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31 octubre, 2017
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Verónica Gómez-Lobo: una doctora en terreno de niños trans

A cargo de la unidad de ginecología y obstetricia infantil y adolescente del Hospital de Niños de Washington, esta doctora chilena lleva 10 años trabajando con un equipo que ayuda a menores de edad transexuales a detener la pubertad, a través de hormonas, hasta que cumplan 18 y puedan tomar una decisión definitiva. Hoy, asegura, hay un boom de niños trans. Y también un fenómeno emergente: los niños que dicen no tener género.

Desde Washington, por Pilar Navarrete / Fotografía: Roberto Candia


Paula 1238. Sábado 4 de noviembre de 2017.

Un mar de gente camina por el enorme lobby del hotel Marriott Wardman Park de Washington. Son parte de los 4 mil expertos que asisten a la décima Reunión Internacional de Endocrinología Pediátrica, el encuentro más importante del tema, donde médicos de un centenar de países vienen a ponerse al día sobre los últimos avances, desafíos y también controversias en este campo. Entre ellos, tratamientos hormonales para ayudar a niños trans a hacer su cambio de género. Alta y estilizada, enfundada en un elegante vestido rojo, un abrigo negro y delicados tacos del mismo color, se asoma la ginecóloga infantil Verónica Gómez-Lobo (53). Chilena de nacimiento pero radicada desde los 11 años en Estados Unidos, la hermana del ex ministro de transportes Andrés Gómez-Lobo habla con un castellano impecable, aunque a ratos algún término médico solo lo recuerda en inglés. En Estados Unidos ha construido una exitosa carrera: fue presidenta de la Sociedad Norteamericana de Ginecología Pediátrica y Adolescente (considerada por muchos la más importante del mundo), es examinadora de la junta del Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos, ha sido nominada los últimos nueve años al premio al mejor doctor de ese país y desde hace una década dirige la unidad de ginecología infantil y adolescente del MedStar Washington Hospital Center and Children’s National Medical Center, donde se atienden más de mil pacientes al año. En estos 10 años, dice, ha visto cómo las consultas de niños con dudas sobre identidad de género se han disparado y también cómo en esta área, en vez de respuestas claras, se abren cada vez más interrogantes.

En Chile el tema transgénero ha entrado fuerte en los medios y en la discusión de políticas públicas en los últimos cinco años. ¿Cómo ocurrió acá?
No es que aquí hayamos comenzamos mucho antes. El tema se ha instalado en los últimos 10 años. Pero es increíble cómo ha cambiado con la cobertura por parte de la televisión y todos estos shows que hay. Nos están llegando cualquier cantidad de niños transgénero.

¿Qué cree que disparó las consultas?
No lo sé. Pero el medio ambiente ha cambiado las cosas. Ahora muchos niños presentan la inquietud a los 4 o 5 años y, no es raro, porque a esa edad saben qué es una niña o un niño. Yo creo que en toda la historia ha habido este tipo de casos, pero ahora que el ambiente está más abierto, estos niños exigen ser escuchados y los padres van con lo que quiere el niño. La sociedad ha cambiado.

¿Qué otros cambios ha notado?
Antes los casos eran más claros. Lo que estoy viendo hoy es más difícil. Cada día recibo más adolescentes que me dicen “no tengo género”. No tenemos todavía un perfil claro de estas historias, pero lo importante es que se está hablando más del género no como algo binario, sino como un continuo entre femenino y masculino. Pero es todo muy reciente.

¿Cómo es el manejo clínico de esos casos?
Tratamos de ayudarlos sin hacerles daño: parar la pubertad, pero no indefinidamente ya que las hormonas son necesarias para el desarrollo de los huesos y del sistema vascular.

Zona de dudas
El primer acercamiento de la doctora Gómez-Lobo al tema de niños transgénero se dio en 2007, cuando el siquiatra del Hospital de Niños, un argentino pionero en abrirse a atender esos casos, se acercó a preguntarle si se animaba a armar un equipo con él. “Como ginecóloga lidio con el aborto, con esterilizaciones, temas que enfrentan a problemas éticos. Un paso más no era tanto”, dice. Y aceptó la propuesta.

Aunque han pasado los años, recuerda bien la historia de sus primeros pacientes. A varios de ellos “los cuida” hasta hoy. El primer caso que le tocó acompañar fue un niño cuya historia partió a los 4 años. “Las compañeras de colegio siempre pensaron que era niñita”, dice Gómez-Lobo, quien recibió a esa paciente con 12, cuando su voz se empezó poner más grave. El médico que la atendía la contactó para pedirle que le pusiera el implante hormonal con el que se detiene el desarrollo de la pubertad, cuyo efecto es reducir la secreción de gonadotropinas, hormona que produce el cerebro para estimular los testículos o los ovarios, llevándolas a los niveles previos a la pubertad. “Es como poner a hibernar las hormonas del desarrollo. Algo que no provoca daño, porque si uno saca el implante, la pubertad se gatilla como si nada”, detalla la doctora. Tiempo después, la chica comenzó el tratamiento con estrógenos que feminizaron sus rasgos y a los 16 años se sometió a la cirugía genital. “Cuando llegó a los 18,  entró a la universidad, se puso a pololear. Como todo se dio bien y a tiempo, fue muy natural: nadie notó nunca que era una niña transgénero. Cuando es así, el proceso es más fácil”.

Luego vino el caso de una niña, la única mujer entre 5 hermanos, que se presentaba como niño. “Lo conocí a los 16 años, cuando todavía no estaba tomando hormonas. Pero al hablar con él, decías: ‘piensa como un niño, se presenta como un niño; es un niño por donde se le mire’. Jugaba fútbol americano en el colegio y se amarraba los pechos con fajas. Ahí comenzamos a usar testosterona y, tiempo después, le hice la histerectomía (donde se extirpa el útero). Hoy tiene 27 años, está casado y tiene una buena vida”.

¿Cuán importante es el primer acercamiento entre un niño con dudas sobre su identidad de género y el médico que lo recibe?
Es bien importante. Los médicos tienen que prepararse para recibir a estos pacientes, para crear un ambiente en el hospital que los haga sentir bienvenidos. Por ejemplo, estos niños se cambian el nombre y el sexo, entonces hay que tener alguna manera de cambiar los records médicos (la ficha médica). En mi caso, hablo con mis secretarias, con mis enfermeras, con la gente que contesta el teléfono o que recibe a los pacientes y les digo “para que no se metan en problemas en vez de llamarlo por su nombre legal, pregúntale a cada paciente cómo quieres que lo llamen. Qué nombre y pronombre usar”.

¿Cuál es el patrón de historias de niños trans que atiendes?
Están los que llegan a los 12 años, durante la pubertad, con mucho malestar por los cambios físicos con los que no se reconocen. Cuentan que a los 4 o 5 años ya afirmaban “no soy niño” o “no soy niña”. Me piden que les detenga la pubertad hasta ser capaces de tomar una decisión (de cambio de género). Y están los que comenzaron con la inquietud en la adolescencia y también quieren detener la pubertad.

¿A qué edad se indican hormonas para el cambio de género?
Las nuevas recomendaciones dicen que se debe empezar a los 16 años o más temprano, si es muy importante para el niño. Pero hay grupos de padres que están empujando para que lo hagamos más temprano. Es interesante todo el tema de los padres. A mi equipo médico, y sobre todo al sicólogo, le preocupa cuando los padres se meten en la parte política para presionar porque se hagan estos tratamientos y en eso a veces exponen a los niños en los medios.

¿Qué les preocupa sobre esa exhibición?
Que el niño en la parte pública puede verse perjudicado frente a la atención que hay sobre él. Y eso es especialmente sensible en niños chicos porque los niños que a los 4, 5 o 6 años son transgénero tienen un 80% de chance de desistir cuando entran a la pubertad.

Es un porcentaje muy alto. Entonces, ¿cómo puede estar seguro el equipo médico si corresponde o no seguir adelante con un tratamiento en el caso de un niño?
Las nuevas recomendaciones dicen que la decisión la debe tomar un siquiatra o un sicólogo experto en este tema específico. Y eso es bien importante, porque hay muchos sicólogos que han visto uno o dos niños y dicen “este niño necesita inmediatamente hormonas” y yo, que recibo a esos pacientes para echar a andar la parte hormonal, no me confío de ese diagnóstico. Necesito estar segura de que el paciente no va a echar pie atrás, porque cuando uno ya ha dado una hormona que ha cambiado el cuerpo no hay cómo retroceder.

¿Qué tan definitivos son los cambios que gatilla el tratamiento hormonal para el cambio de género? ¿Qué sucede en el cuerpo?
En una niña que transita a hombre, la testosterona cambia la voz, causa que salga barba y cambia la estructura de los huesos a una apariencia más masculina. Todos esos son cambios permanentes. En cambio, la menstruación que se detiene con el uso de testosterona, vuelve si deja de tomarse. En el caso de un niño que quiere transitar a ser mujer, los estrógenos gatillan que le salgan pechos, pero no le cambia la voz ni ninguno de los rasgos masculinos que ya han sucedido. Para afinar la voz se necesita una terapia específica y para los cambios de huesos, una cirugía.

Si el paciente decide hacerse la cirugía de cambio de género, ¿cómo se prepara?
Las nuevas recomendaciones dicen que no se debería hacer ninguna cirugía hasta que el paciente lleve un año tomando hormonas. Hay que entender que quienes se someten a este tipo de operaciones son personas que ya han hecho la transición social, sin hormonas ni nada: se comienzan a vestir y se presentan de otra manera. Después está la transición hormonal y la última es la transición quirúrgica. Para esa cirugía en Estados Unidos se exige tener cartas de dos médicos que expliquen que vale la pena la cirugía para este paciente. Pero, como hasta hace poco estas cosas se hacían en centros no académicos, hay muy poca investigación. Estamos recién comenzando a evaluar los resultados.

¿Los adolescentes pueden hacerse estas intervenciones?
Las recomendaciones dicen que se puede hacer una mastectomía a los 16 años. Pero ningún otro tipo de cirugía hasta los 18. Cualquier cirugía de la parte genital como sacarse los testículos o sacarse los ovarios de la matriz, se hace después de los 18 años, cuando son adultos y pueden tomar una decisión.

¿En cuántas cirugías de cambio de género ha estado involucrada?
Como ginecóloga solo he hecho las histerectomías, es decir, sacar el útero con los tubos y los ovarios. Y he estado involucrada en la creación de una uretra para realizar la cirugía que permita el cambio de mujer a hombre.

¿Qué temas en esta área proyecta que serán importantes de aquí a 10 años más?
Tenemos que ver los resultados de lo que estamos haciendo. Estamos haciendo mucha cosa sin mucha evidencia de qué es lo que deberíamos hacer.

¿Eso es una preocupación dentro de su equipo?
Por supuesto. Si le doy testosterona a un paciente y a los 10 años decide “no soy hombre, yo no quería esto”, sería lo peor de lo peor, ¿no? El W Path (World Professional Association for Transgender Health), que es el grupo internacional que tiene las guías de cómo hacer esto, se reúne una vez al año. Y este año hubo participantes que habían hecho el cambio de género y luego cambiaron de opinión. Era una minoría, pero estaban ahí. Por eso creo que tenemos que estudiar muy bien quiénes y por qué cambian de opinión para estar cada vez más seguros de lo que estamos haciendo.

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