Tiempo Libre

La aguja de Juana

Por Andrea Lagos

Juana Díaz, diseñadora , dice que si no usara la aguja, estaría loca. Así, cose y descose, hace y deshace.

A Michelle Bachelet le hizo un top; a José Miguel Villouta, tres tenidas completas; a Carolina Tohá, un vestido de novia, y a Tulio Triviño, un traje de gala. Cose y descose. Hace y deshace. Anuda papeles. Borda consignas. Si no usara la aguja, dice, estaría en un manicomio o tirando bombas.

Juana junta las hilachas dispersas por su taller. Se desespera si encuentra una hebra suelta por ahí. Cuando no cose, fabrica nudos de papel con boletas, envoltorios de chicle, fundas de cigarrillos, manteles de restaurante, servilletas o cualquier hoja que se le cruce entre sus dedos inquietos. Luego, hilvana estas pequeñas piezas sobre tapices que clava en las paredes de su casa como obras de arte. Así se saca las penas.

Para crear, Juana se inspira en las grandes pinturas de Rafael Sanzio, el renacentista y en el gorro con orejeras del Chavo del Ocho. Su cuaderno de encargos incluye las medidas anatómicas de Michelle Bachelet, de Blanca Lewin para un papel de Juana de Arco, de los vampiros de la película Sangre eterna y de todos los personajes de 31 minutos que asistieran a los Policarpo Music Awards.

Pero, pese a que todos sus clientes aplauden su obra, Juana no ríe. Ni aun frente a un pedazo de carne y palta que pidió en una pastelería donde entramos en asunto.

¿Tú crees que yo vendo? Yo no vendo. ¿Y sabes por qué? Porque mi moda no es la Pilar Jorquera comprándose un vestido para el cóctel. Mi ropa tiene sentido y le otorga dignidad a la gente, al país. Yo entro a un mall o a un supermercado y salgo llorando. No puedo creer que la gente compre ropa del Líder, hecha por esclavos chinos. Yo propongo un fashion terrorism, donde la indumentaria hable de otras cosas, no sólo de moda.
– ¿Hable de qué?
– De actualidad. De protesta estética contra la injusticia. Basta del “dale, dale con el look”. La ropa es un soporte para expresar ideas y descontento. El ser humano podría usar políticamente su vestuario para irrumpir en el mundo y cambiarlo. A mí que me registren- dice mientras se desenfunda de la manta de 1890, heredada, que cubre su cuello.
Juana hace lo que pregona. Dio clases de vestuario a menores reclusos en la penitenciaría hasta que un día los niños presos le robaron la aguja y el hilo y se cosieron la boca para hacer una huelga de hambre.
“¡Tía, tía, aaaahhhhhhhhhhhhh, le cambio los ojos. Tía, tía..!”, dice que le gritaban como queltehues tras las rejas a ella, la de ojos azules antes del macabro plan de protesta.
Recordando la escena, Juana deja de comer del plato que pidió”.
– ¿Vámonos?- sugiere sin tocar ni un cuarto de la carne.

En el camino de regreso a casa, después de despotricar contra los ricos, los pañales desechables y la injusticia, roba una flor Corona de Cristo de un jardín ajeno y reza dramáticamente el Ave María en italiano.
Una vez en su taller abre el cierre frontal de una falda que fabricó con un sistema de cuerdas, imitando el telón de un teatro en la que bordó a mano la consigna El hambre es delito.
Así es Juana. Y si su vida fuera una película ¿cómo sería?

INFANCIA
1973. En una casa, la profesora Alliende (la mamá de Juana) pelea con su marido, el ingeniero Hernán Díaz (el papá de Juana). Afuera, el país donde vive el matrimonio también está en conflicto: la derecha pelea a muerte con la izquierda.

1974. El señor Díaz deja a su mujer y se autoexilia en España. Mediante cartas, se reconcilian. En la península intentan una nueva vida junto a sus hijos Juana y Hernán.

El ingeniero Díaz consigue un piso en un castillo medieval donde viven varias familias. En el primero, la inquilina Nieves discute con su esposo, el señor Bardojí. A su espalda, los niños la bautizan La bruja Nieves, por la joroba y el mal carácter. Hoy -como casi siempre- está de mal humor. La niña Juana Díaz sale a jugar. En el jardín se cruza con la bruja.

-¡¡¡¡¡¡Ve a ponerte un jersey (pronúnciese gerzei) o te mando al cuarto de los ratones!!!!!!- ordena Nieves a Juana quien, asustada, corre por las escaleras hacia su casa. Arriba le pregunta a su madre ‘¿Qué es un jersey?’. Cuando resuelve la duda, baja. Esta vez con su hermano Hernán.
-¡¡¡¡Que vayan a jugar a los pinchos!!!!- ladra Nieves otra vez. Los niños parten a la última terraza que se forma en la ladera del cerro en que viven. Los calcetines de Juana se llenan de pinchos, unas malezas que se clavan en la ropa y arañan las canillas.

Juana y Hernán descubren entre los pinchos una fábrica de telas abandonada. En silencio, como si entrara en una catedral, Juana recorre con sus pequeñas manos, las máquinas oxidadas y los paños olvidados, secos por el tiempo.
-Esta fábrica murió- sentencia Juana y se sacude todos los pinchos que la clavan otra vez. Vuelve a casa. Toma un cuaderno y un lápiz. Dibuja de memoria la fábrica. Le sale bien. Se mete al jardín de la Bruja Nieves. Allí, dibuja el único lirio azul de la comarca. La bruja la pilla.
-¡Te dije que fueras a jugar a los pinchos y que te pusieras el “gerzei”!- ruge.
Juana se va con la palabra jersey en la mente repetida miles de veces. Jersey, jersey, jersey, jersey, jersey.
Hoy, ella cree que ese día se hizo costurera.

JUVENTUD
Cambio de planes. La familia Díaz decide intentar una nueva vida en Londres. Juana soporta el hedor a whisky del chileno que los acoge. El hombre acaba de terminar su matrimonio y pretende anestesiar el dolor con alcohol y televisión. La vivienda pareada que comparte es un legado arquitectónico de los obreros de la revolución industrial. Estarán hacinados hasta que el sujeto también quiere compartir a la mamá de Juana.

Se van otra vez. A Hampstead, un barrio elegante de Londres, con cupo cedido por una familia de exiliados chilenos. En la planta baja Juana ve que dos hombres se aman: Deymond y un escultor judío alemán que había escapado de los nazis.
Más allá, una cabeza humana del porte de un árbol esculpida en piedra trastorna a Juana.

Tiene trece años. Necesita sacarse los vestidos floreados de niña. Le pide de rodillas a su madre un pantalón de tela escocesa negro con blanco. La prenda no la ha visto en ninguna vitrina. Se la imaginó. Se inspiró en los punkys que recién empiezan a transitar y a escupir en las calles de la gran ciudad. El desempleo es feroz.

En una tienda, compra la tela que completa su idea. En casa, la madre desenfunda su máquina de coser y ensaya las puntadas que le enseñaron en el colegio de monjas donde estudió. Juana observa atentamente el tacatacatá de la puntada electrónica. Pide que el pantalón sea ajustado, “un pitillo sin pretina y con cierre al costado, años cincuenta”.

Para completar la tenida, en la ropa usada encuentra unas botas de plástico rosadas con leve taco que combinan con “un chalequito rosa vintage años 60, estilo Jackie Kennedy, abotonado hasta el cuello”.
-Los punky le alaban el look, pero Juana no es punky. Los mod le celebran el estilo, pero Juana no es mod. Es Juana. Escucha Sex Pistols. Se cree la muerte. Y ama Londres.

DESGRACIA
-Juana, nos vamos a Chile.
-¡¡¡¿Pero por qué?!!! Yo no me voy.
Principios de los ochenta. Hay unos tres millones de cesantes en Londres.
Para aumentar las plazas y ocupar a los brazos cruzados, Margaret Thatcher, la dama de hierro, primer ministro de Inglaterra, entre otras medidas económicas, intensifica la repatriación de los inmigrantes. Los Díaz Alliende están en la mira y vuelven al Chile de la dictadura.

Juana entra al Saint John’s Villa Academy. Antes, debe desteñirse sus pelos azules y encontrar el uniforme escolar que dicta el régimen.
¿Debo desteñirme las ideas también? Me niego- jura Juana.
Termina en Patronato del brazo de su madre, inventando un jumper especial, punky, mod, anarquista, lo que sea.

-Compré uno cuatro tallas más grandes de lo que necesitaba. Lo usé sin basta ni cintura. No quería ser una Yayita más de la época. Todas andaban apretadas con minifalda. Yo quería un saco. Era mi manera de protestar. En vez de mocasines, me puse bototos y en la feria encontré un chaleco tejido a mano en multipunto. De blusa me puse unas camisas de cuello redondo de algodón puro que encontré en una tienda hindú. El nylon de las blusas corrientes me hería los poros. Era un bicho raro.

Al cumplir 16 años Juana se fue a vivir sola.
Ocupó una pieza en un departamento de estudiantes ubicado detrás de la fuente de soda El Cuervo, al lado del bar Clandestino, cerca de Plaza Italia. Sus padres, resignados, le ofrecieron una mesada de 17 mil pesos. La estudiante completó el dinero que necesitaba para vivir, trabajando después de clases, como vendedora en la tienda de ropa Palta. Luego fue cajera en Esprit.

Pronto sus compañeros de departamento abandonaban el barco. La escolar subarrendó las piezas a buen precio. Sus costos de vida quedaron en cero y pudo dejar de trabajar regularmente. Ahora, después del colegio iría a la universidad.
Con su jumper estilo saco de papas entró a las clases de Historia del Arte que dictaba Adolfo Couve.

Se sintió grande. Recorrió los talleres de arte husmeando, oliendo, mirando. Así, se enamoró del escultor tartamudo Cacarlitos. En lo mejor de la historia de amor, Juana enfermó de pielonefritis. Cayó grave a la cama. Cacarlitos la cuidó. Después de tres meses, Juana se alzó en gloria y majestad y estudió de sol a sol con el escultor Francisco Gacitúa. Después de un año, renunció. Y se rapó al cero. Cacarlitos también.

-Me puse sus corbatas y mi Cacariño se ponía mis faldas. Pintamos en el living de la casa una bandera chilena en blanco y negro. Los pacos nos detenían para preguntarnos qué pretendíamos.
-Tenían una pinta que se les salía por los ojos- resuelve la diseñadora de prendas a crochet María Inés Solimano, amiga de Juana.

Juana entró a estudiar Diseño de Vestuario en una universidad privada, porque no quería dar la Prueba de Aptitud Académica. En la escuela, en vez de interesarse por las telas, se obsesionó con las entretelas. Dio vuelta chaquetas, descosió faldas e indagó el revés de los abrigos negros.
-Juana, la loca- cuchilleaban los del lugar.

Y se embarazó. No de Cacarlitos, sino de Isidro, un violinista que la hizo entrar en vereda. Tanto, que la loca Juana se convirtió en una adorable dueña de casa.
A su hija Alicia la cuidó con dedicación extrema. Sacrificadamente.

“No salía ni a la esquina- describe Juana- y me entré a desesperar. Me sentí sola en una rutina doméstica del demonio. Dormir, levantarme, hacer la cama. Dormir, levantarme, hacer la cama. ¿Sólo por que él traía la plata? ¿Por qué, si el huevón también dormía ahí? Terminaba de poner las sábanas a patadas, llorando. Me había convertido en todo lo que no quería ser”. Después de ventilar 700 veces la cama, se separó.

-Sentí que toda mi vida no había servido para nada. Agarré a mi hija y empecé a deshacer la ropa. Mi ropa. Costura a costura, pieza por pieza. Descosí todo lo cosido. Y con las hebras aún en las manos me largué por las calles a recitar poemas. Me calmaba.

Hoy, el vestigio de ese desarme y algunos poemas bordados en gran formato cuelgan en las murallas de su casa, como un tapiz de su historia personal del dolor.

En los últimos años, Juana ha seguido cosiendo y atando papeles frenéticamente. Además, se muerde la lengua y hace producciones de moda con ropa de mall para varias revistas chilenas. Paralelamente, dicta clases en el Inacap y en su casa tiene el taller Ropa Para Uno Mismo. Entremedio vació su clóset y regaló todo, menos un abrigo de terciopelo manga murciélago.

De la limpieza, su hija no quiso heredar nada porque le gusta la ropa de Falabella y las poleras Nike.

Cansada de urdir contra la corriente, Juana se toma la cabeza con ambas manos y cierra los ojos.

 

#Tags

Seguir leyendo