Ximena Hinzpeter: “Tengo vocación de marginal”

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Ximena Hinzpeter: “Tengo vocación de marginal”

Por ximena torres cautivo / retratos alejandra gonzález

Sus fotos callejeras se convirtieron en un libro publicado por el Hogar de Cristo con el título Ciudad Somos Todos, donde muestra a los que nadie quiere ver. Ahora está por publicar una novela que le ha tomado mucho tiempo y su próximo proyecto es retratar la vejez. La hermana menor del ex ministro de Piñera, se considera inadecuada, oye casi nada, ama a los gatos y es judía a su manera.

Nació coja y a los 30 años empezó a perder paulatinamente la audición. El verano en que terminó el colegio, su papá, un exitoso médico, “se cambió de familia, se fue a vivir con otra mujer y otros hijos y no supimos mucho más de él. ¡Peleamos tanto! En 30 años casi no nos vimos. Ahora tiene demencia senil y vive en un hogar de ancianos. La fotografía me permitió hacer las paces con él y nuestra historia, en el sentido de que pude quedarme con algo bueno suyo, pude heredar algo de él: su cámara fotográfica y su afición”.

Ximena Hinzpeter (50), periodista reconvertida en fotógrafa a causa de una hipoacusia bilateral genética que no tiene cura y que le impidió seguir haciendo entrevistas, porque ya no escuchaba bien, encontró en la cámara de su papá lo que necesitaba para poder expresarse.

Desde hace casi dos años, sus retratos callejeros que sube a las redes sociales, especialmente a Instagram -su cuenta es @Xime_Hinz- la han hecho tanto o más conocida que lo que logró ser con los perfiles de personajes diversos que publicaba en el portal electrónico El Mostrador. Una selección de esas fotografías se convirtió en un libro que propicia la inclusión de los más vulnerables y que fue recién lanzado por el Hogar de Cristo con el título Ciudad somos todos. Una obra gráfica estremecedora de alguien que no oye, pero que sabe ver a los que muchos ignoran.

¿Cómo fue empezar a perder la audición?
Me asusté. La idea de un silencio completo estremece, por decir lo menos, pero es cierto que somos seres de costumbres y ya no le doy tantas vueltas. Pido que me repitan; de entrada aclaro que soy sorda, no extranjera, porque el acento al perder el oído, cambia; ya no hablo por teléfono; dejé de ir al teatro, que me encantaba, y solo veo películas subtituladas; hablaba un inglés precioso, que se murió, porque mi pérdida auditiva es peor con los sonidos del inglés. Me iba costando mucho oír las grabaciones de los entrevistados y, justo cuando mi papá entró a un hogar de ancianos, le robé su cámara y salí a la calle. Rápidamente me di cuenta de que lo que buscaba era visibilizar a los invisibles; la pobreza es invisibilidad. Tengo un tema personal con los invisibles. Nací coja y corregir la cojera fue muy costoso, pasé un año inmovilizada e invisible, cuando lo que más quería era correr detrás de mis hermanos.

¿Ganaste algo al perder el oído?
Empecé a ver, a entender sin necesidad de palabras. Es tanto lo que decimos sin hablar; es un mundo precioso, como estar bajo el agua, avivé el ojo y, además, me puse a disparar.

¿Tiene remedio tu sordera?
No. La opción es el implante coclear que te permite entender la voz humana de manera artificial con un sonido ídem.

Tus fotos son instantáneas, de calle, sin pose, ni estudio, ni artificio. ¿Por qué?
Me interesan los que están desesperados. Yo busco el alma del que te dice: “Oye, tú, mírame, no quieres hacerlo, no quieres ver el dolor, la enfermedad, la pobreza, la vida humana”. Yo no quiero maquillaje, pose; quiero la belleza real, la imperfecta. La vida es mortal, no somos más que humanos tratando de sobrevivir. Todos, los de arriba y los de abajo.

Ahora tiene en mente un proyecto con adultos mayores. “Hogares de ancianos, exposición y libro, sería perfecto”, dice. Y comenta lo especial que es para ella Ciudad somos todos, la publicación del Hogar de Cristo con fotos cuyo uso donó para una primera edición. “Es un precioso testimonio de mis primeras instantáneas callejeras en la capital. Es el primero de muchos y espero alcanzar a hacerlos todos. Creo que ahora mis fotos están más desesperadas, más locas, como me dijo la periodista Macarena Gallo”.

Desesperadas o no, lo que no son es inocuas. Y, por lo mismo, muchos las critican. “Critican el tema, los personajes y la edición que hago de ellas. A mí solo me interesa que me representen, que cada una sea una oda al invisible, porque en cada una me rescato yo”.

   

ALGO DE IDISHE MAME

Hermana menor de Rodrigo Hinzpeter, el abogado que se hizo conocido como “el sheriff” de Piñera durante su primer gobierno, Ximena no lo pasó bien durante esa etapa. “Fue un baño de exposición pública con más de agraz que de dulce”, resume.

¿Qué afinidades y discrepancias políticas y de otro tipo tienes con él?
Compartimos el amor por los libros. Para mi último cumpleaños, Rodrigo me regaló Ordesa, de Manuel Vilas. Hacía tiempo que no leía algo que me llegara tanto al corazón. Nunca he militado y me aburre la política. Rodrigo es creyente y yo no. Creo que de niños, políticamente hablando, él era un conservador privilegiado y yo, una indignada con la situación de las clases bajas.

Aunque económicamente es una privilegiada -Ricardo, su actual pareja es el hijo arquitecto y socio del poderoso Abraham Senerman-, la historia de sus padres, ambos de origen judío, está llena de pellejerías e infortunios. Ella la sintetiza así: “Karl Hinzpeter abandonó Hamburgo seguramente en busca de mejores horizontes; era peletero y un hijo más de una numerosa familia luterana. La pregunta que no alcancé a hacerle a nadie porque se me ocurrió cuando ya todos los que podrían haberme respondido estaban muertos -como suele pasarme casi siempre con todo-, es cómo ocurrió que este alemán llegó a América y se casó con Rosa Kirberg, una pobre judía inmigrante que tuvo que correr despavorida de su tierra natal, un shtetl cerca de Brest, huyendo de sangrientos pogromos en los que sus compatriotas, incluida la policía del imperio ruso, los atacaban, robaban, asesinaban, violaban, solo por ser judíos. En esta historia está mi origen paterno, Hinzpeter, y materno, Kirberg, porque mis abuelos fueron primos hermanos y mis padres, primos de segundo grado. Hay tres grupos de personas que se casan entre parientes: los migrantes, los pobres y los judíos. Mis abuelos eran las tres cosas”.

Aunque Ximena no tiene fe, es ineludiblemente judía. Una especie de Woody Allen en versión femenina y criolla. Una chilena urbana, cosmopolita, intelectual y creativa, marcada por su impronta judía. Cuenta: “Crecí en una casa judía con bien poca observancia, padre pediatra y madre dueña de casa. Mi mamá nos llevaba a la sinagoga de la calle Serrano con Tarapacá, que tuvo entre sus fundadores a mi abuelo, para las fiestas de Yom Kippur y hacía gefilte fish para Pésaj, que es la Pascua judía. Mis hermanos hicieron bar mitzvá a los 13 y yo, a los 12. Me he casado dos veces en la vida y las dos por la jupá”.

¿Cómo se es judío en Chile?
Es complejo ser judío en cualquier parte, incluso en Israel. El judaísmo es una religión y también un pueblo. Yo me siento parte del pueblo pero no tengo el don de la fe. Ser judía es algo que, sin duda, me marca. Como decía no me acuerdo quién, hay a quienes les gusta que seas judío, hay a quienes les disgusta, pero nadie lo olvida.

De su papá, ya sabemos la historia. De su mamá, nos dice: “Somos muy diferentes, ella es una mujer fuerte como su abuela, que llegó a Buenos Aires desde el puerto de Odesa con los candelabros para el shabat bajo el brazo”.

¿Cómo es la familia que tú hiciste? ¿Eres la típica idishe mame judía?
Mi familia tiene tres hijos propios y cuatro de mi pareja. Somos vecinos, vivimos en casas pareadas y nos juntamos solo cuando hay ganas; no estamos para compromisos aburridos. Mi hijo mayor, Nicolás, es observante y médico, y me acaba de inaugurar de suegra. Mi hijo segundo, Vicente, estudia en Cornell Tech y vive en Brooklyn. Y mi hijo menor, Marcos, es un buenmozo adolescente que heredó la relación de mi hermano Rodrigo con el sistema escolar. Los primeros dos son hijos de una joven bien perdida pero esforzada. El menor ha tenido una madre un poco menos perdida, pero harto menos esforzada. Soy muy relajada en cuanto a orden, limpieza, horarios y formalidades, y muy pesada en cuanto a decir lo que veo. Lo mejor que puedes ofrecerles a tus hijos es un espejo en el que puedan conocerse a sí mismos, entonces yo les digo lo que veo y eso en esta cultura no siempre es bien entendido. Con todo, siento que los tres me respetan y quieren harto. Ellos son mis amores más locos. Yo nunca me pude ir a trabajar el día entero, en eso soy muy idishe mame.

Otra marcada característica ancestral que se reconoce es su tendencia “a hacer shidej, que quiere decir armar parejas; en eso soy muy, muy judía, parece que esa es la principal ocupación de Dios”.

9 GATOS RONRONEANDO

Ximena llegó a escribir a El Mostrador porque “la bellísima Ana López, entonces mujer de Federico Joannon, uno de sus dueños, me hacía ropa. Fue una gran oportunidad y lo pasé muy bien. Con Mirko Macari nos quisimos mutuamente desde el principio. Admiro su inexistente sentido del ridículo, es un gran profesional que piensa solo. Un día me dijo que El Mostrador no era el Vogue, porque mis perfiles cada vez crecían más en palabras. Además de la sordera, los dejé porque me di cuenta de que me gusta más la literatura que el periodismo”.

Antes había sido la redactora de los resúmenes ejecutivos del Centro de Estudios Públicos. “Trabajé años en el CEP y de periodismo contingente hice bien poco. Mis perfiles, como los llamaba el Mirko, creo que fueron mi intento más serio de hacer periodismo. Son unos textos larguísimos llenos de detalles irrelevantes como la fuente de soda en La Florida donde la Camila Vallejo embarazada espera antes de ir a la calle a protestar, o la belleza de la mujer de Mario Waissbluth, o el interés de Carlos Larraín por mi estado civil, o la tortilla de la casa de infancia de Nicolás Eyzaguirre. A mí siempre me ha interesado lo que a nadie más, lo inútil, lo irrelevante”.

Ahora, sorda y fotógrafa reconocida, escribes y estás a punto de publicar una novela. ¿De qué tema? ¿Relevante, irrelevante?
Trata “de cómo tenemos que vivir”. Eso le dice su mejor amiga por cuarenta años a la escritora Grace Paley, tres días antes de morir. Al final, todo se trata de lo mismo: de cómo vivo, de cómo vive el otro. Todos los libros, todas las películas, todo el arte y la literatura y el periodismo. Ese es el único tema, la vida puertas adentro. No hay otro y mi libro, obviamente, trata de eso.

¿Cómo vives?
Salgo muy poco de mi casa. Vivo con nueve gatos, quizás algún día escriba mi Gatos ilustres, como Doris Lessing. Primero llegó la Indi, que se la acepté de pura buena madre a la polola de un hijo. Estaba aterrada, mi mamá me había enseñado a temerles a los gatos. A las dos semanas, la bauticé la gatita cazadora y la amé, observando lo en serio que se sentía en la selva en mi jardín. Bueno, cuento corto, la santa niña se embarazó y la asistí en el parto y recibí a cada uno de los gatitos junto a la madre y los nombré a cada uno, junto con mi hijo adolescente. Vivimos con el Pelao, la Negrita, el Johny, la Dulce, Stuart y el Tito. Más la Indi, más la Manchitas más el Prrr que es de mi pareja, Ricardo, pero siempre quiere estar en mi casa. El Pelao es el líder, un príncipe blanco, el primero que miró fuera de la caja en la que nacieron, con los ojos pegados medio ciego todavía. En un momento pensé: ‘Pobrecito, lo feo que va a ser’. Pero se convirtió en una belleza, con un pelaje blanco y solo la punta de la cola manchada. La Negrita es tímida, preciosa tiene un lunar igual al de la Cindy Crawford y ojos verdes. Stuart habla todo el rato. Y el Tito, con su bigotito, es mi regalón porque es el que más me busca; con él aprendí que el regalón no es elegido, el regalón elige. Ya… ¿suficientes pruebas de a qué cosas inútiles me dedico? -dice, soltando una carcajada. Y pregunta: -¿Sigo con mis inutilidades? Si algo he ganado en la vida es aprender a aceptarme con toda mi inadecuación a una sociedad que premia a aquellos con quienes me siento exactamente en las antípodas.

¿Quiénes son esos?
Los que creen, por ejemplo, que migrar y emigrar no son derechos humanos. Pero no me da para decir más de esos tarados.

¿Qué te hace feliz, te conmueve, te mueve?
Lo que me provoca mayor placer es acostarme rodeada de un coro de gatitos ronroneando en mis moribundos oídos. Recientemente, la lectura de La salvación de lo bello, de Byung-Chul Han. Hoy la belleza es una escultura de Jeff Koons, que es exactamente lo opuesto a mis fotografías. Yo muestro lo que todos consideran feo, lo que nadie quiere mirar: la pobreza, la vejez, el desamparo de estar vivo y ser humano, la muerte tan callando. ¿Quién pondría una foto mía en su casa? ¿Sabes quién? Nadie. Sinceramente, parece que tengo vocación de marginal. Amo la estética de la marginalidad.

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