Única, grande y nuestra

Reportajes y Entrevistas

Única, grande y nuestra

Por María Paz Cuevas / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Paulina Wiegand

“Ésta es una sociedad conservadora y costumbrista”, opina Vivi Kreutzberger. Por eso no siente miedo al ridículo cuando baila, canta o se mata de la risa en TV. “Lo único que me da pudor son la tontera y el cinismo”, dice.

Vivi Kreutzberger tiene los ojos amarillos. Anda sin maquillaje, con un chal morado y el pelo tomado en una cola de caballo. Camina a paso firme por los pasillos de Canal 13 –saludando a quienes se la cruzan en el camino– hasta su pequeña oficina. Ahí, por todos lados está ella: Vivi con cuarenta kilos menos, con vestido negro ajustado, mostrando la pierna, la boca entreabierta y gesto sensual; Vivi en medio de un escenario riéndose a mandíbula batiente; Vivi echada sobre la arena de una playa, cabeza ladeada y sonrisa picarona. “Tuve que colonizar esta oficina para que no me la quitaran”, explica. Vivi, la animadora antidiva de la televisión, tapizó las paredes con su imagen, a lo superestrella. Su sueño de niña hecho realidad.

Vivian Kreutzberger (40) nació un sábado. Su madre recuerda que ese día, en la Clínica Santa María, doctores y enfermeras miraban a su marido en pantalla minutos antes del parto. Vivi nació literalmente pegada a Sábados gigantes y creció viendo –sábado a sábado– a su padre por televisión. Más de una vez, incluso de niña y adolescente, aportó ideas de jingles y secciones en los que secretamente se imaginaba como protagonista. Tenía desplante y sentido del humor. En las fiestas de la adolescencia era el centro de mesa. En el Instituto Hebreo y luego en la Universidad Gabriela Mistral –donde estudió un año de Sicología y otro de Periodismo– era una líder sociable, buena para la talla y organizadora de cuanto panorama se armaba. No era la más regia, pero sí la con más personalidad.

A los 21 años, recién casada y sin aceptar empujoncitos de su familia, en especial de su padre, partió a Miami. Quería demostrarle a su familia y a sí misma que se la podía. Allá fue madre de cuatro hijos y aprendió a llevar las riendas del hogar. Hasta que en 1992 el huracán Andrew destruyó su casa. Entonces, junto a su primer marido, regresó a Chile para hacerse cargo de Estudio Gigante, restorán que había instalado Don Francisco en Santiago. Después de seis años dedicada al negocio familiar, en 1998 comenzó a recorrer la ruta del sueño aplazado. Vivi fue invitada a varios programas de televisión y reveló su secreto anhelo: convertirse en animadora. Le ofrecieron programas para ella sola, pero finalmente partió en Sábados gigantes, con su padre, probando. Durante los dos primeros años la prensa la hizo pebre: que estaba con sobrepeso, que sus pintas no cuadraban, que sólo se trataba de la hija de. Vivi se separó, hizo una dieta de sopa de repollo con la que bajó casi cuarenta kilos y le dio cáncer a la tiroides. Pero la animadora no se achicó. Ahora, después de siete años de carrera televisiva, se ha convertido, según las encuestas, en uno de los rostros femeninos más creíbles de la televisión chilena. Por un lado hace el loco, se disfraza y echa la talla. Por otro, entrevista y les saca confesiones insólitas a los personajes más acartonados e importantes del país. Frente a ella, el ex Presidente se emocionó al borde del llanto recordando a su madre, y la entonces candidata a la presidencia, Michelle Bachelet, cantó Imagine. Ésta es la historia de una mujer, que a punta de esfuerzo y porfía, está donde está. Esta conversación se produjo exactamente el mismo día en el que su padre apareció a página completa como Dios lo trajo al mundo.

–Hoy acabo de ver una foto de tu papá pilucho en The Clinic.
–¿Sí? No creo que sea él. Mi papá es muy pudoroso, mucho más que yo. No creo que alguna vez se haya tomado una foto pilucho. ¿Y qué decía? ¿Quién se la había tomado?

–Dicen que era el fotógrafo que empelotaba a la farándula.
–Mmm. En una de ésas, puede ser… Hay que verlo.

–Impactante.
–Me imagino (risas).

–¿Qué haces en un fin de semana normal?
–Me queda el puro domingo. Y, como estoy bastante hechita bolsa, en vez de levantarme a las 8:15 para ver los partidos de handball y de fútbol de mis hijos, me levanto a las doce. Los diez –mi marido, los niños y yo– almorzamos en la casa y la sobremesa dura harto. Pero mi ideal es quedarme en la casa, ojalá lo más tirada posible, entre dormitando y durmiendo siesta, muy regaloneada y comiendo sushi.

–¿Haces vida cotidiana?, ¿vas al supermercado?
–Sí, claro. No voy todas las semanas, pero voy una vez al mes para la compra más cotota. Voy con mis hijas, las mellizas (15) que son las que más me ayudan. Lo hacemos como la compra millonaria, para estar un rato juntas. Pero yo cacho que a ellas les da un poquito de lata cuando la gente se acerca y me saluda. Me preguntan: “¿No podís venir con otra cara?” Y yo les digo que no, que es la única que tengo.

A pura agua

–¿En qué minuto de la infancia te diste cuenta de que tu papá era famoso?
–Nunca tuve esa sensación. Estuve siempre en el mismo colegio, con los mismos compañeros, y la fama de mi papá fue creciendo junto con nosotros. Recién cuando llegué a la universidad me di cuenta de que la gente se codeaba cuando yo pasaba: “Mira, ésa es”. Al principio fue sorpresivo, pero yo siempre tuve un carácter que llamaba la atención. Hice varios amigos y conformamos un grupo que estaba a cargo de la entretención. Yo me disfrazaba, hacía una Cuatro Dientes bien rasca en una universidad bastante cuica. Bailaba cumbias como las había visto bailar: con el dedo en la cabeza y una mano en la guata. Puede que algunas compañeras lo hayan encontrado “qué bruto, qué pintoresco”, pero a mí nunca me importó. Siempre estuve donde las papas quemaban, en las fondas de verdad, de ésas con piso de barro.

–¿Por dónde tenías esta conexión con el mundo real?
–Mi papá nos llevaba a hacer las entrevistas y acompañarlo en el día a día real, nunca vivimos despegados. Lo acompañaba mucho. Conocí las cosas de verdad. Si íbamos a los barrios pobres me quedaba jugando con los niños de la casa o dándole comida a las gallinas. Me llamaban mucho la atención las cocinas a leña, que no hubiera agua ni luz.

–¿Y qué ideas dabas, cuando niña, para Sábados gigantes?
–Siempre eran pensando en mí. “¿ Y si en el Clan Infantil hubiera una animadora niña, como de mi edad, como parecida a mí?”, decía. Después hacían la sección, pero nunca entendían que yo quería que la hicieran conmigo. Nunca me pescaron.

–¿Por qué no lo decías directamente nomás?
–No sé. Dentro de mi fantasía de niña pensaba que un día me iban a decir: “¿Y tú?”. Y yo iba a responder: “Uy, no sé… a lo mejor… puede ser”. Pero es distinto pedirlo a que te lo ofrezcan.

–¿Y cómo eras de niña?
–Bien fantasiosa. Siempre me imaginaba historias, porque escuchaba conversaciones, chistes, historias que no eran acordes a mi edad. Entonces, cuando me insertaba en mi grupo de pares, los apuraba. Fui la primera que llegó al colegio a contarles a mis compañeros cómo llegaban los niños al mundo. Y ahí llamaban a mi mamá para decirle que yo estaba causando una revolución.

–En plena época del toque de queda empezaste a carretear. ¿Fuiste fiestera?
–Nunca tuve permiso para ir a fiestas de toque a toque, me tenían que traer antes. Y eso fue durante muchos años. Hacíamos malones, y las fiestas eran bastantes fomes comparadas con las de ahora. Los niños se sentaban a un lado, las niñas al otro. Tú cachabas que venían hacia ti y después se desviaban. Me acuerdo de la onda disco, del globo arriba en el techo. Nos entreteníamos de una manera más sana. No fumo, no tomo y jamás lo he hecho.

–¿Nunca, nunca?
–No, nunca en la vida. Sólo tomo agua mineral sin gas. Cuando ya es el acabose completo y lo estamos pasando increíble, me tomo un jugo de chirimoya. Pero si no, agua sin gas. Siempre he sentido que puedo ser simpática, rápida y estar arriba de la pelota con pura agua.


Cero rollo

En plena adolescencia Vivi Kreutzberger era entusiasta y chacotera. Era más rellenita que sus compañeras y, además, se vestía con pilchas colorinches, sombreros de ala ancha, boinas y brillos en una época en que salirse del molde no era costumbre. Aunque a su padre le preocupaba que a su hija le sobraran kilos, a ella le importaba un comino.

–¿De verdad jamás fue tema para ti ser más gorda que las demás?
–Conscientemente, no. Lo suplí de otra forma quizás, y logré ser más avispeli, más rápida. Si hubiera sido un tema complejo, hubiera hecho algo por variarlo. Al final, una tiene que asumirse y estar contenta con lo que tiene. No recuerdo una adolescencia traumática ni estar encerrada en mi pieza llorando comiendo chocolates. Fue una etapa súper sana y feliz, siempre incentivando el “Vamos que se puede”. La tele es súper trascendente en eso: en poder transmitirle a la gente que estar bien depende de uno. Me mueve que, al verme, la gente lo lea.

–Cuéntame de las prendas, los brillos y los sombreros que usabas.
–Mira, en esto todos se burlan y me dicen: “ella, la especiala, la diferenta”. Pero a mí me da lo mismo. En Chile no se espera que tú hagas algo distinto. “¿Por qué no me puedo poner sombrero?”, preguntaba yo. “Porque nadie usa sombrero”. “¿Y dónde dice que no se puede usar sombrero?”. Le pegaba brillos a todo, me ponía cuestiones en las uñas con La Gotita, tratando de decir: “por qué tengo que ser igual al resto”. Buscaba diferenciarme, tener una identidad, llamar la atención. Tenía ganas de decir: intentémoslo, veamos qué se provoca en la gente cuando tratas de ser distinto, cómo te censuran, cómo te castigan. Yo iba con un mechón de pelo verde al colegio y era drama, drama, drama. Mi mamá me decía: “¿Y vas a salir así?”.

–¿Cuál fue la prenda más rara que usaste?
–Tenía boinas de todos los colores. Para el colegio, una boina azul. Soy como obsesiva, si es boina, boina. Y si mañana es chaleco con huilas, chaleco con huilas.

–En el programa te disfrazas, te pones mallas, ¿qué significa el ridículo para ti?
–No lo entiendo. No sé qué de ridículo tiene que uno juegue, que uno entretenga a la gente. Me mato de la risa y el público se mata de la risa también. Bingo. No me siento haciendo el ridículo. Estoy de acuerdo con no hacer algo que atente contra la moral y las buenas costumbres, pero lo demás son cosas que han quedado anquilosadas en una sociedad conservadora y costumbrista.

–¿Qué te da pudor entonces?
–Me dan pudor la tontera y el cinismo. Pero pudores físicos no tengo.

–¿Qué opinan tus hijos sobre las locuras de la mamá?
–Al principio fue complejo. Llegaban del colegio diciéndome: “¿qué hiciste ahora, por qué me molestaron durante el día?” Pero mi punto siempre ha sido que estoy peleando por abrir un nicho, por no tener que ceñirme al qué dirán.

–Pasaste toda tu vida sin que te importara la facha y, de repente, aplicaste dieta de sopa de repollo y una bajada de 40 kilos, ¿por qué?
–No sé qué es antes, si el huevo o la gallina. Yo estaba recién separada y entré a la televisión. Fueron muchas cosas juntas. La televisión te devuelve tu imagen y, lógicamente, no puedes dejar de impresionarte.

–¿Te viste en algún momento preciso?
–Me vi y me sorprendió mucho la imagen que proyectaba. Pero me siento como el río Mapocho: corre por ahí porque lo pusieron, pero cuando llueve mucho, retoma su cauce natural. Me pasa lo mismo. Me acepté, y dejó de ser un tema. Ahora estoy más estabilizada, más contenta con lo que hago, sabiendo que el público acepta mi trabajo y no me ve para saber cuál es el último grito de la moda.

–¿Ahora haces régimen?
–No es tema para mí. Dejé las dietas.

–¿Pero eres tentada?
–Me encantan las cosas dulces y es algo de lo que no me privo. Ahora mi marido y yo estamos haciendo boxeo con un personal trainer. Me entusiasmó porque no sabes cómo cansa y, además, sirve como defensa. Uno se pone en la trotadora, el otro pega y después le pegamos a este pobre hombrecito. Hay gente que lo encuentra violento, que no es un deporte, pero a mí me hace regio.

–Pero no te vas a subir a un ring a boxear.
–No. Como siempre digo: “Cuídenme el paño (el rostro, en jerga televisiva)”.

No a la hijita de papá

En 1986, Don Francisco ya estaba instalado en Miami cuando su hija, recién casada, decidió irse a vivir a esa ciudad. Su idea era hacer su vida independiente de la figura de su padre. Por eso no hubo casa ni auto ni propiedades de regalo. Sólo una pequeña ayuda: su padre le consiguió a su nuevo yerno un empleo en carga en Lan Chile y listo. Vivi no aceptó ningún otro apoyo.

–¿Por qué te negaste a aceptar más ayuda de tu familia?
–Porque soy así: chúcara. Soy poco de pedir ayuda y de aceptarla. Ahora con mi segundo marido, he aprendido a compartir esfuerzos, a manejar nuestra vida como partners. Pero me gusta eso de meterme en algo y salir sola; es una cosa de chorita de las playas que tengo. Pero ahora estoy aprendiendo que no soy súper woman y que necesito que me ayuden. A los 20 años no pensaba así.

–¿Partiste pelando el ajo en Miami?
–Sí, claro. No tenía esa cosa de princesita. Estuve mucho tiempo sola, mientras cargaba a mi hijo en la espalda, limpiaba y después cocinaba. Tenía un solo auto, salía a pie a hacer las cosas. Mi casa era muy chiquitita y además no hablaba inglés. Tuve que aprender mirando Plaza Sésamo.

–¿Aprendiste inglés con monitos?
–Sí, todo. “Ei, Bi, Ci, cookie, door y window”. Fue la forma que encontré, porque no tenía plata para pagar un curso. Salía a las plazas y escuchaba a los demás. A veces la gente me hablaba, a veces yo les contestaba y otras veces no.

–Cuando te fuiste, ¿tenías noción de cómo se manejaba una casa?
–No, aprendí allá. Cuando nació mi primer hijo, el huevón venía prematuro. Como que crujía, sonaba, porque tenía apnea. Entonces yo lo movía y revisaba un manual que te dan los gringos para saber qué tenía. Pero así me fui fogueando.

–¿Por qué, a pesar de esta actitud chúcara, aceptaste la propuesta de tu padre de empezar tu carrera en su programa?
–Porque no fue idea de él, sino de Gonzalo Bertrán. Me pareció lógico. Mi papá me dijo que hiciera una práctica al aire y creo que ahí imperó una gotita de criterio mío. Aparte que Sábados gigantes me daba la oportunidad de hacer cinco minutos de esto, después otra cosa, y eso me pareció una buena alternativa.

–Ahora que has entrevistado a varios personajes importantes del país, ¿te sientes consolidada?
–Siento que estoy creciendo. Si no sigo buscando teclas nuevas, estaría como Julio César Rodríguez, diciendo que he hecho todo y que me tengo que retirar. Llevo siete años en la televisión y mucha gente no se ha dado cuenta de cómo pasó el tiempo. Cuando conseguimos invitados difíciles, entrevistas buenas y confesiones especiales, me siento bien.

–¿Cuál es tu meta?
–Seguir creciendo en Chile. Y no descarto internacionalizar mi carrera.

–¿A Miami, siguiendo la ruta de tu papá?
–No sé si Estados Unidos… me gustaría probar suerte en España. Es una locura, una agrandada, pero lo voy a intentar igual. Muchas veces me han dicho que no y que me digan una vez más, no me va a hacer ni más grande ni más chica. La cadena Univisión está sufriendo cambios de dueño y no se sabe para adónde puede ir la moto, pero siento que puedo hacer muchas cosas. Partí al revés: primero crié y después salí a trabajar. Ahora tengo 40 años y a los pollos bastante encaminados. Estoy en la plenitud de la vida y soy la animadora más vieja que hay en Chile. Y en el extranjero, la experiencia y la edad se valoran.

–¿Miras tus programas en la tele?
–Sí. Sola. Nadie quiere verlos conmigo porque dicen que muevo mucho la boca y me río mucho.

–¿Y cómo te encuentras?
–De lo más entretenida. Me cago de la risa conmigo.

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