alcohólicos, a madres con hijos díscolos. La Popa empezó a trabajar con mujeres que tenían familiares en situación de discapacidad.

El segundo punto de inflexión ocurrió cuando la discapacidad le pegó de manera personal. Su tercera hija, Camila, nació con osteogénesis imperfecta. Una niña con huesos como de cristal, que se quebraban hasta cuando la mudaban. La Popa golpeó puertas, consultó especialistas, aprendió de rehabilitación. Eso le dio habilidades físicas y emocionales para enfrentar la discapacidad.

Y la sensibilidad para darse cuenta de que había más mujeres en esa situación y aún peores.

Decidió ayudarlas. Consiguió que la parroquia del barrio dejara dos piezas donde acoger durante el día a 20 niños con condiciones especiales. La Popa, su marido, alguno de sus hijos y un par de voluntarios se hacían cargo de todo: los bañaban, los alimentaban, los cuidaban. “Olla y toalla, eso era todo”, dice la Popa.

Así, en mayo de 2005, nació la Fundación Amigos de Jesús, aunque en ese tiempo aún no se llamaba así.

***

Para los trabajadores de la fundación, el día comienza con un desayuno comunitario a las 8:30, en el salón principal de la casa ubicada en la esquina de Huelén con La Capilla. Juntan tres mesas y se sientan a compartir té, café, marraquetas, huevos revueltos, queso.

Como este lunes entran nuevos estudiantes en práctica, el equipo se presenta en la mesa: el kinesiólogo, las dos terapeutas ocupacionales, las dos asistentes sociales, la sicóloga, las dos educadoras diferenciales, el chofer, la cocinera, el técnico en educación diferencial, los seis monitores encargados del cuidado y la estimulación de los niños y el personal administrativo.

También están las dos voluntarias de la Fundación América Solidaria: dos colombianas simpáticas, una es sicóloga y la otra, profesora.

Cuando Popa llega, saluda a dos niños que han llegado temprano. Ambos sufren parálisis cerebral, ambos están en silla de ruedas. Los abraza, los llena de besos.

Luego se sienta a la mesa y bebe un té.

Durante la mañana irán llegando más niños y jóvenes. En total, en esta casa se acoge a 60 personas. El menor tiene un par de meses y la mayor, 44 años. En su mayoría viven en Cerro Navia. Pero también hay de Pudahuel, de Lo Prado, de Quinta Normal, de Renca.

Luego del desayuno, y tras una cepillada de dientes de la que nadie se salva, se dividen en dos grupos. Los más grandes, y que tienen un comportamiento más autónomo, asisten al taller laboral, ese en que la Popa irrumpiría más tarde a recordarles qué significa ser responsables.

En el segundo grupo –el más numeroso–, donde están los más chicos y aquellos jóvenes cuya discapacidad es más severa, hacen rutinas de kinesiología con monitores. Luego, sentados en el suelo, todos se dan la bienvenida cantando:

¡Vamos a ver quién vino, vamos a ver quién no! ¡Vino la Chichi, sí, sí, sí! ¡Hola Chichi, muy buenos días!

Entonces una monitora se acerca a la Chichi, de 5 años, inmóvil en su silla de ruedas, y la saluda. Muestra su foto al resto de sus compañeros y luego la cuelga en el panel de asistencia.

Lo mismo hace con Andrés, con Jesús, con Karina, con Gina, con Agustín, con Cristina, unos contentos, otros ausentes.

Durante toda esta mañana, una monitora cumple el turno de bañar y mudar a los niños y jóvenes. Algunos no tienen agua caliente en sus casas. Los levanta con cuidado y los lleva al baño, sonriéndoles en todo momento.

Ella se llama Carolina Salas, es de Cerro Navia y conoce bien este mundo.

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Por una asfixia al nacer, el segundo hijo de Carolina, Agustín, quedó con parálisis cerebral. Poco después nació Maite, que fue diagnosticada con hidranencefalia. Y hace nueve años conoció la fundación. Cuando vino, la Popa le dijo:

–Las puertas están abiertas para tus hijos.

Así que Agustín y Maite empezaron a pasar sus días aquí. Más tarde, la Popa le pidió que fuera monitora.

Carolina aceptó, aunque su única experiencia laboral era de vendedora en un mall.

“Uno se va enamorando de los chicos que vienen para acá”, dice.

Hace dos años, Maite murió de una bronconeumonía fulminante. Tenía 7 años. Muchos le aconsejaron entonces a Carolina que dejara la fundación, pero ella se negó.

“Aquí no siento cansancio. Veo cómo los niños avanzan y eso es gratificante. Les entrego dignidad a estos chicos”, explica.

Gustavo, el hijo de Carolina, asiste todas las tardes a la fundación. A sus 13 años es un niño que sonríe con frecuencia, como su madre.

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Para celebrar sus 15 años de trabajo, América Solidaria hizo este libro que cuenta la realidad del continente en 10 crónicas que hablan de pobreza, pero también de superación.

En 2008, la fundación dejó de funcionar en las piezas de la capilla. Ese año se construyó la casa actual en un terreno que la Municipalidad de Cerro Navia le dio en comodato por 99 años. Con donaciones levantaron esta casa que tiene jardín delantero, una cocina grande, cinco baños, dos salones principales, un pequeño patio interior, dos oficinas administrativas, la sala del taller laboral, la sala de terapias, una terraza y un patio grande que desde hace dos años tiene un verdísimo pasto sintético.

Hoy existe un director ejecutivo y un directorio de siete integrantes. La Popa es la presidenta. Los encargados de la gestión cuentan que el presupuesto de la fundación –que incluye una casa de acogida en Curicó para 14 personas– se financia con proyectos públicos y de instituciones privadas, aportes de socios y la “búsqueda del día”, que consiste en que la Popa y el director ejecutivo, Felipe Rodríguez, vayan conquistando a empresarios y personas para ayudar.

–Es como tirar las redes. Yo confío en eso. Como la multiplicación de los panes –dice la Popa.

Afuera, en el patio, los jóvenes del taller laboral están seleccionando el contenido de las bolsas negras que desordenaban su sala de trabajo. Sobre un mesón organizan la ropa. De niño, de niña, de señor, de señora. En el suelo, sobre una alfombra, ordenan zapatos y juguetes.

Están contra el tiempo. Deben dejar todo listo, porque mañana martes es día de feria. Ellos mismos la montan en el jardín en la entrada de la casa.

Cuando nadie la mira, Johanna, una de las chicas del taller, se prueba sobre su ropa un vestido oscuro con lunares.

“Me gusta que tenga circulitos”, dice, riéndose.

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Óscar Herrera tiene 36 años y un puesto clave. Es el hombre que maneja el furgón para transportar a los niños y jóvenes desde sus casas hasta la fundación, o al colegio, o del colegio a la fundación, y que se pasa buena parte de la mañana frente al volante. Parte a las 7:30 A.M. Calcula que debe dar cuatro vueltas, que él divide por sector geográfico.

En la tarde, para el regreso de los chicos, son otras tres.

Esta mañana de martes hay niebla y 4 grados de temperatura. Óscar va al volante. Manejó el primer furgón de la fundación, en 2010, que se llamaba América ya que lo donó el popular cantante. Al año siguiente manejó el segundo, bautizado Emanuel en honor al hijo de Dios. El de ahora, blanco, con puertas correderas por ambos lados, llegó en 2015 y no tiene nombre.

Mientras maneja, Óscar va con la radio encendida. Alterna entre música y noticias. Se para frente a la casa que corresponde, toca la bocina y el monitor que lo acompaña se baja a buscar al niño.

El primero de los niños en subirse al bus es Jairo. Salió tan dormido, que se puso las zapatillas al revés. Luego, sumando todas las vueltas, se suben León, Fabiana, Felipe, Julio, Yami, Pascale, Gina, Boris, Manuel. Usualmente son más, pero en invierno baja la asistencia.

En días fríos, los pasajeros pueden descender hasta en 40 por ciento.

“Para mí, esta es una opción de vida, no un trabajo”, dice Óscar.

Tiene el ejemplo cerca.

Óscar Herrera es el tercero de los cinco hijos de la Popa.

***

Cuando el furgón termina la última vuelta de la mañana, en la casa de la fundación ya está abierta la feria que preparó el taller laboral. Dos mesas y un trapo grande en el suelo contienen la mercadería y muchos vecinos del barrio se acercan a ver qué hay.

Al final, la venta no está mal. El cómputo de ingresos alcanza los 70 mil pesos. Con ese dinero Fabián, el monitor, financia las actividades de su grupo de 17 chicos. La última fue en junio. Fueron al cine Normandie a ver el documental Los niños, de Maite Alberdi, sobre un grupo de jóvenes con síndrome de Down que trata de integrarse a través de la pastelería.

Dice Fabián que les encantó. Luego, terminaron la salida comiendo pizza en un boliche del centro de Santiago.

Uno de los pocos jóvenes del taller laboral que se perdió la feria esta mañana fue Kevin. Entró a diálisis a las 5:40 de la mañana y debe hacerlo tres veces por semana.

Kevin tiene 24 años y se mueve en silla de ruedas. Es uno de los primeros jóvenes de Cerro Navia que empezó a asistir a la fundación. Nació con hidrocefalia y espina bífida, y debió ser operado de urgencia.

A medida que fue creciendo, recuerda, sus pies comenzaron a torcerse hacia adentro. Lo operaron nuevamente. Y cuando parecía que todo estaba en calma, hace dos años sufrió un accidente vascular encefálico. Estuvo hospitalizado dos meses y unas semanas después del alta debió regresar: sus pulmones y su hígado estaban llenos de agua. Seis meses y cinco cirugías después, volvió a casa sano y salvo, pero con sus riñones dañados. Desde entonces se dializa.

“Trato de ser positivo y tomarme todo esto con humor”, dice. Debe ser por eso que Kevin siempre se está riendo. A veces a carcajadas.

La mañana del lunes en que la Popa entró molesta al taller y los retó, él fue el único que no perdió la sonrisa.

“La Popa es una madre para mí. Ayuda, escucha y nos reta”, dice, y vuelve a reírse.

***

Manuel Jesús, a quien por cariño llaman Tutú, vive a 10 minutos a pie de la fundación. Nunca ha oído los sonidos de ese trayecto. En realidad, nunca ha oído nada. Es sordo de nacimiento y sus primeros años sin estimulación hacen que hoy, a los 23, sea un chico que apenas emite sonidos.

Pero es alegre y afectuoso. Saluda solemnemente de mano.

Viene a la fundación desde niño y vive con su familia en una casa que tiene menos que lo básico, las camas son colchones tendidos sobre neumáticos apilados.

Sus padres eran alcohólicos. Llevan un mes sin recaer y, después de 25 años de convivencia, se casarán. La Popa está preocupada de armar la fiesta y de vestir a la novia.

Silvana, la madre de Manuel Jesús, limpió su pieza para recibir allí a la Popa. Dice que a ella le debe todo. Que antes de entrar a la fundación, su hijo era un animalito.

“Le teníamos miedo. Era agresivo, a mí me arrastraba del pelo. Ha cambiado. Ahora es cariñoso, me da un beso en las mañanas. Y le encanta ducharse”.

Antes, dice, ella y su pareja no se despegaban de él. Por eso no olvida lo que les dijo la Popa cuando se conocieron:

–Dejen volar a ese niño.

Silvana tiene una preocupación. Ha oído decir que en la fundación solo atienden a los jóvenes hasta los 26 años. Y eso le provoca angustia. Piensa en qué va a ser de su hijo. Le da vergüenza comentárselo a la Popa, pero su ansiedad puede más y se lo dice.

Entonces la Popa la mira fijo y le aclara:

–La casa de la fundación es la casa de Manuel Jesús; qué importa la edad. Allí él ha encontrado su lugar.

***

El almuerzo de este martes son porotos con riendas y ensalada de repollo. Como a algunos niños no les caen bien las legumbres, la cocinera preparó un menú alternativo: tortilla de acelgas.

Primero comen los chicos. Luego quienes los cuidan y quienes hacen cuadrar los números para que esta organización exista.

La Popa llega de las últimas al almuerzo. Viene de la casa de Manuel Jesús. Antes había estado en su propia casa. Es el único lugar donde puede conversar con calma, sin que alguien le pida ayuda o que ella misma se pare cuando ve a un niño mal sentado en su silla de ruedas o a un joven llorando.

Siempre está alerta.

Esta mañana Agustín, de dos años, lloraba inconsolablemente, incómodo en su silla de ruedas. Nada lo tranquilizaba.

Entonces la Popa se acercó y le dijo:

–A ti te falta regaloneo.

Lo tomó en sus brazos, lo apretó contra su pecho y el niño empezó a
calmarse.

Puro amor. Eso se respira en esta casa.

Como cuando Felipe, uno de los monitores más jóvenes, quien hasta hace unos meses trabajaba en la feria de Cerro Navia con su madre, encuentra la mejor manera de calmar a Jesús, un chico que grita y es brusco: le apoya con suavidad la cabeza en la mesa y le hace cariño en la nuca, hasta que Jesús cierra los ojos.

Puro amor. De eso habla la Popa mientras se toma un té en su casa, hoy amplia y de dos pisos, después de que hace cinco años el programa televisivo Extreme Makeover la seleccionó para remodelarla y darle más comodidades a Camila. Esta hija de 27 años se pasea con destreza sobre su silla de ruedas y cuenta sin dramatismo que, por su enfermedad, ha sufrido 910 fracturas y 34 operaciones.

La Popa se acuerda de los inicios de la fundación. De cómo han pasado 12 años y la tarea sigue siendo la misma.

–¿Qué hace una toalla? Seca, limpia, acoge.

¿Y una olla? Recibe, arma y reparte; una olla es dar.

Eso no puede cambiar, porque eso es dignidad y la dignidad no se transa.

Entonces, de pronto, habla de perlas.

–Estos niños son perlas. A veces están en bruto. Hay que limpiarlas, sacarles el polvo, pulirlas. Pero no se pueden perder. Si las cultivamos, aparecerá una y otra y otra. Y si las juntamos, vamos a tener un collar de perlas.

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