Ira

Tiempo Libre

Ira

Por

Capítulo 2 del libro "Doña Lucía. La biografía no autorizada". Periodista Alejandra Matus.

Durante la luna de miel, Lucía y Augusto soñaron el futuro.Hijos, una casa, ascensos. Pinochet, cuya filosofía de vida siempre fue “el término medio. Ni mucho, ni poco”, se conformaba con llegar a coronel. ¿Qué más podría soñar el niño nacido en Chanco, que había frustrado las aspiraciones de su padre —un esforzado agente de aduanas— de estudiar medicina y que, presionado por la madre, insistió en postular a la Escuela Militar en la que fue aceptado sólo al tercer intento? ¿Qué más podría anhelar desde el arma de Infantería, la menos prestigiada en la por entonces ya devaluada carrera militar? Ya tenía bastante más que muchos de sus congéneres: una carrera militar; ingresos que, por mezquinos que fueran, le aseguraban aumentos progresivos con cada ascenso; y se había casado,gracias a su perseverancia y porfía, con la hija de un senador y había sido aceptado en una familia de abogados y profesionales bien posicionados en la sociedad, con aquella muchachita reina de belleza del Liceo de San Bernardo. ¿Acaso no era para estar feliz? Lucía no.

Aún en medio del rebozo de los amantes, en el desasosiego de sus primeras experiencias de mujer adulta, se negaba a tener un marido poco ambicioso. Si él decía coronel, ella replicaba por qué no general. Si él, embriagado por la fe y confianza de su esposa, se atrevía en aquella intimidad a pensar en la comandancia en jefe del Ejército, ella retrucaba: ministro de Defensa.

Pero la vida era difícil. Augusto era, al casarse, un teniente asignado como instructor a la Escuela Militar, en el centro de Santiago. Si hubiera seguido soltero, habría continuado viviendo allí, pero con esposa no podía. Los padres de Lucía recibieron a los recién casados en su nuevo hogar en avenida Tobalaba y no tenían apuro en verlos partir. “Mi suegra nos decía que no nos apuráramos en buscar departamento, pues por apurados podríamos comprometernos con algo que tal vez no fuera lo más conveniente”, recordaría Pinochet en sus memorias.Pero el yerno quería irse. Le cansaba el largo trayecto que tenía que hacer a diario desde esa casa hasta la Escuela Militar, en el centro, y, además, le apremiaba tener su vida propia con Lucía. Ante la mirada vigilante de sus suegros, no podía conducir la vida de ella y de su matrimonio como quería. “Casado, casa quiere”, pensaba. Ella, entusiasmada también con la idea del hogar propio, buscaba afanosamente y acompañaba a su marido a distintas oficinas de corredores de propiedades, pero lo que a ella le gustaba era muy caro, y lo que él podía pagar, demasiado modesto a sus ojos. “Mi esposa no pasaba día sin salir a buscar intensamente, pero los resultados eran negativos”, decía Augusto en esos años.

Augusto se debía presentar en Dieciocho con Alameda antes del toque de diana a las 5:30 am. Para lograrlo se levantaba antes de las 4 am y tomaba una combinación de micro y tranvía. Al final del día, aunque salía a las 7 de la tarde, por causa del largo viaje en el transporte público llegaba a casa de sus suegros pasadas las 8 de la noche. Mientras Lucía se preparaba para los misterios de la maternidad, Augusto encontró finalmente un departamento aceptable para su esposa en un edificio en Las Heras, casi esquina de Dieciocho, en junio de ese año. Con sus escuálidos ahorros, lo amobló. Las apreturas económicas significaban que no había dinero para comprar ropa y que las salidas fuera se reservaban sólo para ocasiones especiales, y la orgullosa Lucía no quería aceptar ayuda de su padre, ni de su suegro.

Lucía, madre
En junio, cuando se mudaron, el embarazo de Lucía comenzaba a modificar su cuerpo. Augusto llegaba un poco más temprano a la casa, pero sus preocupaciones estaban puestas en la vida militar. A fin de año debía marcharse al sur en las campañas regulares con que se preparaban los militares en el arte de la guerra. Temiendo que su primogénita naciera cuando él se encontrara en la campaña, se preocupó de dejar hechos los preparativos para que su esposa fuera atendida aun si él no estaba. Fueron sus superiores quienes lo liberaron de la responsabilidad del largo viaje y le ordenaron quedarse en Santiago al cuidado de su esposa, sin que él lo haya pedido y sin que estuviera muy dispuesto a hacerlo.

La niña nació el 14 de diciembre de 1943.Para la joven madre fue duro descubrir que no hay nada de natural en la adquisición de las habilidades para cuidar de un recién nacido. No le surgían los supuestos instintos que se suponía a”orarían con el nacimiento de los hijos. Mimada y atendida siempre en su familia, resintió la falta de holgura para contratar personal que la ayudara con las tareas domésticas.En ese tiempo pasaba el día sola, aterrada con aquella criatura. Augusto, educado para dejar esas cosas a las mujeres, estaba ausente desde la madrugada hasta el anochecer. Eso, si no había campaña, pues entonces la ausencia era de quince días o más.Osvaldo Hiriart fue nombrado Ministro del Interior en septiembre de ese año y ahí estaba su hija, condenada a vivir con un marido don nadie y obligada a sujetarse a las reglas de la familia militar, que esperaba de las mujeres una conducta dócil y sacrificada.

Presionado por las estrecheces, Augusto acepta la oferta de su padre de ser “comisionista” part time cobrando facturas aduaneras en sus ratos libres. Para él, Lucía cocina poco y mal. Pinochet se come lo que se le ofrece, sin muchos remilgos. Pero ella comienza a saborear la amargura.

Un año para olvidar
Juan Luis Maurás, senador radical por Tarapacá y Antofagasta hasta el golpe de Estado de 1973, expresidente de la Cámara de Diputados y, por breve período, secretario del Presidente Juan Antonio Ríos, recuerda a sus 91 años la importancia que tuvo el Partido Radical en el siglo XX en Chile y sostiene que la colectividad es hija de la “Convención de la Revolución Francesa”. Como por cosa del destino, los Hiriart descienden de la misma tradición. Sin embargo, afirma Maurás, el PR no era en la primera mitad del siglo XX ninguna taza de leche y en su interior había distintos grupos y tendencias que se enfrentaban ferozmente cada vez que elegían presidente del partido y candidato a Presidente de la República. Pedro Aguirre Cerda, dice, introdujo en el partido las ideas marxistas y , pese a ello, varios de sus militantes se consideraban aliados del León de Tarapacá, que era liberal, y apoyaron su proyecto emblemático para dictar la Ley de Enseñanza Primaria Obligatoria. Gabriel González Videla y Juan Antonio Ríos, entonces diputados, estaban entrelos radicales considerados alessandristas. De ambos era amigo el entonces diputado por Antofagasta Osvaldo Hiriart, pero lo era más de Ríos. Según recuerda Maurás, Osvaldo Hiriart fue un decidido defensor del León de Tarapacá para las elecciones de 1920 y logró imponer el apoyo del PR a su candidatura en las asambleas radicales en Antofagasta. El candidato, si bien era de vertiente derechista, asumió el gobierno con un discurso populista y pro-obrero. Luciano, el hermano de Osvaldo, como se ha dicho, fue nombrado intendente de Antofagasta bajo el mandato de El León. El PR apoyó también más tarde a Alessandri en la redacción de la Constitución de 1925.

“Don Juan Antonio Ríos era muy estudioso de materias económicas, un gran parlamentario, y fue de los pocos que se hizo amigo de este diputado gordito, muy serio y callado, al que no le gustaban ni la copucha ni el cuento y que se llamaba Osvaldo Hiriart. Yo creo que Hiriart fue un hombre de gran influencia en la vida de Ríos y en las actitudes políticas del partido radical”, relata Maurás.

Alessandri Palma no pudo terminar su período y en la toma del poder por el general Carlos Ibáñez del Campo en 1926, Osvaldo Hiriart estuvo en la oposición. Ibáñez fue derrocado en 1931 por un levantamiento popular seguido de un período de anarquía política y social. Durante uno de los gobiernos interinos que se sucedieron ese año, Osvaldo Hiriart “formó parte de una Junta Civilista, cuyo principal objetivo era asegurarse de que los militares nunca más en Chile participasen en la vida política”.

Alessandri Palma regresó en 1932, pero sus viejos aliados radicales querían ir más lejos con las reformas sociales que él no había podido cumplir y se entusiasmaron con levantar su propio proyecto político: el Frente Popular, con Pedro Aguirre Cerda a la cabeza. En aquel tiempo el Congreso estaba en Santiago. Ríos, Hiriart y sus camaradas se instalaban a debatir de política en calle Ahumada, frente al Banco de Chile, en las puertas de la tienda Falabella. Juan Luis Maurás, que entonces era un estudiante de liceo, los veía siempre ahí camino al Instituto Nacional.Ríos e Hiriart, recuerda Maurás, eran considerados en el ala izquierda del PR y cuando Ríos asumió la Presidencia de la República, en 1942, tras la abrupta e inesperada muerte de Pedro Aguirre Cerda, le rogó a Osvaldo Hiriart que tomara el cargo de ministro del Interior, pero éste se negó. “Yo creo que él se resistía a ser ministro por el nivel de virulencia que se daba en la política del PR”, reflexiona Murás.

En 1937, el entonces senador Ríos se había batido a duelo con el senador radical por Valparaíso Octavio Señoret, quien lo tildó de “izquierdista de última hora”. “Tuvieron un profundo disgusto, se trataron en forma muy severa y se retaron a duelo. Y Ríos mandó a su padrino, Osvaldo Hiriart, a notificar a Señoret”, relata Maurás. Hiriart hizo lo posible por hacer desistir a Ríos, pero no consiguió detener el duelo. Leal a su amigo, lo acompañó al momento del enfrentamiento. “Ambos dispararon a matar, pero el que tenía puntería, pues era hombre de campo, era Ríos. Y a Hiriart le tocó ver la caída de Señoret, que también era su amigo. Ríos lo hirió en una pierna y lo dejó dañado, cojo, para toda la vida. Yo creo que eso tiene que haber impresionado mucho a don Osvaldo Hiriart”, dice Maurás.

En el partido, relata, Osvaldo Hiriart era un hombre respetado y honesto. “Un hombre de situación, porque era un distinguido abogado que representaba a los empresarios mineros y era muy bien pagado. Era un hombre agradable de trato, muy cordial”, recuerda Maurás, quien fue secretario personal del Presidente Ríos cuando recién cumplía los 18 años. Al muchacho le llamaba la atención ese hombre robusto que usaba pesados abrigos. Le divertía ver como los enarbolaba por detrás de la espalda para ponérselos.

Ante la negativa de su amigo, Ríos nombró inicialmente como ministro del Interior a su jefe de campaña, el diputado por Chiloé Raúl Morales Beltramí, pero éste renunció cuando comenzó a tener dificultades con el Presidente por demorarse en romper relaciones con los países del Eje.

Finalmente, en 1943, Hiriart aceptó encabezar el gabinete de su amigo y se convirtió en su ministro del Interior y en Vicepresidente cuando el Presidente salía de Chile. Sin embargo, debió abandonar abruptamente el cargo apenas un año más tarde, el 6 de octubre de 1944. Gonzalo Vial menciona como posible causa un incidente protagonizado por su esposa, Lucía Rodríguez, quien se habría negado a pagar el parte que quería imponerle un carabinero, invocando el nombre y cargo de su marido.

Si existió probablemente el altercado fue apenas la excusa para la salida de Hiriart del ministerio del Interior, pues, según los registros de prensa de la época, ese gobierno atravesaba por una severa crisis política. Los partidos de izquierda, que le daban sustento, se consumían en virulentas querellas internas y en la derecha se criticaba a Ríos diciendo que no necesariamente estaban en el gobierno los mejores para gobernar, sino que sus mejores amigos. Los diarios de la época revelan que Ríos no era respaldado ni por su partido. El Presidente había formado un gabinete, con Hiriart a la cabeza, que proclamaba como “técnico” y no “político”, por cuanto no había sido acordado con las directivas partidarias.

El Partido Radical, en pie de guerra, desató la crisis. El presidente intentó infructuosamente formar gobierno con los partidos Socialista —la facción de Marmaduque Groove— y el Partido Democrático. El ministro Hiriart, incapaz de generar suficiente entendimiento entre éstos y el Presidente, puso su cargo a disposición del Mandatario y lo mismo hicieron todos los integrantes del gabinete. Aunque la prensa no presagiaba la salida de Hiriart, Ríos aceptó la renuncia de casi todos sus ministros,incluyendo la de su amigo y formó un nuevo gabinete que le permitió salir momentáneamente de la crisis. En los momentos en que se encontraba con sus ministros renunciados, el Presidente escribió una dura y amarga carta al presidente de uno de los partidos comprometidos, quejándose de su falta de responsabilidad para gobernar.

“La izquierda y quienes la representan, deben pues, mostrarse capacitados para responder a esta obligación que contrajeron para con la Nación toda. El triunfo electoral no nos crea derecho respecto del país. No hace sino señalarnos deberes tanto más graves cuanto más importantes sean los cargos a los que estemos destinados. Pues bien, honrado yo con el mandato que importa la primera obligación de servicio al país advertí con infatigable insistencia a los partidos y fuerzas que se agruparon alrededor de mi candidatura la necesidad de cohesionar sus filas y elevar la voluntad de sus hombres para cumplir la tarea que conscientemente nos impusieron, solicitando a ellos una colaboración indispensable”.

El Presidente defendía su idea de crear un gabinete “técnico” con los mejores hombres para cumplir las tareas comprometidas en su programa de gobierno. Argumentaba diciendo que “las circunstancias en que se desenvolvía en esos momentos la vida política y la actividad partidista no eran de prestigio para el país y para la preservación de su buen nombre en el exterior. Mi resolución no pudo sufrir entonces objeción alguna de parte de los sectores político y social; el país comprendió que el Presidente de la República había llegado a una resolución solo inspirada en el bien general. Los hechos actuales son sin duda, más graves que aquellos de junio de 1943. Los son, porque el desquiciamiento y desorientación de casi todos los partidos de izquierda son aún más profundos y más extendidos que los de esa fecha (…) Me hago cargo sobre hechos que no han sido comunicados oficialmente al Presidente dela República, ni podrían serlo. Son sin embargo notorios para el país entero: la izquierda no tiene hoy ni organización, ni programa real, ni dirección que se imponga por la espontánea respetabilidad para crear y sostener disciplina efectiva entre los hombres y agrupaciones que dicen integrarla, ni mucho menos para asumir ante el país, la responsabilidad de una tuición queno se muestra capaz de imponerse a sí misma”.

Osvaldo Hiriart cayó con su gabinete técnico, pero no libre de reproche. Desde la derecha, se atacaba a todos los partidos de izquierda con acusaciones de incompetentes, corruptos e ineficientes. A Hiriart le enrostraban haber recibido dos sueldos fiscales —uno como senador y otro como asesor jurídico de la Corfo—, contraviniendo la ley, al igual que otros tantos parlamentarios. La asesoría, afirmaba el columnista del Diario Ilustrado, Salvador Valdés Morandé, la mantuvo “por cierto”, cuando asumió como ministro del Interior.

Esa era una dura afrenta para Osvaldo Hiriart quien es el creador de todo el andamiaje jurídico de la Corporación de Fomento, Corfo, una de las creaciones más importantes de Pedro Aguirre Cerda, que administraba las empresas públicas y que en ese tiempo eran muchas y muy importantes. “Él sentó las bases jurídicas de la Corfo. Hizo los dictámenes que permitieron crear las filiales, que incluían desde la agricultura hasta Chilefilms. En eso trabajó con Roberto Fresard Ríos, que era nieto o sobrino del Presidente, y Joaquín Silva Latorre, a quien trajo de Antofagasta”, recuerda el abogado Guido Macchiavello, quien trabajó con Hiriart desde 1955.

“Era muy diplomático. En los tiempos en que yo era dirigente estudiantil, llegaba a su oficina furioso, con la furia que uno tiene a los 20 años, y le consultaba su opinión por algún tema y él me calmaba, me sugería decir las mismas cosas de mejor manera. Incluso en un momento determinado yo me quise retirar de la Federación de Estudiantes de la Escuela de Derecho de la Chile. ‘No —me decía— lo van a llamar divisionista’.

Tenía una gran habilidad para dialogar con sus opositores y darlos vuelta para conseguir su apoyo”.Pero las disputas políticas eran rudas y cada vez menos diplomáticas.Al dejar el gabinete, Hiriart fue nombrado como fiscal de Corfo. Aunque la posición era un reconocimiento a sus indiscutidas capacidades profesionales, significó un alejamiento del activismo político partidario en el cual nunca se sintió muy a gusto.

Es probable que Lucía, testigo privilegiado de todo aquello, albergara desde entonces el resentimiento en contra de la “politiquería”. En 1944, el matrimonio Pinochet-Hiriart sufrió otro golpe: la muerte del padre de Augusto. El oficial recibió la noticia de que este había enfermado gravemente en Cochabamba, adonde había viajado a visitar a una de sus hijas casada con boliviano. Pinochet, con la ayuda del Ejército y de su suegro, se movilizó a Arica para reencontrarse con su padre agonizante y acompañarlo en sus últimas horas. Todo el trámite le tomó unos 10 a 15 días, tras los cuales se tomó otros 15 para cerrar la oficina de aduanas que tenía su padre en el puerto y ordenar una contabilidad que había quedado en un cierto estado caótico. En Santiago, Lucía esperaba.A partir de ese momento, el joven marido se siente responsable de cuidar y proteger a su madre, Avelina Ugarte. Su “mamacita”, como él le decía. La presencia cada vez más constante de la suegra es otro motivo de descontento para la joven esposa que repudia las conductas “apolleradas” de su marido. Lucía nunca aceptó decirle “Tito” a su marido, como hacía su suegra.

Lo llamó siempre Augusto, para llevarle la contra. El 26 de septiembre de 1945 nace en Santiago el primer varón, que la pareja nombró Augusto Osvaldo, en honor a su padre y a su abuelo. Apenas nacido, el niño enfermó gravemente y el padre, abismado por las deudas médicas, pidió un mes de permiso en el Ejército sin goce de sueldo para realizar un trabajo remunerado que lo sacara del atochadero.Lucía anhelaba verlo elevar el vuelo y dejar la miseria de los cuarteles.

Pero la vida independiente e insegura del hombre de negocios intimidó a Pinochet, que prefirió retomar la seguridad de la carrera militar. Esta, sin embargo, demandaría a su esposa adecuarse a constantes destinaciones y mudanzas.

Traslado a Iquique: amenaza de depresión
Con sus dos hijos pequeños, Lucía debe empacar sus escasas pertenencias para mudarse a Iquique en 1946. Augusto Pinochet, recién ascendido a capitán, consigue el traslado que había solicitado y es enviado al Regimiento Número 5 “Carampangue”, en Iquique. Quería, dice Gonzalo Vial, en parte escabullirse de una disputa de poder entre los jerarcas de la Escuela Militar para no tener que tomar partido por alguno de ellos.

Algo ilusionada con el cambio de aire y con el regreso a su natal Norte Grande, Lucía aceptó que Augusto partiera unos meses antes en busca de casa, mientras ella empacaba pacientemente la loza, los vasos, los muebles. Pinochet asegura que en marzo de ese año dejó con pesar a su esposa, “aún una niña”, y a sus dos hijos. “Iquique era una ciudad que estaba en decadencia, pero no por ello dejaba de ser muy pintoresca. La mayoría de sus casas eran de madera y faltaba energía eléctrica, el agua era escasa y los servicios de alcantarillado estaban pésimos”, recuerda Pinochet en sus memorias. A su llegada al puerto, Pinochet se presentó a saludar a Guillermo Bonilla Artal, a quien había sido recomendado por su suegro. Bonilla Artal era un ilustre ciudadano iquiqueño y padre del general(r) Oscar Bonilla Bradanovic, el primer ministro del Interior de la dictadura quien, tras serias desaveniencias con Pinochet, sufriría un sospechoso accidente en helicóptero.

Pero, en 1946, ni Pinochet ni la familia Bonilla sabía de qué trágica manera sus vidas se enlazarían. Por el momento, esa familia adoptó al oficial como un integrante más, aceptando de buena gana la recomendación de Osvaldo Hiriart. Pinochet cultivaría una amistad larga y entrañable con Tomás, el hijo abogado y escritor de la familia.Pinochet asume sus funciones en el regimiento y estando allí lo sorprende la elección de Gabriel González Videla como Presidente de la República, en los comicios de septiembre. Recién en diciembre Augusto comprometió una casa para su familia, la que dejaría un oficial que planeaba irse pronto. Volvió a Santiago en tren, diez meses después de su partida. A mediados de enero, Lucía, su marido y sus dos hijos estaban en un barco rumbo a Iquique. Al recalar en Antofagasta, el matrimonio era esperado por Tegualda Ponce, la mejor amiga de Lucía en el Liceo de San Bernardo y una de las cómplices en el “irteo inicial con su marido. Tegualda —Tiba, como le decía Lucía— también se había casado con un militar. Su marido, el teniente coronel Ríos, comandaba el Regimiento Número 7 “Esmeralda”.La pareja tenía niños de la edad de los de Lucía (uno de ellos, Patricio, llegaría a ser general de la Fuerza Aérea y comandante de la institución, en democracia) y ellos jugaban mientras las amigas se ponían al día y, probablemente, se compraban. Mientras almorzaban en el exclusivo Automóvil Club y antes de continuar rumbo a Iquique, la familia Pinochet recibió la noticia de que la casa prometida no estaría lista, pues el oficial que la ocupaba había decidio extender su estadía hasta fines de febrero. El arribo fue una pesadilla. Lucía y Augusto se pasearon sin suerte de pensión en pensión. Nadie los recibió con niños tan pequeños. Al finalizar el día, aceptaron el alojamiento que les brindó el Segundo Comandante del Regimiento Carampangue, pero sus hijos, de edades similares a los de Lucía, se peleaban apasionadamente con los visitantes y al octavo día elmatrimonio debió emigrar a una casa pequeña que encontró en el sector de Punta El Morro. De noche, el ruido de los generadores eléctricos que abastecían la ciudad no los dejaba dormir. Por fin, la casa que esperaban quedó liberada y la familia pudo mudarse.

La primera del general, la abogada y ex ministra de Justicia del régimen militar, Mónica Madariaga, contó en vida que en una ocasión, mientras el matrimonio vivía en esa ciudad, los visitó Avelina Ugarte. El día en que debía regresar, Augusto entró a la habitación en que ella se preparaba:

“—Mamacita, apúrese porque la tengo que ir a dejar al aeropuerto y usted se está demorando mucho —dijo Pinochet—.

¡Mamacita, le estoy diciendo que se apure!

Cuando volvió al pasillo, Lucía lo increpó.

—¡Mamacita! ¡Mamacita! —le dijo en tono burlón y haciendo arañitas en el techo, como quien dice ‘mira cómo trata de mamacita a esta señora tal por cual’”.

Augusto se pasaba el día entero en el regimiento y Lucía no tenía posibilidades de salir de la casa. Sus sueños de viajar parecían cada vez más lejanos. “Mi pobre mujer estuvo los dos años conmigo sin salir de la ciudad. Una vez fuimos en tren a un baile… pero eso era todo lo que conocía Lucía. Muchas veces me preguntaba que cuándo íbamos a hacer un viaje. Pero, ¿cómo la llevaba?”, recordaría Pinochet.

El desabastecimiento comenzó a asolar Iquique, la población formaba largas colas y pasaba la noche fuera de los locales para comprar pan a la mañana siguiente. En el Ejército, el aprovisionamiento estaba asegurado. Lucía aprovechaba esta ventaja comparativa para hacer trueque y conseguía huevos frescos a cambio de una parte del pan que recibía.Sin embargo, estaba ansiosa. Quería volver a la capital. Presionado, Augusto decidió que era hora de ponerse a estudiar para obtener el grado de Oficial del Estado Mayor. Para eso, tenía que aprobar un curso de la Academia de Guerra. Estaba nervioso e inseguro de poder lograrlo, pues se había eximido del curso paraascender a Teniente y no había demostrado todavía que podía. Lucía aspiraba a que su marido estuviera entre los mejores de la clase, para que tuviera la oportunidad de postular a las mejores destinaciones, mientras lidiaba con la difícil vida doméstica, lavando pañales de género y atendiendo los accidentes que con frecuencia sufría su hijo menor —en una ocasión setragó casi un frasco de aspirinas y, en otra, se afiebró por comertorta en contra de la prohibición que tenía de ingerir harina—.Tanto tiempo le dedicó al estudio Pinochet que sufrió un “surmenage”(que era como se le decía en aquella época al estrés) y fue obligado a permanecer en reposo absoluto por diez días. Para empeorar las cosas, por esos días Lucía le anunció que esperaban un tercer hijo.“Cuatro días antes de viajar a Santiago, vi que se llevaban los muebles de comedor. Le pregunté a mi mujer qué pasaba,a lo que ella respondió: ‘Usted va a salir bien y nosotros nos quedaremos en Santiago en nuestra casa, el dinero que obtengamos nos permitirá adquirir todo lo que hemos vendido en Iquique’. No quise discutir, pero me había pasado como con las naves de Hernán Cortés, cuando las quemó”, relataría el agobiado marido.Pinochet consiguió que se le permitiera viajar en un avión institucional desde el aeródromo de Cavancha (entonces conocido como Chucumata), con toda la familia.

Schwager, un castigo
Lucía se quedó en Santiago y su marido regresó a Iquique mientras esperaba el resultado de las pruebas para entrar a la Academia de Guerra (geografía era la materia con la que el aspirante sentía más afinidad, pero temía a topografía, conducción de combate y el método para la apreciación de situaciones tácticas).

En el norte lo sorprendió la dictación de la Ley de Facultades Extraordinarias, conocida como la “ley Maldita”, con la que el gobierno de González Videla declaró ilegal al Partido Comunista que, hasta entonces, formaba parte de su gobierno. Pinochet fue enviado a Pisagua a resguardar el campo de prisioneros, por la intervención de su suegro ante González Videla. Era, en ese sentido, un enviado del Partido Radical a la zona.

Aunque Osvaldo Hiriart era amigo de González Videla, la Ley Maldita no fue bien recibida en su familia. Uno de sus hermanos menores y más queridos, Oscar, médico radicado en Quillota, militaba en el Partido Comunista. Pinochet, más allá de sus interpretaciones posteriores, relata haber tenido un trato respetuoso y considerado con los prisioneros comunistas en Pisagua. Allí estaba cuando se enteró de que había sido aceptado en la Academia de Guerra, aunque obtuvo las peores calificaciones de su promoción —en sus palabras, “resulté ser el oficialmenos antiguo del curso”—. Lucía respiró, sin embargo, aliviada. El curso de Estado Mayor duraba tres años y eso la tranquilizaba.Tendría a su tercer hijo en Santiago y estaría cercade sus padres.O al menos eso deseaba. María Verónica nació el 3 de marzo de 1947. Augusto permaneció en Pisagua hasta febrero de 1948. A su regreso, entró a estudiar en la Academia de Guerra. Recién comenzado el curso, no obstante, recibió una llamada del director de la Academia: “En forma muy breve, me transmitió una orden de la Superioridad Militar que me destinaba a una misión en las minas de carbón de Schwager dependiendo del Regimiento No. 9‘Chillán’. Dicha disposición había tenido en cuenta que era el oficial menos antiguo del primer año, y en consecuencia de la Academia, y que bien podía retrasar un año más mis estudios (…) Se me aclaró que se conservaba la vacante para regresar el próximo año al mismo curso. Como soldado sólo cabía acatar la orden, y naturalmente me dispuse de inmediato a cumplir la misión”, recordaría Pinochet. El mal desempeño en las pruebas de ingreso lo dejaba sin derecho a chistar siquiera.Lucía recibió como una condena la nueva destinación.“Cada cambio es un incendio. Todas nuestras lozas están truncas, todos nuestros muebles sin patas”, recordaría ella tiempo después.

Su primera casa fue el segundo piso en una residencial chillaneja. Los niños Augusto y Lucía corrían un día por la habitación y el padre, tratando de calmarlos, los tomaba de los brazos, lo que a ellos les causaba mayor gracia y reían alborozados. Lucía, la paciencia colmada, comenzó a gritar.“Días después observé que las dueñas de la residencial me miraban con curiosidad. Averiguando, supe que me miraban, así por las respuestas que habían dado mis hijos cuando estas damas les habían preguntado la causa de los gritos de ese día y a los niños se les ocurrió responderles que la ‘mamá le estaba pegando al papá’. Estas señoras insistieron en el porqué y los dos niños les contestaron que era costumbre que la mamá le pegara al papá”, relató Pinochet en sus memorias.Poco tiempo después, María Verónica tuvo una infección ocular que Lucía usó como excusa para regresar a Santiago.

Luego decidió esperar en el fundo de su padre, Santa Ana de Queri, a que su marido terminara de arreglar la casa que había arrendado en Chillán. Tuvieron todavía un último desencuentro en aquellos años sin telefonía celular, pues cuando Lucía regresaba del fundo no encontró a su marido en casa. Había sido llamado a campaña y el telegrama que le avisaba a su esposa no llegó a destino.“Por primera vez la vi sufrir”, recordó después Pinochet.29 Cumplida la misión en Schwager, la familia pudo regresar a Santiago y Augusto retomó sus estudios en la Academia de Guerra. Lucía, algo más aliviada, esperaba que los avances en la carrera de su marido compensaran los sacrificios que habían vivido hasta entonces. Ser esposa de un militar, gustaba ella de decir, era “estardispuesta a afrontar muchos sacrificios, amoldarse a la disciplina y sobriedad, que caracterizan la profesión de nuestros maridos. Los cambios continuos de residencia que afectan a los niños en su vida escolar, y de convivencia, todo eso pierde importancia en beneficio de la carrera profesional de ellos”.

No obstante, la distancia con su marido siguió enanchándose, pues él siempre consideró que el papel de su esposa era simplemente administrar la casa y criar a los hijos, para que él pudiera avanzar en la carrera. Los estudios no le resultaban cosa fácil y se pasaba el día entero en la Academia de Guerra, ignorante o indiferente a los dolores que ella acumulaba. “Yo creo que la mujer del soldado (…) es muy atípica, especial; tiene el concepto claro de que ella es la que está administrando el hogar porque su marido está preocupado de otras cosas que son parte de su vida”, reflexionaba Pinochet en una entrevista en profundidad con María Eugenia Oyarzún.Y a Malú Sierra diría en 1974: “Desde que me casé, a la fecha, creo que tengo veinte traslados; nunca he recibido una queja de ella. A veces desaparecía por razones de servicio ysiempre lo ha aceptado de muy buen espíritu. Y he estado meses fuera. Cuando estuve en la Academia de Guerra prácticamente fueron tres años concentrados y ella se sacrificaba igual que yo”.

Interludio en Arica
En 1952 fue electo Carlos Ibáñez del Campo como Presidente, esta vez por las reglas democráticas. Osvaldo Hiriart temió que regresara el talante dictatorial de sus primeras administraciones y transmitió ese miedo a toda la familia, incluyendo a Pinochet. “De acuerdo con la campaña preeleccionaria, todos pensamos que venía un ordenamiento político severo y hasta tal vez dictatorial. Pero no pasó más allá del retiro de numerosos Generales de Ejército y el país continuó en forma normal en lo referido a materias políticas”, relata el general en sus memorias. Al día siguiente de la elección de Ibáñez, Pinochet pidió ser trasladado, en cuanto fuera posible, al norte. Probablemente, especula Gonzalo Vial, para escaparse nuevamente de las intrigas políticas en que se veía sumergida la oficialidad en Santiago y que costaban, a los bandos perdedores, más de alguna carrera.

Estaba en el lugar 43 entre los capitanes y el ascenso se veía lejano, pero el oficial quería asegurarse expresando a sus superioressu disposición a ser enviado a provincias. La precaución le permitió conseguir un cupo en Arica. En marzo de 1953, la familiacompleta abordó un buque hacia el norte. Lucía contrató a una empleada, Alicia, que los acompañó y quien se haría cargo delos niños. Seis días después fueron recibidos por las esposas de los oficiales del Regimiento de Infantería No. 4 Rancagua. Estavez, la casa nueva que habían arrendado con anticipación estaba disponible para su uso inmediato. Con la ayuda de Alicia, Lucía no tuvo problemas en ordenar y disponer de su casa, e iniciarprontamente y como no había logrado hasta entonces, una nutrida vida social. Los matrimonios de oficiales se turnaban para organizar recepciones en cada una de sus casas, salían juntos a paseos a la playa, los fines de semana cruzaban a Tacna y compraban a precios incomparables víveres, ropa, adornos para la casa. A Pinochet se le asignó un vehículo fiscal.“Con la iniciación de las funciones profesionales y la instalación en la casa habitación se iniciaba un nuevo periodo en mi vida militar, que creo fue uno de los más felices de la carrera y que jamás lo han olvidado mis tres hijos mayores y mi esposa”, relata Pinochet en sus memorias.

“Estábamos recién instalados en nuestra casa cuando fuimos visitados por la mayoría de los o!ciales casados del Regimiento, visitas que devolvimos conforme al protocolo que se practicaba en esos años. Además, recibimos la visita de antiguos amigos que conocimos en Iquique y que ahora vivían en Arica”, recuerda.

Lucía había dejado de ser aquella chiquilla candorosa que se casó con Augusto. Los tres partos sucesivos habían hecho estragos en su cuerpo, pero aquel aire tibio, el mar, el paisaje tan parecido a su natal Antofagasta, las amistades, los viajes aunque no fueran más largos que cruzar la frontera, revivieron en ella las ilusiones y las fantasías de un matrimonio ideal. La vida se parecía a aquella infancia en Antofagasta o en San Bernardo, en que sus padres y sus parientes eran personalidades infuyentes, por sus rangos y su pertenencia a los clubes sociales de las elites provincianas. En Arica, Augusto se incorporó al Club de Leones y llegó a formar parte de su directorio y Lucía se integró al “comité de damas” de la misma institución.

“Los miembros del directorio (del Club de Leones) nos reuníamos los martes a tomar una taza de té o un café y a conversar sobre cómo ir en ayuda de las personas de menores recursos de la zona de Arica. Además, una vez al mes hacíamos una comida ‘leonina’ que en algunas ocasiones se efectuaba con esposa”, recordaría Pinochet. Los domingos, “después de misa”, oficiales y civiles se reunían a tomar un aperitivo y a “comer una empanada de horno en el Hotel Pacífico. En las tardes, salíamos a las playas, especialmente a la de Las Machas”.En aquella época bastaba con frotar los pies en la arena para sacar los moluscos. Cuando Pinochet ascendió a mayor, fue agasajado en “varias reuniones sociales”.

Una larga visita de su suegra no alcanzó a ensombrecer el optimismo de Lucía, pues pudo dejarla a cargo de sus hijos para viajar con su marido a Bolivia, donde vivía una cuñada suya. El viaje en avión les permitió conocer La Paz y Cochabamba. Al final de aquel idílico período, Pinochet fue destinado a la Academia de Guerra, como instructor. Lucía y Augusto fueron despedidos en numerosos eventos sociales. Volvió el rito de los embalajes, pero ella estaba alegre. Su marido estaba ascendiendo. Los ingresos familiares mejorarían y en Santiagopodría reunirse con sus padres. La vida comenzaba a sonreír.

Nubarrones
Al llegar a Santiago, Lucía descubre con disgusto que la casa que habían comprado en calle Ortúzar, en Ñuñoa, había sido maltratada por los arrendatarios, y exige a su marido que la refaccione y que renueve el baño y la cocina. “Además la pintamos, lo que nos hizo pasar incómodos todo el resto del mes de marzo (de 1954)”, recordaría Pinochet.Augusto fue matriculado en un colegio particular, que quedaba cerca de su casa, y las niñas en Las Monjas Carmelitas. Pinochet comenzó a hacer clases de Geografía Militar en la Academia de Guerra del Ejército y, otras horas, en la Academia de Guerra Aérea. Además, aceptó poco después un cargo de ayudante en la Subsecretaría de Guerra. Los fines de semana el matrimonio descansaba en un fundo en Melipilla que compró el padre de Lucía. Y, como los ingresos habían mejorado, ella demandó nuevas remodelaciones de la casa: le añadieron un dormitorio y un comedor.Cuando comenzaba 1956, se le informó a Pinochet que había sido escogido junto a otros seis oficiales para fundar la Academia de Guerra en Ecuador. Era un reconocimiento a su labor docente, pero al mismo tiempo, una gran oportunidad económica.“En los primeros días de marzo fui designado por el DecretoSupremo (R) No. 776, a la Misión Militar de Chile en los Estados Unidos, a fin de que me desempeñara en comisión de servicio como Profesor Militar en la Academia de Guerra de la República del Ecuador, a contar del 1º de abril”, recordaría él.

La familia emprende un nuevo viaje en barco. Lucía tiene 32 años. La mayor de sus hijos es ya una adolescente esbelta y bella, que a sus 12 años luce mayor; Augusto tiene 10 y Verónica,8. Han pasado los angustiosos primeros años en que los niños demandan atención permanente y no ha llegado todavía la conflictiva adolescencia. Todos sonríen en la fotografía que retrata la travesía. Lucía madre, al fin cumpliendo el sueño de un viaje al extranjero a un país no fronterizo, viste un alegre vestido floreado. Su marido, impecable en su uniforme, la abraza discretamente. Nada hace presagiar la ruptura.

Tormenta en Ecuador
¿Cuál fue la primera infidelidad de Augusto? ¿Cuándo se disipó la devoción que sentía por aquella chiquilla de San Bernardo de mirada fresca y rostro infantil? ¿En qué momento de esos primeros y difíciles años él se atrevió a cruzar la barrera del simple firteo y se animó a invitar a otra mujer a pasar un rato, una noche con él? Imposible saber ahora si fue durante las primeras y largas estadías fuera del hogar; si fue en aquellas horas de “cantina” en que los militares dan rienda suelta a laspasiones reprimidas durante la semana, protegidos por el más estricto código del silencio, o si sólo en Ecuador, envalentonado por la distancia que lo separaba de Chile y de los suegros, y estimulado por primera vez por una cierta holgura económica que le permitía agasajar a otra mujer, Pinochet, cumplidos los 40 años, se atrevió.

Ya antes de partir estaba entusiasmado el capitán con esta destinación. Le encantaba la idea de recibir un sueldo en dólares —“hojas de lechuga”, como le gustaba decir—. El sueldo de oficial chileno, que se mantendría intacto, iba a ser suplementado por $60043 dólares que pagaría Ecuador, más la asignación de un vehículo para su uso. Ya había decidido antes de llegar que no arrendaría un departamento amoblado como pensaban hacer algunos de sus colegas. El embarcó en Santiago los muebles esenciales e iba decidido a encontrar uno vacío que le permitiera ahorrar el máximo de dinero.

El arribo, como siempre, fue difícil para su esposa. La familia se quedó en el segundo piso de una residencial, pero apenas llegados las dueñas del lugar, que habitaban el primer piso, se quejaron de la conducta de los niños, que se encaramaban en el alféizar de las ventanas y amenazaban con destrozar todo. Tres días anduvieron Lucía y Augusto buscando un departamento que le agradara a ella y que estuviera en el rango de precios que él se disponía a pagar,44 hasta que llegaron a una casa en Carrión 445.

Esta era pequeña y la más modesta de los alrededores, pero estaba en un barrio en que habitaban prominentes representantes de la alta sociedad quiteña. Augusto comenzó una rutina de clases durante el día a la oficialidad ecuatoriana, que comenzaba a las 7 de la mañana. Por darle el gusto a su mujer, que anhelaba verlo convertido en abogado e intelectual respetado, como su padre, continuó los estudios de Derecho que había iniciado en Santiago, pero sólo consiguió aprobar Derecho Romano y abandonó lo demás. Por la noche, Augusto se incorporó a una intensa vida social, pues la sociedad ecuatoriana no miraba con el mismo desprecio a los militares que la chilena. A Lucía aquella altura y clima quiteños no le sentaban nada bien. Por eso, no siempre lo acompañaba. Su vida transcurría entre llevar a los niños a los colegios católicos en que los inscribió y los paseos de los fines de semana que hacía con ellos y con su marido. Una empleada contratada para ayudarlos se hacía cargo de las tareas domésticas, pero ella no sabía qué hacer con el tiempo libre y le costaba encontrar actividades para llenar su día.

Nunca fue buena para madrugar, ni para leer, ni para disfrutar de la música. Se levantaba tarde, como siempre, y se pasaba el día en actividades de la iglesia cercana a su casa o con las esposas de los otros oficiales chilenos. Se sentía sola. Paulatinamente, comenzó a darse cuenta de los cambios en el carácter de su marido. Augusto comenzó a rebelarse, perdió la docilidad y la sujeción a sus demandas y ella, las armas para detenerlo.Por primera experimentó el lacerante dolor los celos. Y lo peor era que él se había vuelto inmune a sus gritos y requiebros.

Personas que conocieron al oficial en aquella época sostienen que en Ecuador el militar tuvo más de un afaire (los periodistas Claudia Farfán y Fernando Vega, en su libro La familia, mencionan a Mercedes Calisto y a Leonor Rosales como dos de las conquistas de Pinochet en Quito, mujeres que compartían la característica de ser divorciadas, extravertidas y parte de la socialité ecuatoriana), pero no hay duda de que de una de esas mujeres se enamoró, al punto de haber estado dispuesto a romper con todo: ella fue Piedad Noé.Aunque su nombre no figura en Camino recorrido, ni tampocoes abordado en la biografía de Gonzalo Vial, éste desliza el tema de forma sutil, revelando la hostilidad que sentía Lucíahacia las ecuatorianas: “En la mañana muy de velo y misa; en la tarde,firteando descaradamente con maridos ajenos”, decía.46A mediados de 1957, Lucía sufrió la terrible revelación de que Augusto amaba a otray había perdido el pudor y el deseode ocultárselo. Decidida a dar la guerra, recurrió a la ancestral táctica de atarlo con un nuevo hijo.A fines de ese año descubrió que estaba embarazada, pero la noticia no surtió el efecto esperado en su marido, quien no detuvo su relación con Piedad.

Un ex diplomático, asignado en ese tiempo a Ecuador develó “que en realidad Lucía, enferma de celos, abandonó a su marido en Quito, dejándolo en brazos de su nueva conquista”y que durante los casi tres años que Pinochet desarrolló sus funciones militares como si fuera soltero, Lucía lo visitaba sólo de vez en cuando, en las vacaciones, con sus hijos.Lucía no tenía amigas en las que confiara tanto como para contarle sus dolores. Sus padres, quienes siempre fueron surefugio,probablemente iban a reprocharle, particularmente su madre, que se hubiese casado con un militar. Estas eran las consecuencias de aquella decisión de adolescencia que no tenía cómo revertir. Agobiada por la rabia y la vergüenza de la afrenta, con el orgullo de niña mimada magullado y el cuerpo engordándole como para recordarle que había otra, más bella, elegante y esbelta robándole al marido, Lucía decidió regresar a Chile, sin revelar a nadie las verdaderas razones de su abrupta partida. Todavía tenía un as bajo la manga: si denunciaba a Pinochet a sus superiores, sin duda estropearía para siempre su carrera. Los militares chilenos eran muy estrictos en sus códigos de conducta moral y ni los divorciados ni los solteros empedernidos podían llegar muy lejos. El temor a perder su carrera, calculaba, lo haría recapacitar.

Marco Antonio y Jacqueline
Antes del nacimiento de Marco Antonio, Lucía había sufrido varios abortos espontáneos. Este hijo no quería perderlo. Se quedó en cama siete meses, en casa de sus padres, en parte para evitar perderlo, en parte porque estaba enferma de pena y rabia.En Ecuador, Pinochet continuaba su relación con Piedad Noé, con la anuencia de su madre, Avelina Ugarte, quien viajó a Quito para acompañarlo cuando se enteró de que Lucía lo había abandonado. El 26 de agosto de 1958 nació en Santiago el cuarto hijo del matrimonio.

Lucía tomó al retoño y viajó a Quito. Por un tiempo, su estrategia surte el efecto esperado. El marido arrepentido le pide perdón y le jura que su relación con Piedad ha terminado definitivamente. Sin embargo, no cumple la promesa. La atracción que le produce la trigueña de ojos verdes, pianista como fue su madre, educada, inteligente, femenina y parte de la alta sociedad, lo supera. Decepcionada, pero no vencida, Lucía regresa otra vez a Chile.

Pinochet se muda a un departamento de soltero en Calle Ríos 2274 y medita en serio sobre la posibilidad de divorciarse de Lucía y quedarse con Piedad. Pero su misión en Quito está por llegar a su fin y el oficial no sabe qué otra cosa podría hacer con su vida. Sabe que no tiene talento para continuar los estudios de Derecho y ya no es ningún muchacho. Aconsejado por su madre decide, casi en el minuto final, que su lugar está en Chile, junto a Lucía. Apenas regresa promete, mintiendo,que aquel amor devastador ha quedado en el pasado. En el rito de la reconciliación, Lucía resulta embarazada otra vez: en septiembre de 1960 nace Jacqueline Marie. Lucía Hiriart está a punto de cumplir 37 años y está más opaca, triste y amargada que nunca.

Seguir leyendo