Mujeres que matan

Tiempo Libre

Mujeres que matan

Por carla guelfenbein / ilustración consuelo astorga

¿Qué pasa cuando la perpetradora de un crimen es una mujer? Esta es la pregunta que mueve a Alia Trabucco, en su libro Las homicidas. Como señala la autora, “es más fácil imaginar una mujer muerta que una mujer que mata”. Alia recorre el actuar de cuatro chilenas asesinas del siglo XX. La primera, Corina Rojas, 27 años, fue acusada de asesinar a su marido, David Díaz, 61, ambos miembros de la alta sociedad santiaguina. Es el año 1916. Al principio se acusó a los empleados de la casa, pero pronto fue apareciendo la verdad. Corina se sentía sola, y la diferencia de edad con su marido los hacía pertenecer a mundos diferentes. Era un matrimonio infeliz. En estas circunstancias, Corina se enamoró de Jorge Sangts, un misterioso profesor de piano. Quieren vivir juntos, casarse. Pero el marido es un impedimento. Es así como Corina, con la ayuda de su amante, contrata a un asesino y el crimen es perpetrado. El segundo caso es el de Rosa Faúndez. Es el año 1923. Un limpiador de alcantarillas encuentra a las orillas del río Mapocho la pierna de un hombre. La policía halla otras partes de un cuerpo en diferentes sitios de la ciudad, hasta constituir el de un hombre: Efraín Santander. Al poco andar descubren que la autora del crimen ha sido su mujer, Rosa Faúndez, suplementera, quien vive en una cité en uno de los barrios más pobres de Santiago. Rosa es grande, de contextura fuerte y mirada apagada. Una mujer que ahorcó a su marido alcohólico con una cuerda, descuartizó su cuerpo y luego lo ocultó en diferentes partes de Santiago. El tercer caso es el de María Carolina Geel, escritora. Es el año 1955. Una tarde María Carolina se reúne a tomar el té en el elegante Hotel Crillón con Roberto Pumarino, un hombre joven, y viudo, con quien mantiene una relación hace cinco años. Bajo las titilantes lámparas de lágrimas, Carolina Geel saca un revólver de su cartera y le dispara. El cuarto caso es el de María Teresa Alfaro, empleada doméstica en la casa de Magaly Ramírez y Sergio España, en Buin. Son los años 60. Tres veces se queda embarazada María Teresa, la Teté, la dócil nana de la casa, y tres veces debe abortar para que no la echen de la casa. Los tres hijos que luego ella misma le arrebata a su patrona (además de su madre), envenenándolos con media pastilla de estricnina mezclada en la leche y alimentos. La policía tardaría años en descubrir que los tres bebés muertos y la madre de Magaly fueron envenenados, tan perfecto fue el crimen de la Teté. Cada una de estas mujeres fue juzgada en su tiempo. Corina, la esposa joven, es tildada de apasionada. Rosa, la suplementera, a pesar de su exhaustiva confesión, a nadie convenció que hubiese sido capaz de cometer un crimen tan complejo. María Carolina, la escritora, es diagnosticada con una afección siquiátrica. Y a la Teté se la acusó de haber cometido sus asesinatos por celos a su patrona. Ninguna fue fusilada ni murió en la cárcel. Las tres primeras fueron indultadas, y la Teté cumplió su condena y luego volvió al mundo. Cada una de ellas representó en el imaginario social un personaje que la alejó de la figura de una cruel e impune asesina. Pasión, demencia, celos, inhabilidad. Aceptar que las mujeres pueden matar con la misma impunidad que un hombre es desmontar los cimientos que sostienen la sociedad. La mujer debe permanecer confinada a su imagen: pasiva, prudente, compasiva, sacrificada, generosa. Como inteligentemente concluye Alia Trabucco: “Fusilar a una mujer homicida implica admitir una realidad que la sociedad se ha empeñado durante siglos en negar: que las mujeres somos responsables de nuestros actos, por muy descarnados que estos sean”.

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