Una criatura llamada Luli

Reportajes y Entrevistas

Una criatura llamada Luli

Por Óscar Contardo / Producción: Paulina Wiegand / Fotografía: Simón Pais / Asistentes de fotografía: Rodrigo Cáceres y María Paz Igualt / Maquillaje: Paty Calfio y Caro Pizarro / Agradecimientos: Montemarano, Paula Cahen D Anver’s, H&M y Matías Hernán.

Nicole Moreno cambió. Es lo que declara con astucia luego del desplome del imperio del cotilleo. Dice que es otra y lo quiere anunciar con una entrevista. Es lo que hacen las celebridades: dejar registro de sus cambios como quien difunde sus reencarnaciones para evitar el olvido. Ella afirma: “Es que he crecido, he madurado. He crecido por dentro”. Luli no solo dejó de ser rubia.

Paula 1197. Sábado 9 de abril de 2016.

La fantasía puede ser una fuente de dinero. Eso fue lo que constataron los grandes estudios de Hollywood luego de parir a uno de los grandes inventos del siglo XX: las celebridades. La pantalla les confería a esas personalidades un rango celestial, inalcanzable y admirable que la audiencia parecía disfrutar, tanto o más que las historias de las mismas películas. Durante el siglo XX las pantallas se multiplicaron y como los círculos del infierno, cada formato, cada tecnología crearía su propio olimpo y su rango restringido de estrellas: las habría universales e inmortales como Marilyn o James; de origen televisivo como Farrah o Sarah Jessica; tributarias de la música y de la era del video clip como Madonna o Michael; de alcance limitado a una generación como Winona, o propias de una región de un nivel menor de desarrollo como Pampita o Raquel. Existe un último círculo profundo, un rango que flota casi a ras de piso, un hábitat que cobra importancia en países en donde –a falta de industria musical o cinematográfica– la única industria del entretenimiento real es la creada en torno a la televisión. Ese círculo es un cielo estrecho colmado de estrellas menores. Hasta allí llegó, un día de 2007, Nicole Moreno.

Ella era poco más que una adolescente enfrentada a un negocio cada vez más feroz. Nicole se fue quedando, acostumbrándose a la compañía de cometas de cartón piedra, astros de luz opaca, enanas blancas y asteroides de carnes esculpidas a cincel. Fue sacándose todo el partido posible para ser vista y recordada. Creó un personaje improbable, una especie de liceana que cambió el jumper por el bikini, una palomita blanca milenial que hablaba con un cantito insufrible, retardando las frases, luciendo el cuerpo bronceado de solarium, con la sonrisa estampada en la cara como un mal hábito que no se borra, ni con las burlas que recibía en vivo y en directo, ni con los conflictos de poca monta en los que se involucraba para poder tener la única meta posible: más pantalla. Una ardilla enjaulada corriendo en una rueda.

Nicole Moreno se abrió paso en un ambiente en donde la fama no se logra como parte del reparto de una película o una serie. Nicole se vistió de Luli y construyó algo parecido a una muñeca –rizos platinados, escote erotizado, oratoria cómica– que muchos trataron como a una piñata: con burlas y golpes. Era el costo de un pedazo de fama.

Su lugar sería, en adelante, el de la invitada a programas de farándula en los que la materia prima eran los conflictos de un circuito cerrado de estrellas de ocasión que se miran a sí mismas con el interés de la vecina sin vida propia. Nada como la desgracia ajena para relajarse. Una costumbre ancestral transformada en commodity por los medios de comunicación desde fines de los años 90, con figurines de músculo, anabólicos, bótox y silicona.

Sin embargo, Nicole cambió. Es lo que declara con astucia luego del desplome del imperio del cotilleo. Nicole Moreno dice que es otra y lo quiere anunciar con una entrevista. Es lo que hacen las celebridades: dejar registro de sus cambios, como quien difunde sus reencarnaciones para evitar el olvido. Siempre están de vuelta de algo; han cruzado un desierto, escalado una cumbre o visitado un infierno. Iguales, pero diferentes. De momento, Nicole Moreno ya no es rubia, sino castaña oscura.

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“No, no, no. Me muero (que mi hijo esté en televisión). Para mi hijo quiero lo mejor. Lo mejor. Quiero que sea todo lo que yo no fui”.

¿Quisiste ser rubia?
Sí. En ese momento (hace poco más de un año) estaba de moda. Y no volvería a ser más rubia.

¿Por qué?
Porque siento que no viene conmigo, no va con mi personalidad. Es que he crecido, he madurado. He crecido por dentro.
Para demostrar la transformación, Nicole Moreno dice que se referirá apenas lo necesario a su pasado. Cuenta, eso sí, que tomó unas vacaciones en Tailandia que la llenaron de paz y le hicieron descubrir los insospechados beneficios de la tranquilidad.

“Mira”, me dice y me acerca su smartphone, sosteniéndolo con ambas manos: la derecha iluminada por un anillo de cristales Swarovsky y la izquierda engalanada por un reloj cobrizo Michael Kors. Aprieta play en la pantallita y aparece un video que muestra a un grupo de monjes budistas, durante una ceremonia en el interior de un templo tailandés. Cantan algo ininteligible en medio de una nube de humo sagrado. Yo miro la imagen. Nicole Moreno luce sobrecogida y parece esperar una reacción mía a la altura. Me veo obligado a decir que me parece “interesante”. Ella añade un “maravilloso”. Luego pienso que la fuerza del orientalismo una vez más ha hecho de las suyas. Si el encanto exótico de Oriente atrapó a generaciones de europeos, cautivó a estrellas norteamericanas y encandiló a los Beatles, no es raro que sucediera lo mismo con Nicole Moreno. Es la señal de que una tradición se perpetuaba. Sus palabras sobre aquellas vacaciones son reveladoras: “Te juro que encontré un lugar que me hizo pensar muchas cosas y reflexionar que la vida tiene cosas buenas y lindas. Ese viaje me enriqueció como persona, me sirvió un montón y me llenó de cosas positivas, porque es un lugar mágico; cuando volví a Chile, te juro que me sentí hasta más grande como persona”.

¿Eres religiosa?
Sí.

¿Qué religión practicas?
Soy católica.

¿Cómo expresas esa religiosidad?
Lo respeto. Lo vivo en mi mundo…

¿Creyente de algún santo o una virgen?
Sí.

¿Cuál?
Me lo guardo para mí.

En esta nueva etapa, Nicole Moreno ha decidido no dar declaraciones políticas ni religiosas. Se cuida, me explica, acomodando su suéter cobrizo ajustado traído desde California a tono con las franjas de la pollera Carolina Herrera. Asegura tener una opinión sobre la despenalización del aborto, pero que es un asunto personal. “Soy una persona pública, prefiero no exponer mi opinión, porque no estoy dispuesta a las críticas”, argumenta para cerrar el tema.

¿Qué es la fama para ti?
Antes (la fama) era hacerme más conocida. Quería lograr popularidad, pero no era quizás en un sentido positivo. Ahora, quizás, siento que prefiero estar menos (expuesta), pero más tranquila y hacer cosas positivas, que se vean bien y tener menos exposición que antes.

¿Por qué te exponías?
Era muy inmadura, no me daba cuenta de lo que hacía.

Pero te invitaban a programas y te pagaban
Pero ahora estoy en contra de eso. Prefiero tener una vida más tranquila y enfocarme en otra cosa.

¿Siempre quisiste ser famosa?
Siempre me gustó lo artístico y el mundo de las pasarelas y me llamaba mucho la atención la publicidad, los spots publicitarios, hasta el día de hoy me pasa.

LA VOLUNTAD
Nicole Moreno no sabe nadar, pero cuando debió arrojarse a la piscina del Hotel O’Higgins luego de ser coronada reina del Festival de Viña, se lanzó de piquero, como lo hubiera hecho una experta. Ese día tenía un dolor intenso en uno de sus tobillos. Había sufrido un esguince, pero aguantó el dolor . “No quería ensuciar la candidatura”, cuenta. La adversidad no es algo que la amedrente. Tampoco es algo sobre lo que quisiera hablar. Un curioso pudor le impide dar detalles de un relato que podría ser una espléndida leyenda de ascenso: La chica de San Bernardo que se embaraza a los 14 años, de su primer amor adolescente, debe suspender sus estudios para ayudar en la crianza del niño y logra un sitio en la televisión. Pero ella no lo ve así. Su padre –un técnico textil– y su madre –una dueña de casa– debieron sobreponerse a la noticia de que la mayor de sus cuatro hijos sería madre soltera.

“Fue espantoso para ellos, porque nunca se lo esperaron de mí; si eran súper estrictos, conservadores. Hace trece años atrás el mundo era totalmente distinto”.

¿Cuánto te cambió la vida?
Al cien por ciento.

¿Te saliste del colegio?
En ese momento, sí.

¿Y la crianza? ¿Alguien te ayudó?
Mi mamá me ayudó a cuidarlo mientras yo trabajaba.

¿Cómo fueron tus primeros trabajos?
Mis primeros trabajos los recuerdo con felicidad. Eran trabajos de promotora…

¿De qué hacías promoción?
Hacía promoción de productos Unilever. Al desodorante Axe. Me instalaba en una cabina de supermercado, uno que se llamaba San Francisco, que ahora es Tottus. También en el Líder de Cantagallo, en el Jumbo de La Reina. También trabajaba para tarjetas de crédito, en Almacenes Paris; ahí me iba increíble, vendía seguros, todo eso. Eso lo hacía en el mall, en el Plaza Oeste, captando clientes para tarjeta París. Me iba bien, era la que más vendía seguros, la que más captaba clientes, la primera en llegar a las metas”.

Nicole Moreno nació en 1987. Su infancia coincidió con el entusiasmo de los noventa, con el crecimiento y el despliegue de un paisaje nuevo, la manera en que el mercado que llegaba hasta los segmentos más populares. Un sistema que cobraba velocidad y que la reclutó, como a miles de hombres y mujeres jóvenes que necesitaban costearse la vida. Es inevitable ir trazando un paralelo entre la biografía de Nicole y las transformaciones mayores del país: el consumo como horizonte, la aparición de los grandes malls en los barrios de clase media, el surgimiento de una televisión que se rendía a la farándula y a un mercado de personalidades en el que el atractivo sexual aparecía desprovisto de los pudores que habían caracterizado el medio durante las décadas anteriores. Si en 1989 Raquel Argandoña había sido despedida de un canal por anunciar que tendría un hijo sin estar casada, en la era de la farándula dar detalles de la vida sexual en cámara era una forma de lograr un contrato. Un giro que tomó una década y que fue tan veloz y decisivo que aún no alcanzamos a hacer el inventario de los efectos que tuvo.

En ese momento, ¿cuáles eran tus metas?
Los encargados de vender seguros me estaban preparando, porque me querían ascender a administración, sin estudios, sin nada. Pero me querían ascender…

Y en esa época, ¿cómo llegabas a Plaza Oeste?
Como la mayoría de los chilenos, en micro. Tomaba la 140. También me iba en taxi, depende.

¿Cuándo pensaste en llegar a la televisión?
Mira, los universitarios que trabajan de promotores lo hacen pensando en terminar sus carreras. Yo trabajaba de promotora para poder darle una educación a mi hijo, pero también para poder entrar a la televisión. Sinceramente, yo quería ser modelo, como de la farándula, desde un principio.

¿Qué significó ser reina de Viña?
Fue, yo creo, algo que he soñado como por 10 años.

¿Por qué soñabas eso?
Yo creo que toda mujer sueña con ser reina

No lo creo.
Bueno, quizás no todas, pero sí reinas en algún sentido. Significó algo hermoso, muy lindo y algo que voy a guardar para toda mi vida.

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“No volvería a ser más rubia, porque siento que no viene conmigo, no va con mi personalidad”.

EL PERSONAJE
Tiene un acento. Habla con un tono particular, un lejano aire rioplatense que suena flojo, indeciso. Es una cadencia parecida a la de ciertos relatores deportivos, sólo que sin el mismo énfasis ni el mismo desparpajo. En sus respuestas siempre hay algo quebradizo, como si la precediera un temor difuso, un pánico a decir lo incorrecto frente a su entrevistador. Cada respuesta corre el riesgo de quedar flotando sin remate, repleta de puntos suspensivos. Ella compensa la incertidumbre con sonrisas y expresiones de afecto. Como una criatura asustada que no quiere reprobar un control escolar. No desea hablar de su pasado y quiere decir muy poco sobre su futuro, alerta una y otra vez. Me cuenta que la idea de hacer de Luli un personaje –aquel que hablaba con el cantito insufrible– fue de ella, cuando una productora le exigió hacer algo original para mantenerse en SQP, el programa que la hizo conocida.

¿No te inspiraste en nadie para hablar así?
Obvio que no, ¿quién va a hablar así?, me responde con una mirada de reprobación.

¿Es clasista la televisión?
Yo creo que Chile y el mundo es clasista.

¿Has sufrido por el clasismo?
Antes.

¿Cuándo?
Antes, con el personaje, lo sufría.

Nicole Moreno prefiere evitar las honduras y deslizarse en la superficie. Es lo que sabe hacer mejor. Ha sobrevivido la debacle de la farándula de mejor forma que muchos de sus antiguos compañeros que quedaron en el camino. Más de una década de rostros de fama efímera que no lograron sostenerse, pero que marcaron una generación y le dieron un paisaje y un pulso a la cultura popular chilena de los primeros años del segundo milenio. Mientras conversamos en una terraza de Vitacura –ella eligió el lugar–, un grupo de niñas y adolescentes se acerca: te admiramos, le dicen. La madre de las chicas las fotografía. Nicole sonríe. No deja jamás de hacerlo.

Alguna vez alguien te dijo: “Nicole, estoy orgulloso de ti”.
Ahora último, con lo del reinado, escuché mucho eso.

¿Quién te lo dijo, que sea importante para ti?
Mi familia, mi hijo, mis papás. Cercanos, principalmente.

¿Te has puesto a pensar qué hubiese sido de ti si no hubieses entrado a la televisión?
Sí. Hubiese sido una persona con ideas muy claras. No sé si hubiese sido una persona con una carrera. Quizá hubiese tenido un negocio.

¿Te gustaría que tu hijo estuviera en televisión?
No, no, no. Me muero. Para mi hijo quiero lo mejor. Lo mejor. Quiero que sea todo lo que yo no fui.

 

 

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