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23 mayo, 2013
orla

Dittborn + Tocornal

Hasta el 23 de junio exponen estas dos artistas en la nueva sala del Centro de Extensión
de la Universidad de los Andes. Cada una desde su perspectiva –fotomontaje e instalación–, pero compartiendo la temática del dolor.

Por Francisca Gabler


Paula 1123. Sábado 25 de mayo 2013.

Hasta el 23 de junio exponen estas dos artistas en la nueva sala del Centro de Extensión de la Universidad de los Andes. Cada una desde su perspectiva –fotomontaje e instalación–, pero compartiendo la temática del dolor.

Inspiración religiosa
La primera vez que las artistas Margarita Dittborn (31) y Mariana Tocornal (36) visitaron el Museo de Artes de la Universidad de Los Andes, se sintieron atraídas por su colección de Arte Religioso Latinoamericano. “Cada una se fue a lo que le interesó. La Mariana, a los fanales coloniales y yo, a las pinturas al óleo”, explica Dittborn. A pesar de tener un trabajo muy distinto –Margarita se dedica de forma autodidacta al fotomontaje digital y Mariana, egresada de la Universidad Católica, principalmente al dibujo e instalaciones–, ambas querían hacer un proyecto juntas. “Las dos usamos el trabajo artístico como una manera de procesar el lado oscuro, y sanar heridas”, explica Tocornal. Cinco meses después de la visita al museo, surgió Alegorías del dolor propio, una muestra que sin remitirse al discurso religioso, hace referencia a algunas de las piezas de arte religioso que allí vieron para hablar del sufrimiento y la fragilidad.

“La exposición trata del dolor, pero desde nuestras obsesiones y con autocrítica y humor. Hablamos de lo doloroso riéndonos a carcajadas y sufriendo al mismo tiempo”. explica Mariana Tocornal sobre la muestra que realiza junto a Margarita Dittborn en la nueva sala de arte de la Universidad de Los Andes.

Margarita, identificada por una versión quiteña de la Virgen de los Siete Dolores, decidió hablar sobre lo que hacía tiempo venía investigando a través de la lectura de novelas, textos antropológicos y críticas gastronómicas: el hambre, su propio dolor. El resultado fueron tres fotomontajes de 110 centímetros cuadrados, donde conviven imágenes de alimentos, bodegones de cerámica fabricados por ella y retratos de su rostro, su hijo y el padre de este, como una forma de lograr una tregua con su mayor placer y debilidad. “No me he reconciliado con este vicio, solo a veces me perdono. A veces trato de cortar este amor desmesurado por la comida, pero mi corazón y mi boca están conectados y eso me hace sentir auténtica, y en la autenticidad también hay belleza”, concluye.

“El dolor para mí tiene que ver con la pérdida, y una forma de enfrentarlo es tratando de controlar lo incontrolable”, dice Mariana Tocornal, que por su parte se conmovió con la delicadeza de los fanales del museo, se volcó a la fabricación de tazas y tijeras hechas con finísimas capas de porcelana –técnica que viene trabajando desde hace un año–, que luego dispuso al interior de las cúpulas, interactuando con pequeños soldados de plástico e insectos recolectados por ella. “Son objetos imposibles de proteger: no solo los hago lo más frágiles posible, sino que, además, mantienen las marcas de donde ya han comenzado a quebrarse y muestran su debilidad a través de las cúpulas, que a su vez son frágiles”, explica acerca de las nueve esculturas de porcelana que exhibe.


“Me conecté con la imagen de la virgen de los siete dolores desde el sufrimiento, un tema universal. Las figuras que se forman en ese fotomontaje son corazones y hay siete objetos que hacen referencia a las siete lágrimas de la virgen”, explica Dittborn.

Son objetos imposibles de proteger: no solo los hago lo más frágiles posible, sino que, además, mantienen las marcas de donde ya han comenzado a quebrarse y muestran su debilidad a través de las cúpulas”, explica Mariana Tocornal acerca de las nueve esculturas que exhibe en la muestra alegorías del dolor propio.

Conmovida con la delicadeza de los fanales que observó en una visita al Museo de Artes de la Universidad de los Andes, Mariana Tocornal fabricó tazas y tijeras con finísimas capas de porcelana, que luego dispuso al interior de las cúpulas.

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