Volver a empezar

Reportajes y Entrevistas

Volver a empezar

Por Soledad Camponovo, Valentina Rodríguez, Daniela Manríquez y Gabriela García / Producción periodística: Javiera Donoso, Bárbara Gormaz y Magdalena Hojas / Fotografía: Alejandro Araya y Rodrigo Chodil / Producción: Camila Letelier

Perder la casa, la mujer y el hijo. Perder las piernas. Perder la libertad. Perder el interés en lo que haces. Estar a un centímetro de perder la vida. Y, cuando todo parece perdido, levantarse, sacar coraje, aferrarse a un sueño, a un amor, a una esperanza y partir de nuevo. Porque la vida no es lineal, estas quince historias demuestran que siempre es posible recomenzar.

Paula 1154. Sábado 16 de agosto de 2014.

PERDIÓ CIEN KILOS

La abogada Rocío Escudero (31) deslumbra con su espigada figura en los tribunales de Santiago, pero no siempre fue así. Hasta hace seis años pesaba 146 kilos. Y fue víctima de bullying por ello. Pero esas mismas burlas que la hicieron llorar, la movilizaron a adelgazar. En cuatro años bajó casi cien kilos: con dieta, ejercicio y cambiando por completo sus hábitos. También se tiñó rubia y empezó a usar vestidos cortos y tacos altos.

El camino para que Rocío fuera quien es hoy ha sido largo. “Cuando entré a estudiar Derecho dejé de hacer deporte; en el colegio era lanzadora de bala y eso me ayudaba un poco con el peso. Pero en la universidad seguí comiéndomelo todo y me disparé. Pasé de 120 a 146 kilos y ahí toqué fondo”. En este punto unas tías la impulsaron a que bajara de peso, y ella enganchó.

“Estaba atrapada en mi cuerpo. Necesitaba cambiar”. Fue a un nutriólogo, empezó una dieta y se puso a correr. De a poco, fue bajando. Primero adelgazó 20 kilos y se dio cuenta de que podía. Bajó 20 más y empezó a animarse. Cuando llegó a los 90 kilos conoció a alguien y se enamoró. Y eso le dio aún más empuje para seguir. “Bajar casi cien kilos fue como nacer de nuevo”.

“La vida da muchas vueltas”, reflexiona. En 2013, cuando ya había logrado ser la mujer que es ahora, de 54 kilos, volvió a su natal San Fernando y fue a la discotheque más popular del lugar. Un hombre la sacó a bailar. Él le preguntó cómo se llamaba y ella le dijo: “Pero si tú me conoces de toda la vida”. Él la miró extrañado. “Si fuera así estaría casado contigo”, le contestó coqueto. Rocío entonces lo enfrentó, era el compañero que más bullying le había hecho en el colegio y que en ese momento no la reconoció: “No puedo creer que le digas eso a la Karla Guatero, a la Zapallito Italiano, a la Chancha Pigui”, le dijo ella, repitiendo los sobrenombres que le había colgado mientras a él se le desfigurada la cara. “Terminó pidiéndome perdón”, cuenta.

Irónicamente, después de todo el peso que se ha sacado de encima, cuenta que la gente sigue hablando. “Antes me molestaban porque era gorda, ahora porque soy flaca. ‘Se cree Barbie, se siente diva’, me dicen. Pero ya dejó de importarme lo que diga el resto. Ahora creo en mí”.

MILAGROSAMENTE VIVA

El 29 de febrero de 2012 la profesora de Educación Física, Claudia Barrientos (45), cayó al piso y no se pudo parar más. Sufrió un accidente cerebrovascular tan grave que cuando sus hijos y su pareja llegaron con ella a la clínica los médicos les dijeron que no viviría. La operaron tres veces, pero la hemorragia no cesaba. Llegaron a aplicar la técnica de hibernación artificial, que baja la temperatura corporal de 36 a 34°, para que el cerebro no siguiera dañándose. Claudia no se estabilizaba. “No hay nada más que hacer”, dijo el médico. Tres veces le dieron la extremaunción. Pero milagrosamente, despertó en la UCI al octavo día.

Lo que vino después fue una recuperación lenta pero auspiciosa. Con ayuda de la rehabilitación tuvo que aprender a comer, a sentarse, a ponerse de pie. Hace dos semanas dio sus primeros pasos sin ayuda del bastón. “Me quedan algunas secuelas en el lado izquierdo de mi cuerpo, pero son pelos de la cola. No debería estar aquí. Yo estaba ida, en otra dimensión. Por eso digo que me regalaron una vida”, cuenta.

Nunca se supo por qué Claudia, que no fumaba ni tomaba alcohol, tuvo este infarto cerebral tan fulminante. Ella, hoy le encuentra un sentido. “Uno no tiene la conciencia de que la vida te puede cambiar en un segundo hasta que te ocurre. Yo vivía estresada, era súper exigente y cargaba con una mochila de responsabilidades. Hoy, entiendo que la vida es frágil y es ahora. Soy más feliz que antes y aprovecho cada minuto”.

ANDAR CON OTRAS PIERNAS

El 3 de abril de 2011, Kevin Silva (18) esperaba en el paradero de la esquina de su casa en la población Santa Adriana, en la comuna de Lo Espejo, una micro para ir a correr la maratón de Santiago. A las 7:15 de la mañana, mientras él tenía la cabeza puesta en la carrera, un hombre en estado de ebriedad perdió el control de su auto y lo atropelló. En el accidente perdió sus dos piernas. “Nunca dejé de tener conciencia. Una ambulancia que pasaba por casualidad me llevó al hospital, gracias a eso no morí desangrado. Ahí me sedaron. Al despertar supe que había perdido mis piernas”.

Para la familia fue terrible pero no dejaron que Kevin se echara a morir. Él estaba increíblemente tranquilo, enfocado en cómo seguir estudiando y continuar con su vida. En cómo volver a ponerse de pie.

Estuvo siete meses hospitalizado. Luego, comenzó la rehabilitación y el proceso para aprender a caminar con las prótesis. Iba a la Teletón todos los días y luego seguía entrenando en su casa en las dos paralelas artesanales que sus padres le construyeron. “Nunca vi transpirar tanto a una persona intentando caminar”, cuenta Brenda Toledo, su madre, quien se transformó en el pilar fundamental de su recuperación. “Yo veía que le dolía, pero me aguantaba la pena y me descargaba sola. No podía derrumbarme. Él me necesitaba bien”, agrega. Con toda esta determinación, a un año del atropello empezó a caminar de nuevo. Esa fuerza para salir adelante lo transformó en un símbolo de superación, tanto que fue uno de los portadores de la antorcha olímpica en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012.

Hoy, Kevin está en el primer semestre de Ingeniería Civil Industrial en la Universidad Andrés Bello y camina como un transeúnte cualquiera con ayuda de un bastón. Y aunque ponerse las prótesis a diario implica un esfuerzo enorme, sobre todo por el dolor que le provocan, no está atado a una silla de ruedas. Puede ir al mall, tomar el Metro, visitar amigos. “Quiero ser profesional, tener una familia, hacer mi vida normal. Hay que tratar de buscar el arreglo a los problemas, no la excusa. No quiero vivir con peros”.

EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR

Doce años habían pasado desde la muerte de su marido cuando, en 2005, María Elena Iturriaga (85) –en ese entonces con 75 años– vio en el diario que había fallecido la mujer de su primer y más profundo amor de la vida, Osvaldo Mira (85). Tres meses después de saber la noticia, para el cumpleaños de Osvaldo, tomó la guía telefónica, buscó el teléfono y lo llamó.

–¿Aló? Osvaldo, ¿sabes con quién hablas?− dijo María Elena.

–No, ¿quién es?– preguntó él. –¿No te acuerdas de mí?, soy la

María Elena–, replicó ella, coqueta.

En 1946, ambos con 17 años, se flecharon y se pusieron a pololear. El plan era claro: cuando él terminara el servicio militar y ella egresara de Pedagogía en Inglés se iban a casar. Mientras tanto, vivían de cartas de amor perfumadas y encuentros en el paseo de la Plaza Brasil. Todo era color de rosa hasta que tras un fin de semana un amigo de Osvaldo le dijo: “Vengo de Cartagena y vi a tu María Elena bailando que se las pelaba con otro”. Los celos se apoderaron de Osvaldo y terminó la relación. “Me pasé toda una película. No pude tolerarlo”, dice Osvaldo. Después de cuatro años de pololeo y con los anillos de ilusiones puestos, María Elena no logró convencerlo. “Destrozada le devolví el anillo, las cartas y nunca más supe de él”, dice. A Osvaldo le costó mucho superarlo, tanto que se demoró 38 años en casarse con otra mujer, a los 59 años. Él no tuvo hijos, María Elena tuvo cinco. En 56 años solo se cruzaron en un supermercado, una ferretería y un funeral, encuentros que los dejaba a cada uno pensando en el otro. “Cuando recibí en 2005 ese llamado, después de haber enviudado, sentí que una ventana se abría en la oscuridad”, dice Osvaldo. Ambos sintieron la necesidad de verse. El encuentro fue en el Starbucks del Parque Arauco y ella pidió tomarlo del brazo. “Necesitaba tocarlo, fue como si nunca nos hubiésemos separado”, recuerda María Elena. Se contaron la vida entera y comenzaron a verse todos los días. “Le di un beso y volvimos a pololear a los 76 años”, dice Osvaldo. Dos veces a la semana iban a bailar a Las Brujas y se dedicaron a recuperar el tiempo perdido. El 3 de noviembre de 2006, en una ceremonia solemne con la familia, se casaron simbólicamente y se fueron a vivir juntos. La luna de miel fue en Buenos Aires y para ellos aún no termina.

DIEZ INSEMINACIONES

Si las parejas con problemas de fertilidad se hacen máximo cuatro inseminaciones –por lo desgastante y costosas que son– Verónica Avello (41) y su marido Ignacio Romero (44) sobrepasan con creces ese número: se hicieron 10 inseminaciones intrauterinas y 4 in vitro. “En cada intento nos ilusionamos con conseguir un embarazo y nos desilusionamos con no lograrlo”, cuentan.

Verónica e Ignacio se casaron hace once años con el sueño de formar una familia. Ante la dificultad de embarazarse consultaron a un especialista; tras numerosos exámenes, supieron que forman parte del 12% de las parejas que son infértiles por causa desconocida. Visitaron en total a diez médicos diferentes. Y gastaron 30 millones en tratamientos, postergando cualquier otro proyecto personal o familiar, incluido el sueño de la casa propia. “El proceso es desgastante. Subí 15 kilos por la ingesta de hormonas. Estuve hospitalizada. Y en una oportunidad tuve un embarazo bioquímico; el test salió positivo por el exceso de hormonas. Fue tremendo saber que no era así”, recuerda.

Ella había cumplido 39 cuando decidieron hacer un último intento. “Estaba agotada. No teníamos energías ni plata pero el doctor nos alentó y se puso con la clínica. Decidimos que sería la última”, dice Verónica. Se hicieron una ecografía y esta vez escucharon latir el corazón de Julieta, hoy de un año. “No nos resignábamos a ser solo los dos. Las ganas de tener un hijo eran más fuertes”, afirma Ignacio. Ahora quieren intentarlo de nuevo.

SALIR DEL CLAUSTRO

Durante una década, Pamela González (42) fue monja de claustro, conocida como la hermana María Angélica, y siguió votos de pobreza, castidad y silencio, que solo se rompía con los rezos y lecturas en voz alta. Pero esa vida solitaria y silenciosa, terminó por angustiarla.

“Me empezó a molestar estar encerrada. Quería ver perros, niños, cambiarme de ropa, ir al cine”, dice. En 2002 se enfermó gravemente y tuvo que salir por primera vez del convento para que le sacaran un tumor de 10 centímetros en los ovarios, intervención que, además, la dejó imposibilitada de tener hijos. Un año después se enfermó de nuevo. “Me vino el mal de Crohn y mis intestinos reventaron en sangre”.

Ahí fue cuando se dio cuenta definitivamente que el convento no era su lugar. “Tenía 30 años y sentí que no había hecho nada con mi vida”. Habló con la superiora y le dijo que se iba. Se sacó el hábito y llamó a su papá para que la fuera a buscar. Cuando salió no reconocía las calles y la sorprendió saber que un ataque terrorista había acabado con las Torres
Gemelas dos años antes.

Convertirse en ciudadana fue un proceso difícil. “Me costó aceptar que no tenía la vocación que creía y que tenía que empezar a vivir de nuevo, a vivir de verdad, a buscar trabajo, a pagar cuentas. Tuve crisis de pánico, lloré mucho”. Le chocó escuchar la música de Daddy Yankee, tuvo que aprender a hacer un currículum y a tomar micro. Como antes de entrar al convento había estudiado Pedagogía en Castellano, buscó trabajo como profesora y se fue a enseñar a un colegio en Santa Cruz, un lugar donde nadie la conocía. Después volvió a Santiago. Tomó clases de danza árabe, de ballet, de yoga y un curso para que le enseñaran a maquillarse. Ha tenido parejas, pero, hasta el momento, ninguna ha llenado sus expectativas, aunque no pierde la esperanza de enamorarse.

Hoy lleva 11 años fuera y sigue levantándose al alba, pero no para rezar, sino para llegar a tiempo a la escuela en Quilicura donde enseña a niños en riesgo social. Ahora, el timbre del colegio y las risas de sus alumnos marcan el ritmo de sus días. “Todos tenemos derecho a reinventarnos, a empezar una vida de nuevo, aunque creamos que ya habíamos elegido una”.

DESPUÉS DEL INCENDIO

La casa de Pablo Urbina (48) es una de las 2.500 que se quemaron en el incendio de Valparaíso, el 12 de abril pasado. Estaba en el cerro Ramaditas y ahí vivía con su mujer, Victoria, y su hijo Cristián, de 6 años. Pablo combatió el fuego, pero de todas formas la casa se consumió por completo. Lo perdió todo. Solo alcanzó a sacar sus documentos, al loro y a los perros que tenían de mascotas. “Mi hijo chico lo presenció todo. Fue horrible”, cuenta.

Por semanas estuvo sin ganas de nada. Pero ver tan afectado a su hijo –hasta hoy está en tratamiento sicológico– lo movilizó a sacar fuerzas y empezar a moverse para levantar una casa en Placilla, en un terreno que le cedieron sus padres.

Pablo, quien es conserje de un edificio en Reñaca, recibió varias donaciones de las personas del edificio donde trabaja. También el bono de un millón de pesos que le dio el gobierno y una mediagua completa donada por la familia de los patrones de su esposa, quien trabaja como asesora del hogar. Con eso, en menos de cuatro meses, levantó una casa de madera que es incluso un poco más grande que la que perdió y que acaba de pintar de color crema. “No quise quedarme llorando, aunque lo que viví fue muy triste. Pero quiero ver a mi hijo bien. Construí esta casa porque él merece un nuevo hogar donde crecer”.

UN NUEVO SENTIDO

El hombre de barba en la foto es Abdul Matin (42) y lo acompaña su mujer, Amina (40). Son sufís; es decir, siguen la doctrina mística del islam. Obedecen las instrucciones de un maestro que vive en Chipre, quien les ordenó vivir de manera simple. Antes de que salga el sol rezan la primera de cinco oraciones diarias. Educan ellos mismos a sus cinco hijos en su casa en la comunidad ecológica de Peñalolén. Cultivan lo que comen y fabrican con sus manos jabones naturales que comercializan.

Pero no siempre fue así. Hasta hace quince años, Abdul Matin se llamaba Matías Vicente, era bioquímico de la Universidad Católica, vivía en Michigan, Estados Unidos, donde trabajaba en su tesis doctoral sobre replicación del ADN en la Michigan State University. Y Amina era Patricia Ibáñez, coordinadora de exposición en el Museo Reina Sofía en Madrid, donde vivía; se habían conocido en 1996 en Santiago y tenían algo en común: ambos buscaban un sentido para sus vidas. “Sentía un profundo vacío, creía que estudiando con los mejores del mundo y siendo el orgullo de la familia lo llenaría. Por el contrario, el vacío se hacía más grande. Un día de 1999 recibí un llamado de mi padre para decirme que estaba desahuciado, tenía un cáncer terminal. Fue un remezón. Se me cayó la venda que tenía en los ojos. Nada tenía sentido si no estaba preparado para morir y pedí con todas mis fuerzas: ‘si existe algo ahí, entonces, que se me muestre para poder seguir adelante’”, recuerda. En esa búsqueda muchas corrientes espirituales se le presentaron hasta que llegó al sufismo “y absolutamente todo hizo sentido en mí”, dice. Una vez que abracé al islam y recibí mi iniciación, el maestro me dijo: ‘Ya encontraste lo que buscabas, ahora cásate’. Inmediatamente pensé en Amina”, cuenta. Meses antes ella le había escrito contándole que viajaría a Chipre a conocer al gran maestro sufí. Sus caminos se habían cruzado y sin haberse visto por casi cuatro años, en un mes se casaron. “A pesar de la resistencia de las familias y de lo loco que parecía todo, decidimos cambiar nuestros destinos: nos fuimos a vivir cerca de Villarrica a una comunidad indígena, por 12 años, tal como nos indicó el maestro. Dejamos atrás la seguridad de una vida aparentemente perfecta, la carrera por el éxito, lujos y comodidades, y volvimos a la naturaleza, a ser seres humanos y a gozar de lo simple. Conocimos el silencio y aprendimos a escuchar nuestra voz interna”, dice Amina; y Abdul agrega: “Gracias al islam volví a empezar, si hubiera seguido como estaba sé que sería exitoso pero infeliz. Solo cuando hay una búsqueda superior al éxito y lo material se encuentra la felicidad”.

DEJAR DE DELINQUIR

Khristián Briones (36) vivió entre la calle, drogas, delincuencia y cárceles. Cumplió tres condenas por robo con intimidación –nueve años en total– en la cárcel de San Miguel y en la Penitenciaría. 20 puñaladas y el 30% del cuerpo quemado fue el saldo. Hoy le cuesta creer que lleve seis años sin delinquir y cuatro limpio de drogas. Que, además, haya terminado el colegio y esté cursando Trabajo Social en el Instituto Valle Central. Que se gane la vida vendiendo ropa en la feria de Cerrillos y que los miércoles haga charlas motivacionales en la cárcel. “Estoy reciclando mi pasado para que lo que viví sirva de ejemplo”.

Por los maltratos, Khristián dejó su casa a los 14 años y se fue a la calle. Ahí aprendió a ser lanza, siguió como monrero y terminó siendo delincuente profesional. También se hizo adicto. Consumió marihuana, neoprén y pasta base. Ese era su prontuario cuando conoció al capellán de Gendarmería, el sacerdote Nicolás Vial. “Él conversó conmigo como nadie lo había hecho. Me sentí querido. Él creyó que podía cambiar, yo solo me convencí cuando nació mi hija”. En 2008 salió en libertad y se internó un año para rehabilitarse; hoy, siente que es otro. “Sueño armar una empresa para contratar ex reos y acabar con la desesperanza de que nadie les dará una oportunidad. Con ayuda y trabajo, puedes empezar otra vida. Yo lo estoy haciendo”.

CAMBIO DE GIRO

Universitario cincuentón
Rodolfo Torrealba (66) tuvo una crisis profesional cuando se acercaba a los 50 años: no estaba a gusto con su carrera, era ingeniero comercial y se sentía lejano a las dinámicas del marketing, que era su especialidad; veía, además, que la tecnología lo dejaba atrás. A los 52 tomó una decisión. Se matriculó en Derecho, que siempre le gustó: trabajaba de día y estudiaba de noche, un esfuerzo importante considerando que ya era abuelo. “Muchos me decían que a mi edad debería estar pensando en descansar, pero me revitalizó relacionarme con gente joven y estudiar de nuevo. Entrar a la universidad fue un renacer. Los años de experiencia, me dieron un plus como abogado. Siento que tomé una buena decisión”, dice.

De la moda a la cocina
Antes de ser la connotada chef y banquetera del vino que es hoy, Pilar Rodríguez (51), estudió Diseño Gráfico y por 10 años fue la directora de marketing de Tommy Hilfiger para Latinoamérica y el Caribe. Viajaba 250 días al año y, luego de una década, estaba agotada en ese cargo. En 2002 decidió tomarse un año sabático. “Para relajarme hice un curso de gastronomía en Le Cordon Bleu de París porque siempre me gustó la cocina. Al finalizar hice la práctica en un restorán, donde aprendí cómo funcionaba la cocina. Me fascinó. Y así supe que eso era lo mío”, dice. Tras esa experiencia no quiso volver a su antigua vida y en 2003, a los 40 años, partió de cero en la cocina. Se fue a vivir a Colchagua, donde ofrecía menús en la puerta de las viñas. Con los años terminó trabajando con las viñas y convirtiéndose en una erudita del maridaje y de la gastronomía en torno al vino.

De periodista a piloto
Rodrigo Hirigoyen (29) llevaba dos años trabajando de periodista cuando se dio cuenta de que, a diferencia de sus colegas, no buscaba ascender en ese oficio. “A los 50 me imaginaba más bien como piloto, un sueño que tuve de niño”. Y decidió probar por ese lado. Era 2009, tenía 24 años, vivía con sus padres y tenía algunos ahorros, pero no para costear los 20 millones que costaba el curso. Habló con sus padres, que lo apoyaron con una parte, y pidió un crédito para lo que le faltaba. “Y acerté. Me gusta lo que hago. El periodismo fue para asegurarme un título pero mi sueño era pilotar aviones. Si no tomé ese camino antes fue porque había que invertir harto en la formación y temía no encontrar trabajo en una buena empresa. Pero cuando uno se la juega, las cosas resultan. A los tres meses entré a LAN”, dice.

SEIS VECES RECIÉN CASADA

En Iquique todos conocen a Edith Silva (53) como la Liz Taylor chilena. Tal como la famosa actriz, esta dueña de pensión se ha casado innumerables veces: dos con la misma persona y las otras cuatro con hombres diferentes. “No soy de pololear, tampoco me gusta la informalidad de la convivencia. Estar casada me da más seguridad”, afirma.

Contrajo matrimonio por primera vez a los 15 con un militar. Esta fue la única ocasión en que se casó por la iglesia y de blanco. Su matrimonio más largo ha sido de siete años y el más corto de cuatro meses. De un marido enviudó. De los otros cuatro, se separó. “Me llevo bien con mis ex, incluso me llaman para saludarme para mi cumpleaños”, cuenta. Reconoce que no le gusta estar sola y afirma que no se casa con la idea de separarse, pero que cuando se da cuenta de que las cosas no tienen arreglo se separa de inmediato. “Soy realista. Hay cosas en las relaciones de pareja que aunque intentes cambiarlas nunca será posible. Entonces ¿qué sentido tiene seguir intentándolo con esa persona?”.

Ahora Edith espera el divorcio de su último matrimonio para poder casarse por séptima vez con su pareja actual. “Sigo creyendo en el matrimonio y no dudaría un segundo en casarme de nuevo. En el fondo soy una romántica”.

RECONSTRUIDO

El informático Marcelo González (33) lo perdió todo la noche del 27/F: su departamento, su mujer y su hijo de nueve meses. Él fue uno de los 86 penquistas que vivían en el edificio Alto Río de Concepción que se cayó completo y se partió en dos la noche del terremoto de febrero de 2010. Sobrevivió de milagro. “Salí del hospital y busqué con los bomberos entre los escombros a Paola y a mi hijo Vicente: los encontramos, pero estaban muertos”, recuerda.

Algo en él murió ese día. Se vino abajo. Le dio una tremenda depresión. “No quería seguir viviendo”, dice. Reconstruirse a sí mismo ha sido un proceso lento y doloroso que a Marcelo le ha tomado cuatro años. Los dos primeros, necesitó apoyo médico. Estuvo con tratamiento sicológico y siquiátrico, tomando medicamentos y tuvo numerosas licencias que duraron hasta nueve meses. También peleó en tribunales en contra de la inmobiliaria y la constructora del edificio, juicio que ganó pero aún no recibe la indemnización.

En 2012 conoció a Astrid Silva (29), que estaba haciendo unos cursos en el Conservador de Bienes Raíces de Concepción, donde él trabajaba. Enamorarse de nuevo ha sido para él volver a sonreír, a disfrutar, a creer en la vida. “Astrid me ha ayudado mucho a reconstruirme”, cuenta.

Al año de haberse conocido se casaron por el civil en Concepción y a los dos días se fueron a vivir a Viña del Mar a comenzar una vida juntos, desde cero. Marcelo retomó sus estudios en Ingeniería en Informática y hoy está en el último semestre; en octubre planean casarse por la Iglesia y celebrar; incluso han hablado de tener un hijo, pero todo paso a paso. “Pensé que nunca me iba a levantar. Ha sido muy duro. Pero gracias al apoyo de Astrid salí adelante”, afirma.

DE GARZÓN A PATRÓN

En un trayecto en bus desde Lima, que duró tres días y con apenas 15 dólares en el bolsillo, llegó a Santiago el peruano Edilberto Pérez Vargas (52) en diciembre de 1992. En esta foto, 22 años después, lo acompañan algunos de sus 500 empleados que trabajan en los 14 restoranes que tiene funcionando, entre los que cuenta la cadena Ají Seco, además del Alto Perú, Sabores del Perú y Comoenlima. “Todavía me cuesta creer todo lo que hemos conseguido”, dice. Edilberto es de Ninabamba, un pueblo de la sierra peruana. De niño caminaba con sus ojotas una hora para ir a la escuela y al volver ayudaba a sus padres en el cultivo de maíz y papas. A los 18 años partió a Lima a probar suerte: lavó platos en varios restoranes hasta que logró escalar y se convirtió en garzón. “Cuando el dueño me ofreció el cargo de jefe de garzones del restorán Mare Nostrum que iba a abrir en Chile, no lo pensé dos veces”, cuenta. Llegó a Santiago y cada peso se lo mandó a su señora que se había quedado en Perú con sus tres hijos. “El invierno santiaguino y el estar lejos de la familia me hacía flaquear, pero cuando uno decide partir a probar suerte lo único que importa es superarse”, afirma. Trabajó ocho años atendiendo mesas en el Mare Nostrum y entonces tuvo la intuición de que se venía un boom de la cocina peruana en Chile. En 2000 renunció junto al chef peruano Raúl Landeo y se asociaron; ambos, hipotecaron sus casas en Perú y se lanzaron a la aventura de abrir Alto Perú, su primer local. Fue un exitazo y de ahí no paró más. Se trajo a su señora e hijos a Chile, hoy todos egresados de la Universidad Católica. Se compró una casa en Pedro de Valdivia Norte y una parcela en Melipilla. Siguió abriendo locales y trayéndose a familiares y amigos: en total, calcula, ha traído a 180 peruanos a trabajar con él. “Cada vez que voy a mi tierra me dicen: ‘Edilberto, por favor, llévame contigo”.

Seguir leyendo