La casa en que crecí: Constanza Gutiérrez

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La casa en que crecí: Constanza Gutiérrez

Por Constanza Gutiérrez

Nos cambiamos en abril, el año en que cumplí 4, y recuerdo muy bien dos cosas de ese día: el sol que no calentaba, muy común en Chiloé, y el rocío en el pasto, que me mojaba los pantalones mientras caminaba por el patio con mi hermano, explorando nuestros nuevos dominios. La casa nueva estaba a las afueras de Castro, coronando un pequeño cerro repleto de álamos, y las maneras de llegar a ella eran subir caminando, pasando por entremedio de las vacas y los alambres de púa de las cercas del vecino, o en auto, por un camino de tierra imposible por lo estrecho y lodoso. De todas maneras, muy poca gente tenía que padecerlo: en esa época allí arriba no había más que cuatro o cinco casas. Ese mismo día, justo antes del atardecer, uno de nuestros vecinos llegó a presentarse. Recuerdo haber salido al patio a escuchar lo que hablaban los adultos y mirar cómo, a lo lejos, el cielo se incendiaba y enrojecía un poco el mar. En algún momento de la conversación, el hombre apuntó con el dedo índice a otro cerro, más o menos a un kilómetro de distancia, sobre el que descansaba una casa grande y alemana y le dijo a mi papá: “Ahí tienen un chico de la misma edad del suyo”. Miré a mi hermano, para ver qué cara ponía, y él miró al horizonte buscando la casa de su futuro amigo.

Mi casa estaba rodeada de álamos y cuando el viento pasaba entre ellos sonaba como el chiflido de un tren que va muy rápido. Como estaba arriba del cerro, al lado del mar, crujía y se movía mucho, y cuando había temporales todos dormíamos en el primer piso, como si hubiésemos temido que el viento se llevara la mitad de la casa. Era grande, aunque de pocas habitaciones. En cada una de ellas podías meter a unas quince personas, y en mi propia pieza podía hasta hacer la rueda o andar en monopatín (fueron una moda muy fuerte el verano de 2001). Mi cama de plaza y media parecía volar entre tanto espacio. La cocina también era muy grande y, como suele pasar en Chiloé, era el centro de operaciones de toda la familia. En esta casa mi lugar era privilegiado, porque mi pieza estaba justo sobre la cocina y la atravesaba el cañón de la estufa a leña, dejando una rendija por la que yo podía escuchar todo lo que pasaba abajo: la radio puesta en la “Martín Ruiz de Gamboa”; mi papá cocinando, mi mamá limpiando, mi hermano haciéndose ochenta panes con queso derretido por noche el año en que compraron por primera vez un microondas. Lo malo era que abajo también se enteraban de mi vida y para mis papás era muy fácil saber si había apagado la luz a una hora prudente (y más tarde la tele, cuando me permitieron tener una en la pieza), o si estaba peleando con mi hermano. No hay lugar menos íntimo que una vieja casa de madera.

No había niñas o niños de mi edad cerca. Tampoco sé si el clima chilote me hubiese permitido pasar tanto tiempo afuera: estaba encerrada de marzo a diciembre, haciendo las cosas que hacen los chicos encerrados, como ver tele, leer y dibujar, o grabar programas de radio en cassettes. Por alguna razón, la población de mi cerro era mayoritariamente de la tercera edad, y el único momento en el que me topaba con ellos era cuando iban a mi casa a pedir prestado el teléfono para tener conversaciones cortas y precisas, como un telegrama, con parientes de Punta Arenas o Coyhaique. Era el campo, no toda la gente tenía una línea telefónica, y creo que el agua potable llegó cuando yo tenía cerca de diez años. Antes de eso, tuvimos un pozo y un filtro propio. Tampoco pasaba por ahí un camión de basura, y teníamos que llevar nuestras bolsas a la ciudad y buscar un basurero cualquiera donde dejarla. Los fines de semana, sábado y domingo, íbamos a Castro en auto a eso de las seis de la tarde. Dejábamos la basura de ese día y comprábamos pan y el diario, que a esa hora acababa de llegar de Santiago. Lo que sí teníamos era leche fresca recién sacada de la vaca, la que vendía nuestro vecino Caicheo, o los huevos de gallina que pasaban vendiendo unas hermanas de más de sesenta años a las que todos llamábamos “las chiquillas Mansilla”.

Para el año 2000 ya había llegado Internet, pero a veces se cortaba la luz porque corría mucho viento. Así podíamos leer el diario en el computador, porque en papel seguía llegando a las seis de la tarde. Por las mañanas me despertaba un gallo, o a veces los mugidos de las vacas, y para ir y volver del colegio todavía tenía que bajarme de un bus en la carretera y subir el cerro con unas botas de goma que, durante el día, dejaba en la casa de una vecina que vivía abajo, junto al mar.

Constanza Gutiérrez es escritora y colaborado de Paula.cl.

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