Histéricos en détox

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Histéricos en détox

Por Catalina Infante / Ilustración: Paloma Moreno

Columna de Catalina Infante Beovic. Editora, escritora y una de las dueñas de Librería Catalonia.

Pienso en hacer un détox de gluten. Parece que el gluten es culpable de todos los males del mundo y hay que erradicarlo como al terrorismo. Leí que te paraliza las neuronas, que te vuelve tonto, gordo y adicto. Ya compré cosas para empezar: verduras, un paquete de galletas que son como de aire, y una harina de algún alimento del que no sabía que se podía hacer harina. Sigo perfiles en Instagram al respecto donde mujeres bonitas hacen recetas fáciles (dicen). Quiero hornear como ellas, en una cocina perfecta, hermosos quequitos sin gluten que despejen de mi cerebro todos esos espacios tapados de harina, para que se abra limpio al mundo; como un ave fénix renacido para pensar mejor. El universo de la realidad probable: cocinaré masas intragables y después de algunos intentos de desayunar semillas y granos, me sumergiré en una tina de marraquetas como la adicta sin solución que siempre he sido.

Mientras me pierdo en este tren de pensamiento, mi amiga M. hace un video en Instagram con un zoom a mi cara para reírse de mí. Quiero verlo pero no tengo la aplicación, tuve que borrarla porque la usaba compulsivamente. No podía pasar más de cinco minutos sin agarrar mi celular y revisar las mismas fotos, videos y comentarios que ya había visto hace cinco minutos atrás. A M. le pasa lo mismo, cuando ya ha visto las fotos y videos de todos sus amigos hasta el infinito, se pone a revisar las de ella misma. Tuvo que hacer un détox de tres semanas sin redes sociales. Ahora ya está mejor, pero igual revisa su celular un par de veces mientras comemos, lo cual aumenta mi ansiedad y obliga a mi cerebro de harina a auto-calmarse con un pancito.

Seguimos tomando once.  Le explico a M. que este “intento” de détox lo empiezo mañana y no hoy porque para hoy ya había hecho un pan con mi máquina que –a todo esto y no sé por qué–  hace panes con un hoyo al medio. Así, vacíos, como si tuvieran hambre. Cada vez que saco el pan de la máquina observo con desilusión ese agujero y pienso que en esta época todos estamos un poco así; con un vacío de fábrica imposible de llenar.  En fin, M. apoya mi moción y a su vez me cuenta de un amigo que hizo un détox de azúcar y que ahora es muy feliz. Y yo le cuento en contra partida la experiencia de otro amigo que quiso hacer un détox con sirope de arce y a las 10 horas de empezar le vino un patatús en el trabajo.

Cambiamos un rato el tema porque las dietas nos dan ansiedad.  M. habla de una fiesta a la que no fui porque dejé de tomar y cuando no tomo me aburren las fiestas.  Me cuenta de las cosas que hizo, de algunas nos reímos y de otras más intensas no tanto. Me dice que quizás se una a mi causa y también deje el alcohol porque leyó en una revista el testimonio de una periodista que hizo un détox de alcohol y en la foto su piel sale espléndida. Quiero buscarla en Instagram para ver si ese cambio es real o puro photoshop pero no puedo, no tengo la aplicación. Quizás la próxima semana, cuando termine el détox de redes y pueda subir las fotos de los panes vacíos – pero sin gluten–  que espero lograr hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 

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