El antagonista

El periodista Diego Zúñiga, autor del libro Camanchaca, prefiere los gatos a los perros. Por eso, en esta columna, se pregunta por qué hay tanta literatura sobre perros y tan poca sobre gatos.




Paula 1131. Sábado 28 de septiembre 2013.

El periodista Diego Zúñiga, autor del libro Camanchaca, prefiere los gatos a los perros. Por eso, en esta columna, se pregunta por qué hay tanta literatura sobre perros y tan poca sobre gatos.

Algún día quisiera escribir una novela sobre un hombre y su gato, pero no sé si es posible. Busco en mi biblioteca y no encuentro libros sobre el tema. Libros memorables, digo. En cambio, ahí están los perros y la literatura. Ahí está esa novela hermosa que es Mi perra Tulip, de J.R. Ackerley, o esa crónica que escribió hace un tiempo el argentino Fabián Casas, en la que cuenta su historia con Rita, una border collie que le cambió la vida. Y así podríamos seguir enumerando: perros, perros y más perros. ¿Pero los gatos? ¿Qué pasa con la literatura y los gatos?

"El perro es dócil, el perro es manso, el perro es, casi siempre, predecible: quiere un poco de cariño, salir a pasear, jugar con uno. Pero el gato no quiere eso. En realidad nunca sabemos lo que quieren".

Alguien podría recordarme esa novela monumental de Natsume Soseki titulada Soy un gato, pero sería una trampa: el que habla ahí es un gato y lo que importa es su mirada de la sociedad japonesa, no su relación íntima con las personas. La intimidad. Ese es el tema de toda esta historia: la imposibilidad de relatar la vida íntima que surge entre un hombre y un gato. La imposibilidad de armar un relato con esa historia llena de silencios y gestos algo incomprensibles: el perro es dócil, el perro es manso, el perro es, casi siempre, predecible: quiere un poco de cariño, salir a pasear, jugar con uno. Pero el gato no quiere eso. En realidad nunca sabemos lo que quieren los gatos. Y por eso, creo, solo la poesía es capaz de retratarlos. El poeta chileno Gonzalo Millán anotó en Aspiración expirada: Llegar a escribir/ algún día/ con la simple/ sencillez del gato/ que limpia su pelaje/ con un poco de saliva.

Hay en esa imagen, creo yo, el resumen perfecto de por qué amamos tanto a los gatos, por qué nos sorprendemos con su elegancia y belleza, por qué sentimos que esconden algo que nunca podremos descifrar. Es el misterio de aquel gesto tan simple: limpiarse el pelaje con un poco de saliva. No mucho más. El movimiento de la cola, el ronroneo –ese inexplicable y hermoso sonido que nadie más puede hacer–, y la figura de ese animal pequeño, durmiendo arriba de una cama. La fragilidad de las cosas. El mundo impredecible de los gatos. De nuevo: la imposibilidad de escribir en una novela la historia de un hombre y su gato porque esa historia está llena de momentos muertos e indescifrables: los gatos hacen lo que quieren y uno –que los ama– no tiene cómo explicarlo. Pero ahí está la poesía y también está ese género casi hermano que es el cuento: la brevedad y la precisión para captar ciertas imágenes y transformarlas en una historia. Basta mirar, por ejemplo, varios de los relatos de Animales domésticos, de Alejandra Costamagna, para comprobar que en ese género sí funciona la relación: parejas que se caen a pedazos, gatos heridos, veterinarias, y también perros, sí, uno que otro perro paseándose por los cuentos, pues, como dijimos, son seres simples que funcionan a la perfección en cualquier género narrativo. Animales cariñosos y simples.

Me gustaría mucho poder aplicar esos dos adjetivos a la gata que tenemos con mi novia hace ya casi un año, pero no es posible. Es cariñosa cuando quiere y nunca es un animal simple. Relacionarse con ella siempre es un desafío. Imagino que por eso, también, cuesta tanto escribir sobre los gatos, llevarlos a una ficción. Hay algo indecible en ellos. Y sorprende, pues cada cierto tiempo alguna revista de internet decide hacer un ranking de las mejores fotos de escritores con sus gatos, y hay muchísimo registro de esas relaciones –Cortázar y su famoso gato Adorno, o Borges y su gato grande y blanco llamado Beppo–, pero muy poca literatura. Supongo que algo tendremos que hacer. Pero se acaban estas líneas y solo me queda recordar el comienzo de ese bello poema de Wislawa Szymborska que dice: "Morir, eso no se le hace a un gato".

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