Ideas emprendedoras

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Ideas emprendedoras

Por Alejandra Apablaza / Collage: Silvia Caracuel

Creo que todas alguna vez hemos tenido una buena idea. Sería muy triste pensar que no. Una buena idea puede ser sencilla y cambiarle el rumbo a un día que no ha andado bien. Otra, puede parecer mínima, pero puede cambiar el destino de una vida. El tamaño de una buena idea no importa, lo que importa es detectarla y hacerle caso cuando llega.

Cuando empecé a trabajar caminaba mucho. Era buena idea caminar a mi casa después del trabajo y así evitar subirme al metro colapsado a las 6 de la tarde. En el camino, también era una buena idea tocarle el timbre a alguna amiga para conversar un rato. Caminar y visitar amigas siempre han sido buenas ideas.

El mundo está lleno de ideas. Algunas son más repetitivas que otras, tanto que pensamos que son nuestras. Una idea que anda dando vueltas con mucha fuerza es la de emprender. Creo que emprender es una idea muy entusiasta, y la palabra en sí misma está llena de energía e ilusiones. Emprender y ser creativo son ideas que han cobrado mucho valor entre las personas.

No estoy segura si esa idea fue mía, o me la contagié en algún momento. Lo cierto, es que hasta ahora no he emprendido nada muy duradero, laboralmente hablando. Y estoy consciente que eso suena muy mediocre para algunas personas. Nunca he tenido una empresa, aunque algunas veces lo he pensado; pero se me ocurren tantas ideas, que una anula a la otra, y finalmente vuelvo a cero. Trabajo a honorarios desde mi casa y eso hace que tenga miles de jefes. No hago lo que quiero, no tengo todo el tiempo del mundo y no solo hago lo que me gusta, porque la vida no es así, y asumirlo es muy liberador.

Este no es un llamado a la mediocridad. Porque si hay energía y entusiasmo, dale con todo. Pero también valoro a las que no quieren emprender y la sola idea les genera ansiedad. Y vivir con menos ansiedad es algo que todas deberíamos buscar. A ellas no las considero ni un poco mediocres, todo lo contrario, las admiro.

Tal vez depositamos mucho valor en el trabajo, aunque sabemos que las personas somos mucho más que eso. Tal vez la idea de tener un trabajo creativo, por cuenta propia, en donde desarrollar todos los talentos y la misión personal, y todo eso –que de escribirlo me cansa– suena muy tentador. Pero el emprendimiento no es para todas, y no hay cualidad más bella que la diversidad.

El otro día, pasé por una tienda a comprar unas tijeras para cortarme el pelo. Me atendió una mujer que debe haber tenido mi edad y se estaba tomando un té. Su cara no era bonita, pero su sonrisa era hermosa. Me atendió con mucha tranquilidad, me mostró todas las tijeras disponibles, luego tomó un mechón de mi pelo y me enseñó cómo debía cortarme las puntas. Yo llevaba todo el día en reuniones, había corrido mucho y ese rato de conversar con una vendedora que me tocaba el pelo, me hizo parar un momento. Me contó que tenía un hijo al que le gustaba pintar. Yo le dije que a mí también me gustaba. Conversamos mientras me mostraba las fotos de los cuadros de su hijo en el celular.

No sé si esa mujer es feliz. No sé nada de su vida. No sé si a ella le gustaría tener su propia peluquería o si la tuvo y la cerró. No sé ni su nombre, pero sí sé que ese día irradiaba paz.

Cuando me fui a mi casa, me quedé pensado en su sonrisa. Me imaginé que ella iba a llegar a la suya, iba a tomar once con su hijo, ver la teleserie y acostarse temprano para volver a trabajar al otro día, como lo ha hecho toda su vida. Me vi llegando a la mía corriendo a toda máquina, atendiendo los mil proyectos en los que me embarqué. Y me quedé dormida, añorando tener un poquito de esa paz.

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