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3 noviembre, 2016
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Nora Unda: la mujer de la plasticina

Aunque siempre se había dedicado a la pintura, esta artista visual sufrió de un cavernoma cerebral que le hizo replantearse su camino. En plena recuperación tomó plasticina y les dio relieve a sus dibujos. Convertidas en esculturas, resultaron en series de aves, animales, corazones y figuras que aparecen en sus sueños, llenas de color y vitalidad.

Por Josefina Hirane / Fotografía: Carolina Vargas


Paula 1212. Sábado 05 de noviembre de 2016.

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Unda es licenciada en Artes con Mención en Escultura de la Universidad de Chile.

Un día de enero de 2012 Nora Unda, artista visual con mención en esculturas en bronce y aluminio, entonces de 29 años, tuvo un sueño, un viaje místico que recuerda como “extremadamente placentero”. En un gran mandala, con fractales que se agrandaban y achicaban, estaban enmarcados momentos de su vida, imágenes de su niñez y otras cosas desconocidas e incluso inentendibles. Cuando estaba llegando al centro del círculo, vio una luz blanca y se abrieron las puertas de una sala muy iluminada. “Me iban llevando en una camilla. Me empecé a ver desde los pies hasta la punta de la cabeza. Me estaba desdoblando, me estaba yendo de mi cuerpo. Me di cuenta de que me estaba muriendo, y dije: ‘No. Tengo que volver, tengo muchas cosas que hacer todavía’”. La imagen se fue a negro y cuando despertó, ocho horas después, estaba en la UCI, saliendo de un coma. Había llegado hasta ahí inconsciente tras convulsionar. Le diagnosticaron una malformación intravenosa en el cerebro.

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Unda moldea sus esculturas con la técnica del “plumaje”, que aprendió de su mamá, quien hacía aves de cerámica en frío.

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Esa era la razón de las constantes jaquecas que sentía mientras trabajaba de vendedora en una tienda en un mall y que continuaban cuando llegaba a su casa a pintar, cansada, casi sin inspiración. Estuvo ocho días hospitalizada, en los que tuvo que hacerse la idea de que la operarían del cerebro y que su vida podía cambiar. “El doctor me explicó que el cavernoma (malformación) estaba en el hemisferio frontal derecho, que controla las emociones. Me dio mucho miedo porque como artista trabajo con las emociones. Pensé que quizás nunca podría volver a pintar. Capaz que se me olvidara crear y tuviera que dedicarme a otra cosa. Dibujé un gran autorretrato que no coloreé, a modo de despedida”, dice. Pero a los cuatro meses de la operación volvió a tomar el lápiz. Intentó dibujar ese mandala que había visto mientras estuvo en coma. Le resultó. Le faltaba color, pero no quería pintarlo, estaba aburrida de esa técnica. Entonces tomó la plasticina que tenía en su taller y que usaba para bocetear esculturas, y empezó a colorear con ella, dándole relieve a la figura. “No podía creer lo que estaba viendo, lo lindo que quedaba, lo fácil que me salía. Estaba encontrando mi propio lenguaje, al fin. Era algo mío, absolutamente personal, no se parecía a nada de lo que había visto en mis colegas”.

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Estuvo durante una semana casi sin salir del taller, practicando la técnica, afinándola, probando con distintas figuras y mezclas de colores. Empezó con imágenes de aves, que resultaron en ocho cuadros que constituyeron su primera serie de obras. “Con lo que me pasó en el cerebro se me sintetizó la memoria. Una de las pocas cosas que recuerdo de mi niñez, es de mi mamá trabajando en sus esculturas de aves. Era profesora de matemáticas y en sus ratos libres hacía aves en cerámica en frío. Nunca quiso enseñarme la técnica, pero sin quererlo empecé a imitar su técnica del plumaje, que consiste en modelar pelo por pelo, bien delgado, y luego unirlos todos”, explica. Después vinieron cuadros de corazones, de animales, de naturaleza, de imágenes que se aparecen en sus sueños. Todo relacionado con la vitalidad. Modela la plasticina con sus manos y a veces se ayuda con tijeras y cuchillo cartonero para darles distintas texturas. Trabaja la técnica del plumaje de aves en todas las figuras, pelo por pelo, detalle por detalle. Al final esmalta con cola fría algunas zonas para darles más brillo. Este trabajo la llevó a ser parte del staff de la galería Madhaus, del Barrio Italia, y sus obras también se venden la tienda Bonita, en Lastarria. Consiguió el auspicio de una marca de plasticina, lo que la ha ayudado a abaratar costos y poder crear al menos un cuadro por semana. Ahora está trabajando en una serie de alimentos, que espera mostrar en una exposición individual a comienzos del próximo año y que se salen del cuadro. Son esculturas sin enmarcar. “La comida es lo que nos hace vivir: pura vida. Lo que quiero es que mi obra dé la vuelta completa. Que sea un círculo perfecto, muy redondo”.

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