El viaje de una mujer ciega de las oscuridad a la luz

Reportajes y Entrevistas

El viaje de una mujer ciega de las oscuridad a la luz

Por Rodrigo Miranda

Molly Sweeney será un reto para los sentidos. Desde el 28 de septiembre en CorpArtes el espectador elegirá entre experimentar esta obra teatral como una persona ciega o de forma convencional. Con vocación inclusiva, el montaje tiene un programa en braille y una instalación para reconocer los rostros de los actores y asociarlos a sus voces.

Alessandra Guerzoni desafiará sus límites y caminará a ciegas por el Paseo Ahumada con un antifaz para preparar su próxima obra de teatro. La actriz confiesa que la experiencia, una metáfora de la ceguera, le provoca pavor, pero es necesaria para dar carne a su personaje. A partir del 28 de septiembre subirá al escenario del teatro CorpArtes para protagonizar Molly Sweeney: ver y no ver, del dramaturgo irlandés Brian Friel.

El montaje está basado en un caso real estudiado por el neurólogo Oliver Sacks y narra la historia de Molly Sweeney, una mujer ciega desde los diez meses de vida. A los 40 años su marido la pone en manos de un cirujano y el milagro se produce: recupera la vista, pero con costos psicológicos que obligan a internarla en un hospital psiquiátrico.

Molly Sweeney: ver y no ver es una obra inclusiva que busca derribar las barreras que sufren las personas ciegas, y la tecnología será uno de sus mayores aliados. Las personas con discapacidad visual tendrán programas en braille y un sistema inédito en Chile de audiodescripción, un relato con el movimiento de los actores, la escenografía y todos los aspectos visuales del montaje. La audiodescripción se realiza en vivo a través de audífonos durante la función y estará a cargo de la actriz María Olga Matte, quien participó de los ensayos y podrá cambiar o improvisar su guion según los imponderables de cada función. Su descripción será interpretativa, como si fuera un personaje más de la obra. Una de las particularidades de su relato es que debe hacerlo muy rápido porque las personas ciegas pueden escuchar a una velocidad mayor.

Al mismo tiempo, en la entrada del teatro CorpArtes se emplazará una instalación ‘touch and match’ (tocar y reconocer), donde las personas ciegas reconocerán -con las yemas de sus dedos- máscaras que recrean los rostros de los actores para relacionarlos con sus voces y vestuarios. Luego en la función podrán saber quién es quién.
“Con esta obra se me abrió un mundo nuevo. Los ojos de las personas ciegas son sus yemas, donde desarrollan una sensibilidad impresionante”, dice Alessandra Guerzoni.

Los espectadores también podrán acceder a través de sus celulares a una aplicación de geolocalización diseñada para personas con discapacidad visual llamada Lazarillo. Gracias a ella recorrerán todo el centro cultural CorpArtes con autonomía y podrán encontrar lugares como su asiento, el baño o el café.

“La sociedad es la que discapacita y crea barreras”, dice Guerzoni. “Las personas ciegas más que inclusión reclaman acceso a la oferta cultural masiva. ¿Por qué tienen que ir solo al montaje que está hecho para ciegos y no al resto del abanico de obras disponibles? Las personas ciegas tienen grandes dificultades de acceso porque el sentido hegemónico de los espectáculos en vivo es la vista. Es difícil destronar esa superioridad de lo visual. De hecho, teatro, etimológicamente, significa contemplar”, agrega la actriz y gestora del proyecto desde hace tres años y medio.

Como el montaje está concebido para fomentar la accesibilidad, el público general podrá decidir si quiere vivir la experiencia teatral igual que una persona ciega a través de la audiodescripción.

Bajo esa misma premisa, el montaje incluye quince minutos de oscuridad total. “Esta obra emociona transversalmente a todo el público, cuando vuelve la luz echas de menos la oscuridad total. Luego de la claustrofobia y la incomodidad inicial se gatillan tal cantidad de cascadas de imágenes que cuando vuelve la vista lo único que quieres es volver a cerrar los ojos”, adelanta Guerzoni.

La canción Fe, de Jorge González, y la música original compuesta por Alejandro Miranda es ejecutada por la Orquesta Nacional de Ciegos y el elenco fue asesorado por la compañía de teatro Luna, compuesta por personas ciegas, quienes interpretan las voces en off de la puesta en escena.

“Fue un proceso emocionante. Los integrantes de la compañía Luna nos explicaron que las personas ciegas tienen imaginación, entonces con nuestras descripciones -por ejemplo, de una flor- crean imágenes muy rápido, pero en segundos necesitan que agreguemos otros estímulos o detalles de esa flor. Ellos lo llaman saltos poéticos. También nos alertaron que la audiodescripción grabada interfiere con la experiencia en vivo. Gracias a ese comentario decidimos hacerla en vivo”, explica Guerzoni.

Asimismo, el diseño de sonido de la obra no solo busca ambientar como en las piezas teatrales tradicionales sino crear verdaderos paisajes sonoros que puedan ser percibidos a través de la audición.

Ver con nuevos ojos
“Nos interesa un centro cultural inclusivo en forma y fondo, donde todos puedan participar de actividades artísticas de calidad. La cultura debe ser un derecho de todos, sin excepciones. Molly Sweeney: ver y no ver se convierte en la primera obra de teatro que presentamos en este formato y somos el primer centro cultural chileno en habilitar la aplicación Lazarillo, lo que permite que, de ahora en adelante, personas ciegas podrán visitar CorpArtes y su colección permanente con más facilidades. A la vez hay descuentos y asientos especiales para personas con credencial de discapacidad visual y tres funciones escolares con la participación gratuita de 150 personas con discapacidad visual”, comenta Francisca Florenzano, directora ejecutiva de Fundación CorpArtes.

Molly -nombre que cita a Molly Bloom, personaje de Ulises, de Joyce- es independiente, le encanta nadar, tiene buenos amigos y un trabajo. Su padre le enseñó a ‘ver’ con sus oídos y manos y se deleita con los olores de su jardín de una forma que las personas videntes nunca lograrían. Tras aprender a comprender el mundo de una manera táctil, ahora le ofrecen la oportunidad de volver a ver. No tiene nada que perder y acepta la operación para complacer a su marido.

En escena está rodeada por dos hombres y cada uno tiene un interés personal en su operación a la vista. Para su esposo (interpretado por Diego Casanueva) la cura de Molly es la última de sus obsesiones. Él es un seudo-intelectual, un tipo con síndrome Peter Pan que reduce a su esposa al último de sus proyectos utópicos. Antes ha intentado salvar las abejas, las ballenas y criar cabras iraníes en Irlanda donde sufren de jet-lag. Ahora su meta es salvar a Molly. Este personaje se lleva el lado cómico del texto. Para el otro rol masculino (Carlos Ugarte), alguna vez un celebrado cirujano ocular, la operación le ofrece la oportunidad de restaurar su reputación perdida. En realidad, no le interesa ayudar a Molly.

En una cita femenina a Edipo Rey, tras su operación Molly se destierra, se refugia en un país fronterizo -alusión a la realidad de Irlanda, donde nació el dramaturgo-, un inframundo indefinido entre el país de los videntes, al que no puede acceder por completo, y el mundo de los ciegos, al que tampoco puede regresar.

“La obra nos hace preguntarnos hasta qué punto somos libres para ser quienes somos, cuántas máscaras nos tenemos que poner para cumplir con el concepto de lo normal. Lo del país fronterizo de Molly lo entiendo de manera personal. Yo soy demasiado chilena para ser italiana, y demasiado italiana para ser chilena. Mi país fronterizo termina siendo el teatro, la escena, el único lugar donde puedo ser quien soy”, confiesa Guerzoni.

Desde su debut irlandés, en 1994, e internacional en Nueva York, en 1996, Molly Sweeney ha sido aplaudida en los contextos culturales más dispares: India, Pakistán, Italia, España, Argentina, Portugal, Alemania, México, Turquía, Rusia, Grecia, Rumania, Canadá, Checoslovaquia y China.

La versión chilena, con la dirección de Omar Morán (El Presidente), tendrá énfasis en la teatralidad. “No voy a imitar a nadie”, describe Alessandra Guerzoni. “Explícitamente soy una actriz interpretando a una mujer ciega. No pretendo transformarme en ella. Vemos la ceguera como un hecho artístico, una cita”, añade.

Omar Morán considera que la actriz ha hecho un impresionante trabajo de sensibilización hacia el universo de la ceguera: “Por momentos Alessandra usa un antifaz, que podría ser cliché pero funciona muy bien, porque le permite entrar y salir de ese juego, de esa especie de limbo entre ver y no ver. A veces avanza hacia un lugar en el escenario como persona ciega, pero luego vuelve como persona vidente”.

La obra se inspiró precisamente en el ensayo Ver o no ver, del libro Un antropólogo en Marte, donde Oliver Sacks analiza el caso real de un hombre ciego que a los 50 años vuelve a ver y su vida se convierte en un infierno. Su retina recupera la visión, pero tiene que tocar los objetos para ‘verlos’ realmente porque no cuenta con recuerdos visuales que lo sustenten. No es lo mismo percibir una rosa solo con los ojos que decodificarla a través de todos los demás sentidos. La nueva realidad le resulta confusa, desprovista de sentido y hasta amenazante. Para él aprender a ver es como hablar por primera vez. Debe aprender, como un bebé, a ver cada cosa de nuevo. Entonces el hombre no para hasta que logra quedar ciego de nuevo. Ahí es donde recibe la ceguera como “un don que le permite no ver, huir de la luz deslumbrante, del confuso mundo de la vista y el espacio y regresar a su verdadero ser”, remata Sacks.

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