¿Qué tan importante es el sexo?

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Cuando empezamos a salir con alguien una de las primeras preguntas que suelen hacer las amigas, como si existiera un manual, es: ¿y el sexo es bueno? El espíritu de la época es irrefutablemente tolerante e inclusivo con la sexualidad y el sexo está en todas partes. Pero, aun así, la generación que se preocupó de desmitificar ciertos estigmas es la que menos sexo está teniendo.

Una encuesta publicada en 2018 en Mumsnet, el portal online de maternidad más popular en Inglaterra, estableció que el 25% de las parejas en sus treinta había tenido sexo menos de 10 veces en el último año. A esto se suma que un 77% admitió que la falta de frecuencia se debía a las pocas ganas de uno de ellos. Es decir, no era una decisión compartida. También en 2018, la BBC realizó un estudio en el que encuestó a más de 2.000 adultos y dio cuenta de que un 45% consideraba que el estrés había tenido un impacto negativo en la frecuencia con la que tenían sexo. Un 26% se lo atribuyó a problemas de salud mental, un 18% responsabilizó al trabajo y un 10% a las redes sociales. En definitiva, los millennials –nacidos entre 1981 y 1996–, están teniendo menos sexo que la Generación X.

Si tomamos en cuenta la cantidad de artículos en los que se establece la importancia de la responsabilidad sexoafectiva, que la pornografía es gratuita, que las aplicaciones que buscan facilitar los encuentros casuales han proliferado y que los libros eróticos son best sellers, lo que surge es una disociación entre lo que se está proyectando –que ciertamente evidencia un imaginario en el que el sexo ocupa un rol preponderante– y lo que se está dando en la intimidad.

¿Qué está pasando? ¿Será que se le ha atribuido al sexo una importancia mayor a nivel social que termina por manifestarse en una serie de presiones? Perder la virginidad antes de una cierta edad; mantener una frecuencia determinada; que siempre sea una experiencia satisfactoria y que siempre tengamos ganas. Normas que, todo indica, no toman en cuenta la realidad.

Según Tamara Villaroel, educadora sexual y creadora de @ReginaEduca, no hay una única respuesta frente a este tema. "En los noventa y dos miles el sexo era importante, pero en función del otro. Estaba lleno de publicaciones en revistas que nos enseñaban a ser buenas en la cama o hacer buen sexo oral, porque rondaba la idea de que si no lo éramos, no tendríamos pareja. Ahora se está redirigiendo el foco y el sexo es importante, pero en la medida en que se trata de una sexualidad placentera para ambos y que se priorice el amor propio. Eso, a su vez, hace que nos cuestionemos por qué tenemos que hacer ciertas cosas si no queremos. Pero dado que estamos en una etapa bisagra y de descubrimiento, no lo tenemos del todo resuelto. Hombres y mujeres nos estamos liberando de estigmas, pero no necesariamente sabemos hacia dónde vamos ni qué nos gusta", explica.

Para la psicóloga clínica y terapeuta sexual, Cristina Valdés San Martín, la sexualidad es algo que se construye y que está en constante desarrollo. Por eso, las normas que la definen solo generan presiones.

Pareciera habérsele atribuido una importancia mayor a nivel social, pero ¿qué tan importante es el sexo?

Lo primero que hay que aclarar es que el sexo no es solamente coital. Si bien es el que más se ha visibilizado, el espectro es mucho más amplio. Cuando logramos entender que la sexualidad no se reduce solamente al coito y que incluye un contacto erótico mayor –dentro del cual se encuentran los besos, las caricias, los abrazos, tocaciones, palabras y olores– logramos liberarnos de ciertas normas rígidas que nos presionan. En mi consulta, he visto que cuando se amplía ese espectro, baja la ansiedad en las parejas. Ya no se urgen tanto si no hay frecuencia coital porque entienden que ese es solo una ínfima parte de la sexualidad, y que en la práctica es algo mayor que se construye en base a la comunicación y que está en constante desarrollo. Ese malestar solo surge cuando se rigidiza la sexualidad, los roles y las prácticas, y cuando se trata de cumplir con un sexo idealizado, que está creado en base al consumo y a la pornografía. Ese imaginario restringe y por ende genera presiones y frustraciones.

¿Qué dictamina ese imaginario?

Esas nociones que establecen cómo debería ser el sexo, con cuánta frecuencia se debería tener y cuánto debería durar, surgen de una cultura falo-céntrica. Y, si bien tener sexo con frecuencia puede ser muy positivo, hay otros factores que unen cuando se comparte la intimidad. Una pareja de larga data va mejorando su comunicación en todo sentido, lo cual permite el desarrollo de otras prácticas que usualmente no son asociadas a la sexualidad, más bien a la sensualidad. Además, hay una teoría del psicoanálisis relacional, que se llama la teoría del apego y la sexualidad, que plantea que cuando se está más inseguro en la pareja, hay una demanda mayor por tener sexo. Porque al sexo propiamente tal se le atribuye la facultad de sellar la relación. En cambio, mientras hay apego seguro, no es necesario, porque no existen ciertos miedos.

Existe una noción que si no se tiene sexo con frecuencia, no hay futuro en esa pareja.

El sexo es solamente el principio. Humanamente hemos creado sistemas operativos, cognitivos y corporales con los que hemos podido construir una sexualidad mayor. Por eso, más que el coito –que puede ser muy gozoso– hay todo un espectro con el que se puede experimentar. En ese sentido, no tener buen sexo en pareja no necesariamente significa que esa pareja no tiene futuro. Mientras haya comunicación, se pueden reeducar sexualmente. Las normas que están fijas de manera estática solo responden a estereotipos y no definen lo que pasa en la intimidad de cada cual. Generalmente, cuando hay mandatos tan rígidos, es imposible estar a la altura. Por eso es de suma importancia que cada persona pueda entenderse a sí mismo, cómo funciona su sexualidad, su deseo, su frecuencia, para después poder desarrollarla con otros.

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