Mi camino a la adopción

Maternidad



No sé bien si mi historia se trata de resiliencia, tenacidad o determinación, pero cuando cuento lo que me pasó a otras personas la reacción suele ser de sentir que uno puede superar obstáculos cuando te propones algo.

Desde que tengo recuerdos, siempre quise ser mamá. Pero a los 24 años sufrí una disección espontánea en la aorta ascendente del corazón y fui operada de urgencia, pues llegué a la clínica con la aorta filtrando sangre y a punto de romperse. Esa operación y sus posteriores eventos hicieron improbable que pudiera resistir un embarazo sin consecuencias. Podía salir todo bien o todo muy mal. En ese entonces, estaba casada y con mi marido decidimos intentarlo y correr el riesgo. Estuvimos varios años tratando de embarazarnos, pero no funcionaba hasta que en un momento llegué a la conclusión de que en el fondo estaba aterrada de no sobrevivir el embarazo.

Me recriminaba por no atreverme, me sentía cobarde. Y esa sensación de cobardía se enfrentaba constantemente con el ferviente deseo de ser mamá. Mucha gente nos decía que quizás podíamos ser una pareja sin hijos que se dedicara a viajar o que yo podía dedicarme por completo a mi carrera. También nos mencionaban la opción de adoptar, pero pensaba: ¿Y si pudiera ser mamá biológica? Después de mucho pensarlo, me di cuenta de que no quería que la adopción fuera mi plan B, entonces me decidí a transformarlo en mi plan A. Así que fui al doctor y le pedí que me ligara las trompas de forma irreversible. Me acuerdo de la enfermera que me recibió en la clínica, quien me preguntó extrañada cuántos hijos tenía. Le respondí que todavía ninguno, pero que justamente estaba haciendo esto porque quería tenerlos. Ella no entendió nada, pero para mí ese acto de protección de mi cuerpo y mi vida era la forma de decirle a mi futuro hijo que él había sido que lo había buscado en forma intencional. Que él era mi camino, aunque no supiera si realmente llegaría a encontrarlo.

Después de esa operación, ya recuperada, entramos a una fundación de adopción e hicimos todo el proceso, que es sicológicamente bastante agotador. Me hablaban permanentemente de que ellos evaluaban si podíamos ser buenos padres adoptivos, que no es lo mismo que ser buenos padres biológicos. Yo lo único que pensaba es que la biología me daba lo mismo; para mí esto se trataba de maternidad sin apellidos. Fue un proceso largo y difícil.

Finalmente, fuimos aceptados como potenciales padres adoptivos y entramos a lista de espera. Junto con eso, empecé a sentir como mi corazón gritaba síntomas de reoperación. Me cansaba constantemente. En ese entonces tenía 34 años, pero sentía que vivía en un cuerpo de 90 años. A pesar de eso me negaba a cruzar el pabellón. ¿Qué pasaba si justo me llamaban de la fundación cuando estuviera convaleciente? Decidí rezar y esperar. Todos sentíamos que estábamos contra el tiempo.

Un día 24 de julio me entregaron a mi hijo. Todo fue más rápido de lo esperado. Creo que esa entrega es igual que un parto; el cuerpo también explota de amor. Y junto con eso, con recibir a nuestra guagua, mi corazón me dijo: "listo, ahora que ya lo tienes, ahora es mi momento". Resistí hasta diciembre de ese año, hasta que un día por la tarde caminaba en un centro comercial empujando el coche de mi hijo y sentí que mi corazón dijo "suficiente". A los pocos días, nuevamente entré a pabellón para la segunda cirugía a corazón abierto de mi vida, que si bien no era de urgencia como la primera tenía distintas complicaciones. Recuerdo la última imagen que tuve antes de dormir con el efecto de la anestesia: mi hijo, que llevaba conmigo apenas 6 meses. Pedí con toda mi fuerza volver a despertar de la cirugía, y que me regalaran con él por lo menos otros 10 años más, el tiempo hasta la siguiente operación. No sé si fue producto de mi anestesia o si fue un milagro, pero lo único que recuerdo es estar en un pabellón con mucha luz y con mi hijo al lado. Sentía que lo podía tocar. Y creo que él me tomó la mano las 8 horas que duró la operación.

Desde ese día, ya han pasado 4 años. Soy una mamá feliz. Cansada y desafiada como todas, pero feliz. Para mí cada año con él es un regalo. Y el tiempo que tengamos juntos, es el tiempo que abocaré a hacerlo el niño más feliz que pueda. Así como voy, confío en que llegaré a ser abuela a su lado. Médicamente estoy impecable.

Mayra (38) es mamá y periodista.

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