Doctor Enzo Devoto: "El tema trans es una causa humanitaria"

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A sus 81 años, el endocrinólogo Enzo Devoto es una eminencia médica en el tema transgénero. Y lo es desde hace décadas. Motivado por un interés científico y humano, desde los años setenta que se ha especializado en acompañar a las personas trans en sus procesos de cambio de género, apoyándolos y guiándolos en las terapias de reemplazo hormonal. "Este camino me hizo ver, muy tempranamente, que se trataba de un tema que desde la medicina debíamos atender. Y es que de eso se trata para mí ser doctor: poder contribuir a mejorar la vida de las personas".




Corrían los años setenta cuando Enzo Devoto, en ese entonces un estudiante de medicina de endocrinología de la Universidad de Chile, se enfrentó por primera vez al concepto transgénero. Estaba haciendo su especialidad en el hospital San Borja Arriarán cuando, en 1973, un grupo de doctores realizó la primera reasignación de sexo en Chile. "Se trató de un peluquero de Antofagasta que salió del quirófano convertida en peluquera", recuerda. A sus 35 años, haber sido testigo de este hito cambió su vida. En ese entonces esto era algo nuevo para la medicina. Algo desconocido.

Motivado por el desafío científico que significaba, decidió dedicar sus estudios y carrera al tema. Pero la tarea no fue fácil. En ese entonces existían muchos mitos y prejuicios en nuestro país, y recientemente la comunidad médica internacional estaba hablando de la existencia de la identidad de género. Decidido a saber más, viajó a congresos y seminarios en Europa, donde se había iniciado una conversación de estos casos y se empezaba a legislar en la materia. Todos quienes estudiaban lo trans estaban de acuerdo en algo: al parecer no siempre eran los genitales los que determinaban cómo se sentían las personas respecto a su sexo. "De a poco fuimos descubriendo que una cosa es la biología, y otra la identidad de género y la expresión social de ese género. Antes en medicina hablábamos de sexo genital, sexo hormonal y corporal, pero ahora sabemos que no todo se reduce a lo biológico, sino que también hay componentes psicológicos y sociales. El fin de la terapia hormonal es hacer congruentes estas cosas", explica. "Al relacionarme con personas trans me di cuenta de que la mayoría, sino todos, habían sufrido mucho durante sus vidas. Eran incomprendidos, discriminados y violentados. Como doctor sentí que a través de mi trabajo podía colaborar en mejorar su calidad de vida. Y quise ayudarlos a ser felices".

Actualmente, Enzo asiste a diario a su consulta en Providencia, la misma en la que atiende desde 1980, donde recibe a niños, adolescentes y adultos que buscan en él un apoyo en su proceso para acercarse lo más posible a la persona que sienten ser. Desde esa misma consulta, este endocrinólogo ha sido testigo y protagonista de la apertura del tema en Chile, que va desde la oscuridad y negación histórica, a una recientemente aprobada Ley de género que, pese a que algunos discuten sus falencias, finalmente reconoce y vela por los derechos de esta población.

Comenzaste a trabajar en el tema trans en una época en la que estaba totalmente invisibilizado. ¿Cómo fue el camino para lograr especializarte en esto?

Mi relación con este sector de la población se inició muy prontamente en mi carrera, cuando me estaba formando como endocrinólogo en el hospital San Borja Arriarán. En marzo de 1973 pude observar la primera reasignación de sexo en Chile y en esa época recién en los textos médicos había figurado algo relacionado al tema, refiriéndose a transexualidad ya no como un problema de salud mental, sino como uno humano en el que como médicos debíamos ayudar. La forma de hacerlo, en ese tiempo, era cambiando los cuerpos para que calzaran con la manera en la que los pacientes se sentían. Luego vino el Golpe, y hasta ahí llegó la experiencia chilena. Aún así, la transexualidad era una realidad, por lo que habían pacientes que necesitaban atención. Al comienzo tuve que asistir a congresos y cursos en el extranjero donde se hacían los primeros avances legislativos, pero todas eran leyes miradas desde un punto de vista biológico, por lo que para cambiar el sexo legal era obligatorio un cambio corporal. Fue ya en los años noventa cuando el tema avanzó mucho más y empezaron a publicarse en revistas científicas artículos que daban cuenta de que esto tenía que ver más con la identidad que con lo físico. Esto generó una organización mundial de doctores que atendían a personas trans, quienes comenzamos a actualizar los artículos según la experiencia de cada uno. Esas fueron las armas que tuve. El gran problema fue que, a pesar de eso, uno tenía que trabajar como Toribio el náufrago. Al principio era difícil hablar el tema incluso con los colegas, porque no era bien visto, te encontraban raro. Pero entre los pacientes de a poco se comenzaron a pasar el dato de que yo estaba dispuesto a tratarlos, y fue así como terminé siendo el doctor al que muchos acudían cuando necesitaban ayuda.

¿Qué fue lo que hizo que te interesaras en el tema?

Su lado humano y científico. Hasta ese entonces lo que habíamos estado estudiando había sido entender desde lo físico lo que nos definía como hombre o como mujer, cosa que, con el avance de las investigaciones, claramente no era tan así. Eso me pareció fascinante. Además, dado el rol que tenemos como doctores, creí importante poder acoger a estas personas, contenerlas, apoyarlas. Cuando ellos o ellas llegaban a mi consulta, era imposible no darse cuenta de que sus vidas habían estado marcadas por pésimas experiencias, dado que habían sido maltratados tanto por la sociedad civil como por distintas especialidades médicas. Muchos doctores ni siquiera sabían lo que era ser trans, y les ponían el timbre de lesbianas o de homosexuals, que en la época tampoco era tan aceptado. Me tocó también recibir muchos casos de gente de sectores vulnerables de la población, quienes cayeron en la prostitución porque no tenían posibilidad alguna en el mercado laboral. Y por eso entendí mi trabajo como una causa humanitaria. Dedicándome a lo transgénero, podía contribuir a mejorar la situación de mucha gente y darle algún sentido y esperanza a sus vidas.

¿Cómo fue enfrentarte a esta experiencia desde tu propia ignorancia y prejucios?

Es que, a pesar de todo lo que no sabía y quizás habían cosas que me asustaban, siempre entendí que lo tenía que hacer era poner por delante la categoría del amor al prójimo. Creo que a esta vida no vinimos a juzgar al resto, y cada persona es autónoma en sus decisiones. Esto no significa no decir cuando consideras que algo está mal, cosa que me pasó trabajando al comienzo con la población trans en la que se daba muchísimo, y se sigue dando, la automedicación. Porque en su angustia por verse como se sienten, muchos hacen cosas impresionantes para ganar caracteres masculinos o femeninos, lo que genera complicaciones por montones. Al comienzo tenía que ser muy claro en explicar los requisitos; que debían hacerse los exámenes y en que esto exigía disciplina en los controles. Mi especialidad es trabajar la parte hormonal, que hay que ir monitoreando exhaustivamente caso a caso, y cuando he terminado con eso, la gente queda apta, si es que está psicológicamente firme en su decisión, para pasar a lo siguiente, que es la cirugía.

Me imagino que desde tu consulta has sido testigo de muchos cambios sociales.

A fines de los ochenta y noventa no había un equipo de psicólogos y cirujanos especializados, pero eso ha cambiado. Actualmente, yo sé qué especialistas entienden del tema, desde psicólogos hasta dermatólogos. Porque para esto es importante trabajar en todas las áreas. El tener una red segura para asegurar y mantener el respeto y la dignidad de los pacientes trans, cambió mucho la cosa. Pero eso recién se dio en los 2000. Fue también en esta época cuando más personas comenzaron a atreverse a asumirse como trans. Al comienzo lo más común era recibir a hombres biológicos que querían ser mujeres, que son trans femeninos, pero de a poco fueron llegando trans masculinos. Eso sí, en esos años todavía no aparecía ningún adolescente o alguien que trajera a un niño. Los jóvenes que llegaban siempre estaban acompañados por alguien que no eran sus padres. A veces era la mejor amiga de la familia, la madrina, la abuelita, la tía. Ahora todos llegan con sus papás. Yo diría que a partir del 2010 se comenzó a entender que esto debía tratarse lo más temprano posible, y que no hacerlo generaba grandes problemas de autoestima y depresión. Fue también en esta época cuando se socializó que, si bien hay niños que tienen conductas trans y pueden perfectamente evolucionar a serlo, idealmente esto es algo que se decide en la pubertad, época muy difícil para esta población. Conversando con varios pediatras que empezaron a interesarse y a formarse en el tema, creo que hoy el gran cambio es el trabajo con los niños, a quienes se debe dejar fluir, apoyarlos, no castigarlos y ver cómo va evolucionando su identidad de género. Si eso el día de mañana desaparece, no hay problema. Uno no cambia su identidad con ninguna terapia, ni psicológica ni psiquiátrica, ni menos hormonalmente, ya que no puedes sumistrarle hormonas a personas que no lo necesitan. Pero si vemos que al acercarse o iniciar la pubertad se agrava la situación, ese es el momento en el que la medicina debe actuar. Esta etapa es variable. Para algunos puede empezar a los 10 años, para otros a los 15. Y si se decide llevar el tratamiento adelante, es algo absolutamente reversible. Si ese joven se arrepiente el día de mañana, uno corta los remedios -que principalmente son un freno para que no funcionen los ovarios o los testículos- y la persona vuelve a su biología funcionar. Es la operación la que no es reversible.

¿Qué crees que falta para seguir avanzando en esta materia?

Que se obligue al sistema público y privado, tanto isapres como compañías de seguros, a respaldar estos tratamientos. Si bien ha habido un cambio notable en el último tiempo, ya que antes rechazaban cubrir los pagos y ahora están aceptando, todavía falta muchísimo. Eso es muy importante, porque tener derecho a cobertura reduce bastante los costos, que son altos. Si uno quiere detener eficazmente la pubertad en un varón biológico, para no cambie la voz ni le salgan los pelos masculinos, debe usarse una inyección cada doce semanas que cuesta desde $250.000. Si se opta por lo que usábamos hace 30 años, que es más barato pero más lento, en un proceso en el que las personas esperan cambios rápidos, son $40.000 mensuales. Y a esto después hay que sumarle el costo de los exámenes y controles. Con los sueldos que hay en Chile son muy pocos los que pueden sacar de su bolsillo esa cantidad de plata. La gente hace unos sacrificios inmensos.

¿Cuál crees que es el mayor aprendizaje al dedicar tu vida profesional a lo trans?

Haber podido tener una vista más amplia de la condición humana. Creo que es importante aceptar que las personas somos diversas y heterogéneas. También he aprendido cuánto influye la religión en no poder abrirnos a lo diferente, ya que la experiencia es mucho más difícil para personas trans que vienen de entornos evangélicos o de extrema derecha católica. Y me llama bastante la atención esa falta de corazón y la inflexibilidad mental frente a los cambios. Yo respeto las distintas ideologías, pero me parece que muchas veces carecen de amor por el que está sufriendo. Es muy doloroso ver el rechazo de las familias, y es justamente eso lo que lleva a los suicidios y depresiones al no haber este primer apoyo, que tiene que ser el familiar. Yo siempre le digo a los padres o abuelos: 'no les pido que entiendan o que concuerden, pero si ustedes quieren a María, ¿por qué no pueden querer igual a Mario, si además ven que ahora él es feliz?'.

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