La vida desechable

Tiempo Libre

La vida desechable

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

Me tocó estar en NY en septiembre de 2016, el día que el iphone 7 salió al mercado, y tuve la oportunidad de presenciar las largas colas que comenzaron la tarde anterior. Cientos y cientos de personas que se agolpaban ordenadamente a las puertas de las tiendas Apple dispuestas a pasar allí la noche. Debo confesar que observándolos, distinguí un ingrediente ‘hermoso’, de ‘comunidad’, casi. Sentimientos ya añejos, como la solidaridad, parecían aflorar de vuelta: “¿Estás seguro que no pasarás frío?, tengo una frazada extra”, “voy por un café a la esquina, ¿quieres uno?”, todos unidos por una causa común, la de ser portadores de la Modernidad, los primeros usuarios del Nuevo Iphone. Yo llevaba en mi bolsillo un Iiphone que me había regalado una amiga hacía un par de años, de una generación tan antigua que ni siquiera a su hijo le interesó, así que pasé calladita, asegurándome de no sacarlo frente a aquellos representantes del futuro.

Pero los Apple fanatics no son los únicos que darían su vida por no quedarse atrás. También están aquellos que antes incluso de que el libro de uno de sus autores divinizados salga al mercado, ya han hecho su orden en Amazon, porque no soportarían la idea de que alguien lo comentara y tener que admitir que aún no lo han leído; o aquellos que ocultan su monopatín eléctrico detrás de unos matorrales para no dejar en evidencia ante sus amigos que el suyo está un par de modelos vetusto; o quienes prefieren quedarse en cama antes de salir a la calle con un par de jeans a la cadera, cuando ahora deben ser a la cintura, o unas zapatillas del modelo que hizo furor el año pasado, pero que ahora huele a rancio, y tantos otros, que de forma menos evidente pero igualmente militante se aseguran de “ir con los tiempos”. Lo sé, estoy siendo irónica, pero es que son justamente ellos quienes me hacen ver lo feliz que soy con mi celular sin pedigrí, o con mi compu que tiene al menos diez años y de una marca que nadie conoce. En él he escrito tres novelas. Es cierto que a veces es un poco perezoso, que alcanzo a lavarme los dientes antes de que esté prendido, es cierto que a veces olvida, hace desaparecer cosas, se apaga intempestivamente, que causa desconcierto -por decir lo menos- cuando en una importante reunión lo saco de su bolsita, pero me ha acompañado tanto tiempo que sería incapaz de botarlo tan solo por pecar de vejez.

Así como algunos sienten un placer indecible cuando van con los tiempos, yo lo siento por quedarme atrás. Aquí, en el mundo de los “trastos”, se respira libertad. Una vez que lo asumes, sientes una oculta alegría cuando alguien te lo hace notar, porque lejos de ser una deshonra, representa una forma de vivir, una resistencia pasiva a la vida desechable. Porque es a eso que nos referimos cuando hablamos de “ir con los tiempos”. A una vida provisoria donde todo es susceptible de ser desechado: los amigos, los amores, las relaciones, los trabajos, porque al fin, siempre hay algo mejor esperándonos allá afuera, en el vasto mundo que avanza por segundo, que cambia por segundo, POR nosotros y PARA nosotros. Una cultura del desasosiego, de la eterna búsqueda por la satisfacción inmediata y perecedera. “Entre la vida y yo hay un cristal tenue. Por más nítidamente que yo vea y comprenda la vida, no la puedo tocar”, dice Pessoa en El desasosiego. Yo no quiero esa vida, yo no quiero ir corriendo al otro lado del cristal en busca de algo que solo se encuentra quebrándolo.

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