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10 agosto, 2016
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La dura compasión

El último suceso editorial, Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara), confirma otra vez que las escritoras norteamericanas son una división mayor. La crítica y los lectores se rinden ahora ante Lucia Berlin (1936-2004), que escribió cuentos sobre su vida aventurada y difícil, y que suenan a Chéjov y a Proust, y a toda su gran estirpe.

Por: Marcela Fuentealba


Paula 1206. Sábado 13 de agosto de 2016.

En el prólogo de esta selección de cuentos, la famosa escritora Lydia Davis concluye: “Podría citar casi cualquier fragmento de los cuentos de Lucia Berlin, por pura contemplación, por puro goce, pero aquí va un último predilecto: “¿Qué es el matrimonio, a fin de cuentas? Nunca lo he sabido muy bien. Y ahora es la muerte lo que no entiendo”. No exagera: cada frase es memorable. Otra cualquiera: “Ay, qué no haríamos por un poco de comprensión”. O: “¿Cómo va a actuar de Lady Macbeth si la inquieta la sangre de su menstruación?”.

Sagaz, mordaz, siempre atenta a la verdad para que no se esconda, Berlin escribió pegada al flujo de la vida, con sangre en las venas, cruda y directa. Son cuentos autobiográficos, que tienen mucho de ficción pero son todos verdaderos: Berlin odiaba lo falso y amaba el ritmo, el desgarro, la sorpresa. Se crió en minas entre Alaska y Montana –el recuerdo de un amor de infancia es uno de estos cuentos–, hasta que a su padre, que trabajaba para Anaconda “y para la CIA”, lo destinaron a Chile. De ahí viene Buenos y malos, relato preclaro y feroz sobre la miseria y el idealismo que vivió cuando era alumna del Santiago College.  La niña bonita que toma vermú y baila entre la canchas de golf y de polo, parte los sábados a conocer “revolucionarios”, a unos basurales y orfanatos, con la profesora gringa desubicada que quiere cambiar el mundo.

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Un día deben ir a una reunión de campesinos: la joven le advierte a la profesora que no se vista de ese modo (solera rosada, sin sostenes, peluda), pues se da cuenta de que se reirán de ella. Terminan lejos en las afueras de Santiago, en un asado donde todos están borrachos; la profesora está alegre y al final es ultrajada. Lucia le había advertido: la acarrea y la despide desde un taxi. Al llegar a casa le dice a su papá que es comunista. Nunca más sabe de ella.

Berlin vivió en Chile donde fue alumna del Santiago College. De ahí viene el cuento Buenos y malos, sobre la niña bien que va a conocer “revolucionarios” a orfanatos y basurales.

Pero Berlin no es cruel. Su tema es su vida y conmueve con la dura compasión que aplica. Trabajó en urgencias y en hospitales, fue internada siquiátrica; se casó tres veces, se cambiaba de casa casi una vez al año, se volvió alcohólica, mantuvo cuatro hijos con sueldos precarios.

Fue profesora de colegio, operadora, recepcionista, mucama. De su familia habla de la madre agresiva, del abuelo siniestro, del marido ido, la hermana adorada, la prima loca. Todos eran alcohólicos; una reseña advierte que ella fue “una alcohólica inteligente y valiente”, como otras escritoras de su época, de Anne Sexton a Maeve Brennan. La literatura entera de Estados Unidos, masculina y femenina, está bañada o privada de alcohol, sedada o drogada, son sobrevivientes de un sueño terrible.

Berlin publicó cuentos desde los 27 años en revistas y en varios libros de editoriales chicas. Solo hace un par de años sus amigos lograron editar en inglés esta gran selección de relatos. El que da el título, Manual para mujeres de la limpieza, bien puede leerse como una síntesis vivida de la lucha de clases. En otro cuento, también de tono clásico, se pregunta si puede contar a su personaje como Chéjov, en tercera o en primera persona, cómo puede mostrarlo para que sea real. Todo lo que importa está en el pasado, dice alguna de sus viejas, su tía o una moribunda. No hay mucho más consuelo: envejecemos, quedamos solos. Ella escribió y entonces nada queda para el olvido.

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