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4 octubre, 2017
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Violeta Parra en crudo

Decía haber nacido a la vida cuando cumplió los 35. A partir de entonces vivió intensamente hasta terminar, 15 años más tarde, consumida por su propia pasión. Para celebrar los cien años del natalicio de Violeta Parra, rescatamos este reportaje de revista Paula del año 1988.

Por Magdalena Correa


Septiembre 1988.

¿Cómo sería hoy? En algunos aspectos es fácil imaginarla.

El pelo entrecano. Varios kilos de más, pero con tendencia a ir perdiéndolos debido a su delicada salud y trajinados 70 años. Mañosa, temperamental y exigente. Buena para pasar días completos en cama entre lanas multicolores, bordando arpilleras, tomando té, con la estufa cerca y la radio prendida.

Hasta aquí, casi no hay riesgo de equivocarse. ¿Pero qué pasa con los otros aspectos de su vida?

¿Viviría en Europa ganando fuertes sumas con sus grabaciones? ¿Habría cambiado su calidad de vida aceptando, por fin, las comodidades de los tiempos modernos? ¿Tendría invitaciones para hacer exposiciones, conferencias y recitales? ¿Participaría en un estelar de Santis o como jurado de la competencia folclórica del Festival de la Canción? ¿Sacaría la voz para defender sus ideas? ¿O estaría retirada del mundo, sola y olvidada?

Imposible saberlo. Contradictoria y, por lo tanto, difícil de interpretar en vida, no se puede ni pretender adivinar lo que sería hoy Violeta Parra si no se hubiera pegado ese tiro fatal, una tarde de verano de 1967.

Y otra pregunta: ¿Cuánto se sabe sobre la vida de esta pequeña mujer de campo que llegó a la ciudad a engrandecer la música popular chilena? Muchísimo se ha escrito sobre ella. Y con el tiempo, más textos se publicarán. Como siempre, resaltarán su tesón, su fuerza, su intensidad y su magnetismo. También su desaliento y soledad. Circundarán a la mujer, a la compositora, a la artista. Pero ¿darán en el clavo con su misterio? Podrán obviar el sabor a mito a que tiende todo lo escrito sobre ella. Cosa muy natural, por cierto, cuando se trata de una sencilla mujer de campo que, sin belleza, dinero o educación, se autoasignó la misión de recopilar el folclore nacional y difundirlo por el mundo, que grabó veinte discos, expuso en el Louvre, escribió su autobiografía en poesía, gestó un pretensioso programa cultural y cayó sobre el piso de tierra donde eligió vivir y … morir.

Quizás Marta Orrego, quien fue su nuera y amiga, tiene razón cuando dice:

-A la Viola no se le puede simplificar en palabras. Era tan llena de contradicciones. Era tan intensa para todo, que es imposible describirla. Hasta sus hijos son incapaces de hacerlo. Creo que es más fácil hablar no más, contar cosas de su vida y dejar que ella fluya y llegue según cada cual la quiera percibir.

Su árbol de la vida denota confusión, miedo y racionalidad. Las ramas pasan por su mente y el pajarito amenazado es incapaz de liberarse del sinuoso entrecruzado.

Una Violeta española 

Violeta Parra tenía siete años cuando encontró la guitarra. Sus padres, campesinos pobres, se habían puesto de acuerdo para esconderla. No querían que sus hijos siguieran sus pasos y vivieran la amarga vida del músico. A ellos, de nada les había servido saber cantar y tocar piano, guitarra, violín y mandolina.

En compañía de sus hermanos salió a caminar por los alrededores de Chillán, cantando en plazas, vendimias, bautizos y fiestas populares. Esta fue su escuela: de vida y de folclore. Y en el futuro, estuviera donde estuviera, a ella miraría y a ella dedicaría siempre su canto.

En verano se subía a los trenes para aumentar sus ganancias mientras llegaba más lejos. Se sentía tan libre como los pájaros. Caminaba descalza, durmiendo donde la pillaba la noche, bañándose en los ríos, sacando más pesos al limpiar nichos de cementerios y aprovechando de recoger las flores de magnolia para hacer colonia.

Los circos jugaron importante papel en su vida. Tanto en la etapa de su infancia como de joven recién casada trabajó bajo la gran carpa. Las primeras veces debía hacerse vestidos con papel volantín para bailar y cantar los pedidos boleros, tangos, tonadas y cuecas. En los años 40, como “Violeta de Mayo”, bailaba y cantaba los pasos dobles y seguidillas, que estaban entonces de moda. Hasta ganó un concurso, venciendo incluso a expertas de España. También obtuvo una mención honrosa en un concurso de poesía realizado en Quillota, donde vivía con su primer marido, Luis Cereceda.

Ellos se conocieron en el sector de Matucana. Violeta se había venido a Santiago siguiéndole los pasos a su hermano Nicanor. Trabajaba de noche en cuanto negocio o boliche la recibía con su guitarra y su voz áspera (Los entendidos la definen como dulce, pero muy monótona y “hasta un poco sonámbula”.)

Tenía buen carácter, era empeñosa, alegre y coqueta, aunque firme “para hacer callar a los hombres cuando la molestaban”, según su hermana Hilda, con quien cantó profesionalmente como el dúo de las Hermanas Parra.

En 1938 se casó con Cereceda, un año menor que ella, ferroviario en la maestranza de Matucana con Mapocho.

Según el Registro Civil, el matrimonio tuvo tres hijos: Luis Jaime, Violeta Isabel y Luis Angel. Lo extraño es que del mayor nadie nunca habló. Salvo quienes aseguran que era un hijo que Violeta desechó “por no ser músico”.

Indagamos los certificados de nacimiento para descubrir que el misterioso Luis Jaime (muerto en Mendoza hace un año) era ocho meses, 27 días mayor que Isabel. En vista de lo cual nos quedamos con la afirmación de Marta Orrego: “La Viola acogió a este niño nacido de un familiar de ella. Lo inscribió como propio, pero de su vientre no salió”.

Encaramada en los escenarios

Como esposa, no era fácil. Trataba -y conseguía- imponer sus ideas por sobre las de su marida. El quería una mujer ciento por ciento casera. Pero la suya se levantaba muy temprano para alcanzar a lavar y cocinar, y luego partía, muchas veces con los hijos disfrazados, lista para encaramarse con ellos a cualquier escenario. Deseaba que compartieran y amaran la guitarra. Decía no sentirse feliz en casa sino que “condenada al infierno”.

Con el segundo marido partió mejor. Ella le planteó a Luis Arce sus anhelos y él tuvo oportunidad de conocerla y acompañarla en sus presentaciones. Sabía con quién se estaba metiendo. Al menos eso creía. Juntos formaron la compañía Estampas de América y salieron en familia a recorrer el Norte.

Poco después Violeta emprendió su propio vuelo. No quería pasarse la vida interpretando siempre lo mismo. Estaba ávida de nuevas emociones. Cuando podía, se encerraba en su pieza a componer. Sólo a Nicanor mostraba su producción. El se la consideró buena. Comenzó a insistirle que hiciera un trabajo de recopilación. En el campo ella podría encontrar el origen de la música que tanto le gustaba.

Por eso, años después diría agradecida: “Yo soy obra de Nicanor”.

Provista de lápiz, cuaderno y guitarra, dejó su familia (que ahora incluía a Carmen Luisa) y recorrió Chile para desenterrar las raíces de la cultura popular sabiendo que a nadie le interesaba, que existía prejuicio por reconocer de dónde uno viene.

La gente del campo la recuerda. En muchas entrevistas han contado cómo llegaba al pueblo esta mujer que decía llamarse Violeta Parra, y que cansada, con hambre, frío o sudando de calor, sacaba guitarra junto con preguntar quién podía acompañarla en el canto o quién podía contarle algo sobre las fiestas populares que se organizaban en el campo desde tiempos remotos.

“Se interesaba por todas esas cosas que vienen de la tradición; canciones, leyendas, formas musicales, dichos, todo… ”

Los viejos le daban información muy valiosa. También los cantores populares que saben tanto verso y entonación. Uno de ellos le enseñó a tocar el guitarrón. Otros la ayudaron a rastrear fragmentos perdidos de las canciones religiosas y costumbristas, de los cantos a la Virgen, al amor, a la siembra.

Contra “pitucos” e impostores

Su trabajo llegó a oídos santiaguinos. De repente su nombre comenzó a sonar entre los profesionales de la radio y los eruditos del folclore. Estaban impresionados del trabajo hecho a pulso por una campesina entusiasta, sin preparación ni método académico ni medios económicos.

Les asombraba la seguridad con que defendía la autenticidad de la música popular. Cómo insistía en no contaminarlo, cómo luchaba contra la “( …) cursilería criolla acartonada del folclore sentimental”.

En una entrevista explicó su posición.

“Me dicen: ¡Nosotros hemos dignificado la tonada, la hemos hecho más hermosa! Yo no estoy de acuerdo. Creo que nuestra tonada, nuestra cueca, todas nuestras formas de música folclórica, tienen una belleza indiscutiblemente superior, auténtica, con toda su sencillez, su rusticidad. Lo que ocurre es que es una veta todavía mal comprendida y mal explotada”.

Esta fue su primera autodefensa pública. Con los años hablaría cada vez con palabras más ácidas y directas. Acusaría de impostor a cuanto folclorista de boite surgía. A los Huasos Quincheros los llamaría “los huasitos del Club de Golf, de las tarjetas postales”.

Y a Gastón Soublette, teórico musical, le diría “pituco metido en las expresiones populares de puro cantor no más”. Sin embargo aprendió a respetarlo. Se hicieron amigos y juntos publicarían “Cantos Folclóricos Chilenos”, basado en el rastreo de ella y las partituras de él.

Después de recorrer gran parte de la zona sur, se impuso una nueva misión. Para reivindicar de verdad las formas musicales y poéticas ligadas al pueblo, tendría que difundirlas. Costara lo que costara .

Con actitud desafiante se presentó a las radios y casas de discos. Sabía que la miraban en menos. Por ser quien era. Una mujer de pueblo, mal agestada, fea, con la cara marcada por viruela -“(…) me sobrenombran maleza porque parezco un espanto”- sin educación formal, mal hablada, que vivía en una mejora.

Pero también comprendía perfectamente la importancia de su trabajo. A los 35 años se sabía Violeta Parra. Y en ese momento de su vida nada le podía importar menos que encontrarse con obstáculos sociales. En ese momento ella tenía todas las de ganar.

Según su biógrafa, Carmen Oviedo, “el mayor mérito de Violeta Parra fue habérsela jugado por la pureza popular sin dejarse contaminar por factores comerciales. Era una mística de la música”.

Ricardo García, conductor y libretista del programa radial “Canta Violeta Parra”, que hicieron juntos durante un año y medio, dice:

-Ella integró el folclore a su vida. Lo vivió. Y quizás en este punto radica su problema. La gente la reconocía como creadora, pero no la querían en el medio artístico porque siempre se negó a tener la dualidad que deben tener los artistas. Su hermano Nicanor tenía razón cuando escribió que ella no se vestía de payaso.

Loca por los plumones

El año 1954 fue bueno. Basándose en canciones recopiladas, compuso versiones propias. “Casamiento de negros” y “Qué pena siente el alma” lograron buena ubicación en las encuestas musicales. Le otorgaron el premio “Caupolicán” como la mejor folclorista del momento, que celebró con un asado de chancho y botella de vino. Tiempo después diría con amargura que fue el único reconocimiento que le dio Chile.

Al mes viajó invitada al Festival de la Juventud en Polonia. El contacto, seguramente, se debió a su adhesión política. Durante el gobierno de Aguirre Cerda había trabajado en forma activa para la Junta de Abastecimiento y, según se dice, militó en el Partido Comunista. Recorrió la Unión Soviética, visitó Londres y se quedó dos años en Francia, donde, a pesár de los contratos de grabaciones para la BBC y la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre de París, tuvo una vida dura y solitaria. Debió emplearse para hacer labores domésticas en casa de unos chilenos y cantar en un local nocturno del Barrio Latino.

El éxito no llegó.

Regresó a Chile a enfrentar una dura prueba. Su hija menor, Rosita Clara, a quien dejó de meses, había muerto durante su ausencia. La relación con su segundo marido era ya insostenible. Por segunda vez se encontró sola con su guitarra y sus chiquillos.

Mucho se cuestiona la relación de Violeta Parra con sus tres hijos. Se habla de rivalidad entre ella e Isabel. De sus peleas con Carmen Luisa. De cómo los obligó a seguirle los pasos, enojándose si osaban tocar una canción que no fuera de su repertorio, gusto y estilo.

Ninguno de ellos participó en este reportaje. Las mujeres parecen tener serias trancas sicológicas para hablar de su madre. Angel vive en París, en condiciones muy distintas a las que conoció mientras ella vivía. Ninguno tiene problemas económicos. Al contrario. El trabajo de Violeta les rinde frutos día a día, por cada canción que se graba o canta en cualquier parte del mundo.

Nicanor Parra dice estar cansado de hablar de ella. Lo mismo pasa con mucha de la gente que la conoció. Su nuera, Marta Orrego, fue de las pocas en querer contar alguna anécdota.

-Por sobre todo, te diría que la Viola fue maestra. Sus cartas están llenas de enseñanzas para sus hijos. A mí me decía que por qué hacía tapices bonitos que eran copiados. Que por qué no creaba. Que yo tenía que construir mi propio árbol de vida.

También recuerda lo activa que era. Sus diarios trajines por el centro con un gran maletín negro repleto de composiciones. Y en sus últimos años de vida, si bien se movía menos, en cama no cesaba de escribir cartas, versos y de bordar sus tapices con verdadero fanatismo.

-¡Era tan apurete e impaciente! Por otro lado era muy moderna. Me acuerdo cuando aparecieron los primeros plumones, se volvió loca… Era tal su apuro y tantas las imágenes que tenía en su cabeza, que en vez de bordarlas se puso a dibujarlas. Yo conservo algunos. Los he tenido que bordar porque los colores del plumón se estaban desvaneciendo.

Una hippie en el Louvre

Al contrario de lo que muchos piensan, Violeta Parra se hizo famosa por sus tapices antes de componer “Gracias a la vida”. Enferma de hepatitis, se obsesionó con el diseño de la frazada. Mandó comprar arpillera y lana y se puso a bordar directamente, sin boceto previo, sin ni siquiera estirar la tela. Las imágenes, proporciones y combinaciones de colores las tenía en la cabeza ; quizás desde chica cuando sentada aliado de su madre, ayudaba a hilvanar, encandelillar y remendar, y recogía retazos de telas para hacer ropa chica o vestir figuritas hechas con alambres.

En su segundo viaje a Europa (1961-65) volvió a cantar en los lugares donde la conocían. Entre cueca y cueca mostraba sus tapices de estilo ingenuo y temas costumbristas. En muchos se bordaba a sí misma. Recostada o bailando, siempre vestida de violeta o negro.

La baronesa Rothschild supo de ella. Intrigada por tan original trabajo, fue al pequeño departamento de servicio que arrendaba.

Lo que pasó pertenece a la historia de los Parra.

Violeta ni se paró para saludarla y como con pica le fue subiendo el precio a los tapices. Cuando finalmente comprobó su sincero interés, le regaló uno.

El resultado de ese encuentro fue la exposición de sus creaciones en el Louvre. Claro que para llegar ahí no bastó la tarjeta de la baronesa. Tampoco los puros tapices. Tuvo que llorar, implorar y contar la penosa situación económica que vivían ella y sus hijos para que las puertas del gran museo se abrieran.

Vestida como todos los días, con el pelo largo sin peinar, fue el centro de las miradas el día de la inauguración. A partir del siguiente los franceses la verían sentada frente a sus obras, bordando o tocando guitarra, a veces acompañada por sus hijos, otras sola explicando en francés el origen y tema de sus trabajos.

Campesinas del Tercer Mundo que cantan y muestran obras de temática nativa dan espectáculo diario desde hace tiempo en Europa. Sólo algunos turistas las miran. Pero hace treinta años constituían toda una novedad.

En este sentido, Violeta Parra se adelantó a su época. Por su postura frente al arte del pueblo, cuando recién comenzaban a valorizarse las raíces populares. Por su estilo de vida cuando aún no se vislumbraba el movimiento hippie.

Marjorie Agosin e Inés Dolz-Biackburn, catedráticas de literatura latinoamericana en universidades extranjeras y autoras del más reciente estudio sobre su obra, hacen un paréntesis en su análisis poético:

“( … ) es más que todo una integradora de sus labores artísticas. Para ella no hay diferencia entre hacer sopaipillas, una cazuela de ave, pintar, hacer arpilleras o componer una canción; todo su quehacer permanece intactamente labrado como un abanico inseparable de sus vivencias”.

Y agregan :

“( … ) trataba de traer junto a ella la producción de artesanías, de comida popular, con el afán de recalcar que la producción de la música folclórica es parte de una cultura integral, no como curiosidad vendible ni como producto académico”.

Ese especial atractivo

Ni la exposición ni los discos, que en gran cantidad se vendían en Europa, le sirvieron a Violeta Parra cuando regresó a Chile. Convencida de su consagración, ideó un proyecto de gran envergadura. Quiso juntar en una sola cosa el éxito que tenía la peña instalada por sus hijos, más sus vivencias trabajando ante el público en las ferias artesanales, más un museo que ella quería dedicar por completo al arte chileno tradicional.

La creyeron loca. Una simple campesina disfrazada de folclorista para explotar la veta artesanal.

Carmen Oviedo:
-La verdad es que no personificó a nadie sino que fue ella misma quien se impuso la misión sembradora, simplemente por tener la certeza de que sus palabras daban alegría.

Y agrega :
– Finalmente la consumió su propio fuego. Ella era la pasión integral; tanto en el plano amoroso como el de composición y de comunicación. Era excesiva para todo. Todo lo que cometía tenía que ser “a finish”. Tenía que agotarse, vaciarse por completa, darse por entero.

Es cierto que su último proyecto fue un fracaso. A la gran carpa que instaló en un sitio eriazo de La Reina no fue nadie. A esa lejanía sólo llegaban tres amigos y tres curiosos interesados en aprender sus canciones. Terminó arruinada, enferma por el desinterés y la soledad.

Y aún más, abandonada por el amor. El atractivo que durante años había ejercido sobre hombres jóvenes y apuestos ya no surgía efecto.

Ricardo García trató de definir esta característica de Violeta Parra:

-Tenía una cosa animada muy sensual. ¿Centrada en qué? Pues en el conjunto diría yo. Y no era algo que se percibía de inmediato. Había que conocerla un poco para captar la intensidad que transmitía por cada poro. En todo lo que hacía ponía una fuerte dosis de pasión y eso la hacía especial.

Cambió de pareja muchísimas veces. Una persona de tal intensidad, difícilmente podía encontrar a un hombre capaz de quererla como ella lo exigía. Además era celosa, dominante, egocéntrica y terriblemente absorbente. Su último amor fue el suizo-francés Gilbert Fabré, con quien vivió en Chile y Europa. Cansado de ser su sombra, él se arrancó a Bolivia. Hasta allá lo persiguió. Desesperada. Olvidándose de su dignidad. Dispuesta a todo por reconquistarlo.

Pero era muy tarde. A Marta Orrego le contaría que nunca aprendió a tomar el segundo lugar. Que Gilbert ya no le creía sus promesas de no destacar y acaparar. Que ningún otro jovencito podía ocupar su lugar. Nadie pudo sacarla de su depresión. A su hija Carmen Luisa le dijo: ” (…) cuando uno quiere matarse, se mata calladita”. Y a Héctor Pavez, intérprete y amigo: “(…) uno tiene que decidir su muerte, ¡mandarla! No que ella venga a uno”.

Fue fiel a sus palabras. Cortó su canción una calurosa tarde de verano en el interior de su gran carpa.

Una tumba sencilla para la mujer de campo que se hizo mundialmente famosa por su “Gracias a la vida”.

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