La mujer rota

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La mujer rota

Por carolina pulido / ilustración consuelo astorga

ESTUVE EN URUGUAY, DE VACACIONES EN UNA PLAYA. Fueron maravillosas, con algo de sol y mucha lluvia. Había llevado dos libros que pensé devoraría, pero me encontré con esa resistencia que a veces uno experimenta con ciertas novelas. Básicamente, no hubo caso con ninguna de los dos y terminé abandonándolas al cabo de unas 70 páginas, leídas con esfuerzo. Muy decepcionante. Por suerte, eché un vistazo a la pequeña biblioteca del hostal donde me alojé y me encontré al fin con uno de esos libros que no te sueltan, que te hacen leer hasta cuando caminas hacia el baño. Fue una suerte: La mujer rota llegó a mis manos, el clásico de Simone de Beauvoir, lanzado en 1967 cuando la filósofa francesa ya era un referente del feminismo. Con esta trilogía de relatos, continúa su militancia a través de la ficción, centrándose en el vacío vital de las mujeres. De las tres historias, me llegó al corazón la que da nombre al libro, La mujer rota.

Es fácil empatizar con la protagonista, una mujer de gustos refinados que no necesita trabajar porque su marido es un médico exitoso, que ama a su familia y se siente realizada en ese rol de sostenedora emocional. Su casa es linda, huele bien, luce flores frescas, ella teje, escucha música clásica, lee, sale a comer con su marido, pasea en calma por los mercados de París. Y uno se pregunta si no era mejor cuando las mujeres vivíamos así, sobre todo pensando en sociedades como la nuestra, que no le hacen a una las cosas fáciles (criar, trabajar y todo lo demás) sino al contrario. Cuánto hay que sacrificar por el éxito. Cuánto sacrificar por la familia. Cuánto sacrificar de una misma. Por supuesto, estoy hablando de mujeres burguesas, afortunadas gracias a una posición social que permite descansar en las finanzas de un marido exitoso. Pero el feminismo no es solo un asunto de conseguir la independencia económica. Habla también de igualdad de oportunidades, de acceder al conocimiento, a las decisiones políticas, sociales y culturales, la autonomía sobre el propio cuerpo, la libre elección de formar familia o de vivir la vida que a una le plazca. Pasa que, leyendo la primera parte del libro, pensé que igual era un poco grato cuando no nos enterábamos mucho de nada. Cuando no había estrés en las vidas femeninas, ni culpa por aquello de dejar a los hijos en manos de alguien más.

La historia da rápidamente un giro y vemos a una madre de familia en su nido vacío, abandonado ya por las dos hijas adultas y con un marido que decide cambiarla por otra. Y entonces no le queda nada. El mensaje subliminal de Simone de Beauvoir: la mujer construye su vida en función de otros, de su familia y, cuando esta se desintegra, su existencia pierde significado. Se rompe.
Trabajar, cultivarse, crear redes. Nos dicen que hoy podemos llegar tan lejos como los hombres, tal es el legado de mujeres como De Beauvoir. Pero si de verdad quieres eso -esto no te lo dicen, pero es así-, mejor no tienes hijos. Chile posee una de las tasas de natalidad más bajas de la región y eso no es casual. Está difícil lograrlo sin apoyo porque las madres estamos solas y nuestra de calidad de vida es peor que deficiente. Me preguntaba, leyendo La mujer rota, por el derecho al silencio, a la soledad, al ocio, a la armonía. Cuestiones que tienen más que ver con la riqueza interior, espiritual, que con lo material. Y puede que esa sea nuestra mayor urgencia, donde el movimiento feminista debería estar poniendo los ojos, antes que en el acoso sexual o la igualdad de sueldos: qué hacer para poder ser madre y a la vez desarrollarnos profesionalmente. Cómo lograr la felicidad.

 

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