Autores chilenos sub 35

Tiempo Libre

Autores chilenos sub 35

Por Marcela Fuentealba / Fotografía : Sebastián Utreras

La nueva generación de escritores dice no tener mucho en común, pero coinciden en la libertad y honestidad de su trabajo. Publican en editoriales alternativas; se leen entre ellos, aunque deambulan por géneros y artes diferentes, y siguen con fervor a escritores norte y latinoamericanos. Son muchos: esta es solo una guía escueta de autores chilenos sub 35.

La fértil provincia

Maori Pérez, Claudia Apablaza, Felipe Becerra, Pablo Toro, María Paz Rodríguez, Francisco Díaz Klassen, Simón Soto, Juan Pablo Roncone, Cristóbal Carrasco: son hartos los nuevos narradores que suenan. Los cuatro que siguen coinciden en venir de la provincia, lo que seguramente no es casual.

Antonio Díaz Oliva (Temuco, 1985): en agosto publicará su primera novela, La soga de los muertos (Alfaguara), con la que ya ha ganado varios premios. “Tiene tres historias: la primera es sobre la visita de Allen Ginsberg a Chile, en 1960; la segunda es de un grupo que quiere que Nicanor Parra gane el Nobel y la tercera es de un niño de 10 años que vive en La Reina y es hijo del líder del grupo que quiere que Parra gane el Nobel. Y ese mismo personaje, además, vio a Ginsberg en 1960”. Un remix del nuevo pop.

Diego Zúñiga (Iquique, 1987): el autor de Camanchaca es periodista en varios medios y lleva el sitio literario 60watts.net. No hay literato que no lo mencione entre autores jóvenes destacables. Su novela secuencia escenas pulcras del paso de la infancia a la juventud con la tristeza y la violencia suspendidas tras la espesa niebla de la vida aparente. Está terminando Las muertas imaginarias, sobre el sicópata de Alto Hospicio. “Juega con los límites que separan la realidad de la ficción”, adelanta.

Rodrigo Olavarría (Puerto Montt, 1979): su novela Alameda tras las rejas fue aplaudida por su arrojo como escritura de sí mismo al límite. Dice que prefiere mil veces la sobreexposición del yo a una trama de ficción “calculada y aburrida”. Prepara varios libros: la novela El cielo de noche, ambientada en Chiloé; La noche migratoria, que reúne los poemas que ha publicado por ahí; una traducción al castellano de la Antología de Spoon River y otra de los versos del gran poeta chileno de los 80, Rodrigo Lira, al inglés.

Daniel Hidalgo (Valparaíso, 1983): es profesor de un liceo en el puerto, editor de paniko.cl y cantante del grupo de electrocumbia Matilde Calavera. Acaba de publicar Canciones punk para señoritas autodestructivas (Das Kapital), que reúne siete cuentos, cada uno con epígrafe y personajes rockeros y punkies deseosos de salir de los escombros. Ágil y humorístico, Hidalgo está pegado a la realidad y la mira con asco e ironía.

Editores militantes

-Florencia Smiths: vive en San Antonio y desde ahí ejecuta acciones poéticas y políticas a través de la escritura, los talleres literarios y la edición artesanal de la colección llamada Odio Parido: “Son plaquettes hechas a mano, las hago en la casa con la prensa que me compré por internet”. Así publicó una parte de su poema largo, La ciudad No, cuentos de Marcelo Mellado y Gabriel Prach, y prepara otros con textos de gente del puerto. Este año publicará completo un libro que habla de las mujeres detenidas por la dictadura en el campo militar de Tejas Verdes.

-Camilo Brodsky: el editor de Das Kapital, destacada por publicar textos de jóvenes y de crítica social chilena, es un poeta de fuste: su libro Whitechapel (2009) es una larga indagación en la violencia y la brutalidad, el crimen y la hipocresía. Ahora prepara otro, La noche del zelota, “una suerte de proyecto poético-historiográfico de los derrotados”.

Destaca una experta

Rubí Carreño, profesora de la Facultad de Letras de la UC, autora de Leche amarga: violencia y erotismo en la narrativa chilena del siglo XX y Memorias del nuevo siglo: jóvenes, trabajadores y artistas en la narrativa chilena reciente.

“¿Basta con ser joven para escribir algo nuevo? Elijo a tres escritores de esta generación subtreinta en que se da esta confluencia. Más cerca de Philip K. Dick y del grunge que de los padrinos mágicos de la literatura chilena, Maori Pérez presenta las redes subterráneas del Santiago del futuro en su novela Diagonales. Camanchaca, de Diego Zúñiga rompe un tabú social y también literario al cambiar el tono de sugerencia o de denuncia por el de la cotidianidad pasmosa del abuso. Por último, en Aire quemado Gladys González reescribe un tópico de la literatura feminista; una pieza de pensión es el precario cuarto propio de la artista que deseaba Virginia Woolf. Estos jóvenes no son apuestas ni promesas, están en el siglo de estas letras para quedarse y renovarlo con el trabajo de la imaginación”.

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