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29 mayo, 2017
orla

Una semana viviendo en el gueto vertical

Un periodista de revista Paula se fue a vivir, durante una semana, al controversial gueto vertical que se construye en Estación Central. Desde un departamento de 30 m2, que no recibe sol a ninguna hora del día y cuya vista es otra enorme mole que se edifica a pocos metros, le tomó el pulso a cómo es habitar esa colmena humana de avenida Las Rejas. Y esto es lo que vio.

Texto y fotos: Roberto Farías


Paula 1227. Sábado 3 de junio de 2017. Especial Padres.

Por fin me instalo en “el” gueto vertical, la catedral de los 20 edificios que en Estación Central de pronto atrajeron como moscas a la prensa y todo tipo de expertos: estoy en la misma foto del patio interior que la nana María Santos whatsappeó a su patrón, el arquitecto Rodrigo Aravena el 6 de abril y que luego replicó el intendente Claudio Orrego diciendo: “Estos edificios se construyen en Estación Central. ¿Dónde está la escala humana y el espacio público? ¿Sabían que no existe plan regulador?”. Por la noche el arquitecto Iván Poduje bautizó estos edificios como guetos verticales.

Estoy instalado en la misma mecha de la polémica: el edificio Alameda Urbano, en avenida Las Rejas Norte 65, en Estación Central. Viviendo como cualquier chileno.

Durante una semana, el estrecho departamento de 30 m² será mi hogar –“y mi cárcel”– pienso, casi sin querer, al estirar las piernas sobre la mesa de centro (que de otro modo no podría estirar sin derribar algo). Además de lo pequeño, sobrecoge el paisaje que abarca la vista desde mi ventana: a exactos 18 metros de distancia, se está construyendo un edificio que tendrá 1200 departamentos y que se entregará en diciembre.

Ocupan toda mi vista desde abajo hasta el cielo. Tengo que abrir la ventana, y estirar el cuello hacia afuera, para ver una rendija de cielo del ancho de un cigarrillo. No tendré luz natural durante una semana.

Enfrente, casi leo lo que dice el computador de mi vecino. Leo claramente la marca Iris en galones de pintura.

Cuando se complete este proyecto, que componen tres torres Alameda de la inmobiliaria Su Ksa junto al edificio Alameda Plaza, de Absal, serán 5600 departamentos en un solo monoblock de una manzana. Es decir, ocho mil personas en una sola manzana, en una sola hectárea. Cuando la densidad promedio de Estación Central es de 79 habitantes por hectárea. Y la de todo Santiago, 23 habitantes por hectárea.

La mole de Su Ksa se ve a cuadras de distancia y parece un monstruo fuera de contexto. Una cosa rusa. Pero también marca un límite: a sus espaldas la tierra de las picadas como El Hoyo o El Palacio del Poroto con Rienda, del planetario de la Usach, de la Teletón, de la Villa Portales, la Quinta Normal, los trenes, los buses, de cierto folclor urbano de Santiago Poniente.

Al frente suyo empieza la amplia periferia de Santiago poniente. Casas bajas hasta prácticamente los cerros.

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Apenas me instalo en el departamento, me conecto a un grupo de Facebook que agrupa a un centenar de vecinos de la Torre Oriente: “¡Aquí sabré todo!” pienso y me pongo a leer. Algunos anuncios se repiten, otros son nuevos. Bordados para sábanas. Una pareja anuncia el nacimiento de su guagua. Una mujer pone en venta una mesa y un televisor. Otros envían fotos de su mambo en la azotea un par de noches atrás. ¡A nadie parece importarle el tema de los guetos verticales!

–Afuera la prensa estallando y acá como si lloviera–, pienso.

Karin Rodríguez sube una foto de la luna saliendo por los cerros y escribe: “¡Qué mejor vista que esto!” anota.  La foto es mala, movida, la luna parece un foco más, todo se ve oscuro y difuso. ¡Pero al menos tiene vista al horizonte!

Porque mi ventana, en comparación, casi da ganas de llorar.

Me asomo a tomar aire en el patio interior. Siento un aroma de un aliño que desconozco, pero una carbonada se impone. Desde el patio se escuchan músicas distintas. Voces de niños. Ladridos de perros. Vuelvo al departamento. De pronto, suena un ringtone tan claro que casi doy un salto:

–Hola hueón –dice, en el departamento sobre mí, un hombre de voz chillona similar al Rumpy– ¿cómo estái?, ¿qué contai?… –y lo que sigue lo oigo entero. ¡Dios! Cierro la ventana y el Rumpy se atenúa un poco, pero me es imposible abstraer de su trama. Espero un desenlace que no llega.

Bajo. Primera conversación de ascensor: un adolescente de 17 o 18 años y polerón con gorro. Le comento suspirando:

–Vaya lo que es vivir aquí ¿eh?

–Lo encuentro bacán– me dice con acento colombiano. Se llama Mansel. Con su madre, quien trabaja de enfermera en una clínica junto a la Teletón, llegaron hace dos años desde el Distrito Especial en Bogotá, donde vivían en una casa que no tenía ni vidrios. Para él no hay por dónde comparar.

Un frío gélido en la calle. Justo enfrente de la puerta del estacionamiento, un carro de Carabineros con dos motos controlan a un vehículo que venía por Las Rejas. Parece un operativo de drogas. Las Rejas es una avenida importante y, hasta donde sé, pacífica. Su nombre viene de un fundo que se llamaba así y se pobló recién en los 60.

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Javier Antilef, un treintañero recién casado, arrienda un departartamento con su esposa e hija. Antes vivía en una vivienda social de su madre en Puente Alto, en avenida Diego Portales.

Extensas filas de esos blocks construidos en los 90 en Puente Alto. Kilómetros de pobreza que son verdaderos guetos horizontales totalmente olvidados y que aún existen. Allá Javier oía baleos, vendían droga cerca. Lo amenazaron varias veces.

Se demoraba, además, una hora y media desde el centro a su casa. Así que se emparejó y se largó. Ahora llega en 15 minutos al centro. Paga 250 mil por un departamento de dos pequeños dormitorios sin balcón. Es lo más barato que pudo encontrar en una búsqueda ardua.

–Al otro lado de la Alameda un departamento con áreas verdes y piscina –dice Javier –cuesta 180 mil pesos más. Eso hubiera sido mejor pero…

Quedó experto en precios. Dice que un departamento con terraza cuesta 70 mil extra; con logia, 50 mil; cada dormitorio, 120 mil. Al final, fue una decisión por precio y distancia.

Los departamentos del edificio Alameda Urbano cuestan entre 1100 y 1600 UF y ya está 100% vendido. Un arriendo ahí sale entre 210 a 300 mil mensuales. Para postular a un arriendo hay que acreditar ingresos de un millón mensual; es decir, claramente no son pobres los residentes del edificio, sean chilenos o extranjeros.

Javier dice que va a la Quinta Normal en 20 minutos en metro. O a Fantasilandia. O a vitrinear al mall Estación.

Tener auto le costaría pagar 50 extras de estacionamiento. Hay solo 237. Una cifra que no es casual, porque si fueran 250 o más, la constructora tendría que haber hecho un Estudio de Impacto Ambiental y obras para atenuar el impacto vial.

–Vamos a vivir acá hasta que me salga un subsidio, un buen crédito. Tener un autito. Es transitorio–, dice.

Todos dicen lo mismo. Es transitorio. Es la opción que encontraron los chilenos para evitar el Transantiago y los extranjeros porque se los arrendaron sin pedir papeles.

Durante el censo del 19 de abril se necesitaron 60 censistas para los 1017 departamentos.

Un trabajador que barre el edificio –los conserjes son una tumba para la prensa– me cuenta que casi no viven propietarios en los departamentos. La mitad lo arriendan inmigrantes, calcula; la mayoría colombianos, seguidos por venezolanos. Todos los días vi mudanzas. Dos se iban, tres llegaban.

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Para postular a un arriendo –que cuesta entre 210 y 300 mil pesos al mes– hay que acreditar ingresos de un millón mensual; es decir, claramente no son pobres los residentes del edificio, sean chilenos o extranjeros.

La filosofía de vida en el edificio implica evitar hacer cola en el ascensor. 15, 20 minutos fácilmente.

Mientras espero, una colombiana curvilínea se puso al día en los gastos comunes. Pagó 48 mil por dos meses y le advierten que todavía dejaba una deuda pendiente. Ella se quejó a todo pulmón que a menudo los ascensores fallan, o se quedan sin agua los estanques de reserva.

–Y no descuentan nada. ¡Los gastos suben y suben!– vociferaba.

Todos en la fila, la apoyan en silencio y cabizbajos.

Por fin entramos 7 personas al ascensor y el octavo pasajero nos empuja a todos con sus maletas de herramientas.

–El señor Movistar –bromea un joven que lo reconoce desde el fondo y todos reímos en los espejos. El hombre ha instalado la mayoría del cable e internet del edificio. 871 departamentos conectados. Hace calor.

Una de las razones porque todos temen que estos edificios se conviertan en un gueto vertical es que vivir en altura es caro. Y necesita mantenciones anuales. Al no pagarlas los edificios van cayendo en rápida decadencia, como pasó en Roma y París de los 60, que eran mucho menos densos que estas moles.

Pero estamos en Chile. En Santiago los pobres viven prácticamente en ruinas como en los cientos de blocks de Santa Marta al llegar a San Bernardo que llevan 40 años. “Acá subirían con cuerdas pero no se demuele nada” pienso, mientras abro la puerta cansado. Cada subida me deja al borde del suicidio, prometo no volver a equivocarme de horario. No más entre 6 y 8 pm.

Guetto vertical 2

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Despierto inquieto. En el patio interior oigo al Rumpy hablar sin parar. La señora de la carbonada parece que hoy hace pescado frito. A lo lejos, escucho niños corriendo en el pasillo. Un vecino me contó que los niños hasta andan en bicicleta en los pasillos cuando llueve porque no tienen dónde jugar.

Me recuerda a El Resplandor.

Los días sin ver el sol me agobian. Me siento atrapado. Pero “el barrio comercial más cercano” –en avenida Las Rejas con Alameda– ofrece solo unas shoperías y una fuente de soda para ver el partido. Dicen que a las 22:00 se pone peligroso. Más allá de Las Rejas, no hay otro centro comercial hasta la Plaza de Maipú, a 6 kilómetros de distancia.

No hay parques ni plazas. Una gran nada.

Por lo mismo la gente del edificio se acuesta temprano. Salen del Metro, pasan al súper y luego a dormir. No bajan, no hay signos de vida social. Tampoco hay espacio para ello salvo una jardinera, de 2 por 10 metros, para los 1600 habitantes donde se puede fumar.

Subo hasta la azotea. Está cerrada. No se puede salir a tomar aire. Me asfixio.

Jorge Díaz, un hombre cuarentón que practica bicicleta en el gimnasio del piso 24 (una trotadora, dos máquinas y cuatro bicicletas) me dice:

–Es una opción. Claro, acá no podría vivir con familia pero para mí está bien, porque estoy solo.

Típico separado. Antes vivía en Maipú y, como trabaja de noche algunos días a la semana, le era difícil moverse. Acá puede salir, entrar a toda hora, no necesita más.

Lamentablemente no le cabe su bicicleta en su depto, porque hay buenas ciclovías cercanas con pasto y árboles por avenida Pajaritos, dice.

–Los jóvenes se deben aburrir creo yo en este barrio, pero para mí está bien–, dice.

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Son moles impresionantes. Apabullantes. Cuando se construyan los 75 edificios anunciados en Estación Central vivirán casi 250 mil personas en la comuna en los próximos dos o tres años.

Voy llegando por la tarde cargando mis bolsas del Lider y mi jugo de la botillería. Entendí la rutina: es tan molesto esperar el ascensor que solo de pensar en bajar y subir desalienta a cualquiera. Si olvido algo lo dejo para el otro día.

Un vecino me enseñó su truco para evitar la cola en las horas peak: subir por las escaleras unos pisos “porque desde el quinto para arriba se vacían un poco”. Era mitad cierto. Al borde del colapso llegué al séptimo piso y vi varios ascensores pasar directo al 17 o al 20. Y luego volvían a pasar de largo. Llegué a pie.

En Estación Central, la inmobiliaria Su Ksa proyecta otros gigantes. En la clásica esquina de los circos, en Alameda con General Velázquez: un edificio de 40 pisos y 3327 departamentos. A dos cuadras de ahí, comienzan en diciembre a entregar los edificios Mirador Souper de 42 pisos y 1131 departamentos; y  Vida Urbana de 42 y 732 departamentos.

Ya son moles impresionantes. Apabullantes. Cuando se construyan los 75 edificios anunciados en Estación Central vivirán casi 250 mil personas en la comuna en los próximos dos o tres años.

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Una tarde encuentro la azotea abierta. Las calles aledañas colapsan. No queda espacio para autos. Además, dicen, se roban los espejos. O los vecinos furiosos de las casas, que se sienten invadidos, rajan los neumáticos. Más parecen mitos urbanos.

Los vecinos de la Villa Santa Petronila, que colinda con el edificio, se quejan de que la mole les tapó los fuegos artificiales del centro. Que les tapa el sol. El pan se agota apenas llega al almacén Simona. El colegio de calle Sagitario se llenó. Un jardín de calle Géminis no da abasto. La bomba de bencina de Ecuador siempre tiene cola. El supermercado de Las Rejas siempre está lleno.

Pero una casa, “que hace cinco años valía 40 millones”, me dice una vecina, “hoy vale 80”. Juan Venegas, un vecino del sector cercano a Concón con Recreo cuenta que hace poco apareció un señor de maletín queriendo comprar la manzana completa. En vez de 80, le ofrecieron 140 millones. Él y muchos vecinos aceptaron vender al tiro, pero uno “quiere más”. Todos deben esperar a que él decida. Me cuenta que por vender rápido hay familias peleadas, juicios y líos de herencia.

En todas las callejuelas se vive un paradójico fervor: casas vacías señalando la estampida y avisos de “se vende” por todos lados.

En unos pocos años habrá pasado a la historia la tierra de los primeros barrios sociales de los años 20. Sus fachadas continuas. Sus peluquerías y sus picadas. La tierra de Zulma.

La Agrupación de Defensa de los Barrios de Estación Central, que reúne a 16 juntas de vecinos, presentaron en abril un primer recurso de protección en contra de las inmobiliarias para intentar detener las obras de dos edificios gigantes.

Los edificios aumentarán casi en un cuarto la población de Estación Central. San Miguel, Quinta Normal, San Joaquín están viviendo situaciones parecidas. Los urbanistas culpan al Transantiago: por la lentitud del viaje Santiago no creció más allá de Vespucio. Y se densificó de pronto cerca del centro.

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“Sobrecoge el paisaje que abarca la vista desde mi ventana: a exactos 18 metros, se construye un edificio que tendrá 1200 departamentos y se entrega en diciembre”.

“Sobrecoge el paisaje que abarca la vista desde mi ventana: a exactos 18 metros, se construye un edificio que tendrá 1200 departamentos y se entrega en diciembre”.

Viernes por la noche. Rumpy salió o se mordió la lengua. Descanso. Se oye más música que el resto de la semana, pero nada fuera de lo normal. En una semana aprendí a diferenciar la bachata de la cumbia barranquillera. Una pareja de extranjeros conversa a gritos, o pelea. Una vecina chilena se asoma a fumar en la ventana y hasta siento el aroma a tabaco. Los niños de tres nacionalidades juegan a la pelota entre los autos del estacionamiento. Una mujer, de los pocos departamentos que tiene balcón, pelea con tres gatos abajo mío. Creo que es una solterona chilena.

Un habitante peruano se quejaba en la prensa que le habían mandado a bajar la televisión. Otra residente chilena que no lograba acostumbrarse a la cantidad de gente. Una vecina mostró su departamento para la TV y decía:

–La única forma de estar sola, es estar encerrada.

Y es cierto: aunque viva mucha gente en estos 1017 departamentos, quizás 1600 personas, (un estudio demográfico calculaba 1,6 habitante por departamento. en la renovación urbana de Santiago Centro) la gente vive aislada. La mayoría apenas se saluda. Le es totalmente lejana la polémica de los Guetos Verticales. Los extranjeros no ven televisión local. Y los chilenos se vieron en la tele con sorpresa, pero también indiferencia.

Solo levantó la voz por “nosotros” los vecinos el Presidente del Comité de Administración, Rodolfo Fuentes. Envió una carta a Las Últimas Noticias el 13 de abril, pidiendo al intendente Orrego dejar de ofenderlos, llamándolos “Guetos Verticales” porque él había cumplido ahí, el sueño de la casa propia.

Intento hablar con Rodolfo Fuentes. Los conserjes me niegan su número de departamento y sus datos. Me remiten a la jefa administrativa, la sita Mónica. Ella me envía su mail pero él nunca respondió. Pregunto a los vecinos si alguien lo conoce y parece que no vive ahí.

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El día que me voy una perra labrador sale disparada del ascensor.

Detrás suyo corre su dueño. Un colombiano gordo y amanerado que grita:

–Pitiii, pitiiiiii, ¡Pitiiiiiiiiiii por la chucha!

La perra sale disparada y se posa a orinar junto a un árbol. Hay muchos perros viviendo en estos departamentos minúsculos. Tampoco nadie pone límites.

–No pensé que iba a crecer tanto. Me la dieron cachorrita.

Pienso que los perros sí que deben sentir la densidad humana: no pueden resistir a su instinto. Es el principal ruido durante el día: ladran, lloran, solos. Se calman durante la noche, cuando llegan sus amos y se dan mutuo consuelo, supongo.

El hombre se adapta a todo. Recuerdo una frase de Primo Levi, el escritor italiano que sobrevivió a Auschwitz: hasta una grieta más acogedora, una rendija con más luz, van haciendo del rincón que nos toca en nuestra cárcel, algo parecido a un hogar.

Hace frío, la noche se puso helada. Compro mi sushi en el negocio junto a la entrada y subo al edificio a meterme en la cama a ver tele y conectarme a internet. Algo parecido a una vida.

¿Cómo llegamos a esto?
La comuna de Estación Central se creó en 1985 cortando secciones de las comunas de Santiago, Quinta Normal, Pudahuel y Maipú. En 1994, el Plano Regulador Metropolitano de Santiago dejó de regular la altura de los edificios para que cada comuna, en su Plano Regulador Comunal, la estableciera respetando la Ordenanza General de Urbanismo y Construcciones, que rige para todo Chile y establece normas de calidad, seguridad antisísmica y en cuanto a la altura; las llamadas rasantes deben respetar los edificios aislados, cuyos espacios de jardines o estacionamientos colindan con otras construcciones o calles para
permitir el paso de la luz solar.

Pero la Ordenanza tenía un vacío: no regulaba aquellos edificios continuos, que abarcan de deslinde a deslinde. Que ocupan el 100% de su espacio territorial. Ahí es imposible aplicar el concepto de rasantes, porque no hay “espacio colindante”. Así son las moles de Estación Central. Van de vereda a vereda. Y sus paredes tocan las de las casas colindantes.

En mayo de 2016 el Ministerio de la Vivienda emitió la Circular N° 313 corrigiendo este error, e impidió la aprobación de edificios continuos en comunas donde no hay norma de altura o Plano Regulador Comunal. Por eso la Dirección de Obras de Estación Central justo antes de 2016, aprobó 75 proyectos de edificios. 43 de los cuales ya tienen fecha de construcción. Solo el resto podría eventualmente ser revisado o exigírsele cambios.

Se han presentado recursos ante la Contraloría para dejar sin efecto la circular N° 313, acompañadas de un fuerte lobby, pero aún no hay un pronunciamiento definitivo.

El intendente metropolitano emitió un dictamen para congelar nuevos permisos de edificación en Estación Central, que también ha de ser revisado por la Contraloría.

Mientras tanto, Estación Central lleva 10 años estudiando las normas de su Plano Regulador que todavía no presenta ante la Intendencia Metropolitana. Sería la norma definitiva que regularía no solo la altura de los edificios, sino la densidad habitacional, espacios mínimos comunes y una serie de detalles.

 

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