Vivir sin dormir

Reportajes y Entrevistas

Vivir sin dormir

Por Ana Schlimovich / Ilustración: Gertrudis Shaw

Me acuerdo como si fuera ayer cuando mi vecina Laura se preguntó quién había inventado la frase ‘dormí como un bebé’, porque las guaguas no duermen. Me hizo mucho sentido escucharlo: hacía cinco meses y once días que yo no dormía más de cinco horas seguidas. Una vez dormí seis. En realidad, mi guagua durmió seis. Y yo, de la sorpresa, me desperté antes porque no lo podía creer. Laura acababa de salir de esa etapa de despertarse cada una hora y media, ocho veces por noche, para darle pechuga a su guagua.

“¿Tus hijos dormían?”, le pregunté a una amiga muy cercana que tiene un hijo de 11 años y otra de 7. “No me acuerdo”, me respondió. Y por eso quiero escribir esto, aunque el agotamiento me aplaste el cerebro, no encuentre las palabras y no recuerde si ya tomé la vitamina E para no quedarme pelada. Quiero dejar constancia  antes de olvidarlo todo y que en un parpadeo de ojos mi hijo ya esté en el colegio. La naturaleza es sabia. Porque si olvidamos es para poder seguir procreando.

En algún lado leí que durante la lactancia el cerebro de la madre modifica sus conexiones neuronales; reduce la capacidad intelectual y agudiza el sentido auditivo. Eso explica de alguna manera por qué somos capaces de oír cualquier movimiento de la guagua, mientras el padre tiene la capacidad de roncar sin pausa. Incluso he llegado a despertarme dos segundos antes. Una de las teorías de mi pareja era que la que la despertaba era yo, por lo intensa que es nuestra conexión.

De todas las cosas que conlleva la maternidad, el no dormir es la que más me afecta. Me acuerdo cuando todos los padres me decían durante el embarazo ‘aprovecha de dormir’, ‘duerme ahora porque después no duermes más’. Si bien los escuchaba, creía que exageraban. Y, de haberlo hecho, probablemente no lo habría aprovechado porque sentía que en mis más de cuarenta años sin guagua, la cuota ya estaba saldada.

Los primeros meses me iba a acostar con miedo. Sabía lo que venía y sobre todo sabía que después venía el día y sus obligaciones, que se me hacían cada vez más pesadas. El cambio neuronal puede ser abrumador, pero no dormir es letal. Me arrastraba por la vida sin ningún otro deseo más que acostarme a descansar, con el problema que esto significa para la vida en pareja, o más bien, para la vida en general.

Probamos de todo: la rutina bañándolo, bajando las luces, cantándole y poniéndole sonido de lluvia con crepitar de hoguera, todo siempre a la misma hora; cambiamos el sonido de lluvia por una canción de cuna de Brahms; fuimos a un taller de sueño infantil donde prepararon flores de Bach para el bebé; homeopatía; no tomar nada de café, ni mate, ni té; cambiarlo de pieza; y que yo comiera mucha lechuga y tomara agua de naranja y esencia de lavanda. Mi mamá me regaló el libro Duérmete Niño, en el que el Dr. Eduard Estivill enseña cómo hacer dormir bebés bajo un régimen implacable de dejarlos llorar. A mi hermano le resultó. “No gasten en libros, nada resulta, paciencia nomás”, me dijo mi vecina Laura. Pero cuando una amiga a quien admiro bastante me contó que había usado este método y que les cambió la vida, decidimos probarlo. Más vale una semana de sufrimiento que emanar odio y angustia diariamente. Fueron tres días de tristeza, dolor y culpa. El nuestro era un bebé que no lloraba, pura alegría, chicha fresca le decían, pero después del primer día se volvió opaco. Serio, muy serio. Supuestamente, cada día iría mejorando, pero a la tercera noche el llanto era desgarrador y no pudimos más. Fue un alivio desistir.

Lo último que hicimos fue llevarlo a una osteópata después de leer un testimonio en un foro español de mujeres desesperadas porque sus bebés no duermen. La osteópata, una francesa muy joven y muy dulce, nos dijo que los bebés que nacen por cesárea, como mi hijo, al no hacer el paso natural por el canal de parto sufren cierto estrés cuando los sacan de golpe y eso genera tensiones que les producen molestias. Y por eso despiertan. Me pareció muy lógico. Hicimos dos sesiones y, la verdad, algo mejoró. En vez de ocho o seis veces, se despertaba dos o tres. Incluso llegó a dormir una noche entera, en la me sorprendí tanto que me levanté a ver si respiraba. Después vino el miedo de dejar de darle de mamar, pero resultó muy fácil y natural. A los trece meses me mordió fuerte y le dije que no más. Entendió y aceptó la mamadera sin chistar.

Ya pasaron cinco meses más. Y actualmente solo despierta una o dos veces. Voy a verlo, me recuesto al lado y se duerme enseguida. Eso sí, hacerlo dormir se volvió un ritual eterno y exclusivo que tengo que hacer yo para que sea exitoso. Aunque el papá lo intenta, siempre tengo que entrar a reemplazarlo. La tal conexión. Demora entre una a tres horas en dormirse, noche tras noche, sin vacaciones.

Siempre encaro la tarea con esperanza y buen humor, pensando en lo que podríamos cenar, en el capítulo de Netflix que tenemos pendiente, en sexo, pero después de la hora empiezo a transformarme en esa monstrua disgustada y exhausta que anhela sus pequeñas libertades perdidas en ese horario, como salir a tomar algo, ir a un recital, a un cumpleaños. Y salgo del cuarto del bebé como una luchadora que abandona el ring después de padecer todos los rounds con el único deseo que resta: acostarme y descansar. Y por fin, dormir.

Ana tiene 44 años y es periodista de viajes.

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