La casa en que crecí: Ingrid Isensee

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La casa en que crecí: Ingrid Isensee

Por Constanza Gutiérrez

“La casa en que crecí estaba en Ñuñoa, en un pasaje en la calle doctor Johow en el que había como diez casas parecidas, del mismo tipo: de un piso, rodeadas por un patio delantero y otro grande atrás. Tenían una chimenea, que prendíamos todos los días, y en la mía había un nogal y un palto. Aquí vivía con mi mamá, mi papá y cuatro de mis hermanos mayores, y me hubiera gustado ser vecina mía para mirar esa casa desde afuera: siempre estaba llena de gente, entre mis hermanos y hermanas y sus pololas y pololos, y todo el día estaban dibujando, cantando, tocando la guitarra. Todo olía a pachulí e incienso. Escuchaban Víctor Jara, Pink Floyd, Carole King y John Denver. Eran súper hippies, uno de mis hermanos hacía joyas y tenía un puesto en una feria artesanal. Siempre estaban haciando algo.

La reja de mi casa estaba abierta siempre, y la puerta a veces. No existía ningún cuidado con eso. La sensación de miedo era por la cosa política. Yo sabía que si había un panfleto en la calle no lo podía recoger, o que en el colegio había que tener cuidado con decir lo que pasaba en la casa, porque mi mamá alojaba a harta gente que estaba clandestina. Pero la idea de que alguien iba a entrar a robar no existía. Y había mucha pobreza, gente que pasaba pidiendo. Niños que tocaban el timbre y preguntaban “¿Hay pan duro?”. Mi hermano Jorge, el más hippie, era una especie de Viridiana y cada vez que llegabas a la casa no sabías cuántas personas iban a haber en la mesa. Si alguien pasaba pidiendo, él les ofrecía comida: “No tengo pan duro, pero te puedo hacer una paila de huevos”. A veces mi mamá lo retaba porque dejaba sin comida a alguno de los hermanos.

Pasaba mucha gente por mi pasaje, que además en esa época estaba abierto: el afilador de cuchillos, un señor que vendía pan en una camioneta, otro que vendía leche y huevos, otro que iba en un triciclo y que vendía yogurt y otro que vendía helados. De todo. También había una señora que iba a lavar, a mi casa y a la de unos vecinos. Teníamos una lavadora que estaba mala, y la señora Rosita iba y lavaba en la tina. Y pasaba un señor con un farol y un canasto y gritaba “¡Mote mey pelado y calentiiiito!”.

Mi compinche del pasaje era el Huguito, que vivía al frente y era de uno de esos niños que siempre andan hiperventilados, como corriendo detrás de una pelota. Jugábamos de todo, pero harto en las casas, no tanto afuera. También tenía unas vecinas, la Vero y la Cami, que eran mis amigas, pero eran súper pesadas conmigo: me ofrecían jugo pro era vinagre, y otras cosas así. El Huguito tenía un tío que tenía nuestra edad, que fue mi primer amor. Lo miraba por la ventana, si es que salía o no salía de la casa, y jugábamos al pescadito, ese juego en el que se pone uno al medio y dos se tiran la pelota por encima y el del medio tiene que agarrarla. Nos tirábamos la pelota el tío Pancho y yo, y Huguito al medio, y yo jugaba enamorada, pensando en él. Ahí entendí lo que era el amor. Tenía seis años.

Después todos mis hermanos se fueron a Venezuela, porque su papá estaba exiliado allá. La mamá pensó que iba a haber un levantamiento, que iban a botar a Pinochet. Tenía mucho miedo, así que los mandó con su padre. Ahí me quedé sola en esa casa. La pieza que compartía con mi hermana pasó a ser pieza de empleada y yo me fui a la pieza de mis hermanos. Y tenía terror. La sensación que tengo es de haber pasado mucho susto y soledad. Tenía que dormir con la luz prendida, sentía que había monstruos en todos lados. Ya no había música en la casa. Tampoco se comía igual: antes de que se fueran se cocinaba mucho, todo era siempre con entrada, plato de fondo y postre, y era obvio que se hacían sopaipillas y queques, porque había mucha gente. Después de que se fueron, nada.

Meses después, mis hermanos llegaron de sorpresa, y todos tenían el pelo largo. Se habían venido por tierra y traían mucha artesanía. Me regalaron un traje de Ecuador que era una blusa con una faldita, precioso, y unas chalitas de cuero. ¡Estaba feliz! Me acuerdo y me emociono: cuando abrieron con su llave y mi mamá gritó “¡LLEGAROOON!”. La casa con ellos era muy feliz. Pero volvieron a irse: cuando empezaron a entrar a la universidad la mamá no les podía pagar los estudios a todos, así que volvieron a Venezuela, porque allá era gratis. En ese tiempo mi mamá y mi papá ya se habían separado, y ella y yo nos fuimos de esa casa. Llegué cuando tenía 1 año, y me fui cerca de los 9. Pero he seguido ligada al barrio permanentemente, porque la casa de mi abuela estaba a un par de cuadras, y como mi colegio estaba cerca, mis amigos vivían por ahí. La casa de mi mejor amiga ahora es un edificio, la casa del pololo de mi mamá, también. En los últimos años en ese barrio han botado las casas y han construido torres horribles, uno más feo que el otro”.

Ingrid Isensee tiene 43 años y es actriz.

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