La tina perfecta

Así como en el mundo gastronómico se dice que en la calidad del producto está la diferencia, en el mundo de la tina placentera, también. Aquí, algunos consejos para conseguirla.




Paula.cl

A veces siento que es políticamente incorrecto confesarlo porque, ante la escasez de agua dulce que existe hoy en día en el mundo, hay un par de amigas que me han dicho que es un sacrilegio. Pero si hay algo que suelo regalarme seguido es el tiempo para un largo y placentero baño de tina. Llegar a la casa, dejar el bolso, sacarme los zapatos y con eso también el día de encima se convirtió en algo aún más rico cuando descubrí que echándome a remojo en agua tibia ganaba otro lado de mí: el que se sacaba de encima el peso del día y dejaba conmigo solo lo liviano. A veces eso significa apagar el ruido de la cabeza, otras veces la carga en el cuerpo que se refleja en el cansancio, en el dolor de cuello o de cabeza.

Esto partió hace años. Pero he ido descubriendo grandes diferencias desde que me di esas primeras tinas que eran simplemente agua con sal –sal de cocina, de esa delgadita- para emular el agua del mar en la casa de mis papás (cuando se les ocurrió la bendita idea de cambiar una tina antigua por una con hidromasaje). Pero hoy, que ya ha pasado tiempo y muchas inmersiones —en la tina común y corriente que tengo en mi departamento—, puedo decir que, así como en el mundo gastronómico se dice que en la calidad del producto está la diferencia, en el mundo de la tina placentera, también.

SAL: Es el ingrediente fundamental. El que marca la gran, gran, gran diferencia. Tan importante es que cuando me ha tocado viajar o llevo un saco de sal en la maleta o parto a comprarla al boliche más cercano, porque lo primero que hago cuando entro a la habitación del hotel es ver si el baño tiene tina. Pero la diferencia entre las sales es grande.

La gracia es que ya sea de mar o de minas —que crecen en las alturas de la cordillera—, la sal tiene minerales naturales que ayudan a superar dolencias como dolores musculares o a los huesos, pero también ayudan a descargar lo que sea que uno lleve como un peso: estrés, pena, agotamiento, intranquilidad.

Como me doy baños seguido suelo tener siempre en mi casa sal de mar gruesa que compro en el supermercado (en el pasillo de los productos naturales, $ 1.200 a $ 1.600 el kilo), pero mi nuevo hallazgo es la Sal de Epsom que usan en los spa y es la ideal para los baños de inmersión, porque es sal que viene con magnesio, mineral clave para el relajo. En Química Industrial (Santa Victoria 0372, Providencia) el saco de 25 kilos (que serviría para más de un año de baños de tina caseros) cuesta $ 38.000. Es una buena inversión pensando que ahí mismo el kilo cuesta $ 10.000 y en tiendas de belleza natural los 200 g cuestan $ 1.200.

ACEITES ESENCIALES: Si bien bastan 20 a 30 minutos en una tina solo con sal para sentir un gran cambio, los aceites esenciales ayudan al relajo y a generar un sentido de bienestar a través del aroma. Y además dejan la piel suavecita y con un aroma exquisito. El mundo de los aceites esenciales es un universo, pero si es para un principiante en tinas, yo recomiendo tener bergamota —que ayuda a levantar el ánimo—, lavanda —que ayuda a relajar y aliviar estados de angustia— y naranja dulce —porque genera una sensación de alegría—. 4 a 6 gotitas en la tina son suficientes. Dónde comprarlos: la marca Ámbar —que tienen en Weleda— es rica, pero mi favorita, favorita es Do Terra, que venden pocas personas en Santiago (+56 9 92265775). También suelo abastecerme en la tienda Katmandú (Omnium, Av Apoquindo 4900, Of 65, katmandu.cl).

HIERBAS: Es mi extra cuando la tina ya tiene sal y aceites esenciales. Dos o tres hojitas de alguna hierba. Una ramita. Un tallo. Aunque la verdad, yo partí usando las agüitas de hierba, las típicas infusiones que uno compra en el supermercado. Mi lógica fue: si el agua de manzanilla que tomo por la noche me hace bien para dormir, cómo no me va a hacer bien sumergirme en litros y litros de infusión. Como del sur una vez me traje varias bolsas de lavanda para cocinar, a veces pongo dos o tres cucharadas en bolsas de té y las arrojo a la tina. Pero nada mejor que un par de hojas recién cortadas del jardín de la casa. Mi favorita entre todas es la ruda, porque es tan aromática, que me da la sensación de estar hundida en medio de un bosque.

Ojo: es tanto el relajo que se produce después de un baño de tina, que es importante programarse para no tener que hacer nada después. Yo por lo menos cuando salgo, me echo sobre la cama 15 minutos donde pareciera que todo lo que tenía que descargar empieza a esfumarse por los poros. Después, es solo relajo.

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