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9 marzo, 2017
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Yoko Ono

El 26 de junio llega Dream come true, una retrospectiva de la obra visual, plástica y por sobre todo conceptual de la japonesa más conocida y controversial del siglo XX. Una oportunidad para adentrarse en su mito menos visitado: el de su contribución al arte contemporáneo. Y consolidar su imagen de icono en tiempos turbulentos.

Por Vadim Vidal / Fotografía principal: Matthew Place


Paula 1221. Sábado 11 de marzo de 2017.

Yoko Ono era Yoko Ono antes de conocer a John Lennon y lo siguió siendo después de su muerte, aunque de una manera distinta. Antes de transformarse en la japonesa más célebre del siglo XX, tenía ya una trayectoria en las artes visuales y sobre todo en la performance. Era una revolucionaria en la era de las revoluciones, décadas antes de que la transgresión se convirtiera en norma y, por ende, dejase de ser transgresión.

Antes que el Beatle más controversial mordiera la manzana que exponía Ono en el Indica Gallery de Londres en noviembre de 1966, antes de que subiera por la escalera de tijera que estaba dispuesta en medio de la muestra (Ceiling Painting -YES Painting, parte de la retrospectiva que presenta en junio en nuestro país), y se acercara a la lupa adosada a una pizarra en el cielo del recinto para leer la palabra “yes” y dejara que esta artista japonesa nacida en el 18 de febrero de 1933 entrara en su historia y la cambiara para siempre; antes de que todo eso ocurriera, Yoko Ono ya era Yoko Ono. Solo que el grueso del mundo, a su largo y ancho, no lo sabía.

La vida: instrucciones de uso
Su madre era una socialité de belleza arrebatadora que tocaba una decena de instrumentos. No estaba especialmente presente en la vida de sus hijos y a Yoko le decía que era “guapa”, jamás que era “linda”. Su padre, un pianista frustrado devenido en banquero, le remarcaba que tenía las manos demasiado pequeñas para ser pianista y, cuando luego de siete años de conservatorio, la niña le declaró que pensaba dedicarse a la composición, la desafió a que le nombrara a solo una compositora japonesa que conociera, dejándole en claro que ese era tema de hombres y que las mujeres estaban relegadas al canto.

Japanese-born artist and musician Yoko Ono and British musican and artist John Lennon (1940 - 1980), December 1968. (Photo by Susan Wood/Getty Images)

Foto: Getty Images

Y si bien acudió a la exclusiva escuela Gakushuin de Tokio, donde fue compañera del hijo del emperador Hirohito y de Yukio Mishima, como todo nacido en la primera mitad del siglo pasado en Japón, Yoko tiene una historia marcada por la Segunda Guerra Mundial. Por el conflicto bélico su padre tuvo que dejar de hacer negocios en Norteamérica y a los 12 años, Yoko, tuvo que refugiarse junto a sus dos hermanos menores y su madre en un búnker, ya que les fue imposible sortear el hostigamiento de los habitantes del campo, quienes alejaban a los foráneos (sobre todo a los que lucían más acomodados) a pedradas para que no les quitaran la comida. Su padre fue tomado prisionero y lo creyeron muerto, mientras que para calmar el hambre, Yoko les recitaba a sus hermanos lujosos banquetes imaginarios los que simulaban comer.

Pasada la guerra se mudaron a Nueva York, donde se matriculó en la escuela de artes liberales Sarah Lawrence, en la que se mantuvo aislada del entorno y se dedicó a contemplar los árboles y a escribir poemas en forma de haikus. Uno de ellos, Secret Piece, consistía en la siguiente instrucción “Elija una nota musical, tóquela con el siguiente acompañamiento: los árboles desde las 5 a las 8 de la mañana en verano”. Se lo mostró a un profesor y este le preguntó si conocía a un tal John Cage.

Al músico y filósofo lo conoció a los 25 años, estando ya casada con el también músico, Toshi Ichiyanagi, con quien compartía un loft en Manhattan. A él acudían figuras como Cage, Marcel Duchamp, Max Ernst y Peggy Guggenheim quienes presenciaban los happenings que comenzaba a ejercitar.

Para el crítico de arte de The New York Times, Jason Farago, en estas primeras performances, yace la principal contribución de Ono al arte contemporáneo: “Una de sus innovaciones fue concebir obras de arte no como objetos bellos, sino como instrucciones escritas, casi como partituras musicales que podían ser ejecutadas por ella o por otros una o mil veces o nunca. Estamos hablando de mediados de los 50, más de una década antes de que los artistas conceptuales estadounidenses comenzaran con lo que la crítica Lucy Lippard ha llamado ‘la desmaterialización del objeto de arte’”.

Una de esas primeras piezas era una caja de fósforos con la frase: “Encienda un fósforo. Contemple hasta que se consuma”. O también La caja que sonríe, que consistía en un cubo con un espejo en el fondo que refleja la expresión del que la ha abierto. Todos sonríen al abrirlo.

Otra de sus propuestas fue incorporar el budismo zen en representaciones artísticas a principios de los años 60. Su performance más reconocida, Cut Piece, donde se sentaba en un escenario mientras la audiencia le cortaba la ropa con tijeras hasta dejarla desnuda, es parte de esa apuesta por hacer del arte algo que tuviera que ver con lo cotidiano. Aunque fuera para transgredirlo.

Yoko Ono at the hotel, Tokyo, 1980. (Photo by Koh Hasebe/Shinko Music/Getty Images)

Foto: Getty Images

Si bien es sabido que algunas de sus ideas inspiraron al arquitecto y galerista George Maciunas a iniciar el movimiento Fluxus, grupo de arte conceptual bajo cuyo leitmotiv “todo fluye, todo es arte y cualquiera puede hacerlo”, buscaba remecer el masculinizado mundo del arte contemporáneo, Ono no se sintió del todo atraída por este grupo. “Los chicos de vanguardia… eran todos tan cool, ¿no? También había un ambiente muy asexual en la música. Y yo quería regar todo de sangre”, dijo en su momento.

Grito primigenio
Alguna vez su madre le prohibió, de niña, que se asomara donde vivía la servidumbre. Un aliciente para cualquier pequeño que se empine apenas sobre la década de vida. Al llegar a la habitación, escuchó el diálogo de dos criadas que comentaban el alumbramiento de una tercera, una de ellas imitaba los gritos del parto. “Esa experiencia se quedó conmigo y pensé: ¿por qué siempre se espera que las mujeres tengan una voz bonita y unas melodías hermosas, solo porque eso es lo que el mundo espera?, no quieren que una mujer suene demasiado fuerte, así que sentimos que no deberíamos gritar”, le contó al periódico inglés Telegraph en febrero del año pasado.

Ya emparejada con John Lennon, y con la posibilidad de recobrar su apego a la música que había cultivado en Japón y abandonado en Estados Unidos, pensó que tenía que mostrar lo que eran en verdad las mujeres, lo que eran en sí y no lo que eran según la expectativa masculina. “Somos las parteras de la raza humana”, se dijo, así que debía gritar, sin entonar, solo gritar muy fuerte y muy agudo. Lo demostró en sus discos: primero en los que grabó en conjunto con Lennon (Unfinished Music No.1 y No.2 y The Wedding Album, entre 1968 y 1970), en cuyas sesiones los ingenieros de grabación corrían a esconderse al baño para no oírla chillar y que el célebre crítico de Rolling Stone, Lester Bangs, catalogó de “una basura de millonarios naufragando en las revoluciones musicales de los 60”.

Estando con Lennon, y con la posibilidad de reconectarse con la música, pensó que tenía que mostrar lo que eran en  verdad las mujeres. “Somos las parteras de la raza humana”, se dijo, así que debería gritar fuerte; eso hizo en los discos que grabó con él en 1968 y 1970.

Cuarenta y seis años después, Christopher Weingarten, auto proclamado como “el último crítico de rock” posiciona esos discos seminales de la japonesa más célebre del siglo XX, como la base de lo que sería posteriormente el punk. “Tiene discos indulgentes, pero pasajes de Yoko Ono/Plastic Ono Band, le deberían valer un lugar en el Rock & Roll Hall of Fame. No fue la primera en fusionar rock con a-go-go freaky y ruidoso, pero nadie lo hizo con tanta convicción. En sus canciones sin coros, con guitarras destempladas y su voz en cuello, se pueden escuchar pasajes íntegros de la camada de 1979 de post punk y new wave, con casi una década de antelación”.

Escuchar hoy sus discos de los 70 recuerdan a los primeros trabajos de Siouxsie Sioux o los de Nina Hagen, otra de la propulsoras del rock con vocalistas femeninas, que marcaron el camino a una camada de cantantes posteriores que llevaron la bandera de la transgresión hacia el pop: desde Deborah Harry, hasta Lady Gaga o Peaches (quien escenificó Cut Pieces a petición de Yoko Ono en el London’s Meltdown Festival en 2013).

Pero no hay que obviar su influencia capital sobre John Lennon. No solo en su manera de ver el mundo y su discurso, sino en la apuesta de conjugar vida con obra, muestra de ello es la creación conjunta (¿recuerdan que papá Ono pensaba que no podía componer?) Woman is the nigger of the world: canción nacida de una frase de Yoko durante una entrevista (recordemos que fue la invitada de piedra más detestada por la prensa inglesa en los 60). Es un discurso feminista enarbolado por una estrella de rock en pleno 1972. Una muestra de cuánto influyó ella en él. Porque, paradojalmente, poco sabemos, y quizás ya no lo supimos, cuánto hay de él en ella.

Al año siguiente publicó un ensayo titulado La feminización de la sociedad, donde planteaba una revolución femenina a escala global, abogando por un cambio en la forma de convivir más que en el cambio de asimetrías de poder. Lo que posteriormente se llamó “empoderamiento”, el cambio de rol dentro del mismo sistema capitalista. “Podemos tratar de jugar al mismo juego que los hombres han jugado durante siglos y, centímetro a centímetro, recuperar los mejores puestos laborales y, en última instancia, conquistar el mundo entero, generando así una clase de hombres esclavos y sementales extremadamente amargados, que gimen y se quejan bajo nuestra opresión. Esto vale como sueño durante una siesta, pero en la vida real obviamente, sería un lastre”, apuntaba hace 43 años atrás.

La guerra, ¿terminó?
La cantante punk, performista y escritora Lisa Carver lanzó en 2012 Reach out with no hands: Reconsidering Yoko, un ensayo sobre la que considera “la feminista suprema”, alguien que no es “bella ni agradable” ni le interesa serlo. “Lo que Yoko hace es plantar las semillas de la duda. La duda de que las cosas no sean como nos han dicho, como siempre hemos creído. Que las guerras son necesarias. Que las mujeres son emotivas y frágiles y por lo tanto no puedan ser líderes. Que no podemos cantar, pues no tenemos buena voz”, sentencia en el libro.

Una de sus primeras piezas artísticas era una caja de fósforos con la frase: “Encienda un fósforo. Contemple hasta que se consuma”. También La caja que sonríe, que consistía en un cubo con un espejo en el fondo que refleja la expresión del que la ha abierto. Todos sonrían al abrirlo.

Para Carver, Yoko es una genio adelantada a su época, una feminista per se, ya que no está preocupada en ser aceptada sino que se dedica a ser ella siempre, personaje y persona. Alguien a quien el mundo pudo alcanzar después de décadas.

Su arte, si bien jamás fue pensado para grandes subastas, sí comenzó a ser recibido en lugares donde antes no tenía cabida, y comenzó a recibir reconocimiento, llamémoslo, oficial, como el Lobo de Oro en Venecia por su trayectoria en 2009, el Hiroshima Art Prize en 2011, por su aporte a la paz por medio del arte, y el Oskar Kokoschka Prize en Austria en 2012.

En materia musical, en 2012 se editó Yes, I’m a witch too, segunda parte de Yes, I’m a witch (2007) con covers y remixes de sus canciones hechos por artistas elegantemente independientes como Moby, Sparks o Peter Bjorn and John, y producido por Sean Lennon, su hijo, el heredero con talento.

En otras palabras, Yoko Ono comenzó a ser valorizada y, por ende, a correr el peligro de parecer domesticada. Más aún cuando su adicción a Twitter la lleva a postear mensajes del tipo: “When will the world be better? When you decide that it is”.

Ella se defiende, dice, por ejemplo, en entrevista a Interview, que desde 1968 tenía la idea de fotografiar el rostro de todos los habitantes del planeta sonriendo. Algo que sonaba a quimera, hoy es cierto gracias a plataformas digitales como Instagram.

Si la participación del público en sus obras es lo que define su trabajo (“¿Cómo se mide el éxito de la obra de un artista conceptual, cuando su parte más importante tiene lugar en las mentes de otros?”, se pregunta Lisa Carver), ideas como My Mommy is Beautiful (2004), donde el público escribía mensajes a sus madres, escalaron a niveles de participación insospechados. Como el que propone desde 2013 con Arising (Resurgiendo) –que formará parte de la exposición en CA660– donde convoca a todas las mujeres a enviar una foto de sus ojos y un testimonio anónimo de una situación de violencia de género que hayan sufrido (en Chile las interesadas pueden hacerlo en www.corpartes.cl/yoko-ono-arising).

Pero, más allá ¿puede ser relevante aún su mensaje pacifista en un mundo que se parece escalofriantemente al que vivió ella en su infancia y adultez militante? Para Jason Farago de The New York Times, sí. “En contra de las políticas racistas y moralmente repugnantes de inmigración ejecutadas por el gobierno de Trump, es bueno recordar cuán importante ha sido Ono y otros migrantes en el desarrollo del arte moderno americano. Más allá de eso, supongo que el continuo compromiso de Ono con la paz nos puede recordar que incluso en las peores circunstancias, los valores por los que deberíamos estar luchando no deben parecernos utópicos, pueden lograrse en este mundo”. Bueno, no por nada la exposición se llama Dream Come True.

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