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No solo de cobre vive Antofagasta, la región minera por excelencia de Chile, también de cultura, playas, turismo y picadas de mariscos.

Paula 1180, Especial Aniversario. Sábado 15 de agosto de 2015.

No solo de cobre vive Antofagasta, la región minera por excelencia de Chile, también de cultura, playas, turismo y picadas de mariscos.

Centro turístico premiado en Hornitos
Diseñado por el renombrado arquitecto Gonzalo Mardones, el Centro Turístico Hornitos –en la playa más afamada de Antofagasta– tiene a su haber tres premios internacionales por su arquitectura de líneas simples y colores que lo mimetizan con el paisaje desértico. El complejo –propiedad de la Caja de Compensación Los Andes– es autosuficiente en el uso de agua y luz, tiene 31 habitaciones, 18 cabañas y piscina al aire libre. Habitaciones desde $ 89.080. Fono (55) 220 0500. F.U.

Cultura:
El teatro más célebre de la región

Fundada en 1962, la Compañía de Teatro de la Universidad de Antofagasta ha montado más de 200 obras, casi todas ligadas a la identidad regional. Este año estrenaron La quebrada de los sueños, sobre los profesores normalistas de la zona, y en septiembre presentarán un montaje sobre la matanza de la Plaza Colón de Antofagasta, ocurrida en 1906. Toda una institución en la región, en enero de este año la compañía estuvo en Santiago a Mil con su versión de El coordinador, de Benjamín Galemeri, logrando aplausos del público y la crítica. M.S.

La gran biblioteca de Antofagasta

Construido en 1930, el edificio de Correos y Telégrafos –en la Plaza de Armas de Antofagasta– se convirtió hace algo más de un año en una de las principales bibliotecas públicas de Chile: tiene 3 mil m², una colección de más 22 mil títulos y salas especializadas, como el área patrimonial, solo con autores de la región. Su programa de extensión –con recitales, exposiciones y charlas– ha transformado este espacio en el epicentro cultural de la ciudad. Jorge Washington 2623. www.bibliotecaregionalantofagasta.cl S.C.

En Tocopilla:
Probar los pescados de La Normita

Lo que comenzó hace 17 años como un local de cuatro mesas en Caleta Buena –40 km al sur de Tocopilla– hoy es una de las picadas más famosas de la región, que ofrece fresquísimos pescados y mariscos de la zona traídos por el marido de Norma Díaz, la dueña y cocinera. Parada obligada del futbolista Alexis Sánchez cuando viaja a su ciudad natal, ofrecen pescados de roca fritos ($ 6.000) –como el apañado y el dorado–, sabrosas empanadas con abundante pino de mariscos ($1.500) o la suculenta paila marinera ($ 6.000), con todos los mariscos que estén disponibles ese día. Ruta1, Caleta Buena. www.lanormita.cl C.G.

Emblema regional
Chañar

En medio del desierto de Atacama, el más árido del mundo, existen oasis en donde florece el chañar. Sus ramas poseen un pequeño fruto ovalado color ocre que contiene un jarabe dulce. Debido a sus propiedades medicinales, se lo conoce como la “joya altiplánica”.

Lofts con vista al Licancabur


Por sus sobrecogedores paisajes desérticos, su excelente hotelería y patrimonio cultural, el oasis de San Pedro de Atacama se ha convertido en uno de los más célebres destinos turísticos de Chile y el mundo.

En una parcela de 5 mil m² en las afueras de San Pedro de Atacama, en el sector del ayllú de Larache, rodeada de chañares y algarrobos y con una privilegiada vista al volcán Licancabur, la ingeniera comercial Macarena Suárez –quien trabajó en los hoteles Explora y Awasi del lugar– montó Atacama Loft: cuatro cabañas construidas con una técnica de reciclaje con barro y botellas plásticas, en las que también reutilizó puertas y ventanas antiguas. Alimentados de energía solar, cada loft tiene una cocina, sala de estar, repisas con libros y una pequeña terraza privada. Además, junto a las cabañas está el Atacama Glamp, un glamoroso camping equipado con cuatro modernas tiendas de lona –para dos personas–, que tienen reservado un quincho, ideal para un fogón o una parrilla. Cabañas desde $ 88.000 y carpas desde $ 55.000 para dos personas. www.atacamaloft.com P.N.

San Pedro de Atacama:
Picada Nueva

Hace cinco meses el chef Matías Peñafiel, que lleva más de 14 años viviendo en San Pedro de Atacama, abrió Charkikán, un sencillo pero prometedor restorán de comida chilena, donde replica las recetas de guisos que aprendió de niño, en Iquique, de manos de sus tías, y también lo que fue aprendiendo en su paso por Adobe y La Estaka, los dos restoranes más reconocidos del pueblo. “Mi idea era montar un restorán de comida rica, casera, bien preparada y sabrosa, con precios razonables”, comenta. Sus platos –entre ellos, los estrella: el charquicán de cochayuyo o de carne y el costillar de vacuno al vino tinto (todos con dos acompañamientos incluidos)– no cuestan más de $ 6.500, mientras el precio promedio de un plato en las calles más turísticas del pueblo, no baja de $ 9.000. Toconao 475. Cel 9872 6057. P.N.

Fotografiar San Pedro
Por Nicolás Piwonka


Desde 1977 Nicolás Piwonka recorre el país para fotografiar sus paisajes, fauna y gente. Pero de sus 25 libros publicados, cuatro están dedicados enteros a San Pedro de Atacama, donde hace diez años tiene una casa.

Hoy es un destino turístico, ayer era un poblado mitad desértico y mitad altiplánico que se negaba a abrazar al mundo globalizado o, más bien, su aislamiento y arraigadas costumbres impedían la inevitable transformación. Así lo conocí en 1975, cuando aún tenía un ritmo puramente local. Por sus angostas calles transitaban llamas y alpacas que eran llevadas a sus lugares de pastoreo para volver al atardecer a sus corrales. Conocí al legendario padre Le Paige, quien me mostró sus tesoros y vimos el firmamento puro, intocado, el mismo que hoy es apreciado por los turistas y los modernos radiotelescopios. Eso no ha cambiado, ni sus atardeceres, ni el Licancabur, ni sus extensos paisajes, ni su aire prístino, ni su energía que sentimos con solo estar ahí. Desde entonces vuelvo atraído por esos recuerdos que se respiran y cobran vida en una pequeña pirca de piedra, un atardecer, un árbol centenario, la mirada de un anciano. Aún están ahí, no se han desvanecido, y sus habitantes se esmeran por conservarlos, quizá un poco cambiados, pero conectados con ese pasado que los formó.

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