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1 Octubre, 2010

Isabel Allende en Paula

Por Revista Paula

Isabel agradece

En su reciente paso por Chile, Isabel Allende recibió diversos reconocimientos. Uno de los más emotivos fue su encuentro con quienes apoyaron su candidatura, en un acto celebrado en la Fundación Dialoga, que diriga Michelle Bachelet. Allí, Isabel agradeció a Delia Vergara, fundadora y primera directora de Paula, por haber patrocinado su nombre al premio, e hizo un pequeño discurso de agradecimiento, inédito hasta ahora. Aquí está, los subtítulos son nuestros.

Tengo tanto y a tantos que agradecer, que no hay por dónde comenzar. Me siento mil veces premiada, no sólo por el reconocimiento a mis libros, sino por las muestras de cariño que he recibido desde que mi nombre empezó a circular como posible postulante para este premio.

Delia Vergara, la artífice de este honor, inició una campaña digna de un candidato presidencial, movilizó a medio Chile por teléfono e internet, y así obtuvo el apoyo de innumerables lectoras y lectores; entre otros, los cuatro ex Presidentes. Con Delia aprendí los fundamentos del periodismo, cuando me llamó para colaborar en la recién nacida revista Paula, por allá por el año 1967.

¡Qué viejas estamos! El entrenamiento de periodista me ha servido en la literatura. Al plantearme una novela recuerdo las instrucciones: empezar con una idea clara y una buena primera frase, pensar en los lectores y luego ya se verá: el camino se hace andando y la literatura se hace escribiendo. Sin embargo, no encuentro una primera frase para agradecerles a todos ustedes. Entonces, para resumir, digamos que este premio es el más importante de mi vida, porque me lo da Chile, y porque los lectores lo ganaron a pulso.

Comencé a escribir ficción cerca de los cuarenta años, un poco tarde, ya que algunos varones escriben sus memorias a los diecinueve, pero lo he hecho con la tozudez de mi herencia vasca y desde entonces he publicado dieciocho libros y hay otro ya listo esperando en mi casa. Puedo decir que éste es mi oficio. Vivo para contar y cuento para vivir. No quiero hacer nada más: escribir y escribir para siempre. Entiendo la literatura como un medio de comunicación, como el vasto territorio de ideas, experiencias y emociones humanas compartidas, y no como el Olimpo de unas cuantas vacas sagradas. La literatura es de todos. No me interesa demasiado lo hermético y exclusivo, sino lo claro e incluyente, que no por tener claridad es menos profundo.

Grandes preguntas

En los libros buscamos explicación a las interrogantes de la existencia. El autor, atormentado por una pregunta, invita al lector a hallar juntos la respuesta. Como lectores, buscamos identificarnos con los personajes, así engañamos a esa recóndita soledad a la cual, por tener conciencia de la propia muerte, estamos condenados.

La literatura nos ofrece los arquetipos, mitos, leyendas y relatos universales que señalan el camino de la humanidad, dónde estuvieron nuestros antepasados y adónde van nuestros descendientes, pero los autores de esas obras no se plantearon nada tan ambicioso, sólo sentían la necesidad de compartir una historia. Hay libros que resuenan y perduran, libros cuyos autores mueren sin sospechar el alcance de sus palabras. Esos autores se sumergieron a ciegas en la bruma densa del inconsciente colectivo y captaron los sueños, temores y deseos de todos para plasmarlos en sus páginas. Escribieron creyéndose en control, sin sospechar que estaban poseídos y que los personajes se contaban a sí mismos, porque tenían algo imperioso que comunicar.

Libros populares

Me suelen preguntar, y a veces con intención chaquetera, por qué mis libros son populares; incluso se ha dicho que por serlo carecen de calidad, como si cada lector le robara algo al libro y en la medida en que aumentaran los lectores la obra fuera reduciéndose a ceniza. No sé por qué mis libros se leen, tal vez mejoran con las traducciones o con las ediciones pirateadas, pero agradezco que así sea, porque alcanzan a mucha gente; mi voz llega lejos, rebota y me vuelve con eco. No escojo lo que escribo. Tengo muchas historias dentro, pero sólo algunas crecen hasta ahogarme, no me dejan en paz, las sueño, las pienso, las doy vuelta al revés y al derecho y al final me resigno a escribirlas. ¿Por qué ésa y no otra? Es un misterio. Sólo sé que en cada libro exploro algo personal. Si la novela se trata, por ejemplo, de una joven chilena que escapa de la seguridad de su casa y cruza el mundo sola para ir a la fiebre del oro en California, a un ambiente masculino de codicia y agresión, donde sobrevive vestida de hombre, la pregunta natural es cómo se relaciona eso conmigo. Yo misma lo ignoraba, hasta que me lo explicó un crítico de España al entrevistarme por la Hija de la fortuna. Dijo que el tema de la novela era el feminismo y la trayectoria de las mujeres que salieron de sus casas y se acentuaron en un mundo de hombres, para ganar su espacio y su libertad. Desde entonces no busco razones para justificar mis libros, me limito a obedecer al instinto y la inspiración, confiada en que los entenderé cuando me los expliquen los críticos o hagan la película.

Mi visión como autora

Libro a libro he creado mi propio universo que no es sólo literario, sino emocional. Es mi visión del mundo y de la humanidad y es también mi visión de cómo yo quisiera que fuesen el mundo y la humanidad. A pesar de las malas noticias, que son nuestro alimento cotidiano, mi visión es optimista. No todos mis libros tienen elementos de realismo mágico, pero todos tienen en común un optimismo realista, porque he visto cómo progresamos.

Es falso que el tiempo pasado fue mejor. En los años de mi vida he presenciado cambios tan extraordinarios que ni la ciencia ficción los había concebido. No andamos en círculos como locos, sino en espirales, como las estrellas: un poco más arriba en cada vuelta. No retrocedemos, avanzamos a suspiros. Tengo fe en la humanidad, porque he comprobado que por cada torturador y asesino, por cada desalmado que le roba a un anciano o viola a un niño, hay miles y miles de personas decentes dispuestas a hacer el bien. Esa fe es el hilo conductor de mis libros.

Temas y finales

Mis temas son recurrentes: conflictos sociales y políticos, amor, muerte, solidaridad, dolor, violencia; mis personajes también son recurrentes: hombres complejos y contradictorios, mujeres fuertes y apasionadas capaces de vencer incontables obstáculos, villanos que cometen atrocidades y pagan sus crímenes o se redimen, gente marginal, que vive de migajas, sin la protección del gran paraguas de la sociedad. Mis finales son abiertos, porque en la vida no hay finales, se camina no más, a ciegas, por aquí y por allá. Las dos obsesiones que han marcado mi vida también son recurrentes: justicia y libertad. No se trata de Justicia con mayúscula, que rara vez es justa, sino de esa justicia natural, orgánica, en la cual creo, porque he vivido lo suficiente para ver cómo se cierran los círculos y al final las cuentas son claras. Y tampoco se trata de Libertad con mayúscula, la del panfleto político, sino la indomable libertad del espíritu al alcance de quien es capaz de soñarla y luchar por ella, incluso una esclava africana como Zarité, en mi última novela.

Plagiar un cuento

El novelista debe conseguir que el lector se rinda, que baje las defensas y se disponga a entrar en el mundo ficticio que el libro le propone. La novela se arma con suposiciones y mentiras, pero para que sea creíble debe sostenerse en una verdad que para el autor o la autora es incuestionable. En los años setenta, cuando trabajaba en la revista Paula, existía otra revista que nos estaba quitando lectoras con sus cuentos color de rosa. Eran todos similares y no se requería gran sagacidad para descubrir la fórmula: hombres de acero, orgullosos, ricos y solitarios, y vírgenes idealistas de ojos verdes y senos mórbidos; el erotismo era como lava ardiente, pero no consumía a los protagonistas sino hasta la penúltima página, después de muchos rodeos y obstáculos. Con la arrogancia que me caracterizaba en la juventud, antes de que la vida me bajara el moño, me propuse plagiar esos cuentos, mejorarlos y ganarle a la competencia. Todavía estoy intentándolo. Nunca me resultaron, porque no creo en esa clase de romance; la gente y los sentimientos no son así. La literatura exige honestidad, no se puede hacer trampa. Se escribe con la conciencia y el corazón, con el propósito de explorar algo, llegar al fondo y encontrar una verdad.

La escritura que libera

Me llegan cientos de mensajes al día, miles cada mes. A veces los lectores me cuentan sus vidas yme piden que las escriba, para que no se pierdan en el olvido, o solicitan consejos para enamorar o para invertir dinero, como si yo fuera pitonisa. La mitad de las cartas son de gente que ha leído mis memorias, porque se identifican conmigo y mi familia. Las vidas se parecen, todos tenemos pérdidas y dolores, todos aspiramos al amor, la seguridad y el respeto, todos queremos que nuestros hijos prosperen. Esto es lo mejor de mi trabajo: la conexión con los lectores. La escritura cambió el rumbo de mi vida, me dio una voz y le dio sentido a mi existencia, me hizo libre. Y ahora es la escritura la que me ha traído aquí para recibir este premio que no es sólo mío, sino de las aguerridas mujeres que lo consiguieron, de los lectores que me han seguido desde que escribía aquella impertinente columna de Civilice a su Troglodita; de mi madre, que me inició temprano en el vicio de la escritura epistolar, de los hombres y mujeres que inspiraron los personajes de mis novelas y de los espíritus traviesos que siempre me acompañan. Muchas, muchas gracias.

“Soy tímida en lo social. Me siento totalmente inadecuada. No soy tímida cuando me subo arriba de un escenario y tengo que hablarle a mil personas. Me pongo mi traje de conferencia, me subo y me entrego a la gente, sin ningún pudor. Sin embargo, si hay un evento social de 20 personas, me siento súper incómoda, no quiero estar ahí. Me siento muy chica, muy baja, como que a los demás los tengo que mirar para arriba”.

“Desde muy chica empecé a decir las cosas que no había que decir. Fui muy subversiva, me fui de la Iglesia, me fui de mi casa, me fui de todo. Gracias a Dios sin pelearme de mi mamá. Pero desafiando todo. La primera vez que sentí que participaba de algo, que era parte de un grupo, fue cuando empecé a trabajar en la Paula. Nunca antes”.

“El abandono de mi padre es el primer gran abandono. Ahí me falló la imagen del hombre para siempre. Nunca más he vuelto a confiar mi vida en las manos de un hombre. Eso me ha dado una fuerza brutal. Yo trabajo como burro para mantenerme a mí y a mis hijos. Si el hombre se va, yo puedo mantener a flote el buque, como sea”.

“Tengo miedo de depender, de que llegue un momento en que no me pueda valer por mí misma, porque la lucha de mi vida ha sido por no depender de nadie. Por ahora me sigo tiñendo el pelo, me compro ropa buena. A Willie (su marido) no le importa. Me puedo teñir el pelo verde y él no me va a decir nada. Sin embargo, si no me ve sonriendo o si me ve callada, al tiro me dice: ‘háblame’. Porque yo cuando me enojo, me callo, y puedo pasar callada una eternidad”.

COLUMNA LOS IMPERTINENTES
“Maridos” (1967)

El marido es un animal doméstico de hábitos regulares, apariencia casi humana y que emite ruidos guturales cuando lee el diario, cuando duerme y cuando ve mujeres en traje de baño (siempre que no sea la propia). No hay muchas clases de marido, pero un estudio serio en la materia ocuparía muchos volúmenes y para los efectos de este artículo basta señalar algunos prototipos.

El Marido Americano. Éste es de los escasos ejemplares que lava la loza, cambia los pañales de la guagua, le deja el auto a la señora, juega con sus hijos y corta el pasto los sábados. Se diferencia del marido chileno porque masca chicle y usa camisas wash-and-wear.
El Marido de la Fulana. Es el señor que regala flores aunque no estén celebrando el aniversario de bodas, que nunca olvida el cumpleaños de su mujer, que cuando viaja le trae ropa interior sofisticada y chocolates en vez de calcetines para los niños y una olla a presión, y que además no tiene panza y le carga el fútbol.
El Marido de la Película. Depende de la película, pero se puede decir que en general estos maridos usan bata para levantarse, se lavan los dientes en la noche, miran a Rodolfo Valentino, con las narices dilatadas de pasión y reciben anónimos. También usan una onda rebelde en la frente.
El Marido Enamorado de su Mujer. (Ver Marido de la Película).
El Marido Infiel. Estos se reconocen porque de pronto se ponen a dieta, se lustran los zapatos, tienen reuniones de directorio, almuerzos de camaradería y viajes de negocio.
El Marido Elegante. Siempre está casado con otra persona. Se ve bien con camisa celeste y no usa terno café con corbata azul.
El Marido Cariñoso. Le hace cariños al gato, a la empleada, a los niños y a las amigas de su mujer.
El Marido Sumiso. Estos maridos se ven en los chistes y en las operetas. Son chiquititos, andan a tiritones y usan calzoncillos largos de lana en invierno.
El Marido Ideal. Es un espécimen en vías de desaparición. Me pregunto por qué la Sociedad Protectora de Animales no toma cartas en el asunto.
El Marido Latino. No confundir con “amante latino”, su antónimo. Estos maridos varían según sean mexicanos, italianos, bolivianos, cubanos o chilenos. El factor común es que desean a la mujer del prójimo.
El Marido de Vacaciones. Usa poleras audaces, short y anteojos negros, duerme siesta, se levanta tarde, come mariscos dos veces al día, gasta la plata que no tiene en el casino y se pone lánguido cuando pasan mujeres en traje de baño. Afortunadamente, este marido no dura todo el año.

COLUMNA CIVILICE A SU HOMBRE

Receta (1973)
Para que a su troglodita le crezcan las pestañas, póngale todas las noches vaselina en los párpados. Si tiene paciencia, poco a poco le crecerán como un frondoso montón de pasto, de manera que no verá más allá de las narices. Eso tiene la ventaja de que no verá a las demás mujeres y no se dará cuenta cuando usted le sirva
una mosca en la taza del desayuno.

Sorpresa (1973)
¿Por qué no lo recibe de vez en cuando con una sorpresa? Las revistas femeninas siempre recomiendan eso a sus lectoras y nosotras no podemos quedar atrás. Si quiere tenerlo de rodillas no basta con poner un plátano en la entrada. Su troglodita necesita que usted se preocupe de hacerlo feliz con esos pequeños detalles que hacen la vida agradable. Esta tarde, cuando él vuelva haciéndose el muy cansado de su trabajo, usted, estimada señora, en vez de mirar para otro lado y encogerse de hombros, sáltele al cuello, besuquéelo, dígale mijito y enseguida corra a buscar al sorpresa: tráigale en una bandejita amorosamente arreglada un trago y una pizza.

Colonia (1972)
Una de las cosas que los cavernícolas no saben usar es el agua de colonia. De partida no saben elegirla, así es que cuando la compran se basan en la publicidad que han visto en la televisión. Con toda buena creen que si en la pantalla han visto una rubia erótica reptando a los pies de un tipo que se perfuma con cierto aroma, ellos conseguirán el mismo efecto si usan la misma colonia. Los pobrecitos se extrañan después de que al caminar por Alameda ninguna hembra curvilínea ande en cuatro pies detrás siguiéndoles el rastro. Usted, querida señora, tiene que asesorarlo en este campo. Oblíguelo a comprar una colonia discreta, con olor a lavanda, a limón o a perfume “para caballero”, aunque el suyo no lo sea. Luego explíquele que no se trata de echarse medio frasco encima, como quien se da una ducha. Unas gotas bastan. Puede ponerlas en sus sienes como los protagonistas de Corín Tellado o puede verterlas en un pañuelo en las solapas de su chaqueta. Nada de vaciarla hasta en los calcetines. Una buena idea es tener algodones embebidos en el mismo aroma en los cajones del clóset donde guarda su ropa, así tiene siempre un halo oloroso que le disimula su olor particular a fiera.

Urbanidad (1971)
Su troglodita debe saber que cuando está en la mesa es muy mala educación meter la corbata en el plato de la sopa, escarbarse los dientes con palitos, darle topones en las rodillas a la vecina, eructar, rascarse, relamerse, hacer ruido con la boca y sopear el pan. Tampoco debe hablar con la boca llena de comida ni tocar temas un poco asquerosos, como política, enfermedades, inflación y otros por el estilo. En la mesa del comedor un verdadero caballero se comporta como si estuviera prendido de alfileres, como si no tuviera hambre y como si fuera un perfecto cretino incapaz de hablar de otra cosa que no sea el tiempo, la naturaleza y los deportes.

Pelos (1971)
Ya se habrá dado cuenta que están pasando de moda los machos muy pelucones. El pelo hasta los hombros sólo está permitido para los guerrilleros en servicio activo (especialmente de Valdivia o del Amazonas), para los hippies de vocación y para los cantantes coléricos. También para las señoritas entre 17 y 30 años. Es mejor el pelo corto. No al rape, por supuesto, pero tampoco lleno de ricitos en la nuca como una Shirley Temple y menos aún con jopo de tanguista argentino o de barítono italiano. A lo más se autoriza un corte chascón, como una gallina pasada por un ventilador, de aspecto suelto y aire casual. Eso se consigue con un buen corte, y un buen corte estimada señora, lo hace un profesional, no usted en sus ratos libres con tijeras de costura. El buen corte se hace con navaja, procurando adecuarlo a la forma más asentadora para el rostro que tiene que enmarcar.

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