Miércoles 22 de Febrero de 2012
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Reportajes

El cura Puga y su nueva cruzada

PAULA Nº 938, noviembre de 2005

El cura Puga y su nueva cruzada

Mariano Puga, el sacerdote que dejó la aristocracia en que nació para irse a vivir entre los pobres, un símbolo de la historia reciente de Chile, camina hoy solitario por Chiloé regalando sus últimas energías a una misión imposible.

Texto y fotos: Roberto Farías.

Tres kilómetros de sendero separan la iglesia de Colo, un pueblo de 299 habitantes al centro de Chiloé, del camino principal. Ancianas salen de sus casas y emprenden la pesada cuesta de tierra y lodo al son de campanas que llaman a la misa de domingo. Se nos unen campesinos con las botas embarradas. Caminando todos con la espalda encorvada, yo además, con el corazón hecho trizas, como subiendo nuestro Gólgota chilote.
Todo es bucólico, el prado es verde y los animales pastan: ¿qué trajo al sacerdote Mariano Puga a estos parajes? Bellos, pero solitarios, poco agitados para alguien como él. Pienso, en cambio, en el cura obrero, combativo, que encabezó marchas y protestas, que fue junto a los curas José Aldunate y Pierre Dubois, entre otros, casi un mártir de los cristianos de izquierda que se opusieron a la dictadura militar.
No alcanzo a aclararme.
El propio Mariano Puga abre las puertas de la capilla de madera, hoy Patrimonio de la Humanidad. Sonriendo siempre. Saluda a todos con sus manos largas y pálidas.
Y lo primero que brota, además del aire helado del interior del templo, es el sonido de una radiocaset en una esquina: suena la canción Yo te nombro, de un poema de Paul Éluard. Cuando oscurece, cuando nadie me ve...eeeeeescribo tu nombre,
en las paredes de mi ciudad. No la escuchaba hace mucho. De esos años... Por pura casualidad la historia me hace un guiño. Es domingo 11 de septiembre, lo había olvidado. No hay duda, estoy ante el Mariano Puga de siempre. Mientras en Santiago habrá marchas y romerías, Puga está en un pastizal en medio de Chiloé, listo para empezar la misa a su particular modo.
La imagen del cura se me vuelve a hacer presente. En las revistas de oposición, en documentales,
en mitines.

 

Su foto con la sotana ensangrentada en la histórica trifulca de la misa del Papa en el parque O’Higgins, que dio la vuelta al mundo. En democracia, como el sacerdote emblemático que defendía a los cristianos de la temida población La Legua.
Aunque no lo quiera, Puga ya es carne de estatuas. Pienso en los catres sin frazadas en que durmió, en las mediaguas de fonolas y cartón en que vivía junto a las parroquias de Villa Francia, Pudahuel y La Legua. Concluyo que ya tuvo suficiente mortificación y que Chiloé debe ser un merecido descanso o un destierro eclesial.
Pero no. Como esos antiguos santos que consiguen exprimirse siempre un poco más de dolor, vuelve a sorprenderme. Una vez más dejó todo: su parroquia, las poblaciones, las comunidades, y pidió irse a Chiloé como anónimo misionero.
Todas las semanas parte de Colo rumbo a islas lejanas donde casi nunca llegan sacerdotes.
Las ancianas ordenan las ropas de la virgen, ponen velas, preparan la misa del domingo. Él tararea la canción y se ve dichoso. Aunque ya se mueve con cierta dificultad. Con su metro ochenta y nueve y su pelo prematuramente blanco
desde los 29 años, Mariano Puga es un ícono. A los 74 años, y después de 30 de cargar ladrillos o galones de pintura y trepar andamios como cura obrero, sus cartílagos se han deshecho como los de un albañil jubilado. Le duelen las rodillas: “A cada paso que doy choca hueso con hueso”.
Se pone la sotana de tela cruda y se cuelga una estola bordada a mano. Abre su biblia y cae una foto del arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980. Se cuelga el acordeón del cuello y canta a la Virgen María. No hay duda: es el mismo de siempre.

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