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14 Agosto, 2012

En la cabeza de un escritor fantasma

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Paula 1102. Sábado 18 de agosto de 2012.

Hombres públicos sin tiempo para redactar discursos, memorias, ideas, hablan y escriben a la perfección: detrás de sus palabras se esconden virtuosos que jamás figuran pero hacen brillar a quien los contrata. Expertos en meterse en la mente de otros para expresar mejor que nadie lo que quieren decir, el oficio de escritor fantasma está al alza en tiempos donde cada vez cuesta más comunicarse con palabras. Este es el testimonio de uno, que prefirió seguir en el anonimato.

“Un señor muy rico, a través de un amigo cercano, me contactó para hacerme una oferta que jamás podría rechazar: necesitaba alguien que lo ayudara a escribir unas ideas suyas que tenía dispersas. Aunque yo no tenía experiencia de negro, como se le dice al oficio de escribir para otros en el círculo de los redactores para políticos, los periodistas sabemos bien en qué consiste modular voces ajenas, darles cuerpo y potencia por más antipáticas e impostadas que sean. Aunque tenía prejuicios con este hombre, estaba listo para la tarea. Yo tenía un trabajo aburrido y mal pagado, así es que dije un enorme sí. Mi preparación y llegada a la reunión fueron dignas de una comedia de los hermanos Cohen: no sabía qué ponerme, ni cómo sentarme en los enormes sillones de su oficina luminosa, blanquísima, con unos Matta de media pared y otros cuadros fastuosamente minimalistas. Este señor apareció después que yo, me miró fijo a los ojos, me dio la mano fuerte. Pensé que era una fiera, pero la bestia resulté ser yo. Era un tipo encantador, elegante, atractivo, certero. Yo apenas balbuceaba. Quedamos de juntarnos todos los martes a las seis de la tarde. La primera sesión, de tres horas, como las que siguieron, me dejó mareado: empezó como una especie de curso de historia de sus negocios, con citas a varios economistas que yo luego debía completar. Su inteligencia era diferente a cualquiera que yo hubiera conocido, y mis preguntas tendían a animarlo. Mi historia no fue tan espectacular ni truculenta como la de la película The ghost writer, de Roman Polanski: no tuve que viajar más allá del barrio El Golf, donde mi cliente tenía sus oficinas, ni sospeché de ningún crimen. Después de nueve sesiones, me dijo que empezara a escribir la primera parte. Me preguntó cuánto tiempo necesitaba y le dije que un mes. “¡Un mes!” exclamó. Pregunté si era mucho o poco, pero solo sonrió con los ojos brillantes y no me respondió. Cuando le mandé el texto por mail a su secretaria me agradeció y anunció el depósito. A los tres días, me mandó un mail largo, intenso, con algunas correcciones. Dijo que nunca se imaginó que quedaría tan bien, que podíamos seguir tras el verano para la segunda parte. Le respondí que a pesar de restringirme a sus palabras me había sentido involucrado, libre y creativo, que de algún modo él me había abierto los ojos (era cierto). Nunca me respondió, y no ha publicado ningún libro. A él le sigue yendo muy bien, aunque de vez en cuando en los diarios aparece ligado a algún problema: sin duda tendrá una solución que lo favorezca y que a mi me encantaría articular en palabras”.

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