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10 febrero, 2017
orla

Perderse para encontrar

La poeta valdiviana Antonia Torres (1974) debuta en la novela con Las vocales del verano (Random House), un viaje a la playa de la infancia que se transforma en un encuentro fascinante consigo misma, la historia privada y colectiva del paisaje, el sexo y la muerte.

Por Marcela Fuentealba / Fotografía: Lorena Palavecino


Paula 1219. Sábado 11 de febrero de 2017.

Días de soledad total que llevan a comprender de nuevo los lugares y personas que forman la propia historia. Encuentros casuales que terminan en una aventura sexual que reconfigura el deseo y el goce. Un cadáver que recapitula el pasado traumático de Chile y trae de vuelta a un padre muerto. La acción y reflexión sin pausa marcan el calmo compás de esta novela de Antonia Torres que permite acceder a la construcción de un yo.

La mujer que cuenta su vida es una intelectual que se lamenta de “pensar tanto”. ¿Te parece que ese predominio de lo mental es una forma de defensa?
Es cierto, es muy de intelectuales: nuestra pretensión o esnobismo. Pero la verdad, a ella le cuesta serlo. Pasa semanas sin poder escribir lo que se había propuesto (no se sabe si un texto científico, literario o de otro tipo). Su excesiva autoconciencia la abruma y hasta se ríe de sí misma por eso. La supuesta defensa del intelecto es un mecanismo muy moderno (en el sentido de la Modernidad como proyecto político-filosófico) de sobrevivencia y de sentido frente al absurdo y el azar. Por eso las vanguardias históricas emplearon justamente el absurdo y el azar como armas en una época en que la Modernidad mostraba sus fisuras más profundas (la entreguerra europea). Y tal vez es por eso que a ella le pasan cosas muy locas en la novela.

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La narración es también una exploración potente del deseo sexual, que hace a la protagonista liberarse de trabas y ganar cierto poder.
Sí, la novela elabora una exploración del deseo, pero no me parece que con ello la protagonista gane poder. A través de ello quise hablar de una manera oblicua de la identidad: la individual, la colectiva, la de clase, la sexual. Ella cree ser alguien, cree ocupar un espacio que le es propio; pero todo lo que le ocurre se lo niega, la desestabiliza y descentra. Creo que cuando más esfuerzos hacemos por definirnos, más nos alejamos de saber quiénes somos realmente. La identidad es más bien un proyecto, un sueño de uno mismo.

También aparece el clasismo, que es una cuestión bien fuerte de reencontrar para la gente que ha vivido fuera.
Conozco muy bien el clasismo chileno porque crecí y me eduqué en este país. He vivido y he conocido otros países y realidades donde también existe, claro, pero nunca lo vi tan intensamente expresado en tantos niveles como acá. En Chile es tan importante el reconocimiento social que está lleno de sujetos que, al no poder obtenerlo por vía de la clase (ni menos de la lucha social), son capaces de asesinar o de hacer mucho daño con tal de detentar ese reconocimiento y ese poder a través de las instituciones que supuestamente les aseguren ese prestigio. Vienen del lumpen, moral e intelectualmente hablando, pero ostentan cargos y liderazgos que los “visten” de corrección. Vienen de la clase media y maltratan a sus subalternos. ¡Una locura! Es tan poderoso el clasismo que incluso yo, que también provengo de esa clase media, comienzo a rotear. Allí se expresa para mí dramáticamente el problema de la clase: los excluidos no aspiran a ese poder para transformarlo, sino que lo alimentan y lo hacen desde el abuso. Una forma muy extraña de reivindicación. La clase es un club y a mí me cargan los clubes.

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