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28 diciembre, 2016
orla

Una mirada enrarecida

La escritora uruguaya Fernanda Trías presenta el libro No soñarás flores (Montacerdos), ocho relatos que exploran la profundidad y extrañeza de vidas anodinas y generan una muy personal anatomía del cuento.

Por Marcela Fuentealba


Paula 1216. Sábado 31 de diciembre de 2016.

En el último relato de este libro se intenta narrar la historia de un trío amoroso, pero no es posible dar con lo que sucedió. Se cuente como se cuente, sea mediante la ficción o desde lo autobiográfico, no hay manera de encontrar lo esencial o una verdad, porque no la hay. Es una síntesis del espíritu que traspasa este tercer libro de Fernanda Trías (40), destacada escritora que lleva más de 15 años afilando su pluma y acumulando experiencias en diversas ciudades del mundo. Desde Colombia, donde vive como profesora, contesta algunas preguntas.

“Me siento muy cómoda en la tradición literaria uruguaya. En parte porque son autores muy idiosincrásicos; por la variedad de las propuestas, y también con la claustrofobia de las atmósferas de Onetti, esa desazón de sus personajes, hombres y mujeres vencidos”, dice la autora.

Ya en el primer cuento, que le da nombre al libro, se empieza a formar una especie de nudo en el estómago: bajo las vidas corrientes surgen dolores y soledades terribles. ¿Es ese vacío lo que une los relatos?
Sí, ese vacío que mencionás es parte de la pérdida que, de un modo u otro, atraviesa el libro. La pérdida, por un lado, y también la desesperanza. El título nace justamente de esa sensación de desesperanza, como si el undécimo mandamiento, “No soñarás flores”, te estuviera condenando a no permitirte ni siquiera la esperanza, ni siquiera la posibilidad de soñar algo bueno o luminoso.

Hay también una especie de dureza involuntaria. ¿Sientes que hay que estar en guardia ante esa capacidad de volverse de piedra?
Me parece que los protagonistas de estos cuentos están en un punto que podría llamarse “demasiado tarde”. Ya es demasiado tarde para no volverse piedra y ahora dan manotazos de ahogado para intentar sobrevivir como mejor se pueda a las distintas situaciones que narran los cuentos. La mujer que abandonó a su hija, por ejemplo, ya no sabe bien por qué desea recuperarla. O el sepulturero, Inzúa, a pesar de la naturalidad con la que se codea con la muerte, o tal vez como resultado de eso, ya no puede dar marcha atrás. Tampoco la chica que desconfía de ese desconocido con el que duerme. Es “demasiado tarde” para recuperar determinados estados del alma.

Otro personaje dice por ahí “nada más femenino que el dolor”, lo que contrasta con la fuerza que tienen los personajes femeninos.
Eso lo dice una mujer burlándose de la amiga, que parece estar en un estado de sufrimiento constante. Ella, en cambio, es desfachatada y no cree que el dolor o la tragedia pueda ocurrirle a ella. Yo no sé qué es lo femenino, realmente, pues solo tengo una manera de relacionarme con el mundo, desde mí misma. Imagino que hay tantas expresiones de lo femenino como personas, porque lo femenino no es patrimonio exclusivo de la mujer. Porque, por ejemplo, en ese mismo cuento Último verano, está el novio, que es un hombre que ella parecería despreciar también por su femineidad.

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