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29 noviembre, 2017
orla

Un alfabeto personal

Famosa por compartir lettering y textos en su Instagram, Eleonora Aldea (33) acaba de lanzar Espécimen (Neón Ediciones), un conjunto de honestos textos autobiográficos, estructurados con el orden del abecedario. .

Por Daniela González / Fotografía Carolina Vargas


Paula 1240. Sábado 2 de diciembre de 2017. Especial Navidad.

“Nunca bonita. Guapa. Eso es lo que más me dicen. Que soy guapa. Y no me ofende, no soy ciega. Sé que no soy bonita. Me gusta no ser bonita”, escribe bajo la letra G, de guapa. Para la A, habla sobre Armando, un amor de juventud por el que sufrió muchos años. C para Cristóbal, su marido, y las frases que le dice él al hacer el amor. F, de Félix, su segundo hijo a quien le dedica un texto muy conmovedor cuando nació prematuro. D, de Daniela, su amiga y primera experiencia bisexual.

Quienes siguen a Eleonora Pardo en Instagram (@aldeapardo) saben que esta diseñadora gráfica no tiene problemas en decir lo que siente o piensa. Ni siquiera, por ejemplo, que dos días antes de lanzar su libro Espécimen –convocada por la editora María Paz Rodríguez– se sintió avergonzada por tener la oportunidad que tantos escritores talentosos no tienen, la de publicar. Su texto es igual que ella: sin pelos en la lengua ni tampoco aspavientos. Vulnerabilidad y valentía de una mujer en muchas de sus diversas esferas cotidianas, que termina por redimir al propio lector.

Dónde: 10.000 en librerías.

En exclusiva para Paula.cl, uno de los capítulos de Espécimen:

K

Hay una enemiga dentro mío. Una oscuridad. Una enfermedad. Trato de mantenerla a raya, pero a veces me grita. Me pega. Es violenta, irracional. Me odia. La siento en los pantalones que me aprietan, cada vez más. La veo en las fotos que me sacan otras personas, porque en las que me saco yo misma ya sé qué poses usar. La escucho decirle a mi marido que no; que no meta su mano bajo mi pijama. Que no me toque la guata, que apague la luz si quiere que hagamos el amor. La saboreo en las comidas que sé que no debería estar comiendo.

Mi enemiga se pone frente a mí, cuando me veo al espejo. Me dice que no es suficiente, que nunca es suficiente. Me compara, no sólo con otras mujeres, sino conmigo misma. Ve las fotos de antes y me reprocha no ser así ahora. No entiende que antes yo no había tenido hijos, no le importa que antes lo pasaba mal. A mi enemiga no le importa ser feliz, ser inteligente, tener una familia, tener amigos, tener un talento. A ella sólo le importa la pera chueca, los muslos demasiado gruesos, la piel llena de estrías.

Vivimos en armonía cuando le hago caso. Cuando me convence de que nos conviene bajar de peso. Que
es un tema de salud y de control. Sabe que me gusta estar en control y me escribió un discurso, para toda
esa gente que pregunta por qué quiero bajar de peso (porque todos preguntan, siempre quieren saber) y el discurso dice así:

Me gusta estar en control de mi cuerpo, que la comida no me controle a mí. Necesito controlar la ansiedad que me hace querer comer todo el tiempo. No es un tema estético, no, yo no soy superficial. Yo no soy como esas otras mujeres que quieren bajar de peso para verse flacas, en las fotos, en su ropa. No. Lo mío es lograr que mi cabeza controle a mi cuerpo.

Y empiezan a aparecer los ángulos donde antes había redondeces. Y empiezan a aparecer los comentarios de las otras mujeres. Qué linda. Qué regia. Qué bien te ves. Y ella me acaricia la espalda, me felicita. Me dice que nos vemos jóvenes, que estamos vigentes aún. Que nos envidian, me asegura. Decir que no cuando me ofrecen un dulce, dejar comida en el plato, inventar panoramas que no sean comidas. Pequeñas victorias, pequeños orgullos.

Pero a mí me gustan los dulces y lo paso bien comiendo.

Y por sobre todas las cosas, creo que la vida puede acabarse en cualquier momento y que hay que pasarlo
bien mientras estemos acá. Comer todas las papas fritas que te ofrezcan. No quedarse con las ganas. Creo en entregarse a los placeres y lidiar con las oscuridades después. Aunque uno no sepa cómo enfrentarse a ellas.

Sé cómo bajar de peso, sé cómo verme más “bonita”. Me lo ha dicho la tele, me lo han dicho las revistas. Me lo ha dicho mi mamá. Me lo dijeron mis compañeras de colegio. Sé cómo lograr eso que mi enemiga anhela. Sé que debo comer menos. Perdón, comer mejor. Ejercitarme. Ponerme aritos. Vestirme según la forma de mi cuerpo. Pera, triángulo invertido o reloj de arena. Conozco las tácticas de esta guerra contra mí misma, que es en verdad una guerra contra todas nosotras.

Lo que no sé es cómo aceptarme. Cómo quererme. Nadie me enseñó, nadie lo consideró importante. Con la pera chueca y los pantalones apretados. No sé cómo no aceptar la violencia. O convertirla en algo productivo. No sé cómo dejar de medir la distancia entre mis muslos en cada ducha que me doy, agachándome y mirando al revés, con el agua cayendo en mi nariz. No sé cómo dejar de levantarme pensando que este día sí voy a comer poco, y acostarme con culpa porque no lo cumplí. Sé que lo anhelo, sé que quiero ser libre. Amar este cuerpo que tanta vida ha generado.

Agarrar a mi enemiga del cuello y matarla, mirándola a la cara. A su cara que es la mía, tan odiada. Tan
asimétrica.

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