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8 mayo, 2014
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Volver a la imaginación

Parece un cuento para niños, pero resulta una fábula oscura sobre los cimientos de las posibilidades mentales. Es una gracia que Toque de queda, una novela al parecer mínima y sin trascendencia del norteamericano Jesse Ball, se edite en castellano, pues es literariamente ejemplar: logra desnudar lo narrativo hasta el máximo de la ternura y el horror.

Por Marcela Fuentealba


Paula 1147. Sábado 10 de mayo de 2014.

Parece un cuento para niños, pero resulta una fábula oscura sobre los cimientos de las posibilidades mentales. Es una gracia que Toque de queda, una novela al parecer mínima y sin trascendencia del norteamericano Jesse Ball, se edite en castellano, pues es literariamente ejemplar: logra desnudar lo narrativo hasta el máximo de la ternura y el horror.

Jesse Ball (1978) es un poeta y novelista de Nueva York que ha sido igualmente aplaudido e ignorado a causa del minimalismo y rareza de sus escritos. La falta de unanimidad respecto a su obra, premiada varias veces, parece responder a la variedad que ofrece: desde poemas a cuatro manos con una amiga islandesa, acompañados de dibujos hechos sobre papel de servilleta, hasta cuentos que parten con frases herméticas y terminan como si fueran un anecdotario de pueblo. Su último libro, Silence once begun, recién publicado en inglés y muy bien reseñado en The New Yorker, es una novela situada en Japón, con formatos de entrevistas de pregunta y respuesta y acompañadas de fotografías, como si fuera un documental.

La mano de Jesse Ball está muy presente todo el tiempo, como si quisiera superar la lejanía que hoy supone la escritura y la lectura, e intenta recuperar –algo bastante en boga en la literatura norteamericana de avanzada actual– la materialidad y lo esencialmente físico del lenguaje.

Toque de queda es una novela que publicó en 2011 y que acaba de aparecer en castellano bajo el sello argentino La Bestia Equilátera. Compuesta por capítulos breves que intercalan amplios espacios en blanco y tipografías enormes, sus páginas parecieran conformarse como dibujos: la mano del escritor está muy presente todo el tiempo, como si quisiera superar la lejanía que hoy supone la escritura y la lectura, e intenta recuperar –algo bastante en boga en la literatura norteamericana de avanzada actual– la materialidad y lo esencialmente físico del lenguaje. Además, tiene algo de musical y de película experimental: la historia, que se cuenta con la simpleza propia de los niños, se vuelve cada vez más extraña pero esencial al mismo tiempo, más abstracta, pero también material, como una piedra extraña que se quiere conservar.

Los protagonistas son una pareja tan dulce como peculiar: “William Drysdale, veintinueve años, ex violinista, actualmente epitaforista”, y su hija Molly, ocho años, estudiante. El mundo en el que habitan se transforma en un escenario violento y represivo, totalitario y oscuro, mientras sus conversaciones imaginarias y una representación con marionetas de sus vidas van ocupando el relato, cada vez más escueto y difuso. De este modo, Ball propone una historia que parece ocurrir en un recodo mental, escondida, una cosa rara y preciosa, más en estos tiempos cuando campea la literatura sobre las vidas propias y ajenas que animan la superficie.

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