Zapatos rojos frente a La Moneda

Reportajes y Entrevistas

Zapatos rojos frente a La Moneda

Por Carolina Pulido / fotografías Jaime Palma / Maquillaje Bernardita Cerveró

Cientos de zapatos de mujer tiñeron por un día de rojo el emblemático Paseo Bulnes. El objetivo: generar conciencia sobre la violencia machista. La responsable: Elina Chauvet, una artista y activista que viaja gritando lo que aún ocurre en Ciudad Juárez.

El sábado pasado el Paseo Bulnes amaneció tapizado de zapatos rojos de mujer. Más de 500 pares de zapatillas, sandalias, botas, bototos, tacones y ballerinas, pintados de rojo y de todos los tamaños, trazaron un sendero en dirección a La Moneda, como saludando la bandera chilena en pleno centro de Santiago. Durante todo ese día los transeúntes se acercaron curiosos, observaron, juguetearon y leyeron las notas que iban dejando las personas dentro o bajo los zapatos. “El papá de mi hija me pega con el cinturón”. “No más femicidios”. “Por mi abuela y mi mamá, menos mal que ya no estás”.

Al fondo hacia la izquierda, un puesto del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio lo explicaba todo.

Zapatos Rojos es una obra de carácter itinerante y ciudadano que busca sensibilizar sobre la violencia de género y que forma parte de las actividades con las que el gobierno celebró el Día de las Artes Visuales. La instalación es de la artista mexicana Elina Chauvet, oriunda de la tristemente célebre Ciudad Juárez, famosa a nivel planetario por los casos de femicidio ocurridos de manera sistemática. Elina ha dedicado la mayor parte de su carrera artística al activismo feminista y esta, su obra más celebrada, lleva diez años girando por diversas ciudades de Europa, México y Estados Unidos. Su primera versión fue montada en su ciudad natal, con 33 pares de zapatos donados y nació luego de la muerte de su hermana a manos de su pareja.

“Zapatos Rojos es un homenaje a todas esas mujeres que ya no están con nosotros, pero también una forma de generar conciencia sobre la violencia contra las mujeres. El feminicidio es el asesinato por el sólo hecho de ser mujer. Puede ejecutarlo la pareja, expareja o cualquiera. En Ciudad Juárez raptan a las jóvenes que esperan el camión (autobús) en el paradero. Las violan, a muchas las torturan y aparecen muertas. Y por supuesto, nadie paga por el crimen”, explica la artista, que visitó por primera vez Chile con motivo de esta muestra y también para dar una conferencia sobre el tema en el Museo de Bellas Artes de Santiago. Además, se involucró activamente en el proceso ya que los protagonistas de la instalación, los zapatos, fueron donados por la ciudadanía y posteriormente pintados de rojo de manera colectiva en el Centro GAM, junto a la artista, en una instancia catártica que según cuenta funciona también como medio de expresión y fuente de apoyo. “Ayer dos señoras le decían a otra: denúncialo, no te aguantes más -relata Elina. Es eso. Se generan redes de apoyo, las mujeres se sienten libres de expresarse y siempre surgen personas que quieren seguir trabajando en el tema”.

Foto gentileza de Elina Chauvet

No lo dejes pasar

La obra de Chauvet se estrena en Chile justo cuando el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género lanzó su campaña “No lo dejes pasar”, que se enmarca dentro del mes de la No Violencia contra La mujer y que busca visibilizar las situaciones que hasta hoy eran aceptadas. “Que no exageres, que lo hace porque te quiere. No lo dejes pasar. Porque el control disfrazado de amor se tiene que terminar. Porque queremos vestirnos como se nos dé la gana. Si te revisa las redes sociales, si te prohíbe tener amigos, si el pololo de tu amiga te levanta la voz, no lo dejes pasar”, dicen distintas figuras destacadas en la campaña audiovisual, que también ha hecho viral el impactante testimonio de una sobreviviente de la violencia machista, el caso de Katherine Medel, joven de 29 años que quedó tetrapléjica producto de un femicidio frustrado.

¿Qué le pasó a tu hermana?
Fue asesinada por su pareja. Ella vivía en Chiapas. No hablo de ella en entrevistas, la verdad, me mueve mucho. El marido murió dos años después, también de forma violenta y no, no pagó por su crimen.

Tiene que haber sido muy doloroso.
Sí, y lo que hice fue transformar el dolor en pintura. Fueron 10 años de hablar sobre la violencia, también por el contexto de Sinaloa, que era donde yo vivía, un estado muy conocido por el narcotráfico y donde son muy comunes los ajustes de cuenta y la violencia. Trabajé algunos proyectos hablando de esta violencia, a la vez que hablaba también de la mía, de este dolor.

¿Te identificabas desde antes con el movimiento feminista?
Yo no sabía que era feminista. Mi hermana murió en los mismos años en que comenzaron los asesinatos en Ciudad Juárez. Yo me sentí muy identificada con las familias que perdían a sus mujeres, porque yo lo estaba viviendo. Es un impacto enorme para las familias, algo que no se detiene, que de hecho impacta a generaciones. Entonces también empecé a hablar en la pintura de esa ciudad. Mi conciencia fue creciendo y me di cuenta de que la violencia machista estaba normalizada en la sociedad. Si te casabas, te fregaste. Si te fue bien, qué bueno y si no, pues te aguantas. Recordé las historias de mujeres de mi familia, de generaciones pasadas. Amiguitas de mi infancia que me contaron que su papá las buscaba en la noche. Vi que esto no estaba bien y que el tema estaba tan en el mundo privado. Las mujeres teníamos que decir basta y decirlo frontalmente. Pensé: si sales a la calle y lo gritas, todas las demás lo van a gritar también.

¿Y cómo pasaste de la pintura al activismo?
Todo partió en el año 2009, cuando fui a Ciudad Juárez a hacer un proyecto de arte. Y estaba el centro plagado de pesquisas, afiches con las caras de estas mujeres perdidas, desaparecidas. Para mí fue muy impactante. Se habló mucho de los femicidios de Ciudad Juárez a nivel internacional, en un momento, pero con el tiempo se fue perdiendo el interés, aun cuando la violencia seguía y toda esta mafia tenía amenazados a los periodistas y activistas, asesinando y secuestrando. Nadie le puso freno y hoy ocurre en todo el país. Entonces sentí la necesidad de poner este tema en todo el mundo. Las familias siguen desesperadas, porque los gobiernos mexicanos han hecho caso omiso de esta realidad, generando impunidad. Así surgió la idea de los zapatos rojos.

“Al comienzo, la gente creía que yo estaba loca. Y yo decía: quiero que este sea un proyecto mundial, porque esto lo vivimos en todas partes, la violencia a la mujer no tiene fronteras de ningún tipo. Agarra parejo. Investigué, lo pensé bien porque era un tema peligroso y decidí que había que hacerlo en el espacio público y con un objeto que fuera importante en muchos sentidos. Los zapatos nos hacen caminar, nos gustan. Yo tengo además una historia personal con ellos, porque a veces los compartía con mi hermana, con la que éramos como mellizas. Y denotan una ausencia cuando están vacíos. Pensé que la forma de hacerlo era a través de un colectivo de donaciones. La obra tenía que viajar, pero viajar conceptualmente”, relata.

La calle de los zapatos

La primera performance de Zapatos Rojos fue en 2009, en la mismísima Ciudad Juárez. Consiguió los zapatos con amigas y conocidas. Juntaron 33 pares y montaron la instalación en una avenida muy conocida, llena de zapaterías y donde muchas de las jovencitas desaparecieron. Luego el proyecto fue evolucionando naturalmente: “Fue un proceso parecido al de pintar un cuadro; la misma pintura te dice qué necesita, qué colores y composición y trazos”, cuenta.

“Cuando junté 300 pares de zapatos y ya había ganado cierto reconocimiento dije: ya es hora de salir al mundo. Yo vivo en un puerto y antes de partir la gira hice una salida simbólica de esa ciudad. Luego me fui a la capital de Sinaloa e hice una instalación en la catedral para increpar a la Iglesia. Después me fui a la Ciudad de México e hice la instalación en el Zócalo, frente al palacio de gobierno”.

¿Sin permiso?
Claro, este viaje duró 3 meses y fue así, sin permiso, porque era una protesta. La idea era cuestionar también al gobierno, por su silencio. En la Ciudad de México lo hice en complicidad con una activista llamada Norma Andrade, madre de una chica asesinada en Ciudad Juárez y víctima también de dos atentados en esa misma ciudad y en la capital. Fueron años de activismo intenso y de mucho estrés, porque trabajas con el dolor y siempre al límite, con riesgo de amenazas. Además, son temas delicados, porque sigue habiendo gente a quienes les molestan. Si yo siguiera haciendo activismo fuerte probablemente no estaría aquí. Además, me interesa lo comunitario, que las personas puedan expresarse a través de la obra. De ahí la idea de que los zapatos fuesen pintados por personas del lugar. Hombres y mujeres, porque me interesa generar reflexión, aportar a romper un sistema, el patriarcado.

¿Crees que el arte tiene ese poder?
Sí, creo. Lo importante es aportar en la toma de conciencia. Muchas mujeres me han agradecido porque no se daban cuenta de que vivían violencia. Hace casi 10 años, cuando empecé con esto, las mujeres no se expresaban, no se hablaba del tema en el espacio público. Eso ha cambiado muchísimo.

¿Te sientes parte de ese cambio?
Creo que he aportado un granito de arena. Van más de 200 instalaciones en muchos países del mundo. Italia fue el primer país en interesarse por mi obra. Allá se convirtió en un movimiento social, son muy pocos los pueblecitos que no han hecho una réplica. En España también ha habido muchas réplicas y ya estudian la obra en las escuelas.

¿Te han atacado por ser feminista?
Bueno, sí, como a todas las feministas (ríe). Hay mucha falta de información con respecto a lo que es el feminismo. Es importante que los hombres entiendan que esto no es una guerra. Necesitamos el balance.

¿Y como artista, has sentido la discriminación?
Yo soy una artista a la que siempre le han cerrado las puertas, lo que no me importa porque se abren otras.

¿Eso es porque hablas de feminismo?
Yo creo que sí (se ríe) y porque soy un poco combativa y siempre digo lo que está mal, cuestiono. También porque no sigo el caminito que quieren que siga.

¿Qué debe pasar para que se acabe la violencia machista?
Lo que está pasando. Un cambio de conciencia que parta desde la educación de nuestros hijos.

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