Por Viviana Flores. Fotografía Carolina Vargas
En la calle más antigua de Graneros, Arturo Prat, están las secuelas más evidentes del terremoto del sábado 27. Quedan algunas viviendas en pie alternadas con cerros de escombros de lo que hasta el viernes eran casas. Una puerta está abierta, entre cientos de pedazos de adobe. Se atisba una pieza de techo muy alto, destruida y oscura da la bienvenida. A los pocos minutos sale una mujer. Es Karina Figueroa, la fiera guardiana de un espacio que ya prácticamente no existe. Dice que que esto es muy fuerte, que es muy privado, que le duele.
“Esta casa era de mis abuelos por parte paterna. Mi abuelo llegó aquí cuando se fundó la Nestlé y era un obrero muy destacado. Nosotros somos tres hermanos y estamos muy orgullosos de nuestra raíz. Hemos vivido siempre en la misma casa. Incluso mientras estuve casada, durante cuatro años, seguí acá y cuando me separé, me fui quedando. Luego mi mamá se enfermó de Alzheimer y yo me hice cargo de todo: la casa, mi papá, mi mamá y mis dos hijas. Porque soy jefa de hogar y estoy muy orgullosa de eso. Para el 3 de marzo del ‘85 la casa no se cayó, pero si se agrietó. Ahí empezó nuestra lucha. El resto de la familia insistió en que había demolerla, pero mi papá se opuso. Se arregló, se sacaron las tejas, se puso zinc, se bajaron los techos y, después la estuqué, le puse cerámica a la cocina, la dejé linda. Vivimos estos años en perfectas condiciones.
La noche del terremoto yo estaba durmiendo y fui la última en salir al patio. Con mi papá y a mis hijos, rezando, nos aferramos a un árbol. Cuando paró el movimiento, vino un cuñado, que vive al lado, y me dijo: ‘Se cayó la casa’. Estaba a oscuras, tenía miedo pero partí igual con él a revisar. Cuando la vi en el suelo caí de rodillas. No supe cómo me subí a los escombros y empecé a sacar mis cosas por una ventana que da a la calle. Porque todas mis cosas me han costado mi vida y esfuerzo: televisores, la guitarra eléctrica de mi hijo, mi ropa, el PlaySation. Un amigo me gritaba: ‘¡Qué estás haciendo, eso es peligroso!’, pero la adrenalina es terrible. Quería esta casa más que la cresta. Sentía orgullo. En Santiago, yo mi cachiporreaba, tengo una casa grande, linda. Yo iba derechito, a puro esfuerzo tirando para arriba. Volví al círculo nuevamente. Tengo que empezar de nuevo. De cierta forma es como se me hubiese caído mi dignidad.
Ya me vinieron a buscar para llevarme a un albergue, pero no me iré. Me estoy haciendo un campamento en el patio, con carpas y todo. Hoy lunes ya autorizamos la demolición. Es como si me hubiesen dicho que mi mamá se murió otra vez. Va a venir la retroescavadora y va a borrar todo. Pero ya tomé una decisión: voy a sacar las puertas y hasta la última viga y las latas que vayan quedando para reconstruirme otra vez. No me sacan ni amarrada de este lugar. Son cien años que hay aquí de historia de mi familia. Yo tengo mis árboles, los pájaros que llegan aquí: zorzales preciosos. Tengo nueces, duraznos. Es hermoso. Y no sé en otro lado como será”.