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1 diciembre, 2017
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Equipo Paula: recomendados

Desde un jardín escondido en pleno centro de Santiago hasta un mix de buenos datos de belleza y gastronomía. Tres periodistas de Paula comparten sus tesoros santiaguinos.

Por María José Salas


UN JARDÍN SECRETO EN SANTIAGO CENTRO
Por Bárbara Riedemann, periodista

La entrada por calle Huérfanos a la galería comercial Paseo Huérfanos, que se emplaza entre Enrique Mac-Iver y Miraflores, descubre, al final de su pasillo, una alta reja negra. Tras ella, hay una gran figura blanca de la Virgen de La Merced sobre un pedestal de piedra roja. Allí, entre librerías, sastrerías y tiendas de figuras de animé, hay un verdadero oasis citadino: un bellísimo jardín, donde abundan naranjos, camelias, tulipanes, palmeras y parras, entre un centenar de otras especies. El lugar se ha mantenido casi intacto desde que en 1795 se iniciara, por tercera vez, la reconstrucción de la Basílica de La Merced, cuyos primer y segundo templos fueron destruidos tras dos terremotos. Junto al edificio, se construyó otro para alojar el convento de los religiosos mercedarios, quienes pertenecen a la Orden de La Merced y donde hoy funciona el museo del mismo nombre, que reúne el patrimonio cultural y artístico de esta orden religiosa, como muebles, pinturas y objetos de culto. Dentro de estas edificaciones -declaradas Monumento Nacional en 1977- se levanta, a modo de patio interior, este frondoso jardín que impregna al visitante de quietud, con su aroma a flores y donde el sonido de su fuente de agua y pájaros, invita a abstraerse de la vorágine del centro de Santiago. Al jardín se accede con la entrada al museo, que cuesta
$ 500. Lunes a viernes de 10 a 13 y de 15 a 18 hrs. Enrique Mac-Iver 191.

UN RECORRIDO POR LA SERIE DE MURALES DE MUJERES DE JAVIER BARRIGA
Por Carla Alonso, periodista

National Geographic Traveler eligió a Santiago como un destino imperdible para 2018 y el Museo a Cielo Abierto en San Miguel fue uno de los atractivos destacados por la publicación norteamericana en su última edición. Los murales del pintor santiaguino Javier Barriga (30), son parte del patrimonio de esa galería al aire libre de la ciudad y recorrerlos es casi una obligación si uno quiere indagar en este movimiento artístico. El autor sugiere hacer el circuito de manera cronológica -de su mural más antiguo al más reciente- de esta serie sobre mujeres que se encuentran en distintos rincones de la capital:

-Santo Domingo con Miraflores, Metro Bellas Artes: en el centro de Santiago está Ganza, el mural de la mujer de espaldas, rubia, con dos gruesas trenzas que se unen abajo. Barriga -como firma sus obras- lo creó en noviembre de 2015 y fue el primero de esta serie que arrancó por un intento del autor de replicar en la calle lo que venía haciendo en su taller, sobre tela, a menor escala. “Tiene que ver con instalar obras en el espacio público”, cuenta. De 5 metros de ancho por 6,5 de alto, demoró en pintarlo cuatro días, usando spray sobre el muro. Ganza -que está inspirado en una foto de una amiga a la que fotografió en su taller- le empezó a abrir camino: “Hubo harta difusión y buen recibimiento de la obra, y de ahí me invitaron a participar en el Museo a Cielo Abierto de San Miguel”, cuenta.

– Museo a Cielo Abierto de San Miguel, Metro Departamental, calle Tristán Matta: este museo transformó una población del sector en un museo de murales donde hay varios referentes de la escena del muralismo, tanto nacionales como internacionales. Barriga pintó ahí China, una mujer de espaldas, rubia, con trenzas y traje de huasa china. “La mujer chilena promedio no es rubia y quise cuestionar los estereotipos, en un barrio popular. Me gusta sembrar preguntas en el espacio público”, relata el autor. China nació en junio de 2016, después de dos semanas pintando con técnica de spray sobre el muro, brocha y pinceles. “Fue un proyecto de la Fundación Mixart, cuyo director artístico es Mono González, probablemente el muralista más importante de la historia de Chile”, dice Barriga. Para este mural -de 9 metros de ancho por 10 metros de alto- recibió ayuda de personas que querían pintar, previa convocatoria por redes sociales. “Llegó gente de todos lados y tuve hasta 10 ayudantes en el andamio, por día”, agrega.

– Suecia, entre Providencia y Nueva Providencia, Metro Los Leones: en una calle corta y de mucho tránsito está Crista, un mural que finalizó para Navidad de 2016. Sin ser creyente, la coincidencia de la fecha le hizo sentido y de ahí surgió el nombre, una versión femenina de Cristo. “Lo pinté en óleo sobre muro, con pinceles; una técnica que se llama fresco seco, la misma que usó (Leonardo) Da Vinci en La Última Cena”. Trabajó 10 días en una obra que tiene una dimensión parecida a la de Bellas Artes. “Fue la primera vez que trabajé el fondo. Antes eran negros y este tiene una diferencia, un brillo, y visto de cerca aparece la flor de lis, el signo de Florencia, cuna del Renacimiento”, describe Barriga. Ese fondo lo desarrolló junto a Daniel Prado, un amigo artista, quien lo ayudó antes con China en el Museo a Cielo Abierto de San Miguel. Crista fue autofinanciado y autogestionado, e incluyó montar y desmontar andamios todos los días.

– Plaza Las Lilas, Dolce & Salato Caffé, Metro Colón: en un muro que tiene vista desde la calle, aparece una mujer de pelo negro y traje de baño azul, agachándose a recoger un manto. No tiene trenzas pero sí un peinado elaborado. Pileta de agua está pintado solo con spray, es el único de cuerpo completo y también tiene el patrón de la flor de lis de fondo. “Quise hacer un aporte al paisaje urbano, pienso en los colores y en las composiciones. Mi intención es profundizar la mirada, que tenga una atmósfera sicológica, el fin último es activar el espacio público como una galería”. Pileta de agua -de unos 4,5 por 7,5 metros- lo hizo en enero, antes de partir a Florencia, donde estuvo perfeccionando tu técnica en la Academia de Florencia.

*Conoce más de su trabajo en su Instagram: @grasosobremagro

UN MIX PERSONAL DE DATOS POR SANTIAGO
Por Pilar Navarrete

Soy coleccionista de datos desde que, cuando chica, mi temor era perderme en Santiago. Entonces empecé a estudiar el mapa de la ciudad que venía en la guía de teléfonos para saber volver a la casa de mis papás. Aunque nunca me perdí, así desarrollé un súper sentido del radar al que con el tiempo se sumó mi curiosidad de periodista. Solo recomiendo lo que he probado. ¿Belleza? Hace tiempo decidí reemplazar la crema de cuerpo por aceite de almendras que compro en Katmandú, una tienda chiquitita que queda en el Omnium (Apoquindo 4900, of 65) donde el litro, que dura varios meses -y eso que me echo religiosamente todos los días- cuesta $ 15.000. Soy de las que nunca se corta el pelo, pero lo cuido sagradamente con buenos champús. Mi favorito: los de la marca Tigi que compro en SportLine (San Antonio 309), uno de los secretos mejor guardados del centro de Santiago, porque es la tienda que les distribuye a buena parte de las peluquerías que recomendamos en Paula y donde el envase de 750 ml cuesta lo que en tiendas de mall vale el de 250 ml. Las verduras de mi casa las compro en la verdulería El Mosquito, que queda en el mercado de Diego de Almagro (Diego de Almagro 2500, locales 4 y 5, Providencia) porque mi casero Héctor, además de recibirme con su irreemplazable “felices los ojos que la ven por estos lados”, cuida sus verduras como si fueran una joya. Hay gente que alega que es carero, pero no hay mejores paltas que las suyas. Lo doy firmado. Y, además, puedo ir a las 11 de la noche por un tomate y me atiende igual de sonriente que a mediodía. La miel de ulmo la compro en Weleda (Simón Bolívar 4188, Ñuñoa) porque de todas las que he probado es, por lejos, la más rica. Cuando alguien va a mi casa me suele preguntar por qué huele tan rico. Depende del día, pero en cuanto a aceites esenciales me surto en Jardín de Hadas. ¿Para tomar? Soy una amante del té. Lo busco en Productos de Asia, una tienda chiquitita que queda en la Zona Franca, a la salida del Metro Los Leones, porque el dueño es un encanto y siempre se da el tiempo para conversar conmigo, mientras envuelve las rosas en miniatura que le compro para aromatizar el té, donde mi preferido es el verde o de jazmín, que también compro ahí. ¿Para comer? Todo lo que venga de manos de mi amigo el chef Gabriel Layera, con quien comparto mi amor por los pescados y mariscos. Su restorán La Calma (Av Nueva Costanera 3832, local 2), aunque ya no es tan barato como en sus comienzo, es mi favorito no solo porque le importa un pepino la decoración hipster aunque está en Vitacura, sino también porque se centró en lo que siempre conversamos cuando iba a cocinar a mi casa antes de que abriera: que sus platos fueran honestos. Y sé que lo son, porque lo he seguido desde que su restorán era solo un proyecto que conversábamos tomando once en la casa de sus papás, mientras comíamos pan con locos y lapas. ¿Huevos de campo? Los de Marianela que vende a través de Pilgua (@pilgua), la feria de productos orgánicos que se instala cada 15 días en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. No es extraño que sus huevos vengan con dos yemas, al igual que los de la marca La Granja que, cuando no le he encargado a Marianela, compro en el Jumbo porque, además, tienen un precio decente ($ 2.900).

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